CAPÍTULO 31
A Illa dos Corvos
La segunda vez que Sabela se durmió, Uxía programó una alarma de media hora y se quedó observándola con una atención que habría resultado absurda en cualquier otro lugar.
En el turno anterior había abierto los ojos casi de inmediato cuando la tocó; ahora, sin embargo, Uxía ya no conseguía pensar en el sueño como en una necesidad inocente.
Seguían unidas por la cuerda y la Dolores continuaba al otro extremo del cabo, fuera de la vista, pero aquellas dos certezas eran prácticamente todo lo que podían controlar.
Durante los primeros minutos vigiló la respiración de Sabela, apoyada contra la roca con la mochila bajo la nuca.
Después intentó mirar hacia la niebla, aunque hacerlo significaba enfrentarse a un espacio donde cualquier forma parecía acercarse o alejarse sin que pudiera saber si de verdad había cambiado de sitio.
Tiró suavemente del cabo y notó la resistencia del barco.
Aquella respuesta física la tranquilizó más de lo que habría querido admitir: mientras la cuerda condujera hasta la Dolores, al menos una cosa allí dentro seguía ocupando un lugar reconocible.
Consultó el teléfono, comprobó que habían pasado doce minutos, lo guardó y escuchó, buscando un golpe de agua, el graznido de un ave o un soplo de viento que demostrara que el mundo seguía funcionando alrededor de ellas, pero no llegó nada.
A veces oía el roce de su propia ropa con una claridad exagerada y, de pronto, también ese sonido parecía apagarse.
—Sabela.
No pretendía despertarla todavía; quería comprobar que podía hacerlo. Al no recibir respuesta, se inclinó y le tocó el hombro.
—Sabela.
El cuerpo de su amiga se movió con una pesadez que le heló el estómago. Uxía la sacudió un poco más fuerte.
Antes de volver a sacudirla, Uxía acercó la cara a la suya buscando el aire de la respiración.
La niebla le humedecía los labios y las mejillas y no supo si sentía algo.
Puso la mano sobre el pecho de Sabela y esperó.
El movimiento llegó tarde, pequeño, suficiente para demostrar que seguía respirando y también para que Uxía comprendiera qué acababa de temer de verdad: no que Sabela durmiera demasiado, sino que pudiera apagarse sin que ella fuese capaz de distinguir el momento.
—Despierta. Sabela, vamos.
Tuvo que insistir y darle una palmada suave en la mejilla antes de que Sabela abriera los ojos de golpe y aspirara aire. Se incorporó bruscamente, tensando la cuerda entre las dos.
—¿Qué pasa?
—No te despertabas.
Sabela necesitó un instante para situarse. Miró la niebla, después a Uxía y finalmente el cabo alrededor de su cintura.
—Estaba dormida.
—Ya lo sé.
—¿Cuánto?
Uxía comprobó el teléfono y vio que la alarma todavía no había sonado.
—Veintidós minutos.
Sabela se frotó la cara y miró el suelo.
—Pues parecía que estaba mucho más lejos.
Uxía sintió otro escalofrío, distinto del que le provocaba la humedad.
—Antes te despertaste enseguida.
—También estaba menos cansada.
Podía ser agotamiento: llevaban demasiadas horas húmedas, asustadas, respirando un aire frío y moviéndose sobre una roca que les obligaba a mantener el cuerpo en tensión, pero ninguna utilizó aquella explicación para tranquilizar a la otra.
Sabela se puso en pie, tiró del cabo hasta notar la respuesta de la Dolores y señaló el lugar donde había estado tumbada.
—Ahora duermes tú.
—No tengo sueño.
—Mentira.
—No quiero dormirme.
—Si esperamos hasta no poder mantener los ojos abiertos, acabaremos cayendo las dos a la vez.
Uxía sabía que tenía razón, así que negoció veinte minutos y se acomodó contra la roca sin soltar la cuerda.
—Si no me despierto, no esperes a la alarma.
—Te despertaré.
—Aunque respire bien.
Sabela le apretó una mano antes de responder.
—Aunque parezca que estás estupendamente.
Uxía cerró los ojos convencida de que tardaría mucho en dormirse. No recordó el momento en que ocurrió.
Cuando volvió a abrirlos, Sabela estaba inclinada sobre ella y pronunciaba su nombre.
Durante una fracción mínima de tiempo no entendió por qué seguía viendo niebla.
Después regresaron la Dolores, la madrugada, Sabela saliendo sola, ella pasando al otro barco para obligarla a volver y el silencio cerrándose entre las dos embarcaciones hasta borrar el exterior.
—¿Cuánto?
—Veinte minutos.
Uxía se incorporó y miró el teléfono.
—¿Me he despertado alguna vez antes de ahora?
—No.
—No he soñado. Ni siquiera recuerdo estar dormida.
Sabela guardó silencio mientras Uxía intentaba ordenar lo ocurrido.
Podía recordar que había cerrado los ojos y podía recordar la voz de su amiga despertándola, pero entre ambas cosas no encontraba oscuridad, descanso ni sensación de tiempo transcurrido.
Era como si alguien hubiera retirado ese tramo y unido los dos extremos.
