La brétema CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

A Illa dos Corvos

Durante los primeros minutos, Uxía siguió creyendo que esperar un poco resolvería aquello.

La niebla se abriría, volverían a oír el motor de Bieito, aparecería alguna luz de Corvoeira y podrían regresar por el mismo lugar por el que acababan de entrar.

Aquella esperanza no procedía de ninguna lógica concreta, sino de la necesidad de pensar que todavía estaban a pocos cientos de metros del puerto y que el mundo seguía exactamente donde lo habían dejado.

El teléfono marcaba las cinco y cuatro.

Uxía volvió a llamar a Xoán, pero el teléfono ni siquiera llegó a iniciar la llamada. Probó con Puri y después con Bieito con el mismo resultado.

—No hay señal.

Sabela estaba a su lado, tan cerca que sus chaquetas se rozaban.

—Ya.

—No me digas «ya».

—No sé qué otra cosa decirte.

Uxía guardó el teléfono y volvió a sacarlo casi inmediatamente. La pantalla marcaba las cinco y cinco.

—¿Cuánto tiempo pasó para ellos?

Sabela tardó en comprender.

—¿Xoán y Manuel?

—Sí. Ya sé que fuera fueron cuarenta años. ¿Cuánto sintieron ellos que pasó aquí?

Sabela no respondió.

—¿Semanas? ¿Meses? ¿Años?

—No lo saben. Solo recuerdan fragmentos.

El miedo cambió de forma. Hasta entonces había sido miedo a estar atrapadas en un lugar desconocido. Aquella respuesta añadió algo mucho peor.

—Entonces tampoco sabemos cuánto está pasando fuera.

—No.

—Cada minuto que vemos en el teléfono puede no significar un minuto allí.

—Puede significarlo.

—O no.

Sabela bajó la mirada.

—O no.

Uxía sintió que las piernas dejaban de sostenerla con normalidad y se sentó sobre la roca húmeda.

—Acabo de recuperarlo.

Sabela se quedó frente a ella.

—Uxía…

—Ni siquiera sé todavía quién es. Sé cómo toma el café, que arregla cosas que nadie le pide y que cuando no sabe qué decir hace bromas. Poco más.

La voz se le quebró y eso la enfureció.

—Puede que no vuelva a verlo.

—No sabemos eso.

—Tampoco sabes que vaya a verlo.

Sabela tardó en responder.

—No.

Uxía respiró con dificultad.

—Mamá puede morir. Puri puede morir. Puede morir todo el mundo mientras estamos aquí.

Sabela se llevó una mano a la boca.

—Mi padre me dijo que no quería aprender otra vez lo que era esperar a alguien.

Uxía levantó la cabeza. La cara de Sabela había cambiado.

—Y yo le prometí que no iba a hacer esto. Uxía está aquí por mí.

—Estoy aquí porque decidí venir.

—Viniste a buscarme.

—Sí.

—Porque yo rompí una promesa.

Uxía no pudo negarlo. Sabela se sentó frente a ella.

—Si no salimos, mi padre va a esperar otra vez.

—No sigas.

—No sé cómo dejar de pensarlo.

La niebla se movió entre ambas con una lentitud difícil de seguir. Uxía se inclinó y le cogió las manos.

—Tenemos que salir.

Sabela la miró.

—¿Cómo?

La pregunta las dejó inmóviles.

* * *

La niebla no se parecía a la que cubría Corvoeira en invierno. Allí fuera, incluso en los días más cerrados, la bruma tenía movimiento, se podía distinguir cuándo avanzaba con el viento y dónde empezaba a perder densidad. Dentro parecía suspendida.

No caía ni subía, tampoco se desplazaba de una manera que pudieran seguir; simplemente permanecía allí, suspendida alrededor de ellas.

La humedad se pegaba al pelo, a las pestañas y a la tela de la ropa.

No terminaba de mojarlas, pero tampoco les permitía estar secas.

El frío no era extremo; no les mordía los dedos ni las hacía tiritar de inmediato.

Se instalaba poco a poco bajo la ropa, húmedo y profundo, hasta que apoyar una mano en la roca producía la sensación de tocar algo que llevaba años sin recibir calor.

La visibilidad cambiaba sin aviso. A veces podían distinguir siete u ocho metros; después apenas dos. La luz era gris y uniforme, sin un punto de origen claro. No podían saber dónde estaba el cielo ni si fuera estaba amaneciendo.

Una vez Sabela se apartó apenas tres pasos para alcanzar la mochila y su cuerpo se borró casi por completo.

Uxía seguía viendo la cuerda perderse en el gris, pero durante unos segundos no pudo distinguir ni su cara ni sus manos.

La llamó con una urgencia que sorprendió a las dos y tiró del cabo hasta que Sabela volvió a aparecer.

Desde entonces dejaron de medir las distancias por lo que veían: si la cuerda se aflojaba demasiado, se acercaban aunque supieran que la otra estaba a pocos metros.

—Debería estar empezando a haber luz —dijo Sabela.

Uxía miró hacia arriba.

—Fuera.

La palabra hizo que ambas callaran.

El sonido era todavía peor. Sus propias voces parecían desplazarse ligeramente del lugar de donde salían.

Cuando Sabela hablaba a tres pasos de distancia, Uxía podía verla mover los labios y sentir que la voz llegaba desde un punto un poco más a la izquierda.

A veces el roce de una manga sonaba con claridad y, al segundo siguiente, el agua que tenían debajo parecía no existir.

Por eso empezaron a mantenerse físicamente juntas.

