CAPÍTULO 29
El teléfono vibró a las cuatro y ocho.
Uxía no oyó el primer aviso. El segundo la despertó lo suficiente para que extendiera una mano hacia la mesilla y entrecerrara los ojos ante la luz de la pantalla.
El mensaje de Sabela había llegado un minuto antes.
«No te asustes. Estoy en la Dolores. Creo que esta madrugada puede repetirse algo. Solo voy a medir desde fuera y vuelvo. No voy a desembarcar ni a entrar en la niebla.»
Uxía se incorporó de golpe y lo leyó otra vez.
—Joder.
Marcó su número mientras se vestía. Sabela no respondió. Al tercer intento recibió tono durante más tiempo, pero nadie contestó.
La puerta de Xoán se abrió cuando Uxía salió al pasillo.
—¿Qué pasa?
Ella le enseñó la pantalla. Él necesitó una sola lectura.
—¿Hace cuánto?
—Dos minutos.
Xoán ya estaba buscando ropa.
—Llama a Bieito.
Uxía dudó apenas un instante. Sabía lo que significaba despertarlo con aquello y también que no tenía derecho a ocultárselo.
Bieito respondió al segundo tono.
—¿Sí?
—Soy Uxía.
Algo en su voz debió de bastarle.
—¿Qué ha hecho?
Uxía cerró los ojos.
—Se ha llevado la Dolores.
Al otro lado no se oyó nada.
—Me ha escrito. Dice que solo quiere medir desde fuera.
—¿Dónde está?
—No lo sé. El mensaje acaba de llegar.
Bieito colgó. Uxía sabía que iría al puerto.
* * *
Puri apareció en la cocina mientras Uxía se ponía las botas.
—¿Otra vez qué?
Xoán cogió una chaqueta.
—Sabela ha salido.
Puri miró primero a él y después a Uxía.
—¿Sola?
Uxía asintió.
—¿Y vais detrás?
—A traerla —respondió Uxía.
No había investigación en aquella respuesta, ni curiosidad ni una sola pregunta que quisiera resolver. Solo una amiga que acababa de hacer exactamente lo que había prometido no hacer.
Puri miró hacia el pasillo que llevaba a la habitación de Carme.
—Yo me quedo.
Xoán se acercó a ella.
—No la despiertes si no hace falta.
—Y tú no hagas ninguna tontería.
—Voy con Bieito.
—Eso no responde.
Xoán sonrió apenas. Puri le agarró la manga.
—Volvemos —dijo él.
Puri lo soltó y llamó a Uxía antes de que abriera la puerta.
—Y tú no vayas detrás de nadie a un sitio del que luego tengan que sacarte.
Uxía pensó en el mensaje de Sabela.
—No pienso acercarme más de lo necesario.
En cuanto lo dijo, supo que aquellas palabras se parecían demasiado a las que Sabela había utilizado para convencerse a sí misma.
* * *
Bieito estaba en el puerto con la chaqueta mal abrochada y las botas sin terminar de ajustar. Miraba el amarre vacío de la Dolores.
No parecía enfadado, y a Uxía casi le habría resultado más fácil que lo estuviera.
—Me lo prometió —dijo.
Uxía no intentó defenderla.
—Lo sé.
Bieito sacó el teléfono. Tenía tres llamadas sin respuesta.
—¿A ti te ha escrito algo más?
—No.
Xoán señaló hacia la salida de la ría.
—¿Puedes saber cuánto hace que salió?
Bieito miró los cabos sueltos y después el agua antes de responder.
—Poco. Quince minutos, quizá veinte.
—Entonces podemos alcanzarla.
Bieito ya estaba mirando las embarcaciones cercanas. Llamó a un vecino del puerto, explicó que necesitaba su barco y caminó hacia un amarre varias plazas más abajo.
—Tiene una copia de la llave escondida a bordo.
Uxía lo siguió hacia el otro amarre.
—¿Sabe para qué lo quieres?
Bieito se detuvo antes de contestar.
—Sabe que mi hija se ha llevado la Dolores sola de madrugada.
Encontró la llave, subió y empezó a preparar el motor. Xoán entró detrás. Uxía se disponía a hacer lo mismo cuando su padre la miró.
—Tú puedes quedarte aquí.