Veinte minutos no deberían haber significado nada y, sin embargo, durante un buen rato ninguna propuso otro turno.
* * *
Empezaron a comprobar sus recuerdos casi como un juego. Sabela dijo el nombre completo de Uxía y le pidió que hiciera lo mismo con ella; después fueron añadiendo familiares, lugares y detalles pequeños que no podían confundirse con conocimientos impersonales.
—Uxía Freire Rial.
—Sabela Barreiro Souto. Tu padre es Bieito y eres una científica insoportable que nos ha metido en un problema bastante serio.
Sabela la miró, ofendida solo a medias.
—Tú viniste a buscarme.
—Porque eres insoportable.
Aquella broma consiguió arrancarles una sonrisa y, por un momento, la normalidad regresó con una fuerza dolorosa.
Luego siguieron preguntándose cosas: calles de Corvoeira, comidas, números de teléfono, la fachada de Casa Freire, la voz de Puri cuando se enfadaba, la cafetera del bar y la costumbre de Bieito de golpear dos veces la mesa antes de levantarse cuando una conversación le molestaba.
Cuando Uxía habló de Xoán, recordó cómo tomaba el café, su manía de reparar cosas cuando estaba nervioso y aquella manera de mirarla a veces, como si tratara de reconocer a la mujer adulta dentro de la niña de cuatro años que había dejado.
Todo seguía allí y podía recuperar las conversaciones recientes y las pequeñas costumbres que empezaba a aprender de él.
Sabela acabó preguntándole qué había desayunado antes de salir al mar.
—Café y una tostada.
—¿Con qué?
—Mantequilla.
—Mermelada.
Uxía volvió la cabeza de golpe.
—Mantequilla. No hagas eso.
—Solo quería comprobar si estabas segura.
—Pues comprueba sin intentar que dude de lo que sí recuerdo.
Sabela bajó la mirada antes de admitirlo.
—Tienes razón.
El miedo no desaparecía mientras hablaban.
Se había instalado en la cuerda que ninguna se quitaba, en la forma en que volvían la cabeza ante cualquier vibración dudosa y en la botella que Uxía sacaba cada cierto tiempo para obligarse a beber.
Habían comido porque decidieron que debían hacerlo, no porque el cuerpo se lo pidiera, y esa ausencia empezaba a resultar más inquietante que el propio hambre habría sido.
Uxía mordió una galleta y esperó la respuesta de un estómago que parecía indiferente.
—Deberíamos estar hambrientas.
—Sí.
—¿Cuándo comimos la última vez?
Sabela hizo el cálculo con el teléfono.
—Hace más de ocho horas.
Uxía miró la galleta que aún tenía en la mano.
—No siento nada.
—Come igualmente.
Sabela bebió después de ella y tuvo que obligarse también. La sed continuaba existiendo de una forma muy débil, más parecida a la idea de que convenía beber que a una necesidad real. Cuando Uxía reconoció que no sentía ninguna, las dos se quedaron calladas.
El hambre y la sed habrían significado que sus cuerpos continuaban comportándose como siempre. Aquella indiferencia sugería otra cosa, aunque todavía no supieran cuál.
Lo inquietante no era soportar bien la falta de comida o de agua, sino no soportar nada.
No había vacío en el estómago, ni debilidad asociada a no comer, ni esa impaciencia física que obliga a beber después de horas de miedo y respiración acelerada.
Uxía habría preferido sentir sed hasta que le doliera la garganta, porque al menos habría reconocido en ella una señal normal.
En cambio, su cuerpo parecía ir dejando de reclamar cosas, una detrás de otra, y ninguna sabía dónde terminaba ese proceso.
* * *
Cuando los teléfonos terminaron indicando que había transcurrido algo más de un día, dejaron de confiar demasiado en lo que esa cifra pudiera significar.
Los aparatos medían horas; ellas no sabían qué relación guardaban con el tiempo del exterior.
Tampoco había amanecer o noche que permitieran comprobarlo.
La luz gris parecía debilitarse en algunos momentos y aclararse en otros, pero nunca lo suficiente para establecer un ciclo.
El frío también había cambiado: al principio las hacía tiritar casi sin descanso; ahora seguía dentro de la ropa y en las articulaciones, pero las sacudidas aparecían con menos frecuencia. Uxía se frotó los brazos y notó que el calor de sus propias manos apenas llegaba a la piel.
—Tenemos que movernos.
—No quiero alejarme de la Dolores.
—Yo tampoco, pero si seguimos sentadas así vamos a quedarnos rígidas.
Decidieron utilizar uno de los cabos largos del barco como guía y mantener la otra cuerda entre sus cuerpos. Uxía comprobó el nudo tres veces antes de empezar a andar, y Sabela esperó sin reírse de ella.
La embarcación desapareció detrás de la niebla a los pocos metros y Uxía se detuvo inmediatamente.
—Ya no la veo.
—Tenemos el cabo. Si quieres volvemos.
Una corriente húmeda le recorrió la espalda. Quedarse junto al barco tampoco era una solución si el frío seguía profundizando, así que respiró y asintió.
—Un poco más.