La brétema CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

El frío seguía entrando despacio. La ropa estaba húmeda y no terminaba de calentarse con el cuerpo. No había viento, pero a ratos una corriente de aire helado les rozaba la cara y desaparecía antes de que pudieran localizar de dónde venía.

Uxía miró una de las botellas que habían sacado de la Dolores. Al instalarse en la repisa se habían llevado las dos botellas, dos mantas, un paquete de galletas y varias barritas que encontraron bajo el banco.

—Tenemos que racionar.

Sabela asintió. Bebieron dos sorbos cada una.

Varias horas después, Uxía volvió a mirar la botella y se dio cuenta de que seguía casi llena.

—¿Tienes sed?

Sabela tardó.

—No mucha.

—Yo tampoco.

Se miraron. Habían hablado, llorado, caminado y respirado con la boca abierta durante el miedo. La boca de Uxía estaba seca, pero no sentía la urgencia que habría esperado.

—Bebe igual —dijo Sabela.

—No quiero gastarla.

—Por eso mismo. No podemos fiarnos de lo que nos pide el cuerpo.

Uxía bebió. El agua estaba fría y no le produjo alivio ni rechazo.

Más tarde hablaron de comida y descubrieron que ninguna tenía hambre. Lejos de tranquilizarlas, aquello las asustó todavía más.

Uxía se llevó dos dedos al cuello y buscó el pulso, avergonzada de hacerlo pero incapaz de evitarlo.

Seguía allí. Después inspiró profundamente, solo para comprobar que podía hacerlo, y el gesto abrió una pregunta que ya no consiguió quitarse de encima: si el cuerpo estaba dejando de avisarlas del hambre y de la sed, ¿qué otras necesidades podía empezar a silenciar?

Sabela la vio respirar de aquella manera y comprendió lo mismo sin que tuviera que explicárselo.

—Manuel dijo que no recordaba hambre —murmuró Uxía.

Sabela apartó la vista.

—Lo sé.

—Ni dormir. Ni despertarse. Ni un invierno.

—Lo sé.

—Esto es lo que les pasó.

Sabela abrió los ojos.

—No sabemos cuánto de esto es igual.

—Estamos dentro.

Sabela no volvió a discutir.

* * *

El primer día exterior terminó sin rastro de ellas.

La búsqueda se amplió por la costa, se revisaron corrientes, se pidió apoyo a Salvamento Marítimo y se contrastó la última posición conocida de los teléfonos. La señal de Sabela desaparecía en la misma zona que Bieito había indicado.

Puri llegó al puerto y encontró a Xoán bajando de una embarcación.

—¿Dónde están?

Él no supo qué decir. Puri miró detrás de él.

—¿Dónde está Uxía?

Xoán negó. Puri entendió y se llevó una mano a la boca.

—No.

Xoán se acercó.

—Pueden estar vivas.

—¿Cómo lo sabes?

Él se quedó quieto. No podía saberlo.

—Porque nosotros lo estábamos.

La frase no tranquilizó a nadie.

Xoán volvió a Casa Freire solo el tiempo necesario para cambiarse de ropa. Carme estaba sentada en el salón y lo miró entrar como si llevara horas esperándolo.

—Has tardado.

—Sí.

Carme buscó detrás de él.

—¿Y la niña?

La pregunta le atravesó con tanta fuerza que tuvo que sentarse.

—No ha vuelto todavía.

—¿De dónde?

Xoán abrió la boca y no encontró una respuesta que pudiera darle sin obligarla a perder a Uxía en el mismo instante. Carme lo observó con atención.

—¿Está bien?

—No lo sé.

Ella le cogió una mano.

—Pues ve a buscarla.

Xoán apretó sus dedos.

—Eso estoy haciendo.

Carme asintió, como si aquella explicación le bastara, y Xoán regresó al puerto con la ropa seca y la misma pregunta dentro.

Aquella noche Manuel se sentó junto a Xoán en el puerto. Antón le había avisado y había llegado sin hacer preguntas inútiles.

—¿Dentro? —preguntó.

Xoán confirmó con la cabeza. Manuel se quedó quieto.

—Joder.

Miró la isla.

—¿Recuerdas algo que sirva?

—No.

—Yo tampoco.

La impotencia era peor ahora que cuando hablaban de sí mismos. Xoán se pasó las manos por la cara.

—Llevo meses intentando recordar y ahora daría cualquier cosa por tener una sola cosa útil.

Manuel puso una mano sobre su hombro.

—No fuerces.

—Mi hija está ahí.

Era la primera vez que Manuel lo oía decirlo con aquella naturalidad. No comentó nada.

—Acabo de empezar a conocerla —añadió Xoán.

—Entonces no pares ahora.

Xoán soltó una risa sin humor.

—Eso no depende de mí.

—Buscar sí.

* * *

Para Uxía y Sabela, todo seguía perteneciendo a aquel mismo día. Sus teléfonos habían avanzado menos de ocho horas desde el cruce.

La luz seguía siendo exactamente igual: no había amanecido ni anochecido, y tampoco existía una dirección clara de la luz ni una sombra capaz de servirles de referencia.

Uxía había esperado que la oscuridad dividiera el tiempo y les permitiera decir: hemos pasado un día. No ocurrió.

—No siento que hayan pasado ocho horas —dijo.

—Yo tampoco.

—¿Cuántas sientes?

Sabela tardó en encontrar una cifra que pudiera defender.

—No sé.

El cansancio, en cambio, había llegado de golpe. No era el agotamiento normal de una noche sin dormir. Era una pesadez más profunda, como si el cuerpo hubiera decidido reducir cada movimiento a lo imprescindible.