—No.
—No era una orden.
—Menos mal.
Xoán apoyó una mano en la borda.
—Uxía, si la encontramos…
—Voy a decirle que dé la vuelta. No voy a medir nada ni a comprobar ninguna teoría.
Bieito levantó la cabeza desde el puesto de mando.
—Eso es lo único que vamos a hacer todos.
Xoán terminó de ayudarla a subir.
—Entonces vamos.
* * *
La salida del puerto estaba despejada. No había brétema en Corvoeira. El viento era débil y el agua parecía más tranquila de lo habitual, aunque todavía se movía contra el casco y las drizas seguían sonando detrás de ellos.
Bieito mantuvo el motor alto. Xoán miraba hacia A Illa dos Corvos y Uxía llamó otra vez.
Esta vez Sabela respondió.
—¿Dónde estás?
El alivio de oírla se convirtió inmediatamente en rabia.
—¿Tú estás loca? ¿Dónde estás?
Sabela le dio una referencia aproximada. Bieito la oyó.
—Está demasiado cerca.
Uxía volvió al teléfono.
—Estamos yendo.
—¿Quiénes?
—Tu padre, Xoán y yo.
El silencio de Sabela resultó más elocuente que cualquier respuesta.
—No hacía falta que vinierais.
Bieito extendió una mano y Uxía activó el altavoz.
—Da la vuelta —dijo él.
Sabela tardó.
—Papá, escucha. Las condiciones están cambiando exactamente en la franja que calculé.
—Me da igual.
—El viento ha bajado casi a cero en menos de diez minutos y la presión…
—Sabela.
Ella se calló.
—Me prometiste que no saldrías y que no irías sola.
—Lo sé.
La voz de Sabela había perdido toda excitación.
—Da la vuelta —repitió Bieito.
—Estoy girando.
—¿Ahora?
—Sí.
—No esperes a que lleguemos.
—No espero.
La comunicación se cortó. Uxía volvió a llamar, pero ya no entró. Bieito aceleró más.
* * *
La vieron siete minutos después.
La luz de posición de la Dolores apareció primero y, después, la silueta del barco. Sabela no estaba regresando, pero tampoco avanzaba hacia la isla. Permanecía casi inmóvil.
—¿Por qué no se mueve? —preguntó Bieito.
Xoán miró el agua.
—Quizá está al ralentí.
A medida que se acercaban, la isla apareció detrás de la Dolores. Todavía se veía. No había una masa blanca cubriéndola como en diciembre, sino una bruma baja pegada a la cara norte, tan fina que desde lejos podía confundirse con espuma o humedad sobre las rocas.
Bieito la vio.
—Nos vamos.
—Primero hay que sacarla de ahí —dijo Uxía.
—La sacamos y nos vamos.
La embarcación prestada se colocó a pocos metros de la Dolores. Sabela estaba de pie junto al puesto de mando con el anemómetro en una mano.
Bieito gritó:
—¡Arranca!
Ella levantó la cabeza.
—¡Está arrancado!
Uxía oyó el motor de la Dolores, aunque muy bajo. Sabela señaló algo que no podían ver.
—¡El viento ha caído!
—¡Me importa un carallo el viento! —respondió Bieito—. ¡Vuelve!
Sabela dejó el anemómetro y movió los mandos. La Dolores avanzó unos metros y volvió a reducir, lo que hizo que Bieito soltara una maldición.
—¿Qué haces?
—¡Esperad!
—¡No!
Uxía comprendió antes de que Sabela lo dijera. Estaba mirando la hora.
—El cambio de marea —murmuró Xoán.
Bieito se volvió hacia él.
—No.
Sabela levantó la voz.
—¡Faltan tres minutos!
—¡Me da igual si faltan tres minutos o tres segundos!
La bruma alrededor de la cara norte parecía algo más espesa y Uxía sintió que el estómago se le cerraba.
—Acércanos.
Bieito la miró.
—¿Para qué?
—Voy a subir con ella.
—Ni hablar.
—Si le gritas desde aquí va a seguir mirando esos aparatos. Déjame subir, le quito las llaves si hace falta y volvemos.
—Uxía…
—No voy a la isla. Voy a esa barca.
Xoán intervino.
—Tiene razón.
