La brétema CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

Avanzaron mirando casi siempre el suelo.

El espacio resultaba difícil de leer: una masa de roca parecía encontrarse a veinte metros y, después de unos pasos, daba la impresión de estar prácticamente encima de ellas; en otro punto Uxía creyó que descendían hasta que miró atrás y sintió que habían subido.

Sabela acabó pidiéndole que no buscara referencias lejanas porque hacerlo le provocaba mareo.

Fue ella quien vio la línea demasiado recta entre las formas naturales de la roca.

—Espera.

Se acercaron sin soltar el cabo. Bajo un saliente había varias piedras colocadas deliberadamente, no amontonadas por azar: unas grandes formaban una media luna baja y otras más pequeñas rellenaban los huecos.

Parte de la estructura se había derrumbado, pero todavía ofrecía un refugio mínimo contra la humedad.

Uxía la observó sin acercarse del todo.

—Esto lo ha hecho alguien.

Sabela se agachó, tocó una de las piedras y estudió el encaje.

—Sí. No sé cuándo, pero esto no parece natural.

La certeza, lejos de producir alivio, hizo que todo resultara más inquietante.

Hasta entonces podían imaginar aquel lugar vacío, ocupado únicamente por ellas y por el recuerdo fragmentario de Xoán y Manuel.

Aquella pared significaba manos, tiempo y una necesidad concreta: alguien había recogido esas piedras y había permanecido allí lo suficiente para querer protegerse.

Uxía miró hacia la entrada del refugio y tuvo la impresión inmediata de que la niebla podía ocultar a una persona a cuatro metros sin concederles ni una sombra.

Pensó en llamar otra vez, pero la posibilidad de obtener respuesta empezó a asustarla tanto como el silencio.

Desde entonces, cada vez que Sabela se agachaba para examinar una piedra, Uxía permanecía de espaldas a ella vigilando el gris, incapaz de librarse de la sensación de que alguien podía estar allí sin hacer el menor ruido.

Antes de llamar, buscó alguna alteración en el gris frente al refugio.

—¿Hola?

Sabela levantó la cabeza y la miró con inquietud.

—No sé si es buena idea.

—Si hay alguien…

—No sabemos quién puede haber.

Aquella posibilidad consiguió que Uxía deseara retirar el saludo. No creía en monstruos escondidos en la brétema, pero la idea de una persona desconocida moviéndose por un espacio donde ellas apenas podían orientarse tampoco resultaba tranquilizadora.

Esperaron sin moverse, pero no llegó ninguna voz ni sonido de pasos, y finalmente entraron bajo el saliente. Allí el frío seguía siendo profundo, aunque la roca superior cortaba parte de la humedad.

—Podríamos descansar aquí un rato —dijo Uxía.

Sabela comprobó que el cabo siguiera tenso hacia la Dolores.

—Sin soltarlo.

Se sentaron juntas, y Uxía estaba apoyando la espalda contra la pared cuando vio tres pequeñas rayas en una de las piedras. Eran poco profundas y casi estaban borradas, pero tenían una longitud parecida y aparecían demasiado juntas para no llamar la atención.

Sabela pasó los dedos por encima.

—No puedo decirte qué son.

—¿Pueden haberlas hecho Xoán y Manuel?

—Puede ser. Tampoco recuerdan casi nada de lo que hicieron aquí.

Uxía volvió a mirar hacia el exterior. Desde que habían entrado, nunca había deseado con tanta fuerza que aquel lugar estuviera vacío.

* * *

En Corvoeira, el cuarto día comenzó con otra salida al mar.

Breogán llevaba desde antes del amanecer en el puerto y hablaba por teléfono mientras varias personas preparaban las embarcaciones.

Habían ampliado otra vez el radio de búsqueda, revisado calas, preguntado en puertos cercanos y rehecho las posibles derivas a partir de distintas hipótesis, pero ninguna explicaba que no hubiera aparecido ni un resto de la Dolores.

Bieito llegó con la misma ropa que llevaba la noche anterior. Xoán lo vio acercarse y supo antes de preguntarle que apenas había dormido.

—No has ido a casa.

—Tú tampoco.

—He estado un rato.

Bieito miró el mar antes de responder.

—Yo no podía.

Breogán terminó la llamada y se acercó a ellos.

—Hoy vamos a volver a revisar la zona norte y después saldremos hacia el oeste. Salvamento mantiene la búsqueda marítima y nosotros seguimos trabajando con la última posición de los teléfonos.

Bieito negó lentamente mientras lo escuchaba.

—Los teléfonos no están en el mar.

—No tengo forma de buscar en otro sitio.

—Sí tienes.

—¿Dónde?

Bieito señaló A Illa dos Corvos.

—Ahí.

Breogán no discutió la posibilidad; tampoco podía actuar como si conociera una entrada que no existía de manera estable.

—Hemos revisado la isla desde el primer día. Mientras no vuelva a producirse lo que visteis aquella madrugada, no sabemos cómo acceder a ese otro espacio.

—Entonces habrá que conseguir que vuelva.

Sabela habría podido explicar por qué aquello no funcionaba así. Habría hablado de marea, presión, humedad, viento y de todas las variables que llevaba semanas registrando. Bieito solo veía a su hija al otro lado de algo que no podía abrir.

—No sabemos hacerlo —dijo Xoán.

Bieito se volvió hacia él de inmediato.

—Ella sí sabía.