Sabela empezó a tiritar. Uxía se acercó más y ambas se abrazaron para conservar calor.

—No nos separamos —dijo Uxía.

—No.

—Ni aunque oigamos algo.

Sabela tardó una fracción demasiado larga. Uxía la miró.

—Ni aunque oigamos algo.

—Vale.

En algún punto de la niebla sonó un golpe que hizo que las dos se pusieran rígidas. Llegó otro poco después, sin que pudieran saber si estaba a cinco metros o a cincuenta.

Sabela cerró la mano alrededor de la cuerda. Uxía le cubrió los dedos.

—No.

—No me voy a mover.

Esperaron un largo rato, pero el sonido no volvió.

* * *

Fuera pasó un segundo día y, antes de que ellas sintieran que su primera jornada hubiera terminado, empezó también un tercero.

La búsqueda oficial continuaba, aunque ya no tenía la intensidad desordenada de las primeras horas. Había sectores, turnos, mapas, corrientes calculadas y llamadas a puertos cercanos. No apareció ningún resto.

La ausencia de la Dolores empezaba a dificultar incluso las hipótesis convencionales de naufragio.

Bieito apenas dormía y Xoán no estaba mucho mejor.

Breogán intentó obligarlos a regresar a casa durante unas horas y ninguno le hizo caso hasta que Manuel intervino.

—Si mañana aparece algo y no podéis manteneros de pie, no servís para nada.

Bieito lo miró con rabia.

—Tú no me digas que espere.

Manuel no se ofendió.

—Yo más que nadie.

Bieito bajó la voz. Xoán miró hacia la ría.

—Carme esperó cuarenta años. No sé cómo lo hizo.

Manuel se sentó a su lado.

—No creo que nadie pueda esperar cuarenta años de golpe. Esperaría un día. Luego otro.

Bieito respiró hondo.

—Yo no puedo hacer esto otra vez.

—Entonces mañana —dijo Manuel.

—¿Mañana qué?

—Mañana buscamos.

Xoán asintió.

—Y pasado también.

—¿Y dentro de un mes?

Xoán sostuvo su mirada.

—También.

* * *

En algún momento que los teléfonos situaban todavía dentro de su primera jornada, el cansancio empezó a asustarlas casi tanto como el frío.

No era solo sueño. Uxía sentía una pesadez profunda en los brazos y en las piernas, una necesidad de quedarse quieta que no encajaba con el miedo que seguía teniendo. Su cuerpo parecía querer apagarse aunque su cabeza se negara.

—No quiero dormirme —dijo.

Sabela estaba sentada a su lado, unida a ella por la cuerda.

—Yo tampoco.

—Si las dos nos dormimos…

—No sabemos qué pasa.

Uxía miró hacia la niebla.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Decidieron turnarse. Sabela cerraría los ojos primero y Uxía se mantendría despierta, hablando con ella si veía que su respiración cambiaba demasiado o si dejaba de responder.

—Media hora —dijo Sabela.

—Veinte minutos.

—Treinta.

—Veinticinco.

Sabela consiguió sonreír.

—Periodista.

—Científica.

Se acomodó contra la roca con la mochila bajo la cabeza. Uxía comprobó otra vez la cuerda y dejó una mano encima de la de Sabela.

—¿Me oyes?

—Sí.

—¿Sabes dónde estamos?

Sabela abrió un ojo.

—No empieces.

—Contesta.

—En A Illa dos Corvos, dentro de una niebla imposible, atada a una pesada que vino a buscarme porque hice una estupidez.

—Bien.

—¿Algo más?

Uxía pensó en Xoán, en Puri y en Carme.

—No. Duerme.

Sabela obedeció y se quedó inmóvil demasiado deprisa. Uxía siguió su respiración, que permanecía regular, y consultó el teléfono varias veces. Cuando se cumplieron veinticinco minutos, la despertó tocándole el hombro.

Durante los primeros minutos Uxía contó las respiraciones sin proponérselo.

A veces la pausa entre una y otra le parecía demasiado larga y acercaba la mano a la cara de Sabela para sentir el aire, aunque la humedad le impedía saber con certeza si aquel roce frío procedía de su aliento o de la propia brétema.

Cada vez que el pecho volvía a elevarse, el alivio duraba apenas hasta la siguiente pausa.

Sabela abrió los ojos casi de inmediato.

—¿Ya?

—Ya.

—Parece que hayan sido dos minutos.

—Han sido veinticinco.

Sabela se incorporó y miró alrededor. No hubo desconcierto ni preguntas; sabía dónde estaba, recordaba lo ocurrido y pudo repetir la última conversación sin esfuerzo.

Aquello tranquilizó a Uxía más de lo que quería reconocer.

—Ahora tú —dijo Sabela.

Uxía negó.

—Todavía no.

—Tienes que descansar.

—Dentro de un rato.

Sabela no insistió. Las dos siguieron sentadas, unidas por la cuerda, intentando conservar calor y hablando de cosas concretas para comprobar que seguían allí: Casa Freire, el bar de los padres de Sabela, la bicicleta de Uxía, la cantera de Manuel, la voz de Puri cuando se enfadaba y la forma en que Carme colocaba las galletas en fila cuando estaba nerviosa. Recordaban todo.

Todavía podían reconstruir cada decisión de aquella madrugada y cada persona a la que querían regresar. No había huecos ni fragmentos; solo un cansancio demasiado profundo para las pocas horas que sus teléfonos afirmaban que habían pasado.

Al otro lado de la anomalía, la búsqueda llevaba ya varios días mientras ellas seguían sintiendo que apenas había comenzado el primero.