Primero del brazo. Después con una de las cuerdas auxiliares de la Dolores pasada por ambas cinturas.

No porque supieran que sirviera para algo, sino porque perder de vista a la otra durante unos pasos empezaba a producir un miedo desproporcionado y completamente real.

Ni siquiera tocarse terminaba de tranquilizarlas.

Había momentos en que Uxía sentía el antebrazo de Sabela pegado al suyo y, aun así, la voz le llegaba desde un punto distinto, como si el espacio no coincidiera con los cuerpos.

Cada vez que ocurría, comprobaba la presión de la mano de su amiga y esperaba la respuesta; necesitaba una prueba física de que aquella voz pertenecía realmente a la persona que tenía al lado.

Cuando una necesitaba apartarse, la otra mantenía la cuerda tensa y hablaba continuamente.

—Estoy aquí.

—Ya.

—¿Me oyes?

—Sí.

—Sigo aquí.

No querían comprobar qué ocurriría si dejaban de oírse.

* * *

Fuera, Bieito dejó de ver la Dolores poco antes de las cinco.

No desapareció de golpe. Primero perdió la luz de popa. Después la silueta quedó cubierta por una franja de niebla que avanzó entre las dos embarcaciones y, cuando Bieito consiguió rodearla, el barco ya no estaba.

—¡Sabela!

Gritó hasta que la garganta empezó a dolerle y Xoán hizo lo mismo con Uxía, pero ninguna voz respondió desde la niebla.

El motor de la embarcación prestada seguía funcionando, pero los dos notaron que su sonido se apagaba cuando se aproximaban demasiado al borde de la niebla.

Xoán agarró a Bieito del brazo.

—No entres.

Bieito intentó apartarlo.

—Mi hija está ahí.

—Y la mía.

Aquella frase consiguió detenerlo. Los dos se miraron. Xoán tenía la cara blanca.

—Si entramos nosotros también, no queda nadie fuera.

—No puedo quedarme aquí.

—Yo tampoco.

Bieito miró la niebla.

—Entonces ¿qué hacemos?

Xoán no tenía respuesta. Sacó el teléfono.

—Llama a Breogán.

—¿Y qué le digo?

—La verdad.

Bieito apretó el aparato.

—¿Qué verdad?

Xoán miró el lugar en el que había desaparecido la Dolores.

—Que han desaparecido.

La palabra fue insoportable.

* * *

Breogán llegó antes de que la niebla se disipara. Organizó el puerto, anotó la última posición conocida y obligó a Bieito a esperar hasta que hubiera visibilidad suficiente para entrar con varias embarcaciones a la vez.

—Ahora —repitió Bieito.

—Ahora no.

—Mi hija está ahí.

—Y si esa niebla está relacionada con 1985, no voy a enviar otra embarcación dentro sin saber si también la pierdo.

—Entonces voy yo.

—No.

Xoán permanecía cerca, con el teléfono en la mano. Había llamado a Uxía una y otra vez sin obtener nada.

Cuando la brétema empezó a perder densidad, salieron cuatro barcos casi al mismo tiempo. Recorrieron la cara norte, la grieta, la zona este donde había aparecido el Santa Bárbara en 1985 y el espacio donde Bieito había visto por última vez la Dolores.

No encontraron restos, chalecos, combustible, una mochila flotando ni tampoco la embarcación.

Aquello hizo que Xoán pensara en Ramón y en Amaro. No lo dijo, pero Bieito había llegado a la misma conclusión.

—Se las ha llevado enteras.

—No digas eso.

—La barca también.

—No sabemos qué significa.

—Tú sí sabes lo que significa.

—No. Y tú tampoco.

Bieito tenía los ojos enrojecidos.

—Me lo prometió.

Xoán tragó saliva.

—Ya.

—Me miró a la cara y me lo prometió. Podía haberle quitado las llaves.

Xoán lo agarró por los hombros.

—No hagas esto.

—¿Qué?

—Lo mismo que hiciste conmigo y con Manuel. No conviertas lo que ha hecho Sabela en algo que tú deberías haber impedido.

La frase le dolió. Xoán no la retiró.

—Es tu hija. No eres su carcelero.

Bieito apartó la mirada.

—Pero si no vuelve…

—No sabemos que no vaya a volver.

—Tampoco que vaya a hacerlo.

Xoán miró hacia la isla.

—Entonces necesitamos pensar que sí.

* * *

Dentro, el teléfono de Uxía apenas había avanzado unas horas cuando empezó a dejar de confiar en él como medida del mundo.

Habían intentado moverse con la cuerda anclada a la Dolores, pero la niebla convertía cada paso en una decisión demasiado grande. Un saliente que parecía estar a cuatro metros podía tardar mucho más en llegar. Otra roca podía aparecer casi encima de ellas sin que hubieran visto cómo se aproximaba.

Decidieron no alejarse del barco y utilizaron uno de los cabos como guía.

La cuerda las devolvía siempre a la Dolores, pero incluso así la repisa parecía distinta cada vez: una grieta que Uxía juraba haber tenido a la izquierda aparecía después frente a ellas, y una pared de roca que recordaba próxima parecía haberse alejado dentro de la niebla.

—La cuerda vuelve aquí —dijo Sabela, tocando el cabo para recordárselo también a sí misma.

—Lo sé. Pero no parece el mismo sitio.

Uxía sintió que el pánico crecía otra vez.

—No quiero seguir andando.

—Entonces no seguimos.

Se sentaron juntas y enrollaron la cuerda una vez alrededor de las muñecas. El gesto habría parecido ridículo en cualquier otro lugar. Allí les permitió respirar un poco mejor.