—Sabela sabía reconocer algunas condiciones que podían coincidir. No sabía abrirlo.

—Pues recuérdalo tú.

Xoán sostuvo su mirada sin apartarse.

—No puedo.

—Inténtalo.

—Llevo meses intentándolo.

—Pues inténtalo más.

Manuel, que acababa de llegar al pantalán, oyó las últimas palabras. Bieito lo vio y la desesperación encontró enseguida otro lugar donde apoyarse.

—Y tú también. Los dos salisteis. Algo tuvo que ocurrir para que pudierais volver.

Manuel bajó la mirada antes de responder.

—Sí.

—¿Qué?

—No lo sé.

—¿Cómo puede ser que no lo sepáis?

Xoán apretó la mandíbula antes de contestar.

—Porque no lo recordamos.

—Mi hija está ahí dentro.

—Y la mía.

La respuesta desarmó a Bieito antes de que pudiera seguir gritando. Se llevó las manos a la cabeza y respiró varias veces, mirando al suelo.

—Joder. Perdonad.

Manuel se acercó a él con cautela.

—No tienes que pedirnos perdón.

—Sí tengo. Pero necesito que recordéis algo, lo que sea.

Xoán volvió la vista hacia la isla.

—Yo también lo necesito.

* * *

Uxía y Sabela regresaron a la Dolores siguiendo el cabo. Uxía no se permitió mirar hacia atrás hasta que tocó el casco con una mano y sintió que la respiración se le aflojaba un poco.

—No quiero volver ahí.

Sabela empezó a recoger el cabo largo.

—Ahora no.

—No he dicho ahora.

—Lo sé.

Cuando subieron al barco, Uxía se quitó una bota y vio el calcetín húmedo pegado a la piel demasiado pálida del pie. Movió los dedos; respondieron, aunque con una lentitud que no recordaba haber sentido antes.

—¿Tú tienes los pies dormidos?

Sabela se quitó una bota y comprobó los suyos.

—Un poco.

—Deberíamos estar temblando más.

Sabela se quedó quieta, y las dos entendieron la misma idea y ninguna quiso desarrollarla: quizá el frío no hubiera disminuido; quizá sus cuerpos empezaran a reaccionar menos.

Se obligaron a beber y a comer algo más. La mecánica del gesto resultaba cada vez más extraña, porque podían masticar, tragar y reconocer el sabor sin sentir que el cuerpo hubiera estado esperando comida.

—Si dejamos de tener sed del todo, tendremos que beber cada vez que estemos despiertas —dijo Uxía.

Sabela levantó la vista porque hablar de los momentos de conciencia como si también ellos fueran a tener intervalos les produjo un silencio incómodo.

—Seguimos teniendo sed —respondió al fin—. Solo muy poca.

—Ya.

Entre ellas ya no quedaba espacio para fingir tranquilidad.

* * *

Carme preguntó por Uxía aquella tarde. Xoán intentaba no permanecer demasiado tiempo en Casa Freire porque cada visita era distinta: algunas veces Carme sabía que su hija estaba desaparecida y lloraba; otras preguntaba si había ido a trabajar o esperaba que llegara para comer.

Aquella tarde estaba sentada junto a la ventana y lo miró en cuanto entró.

—¿La niña sigue fuera?

—Sí.

Carme frunció el ceño, preocupada.

—Está tardando mucho. ¿La has llamado?

Xoán notó un nudo en la garganta.

—Muchas veces.

—Pues vuelve a llamarla.

Xoán se sentó frente a ella.

—No puede contestar.

Carme lo observó un rato y, cuando volvió a hablar, la pregunta salió con una claridad que le dolió.

—¿Le ha pasado algo?

—No lo sé.

Carme extendió una mano y Xoán se la dio.

—Tú también tardaste mucho.

Él levantó los ojos, sin saber si estaba recordando 1985, comprendiendo lo que ocurría ahora o mezclando ambos tiempos.

—Sí.

—Y volviste.

Carme miró hacia la puerta antes de responder.

—Pues ella también.

No había ninguna certeza especial en aquellas palabras. Era una madre que todavía sabía que su hija faltaba y necesitaba creer que regresaría. Xoán se inclinó y apoyó la frente en su mano.

—Ojalá.

* * *

La primera pérdida de continuidad fue tan pequeña que Uxía intentó convencerse de que no había ocurrido. Sabela estaba hablando de una tarde de infancia en la que había salido con Bieito a recoger nasas y se había empeñado en ponerse unos guantes demasiado grandes.

—Se me caían todo el rato, y él estaba convencido de que iba a perder un dedo antes que un guante…

Uxía parpadeó y descubrió que Sabela ya no estaba contando la historia, sino mirando el teléfono.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Estabas hablando de los guantes.

La expresión de Sabela cambió al oírla.

—Eso ha sido hace un rato.

—No.

—Sí, Uxía. Después hemos hablado de mi madre.

Uxía negó y trató de reconstruir la conversación: recordaba los guantes, a Bieito protestando y la risa de Sabela, pero después no encontraba nada.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—No sé exactamente. Unos minutos.

—¿Qué he hecho?

—Has estado aquí conmigo. Hemos hablado.

—¿De qué?

—De Puri y de tu madre. Me has contado que, antes de salir, Carme estuvo buscando unas llaves que llevaba en el bolsillo.

El recuerdo de Carme recorriendo la cocina apareció de inmediato.

—Eso sí lo recuerdo. Lo que no recuerdo es habértelo contado.