Bieito lo miró como si acabara de traicionarlo.
—No me ayudas.
Uxía negó.
—Yo la conozco.
Bieito mantuvo la mirada en la Dolores.
—Nos ponemos al costado. Subes y os dais la vuelta inmediatamente. Si el viento desaparece del todo, no subes. Y si la niebla avanza, nos vamos.
Uxía asintió.
—Sí.
* * *
El trasbordo fue más sencillo de lo que Uxía esperaba. El mar estaba tan tranquilo que ambos barcos apenas se separaban. Xoán sujetó el cabo mientras ella pasó sobre la borda de la Dolores.
Sabela la agarró del brazo.
—Ten cuidado.
Uxía recuperó el equilibrio y se volvió hacia ella.
—¿Tú me estás diciendo que tenga cuidado?
Sabela abrió la boca.
—No.
—Bien.
Bieito seguía a pocos metros.
—¡Volvemos ya!
Uxía señaló el puesto de mando.
—Gira.
Sabela no se movió.
—Sabela.
—Mira esto.
—No.
—Solo un segundo.
—He venido para llevarte a casa.
Sabela levantó el medidor.
—La presión acaba de caer otra vez y el viento…
Uxía le quitó el aparato de la mano y lo dejó sobre el asiento.
—Me da igual. Has salido sola de madrugada después de prometerle a tu padre que no lo harías. Gira.
Sabela bajó la mirada antes de responder.
—Lo sé.
Esta vez obedeció. Puso la Dolores en rumbo hacia Corvoeira y Uxía miró a Bieito. Él levantó una mano.
Durante un breve tramo navegaron casi en paralelo. Entonces el viento desapareció. No fue disminuyendo poco a poco: desapareció de una manera brusca.
Uxía lo notó porque el pelo dejó de moverse sobre su cara y la tela de la chaqueta quedó inmóvil contra el cuerpo.
Sabela levantó la cabeza sin mirar ningún aparato.
—¿Lo notas?
—Sí.
El motor seguía sonando. Eso tranquilizó a Uxía.
—Seguimos.
Sabela aumentó un poco la velocidad. Bieito estaba a menos de veinte metros y Xoán permanecía junto a él. Uxía podía verlos con claridad.
Sabela miró la hora.
—Está cambiando.
—No mires eso. Sigue.
La niebla no llegó desde la isla. Apareció sobre el agua entre ambos barcos. Un jirón blanco cruzó delante de Bieito y se deshizo; después otro. La visibilidad seguía siendo buena.
Uxía vio a Xoán levantar una mano y señalar hacia ellas. No oyó lo que dijo.
—¿Ha gritado?
Sabela miró hacia el otro barco.
—No sé.
Bieito volvió a abrir la boca, pero ningún sonido llegó.
Uxía sintió que el miedo le recorría el cuerpo antes de poder ponerle nombre.
—Sabela.
Ella ya lo había entendido.
El motor de la Dolores seguía allí. El del otro barco había desaparecido del mundo sonoro.
Podían ver la embarcación con bastante claridad, pero no podían oírla. Sabela giró bruscamente.
—Nos alejamos.
—Eso llevo diciéndote desde que he llegado.
Esta vez no había enfado en la respuesta, solo miedo.
La Dolores viró y Bieito hizo lo mismo. Uxía lo vio acelerar, pero la distancia entre los dos barcos, que debería haberse reducido, permaneció igual.
—¿Qué está pasando?
Sabela miró el GPS independiente que había llevado para las mediciones.
—Nos movemos.
—Ellos también.
La niebla aumentó y Bieito empezó a verse borroso. Xoán se llevó las manos a la boca. Uxía no oyó nada.
Entonces recordó algo que habían anotado muchas veces: cuando la anomalía se intensificaba, el exterior dejaba de llegar primero por el sonido.
—Tenemos que salir ahora.
—Estoy intentando…
La Dolores dio un pequeño bandazo. No había ola. Uxía perdió el equilibrio y se agarró a Sabela. Ella la sostuvo por los brazos.
—No me sueltes.
Las dos se quedaron quietas.
No era la frase completa que Xoán y Manuel habían recuperado, pero a las dos les vino a la cabeza al mismo tiempo.
—Agárrate —dijo Uxía.
Sabela pasó un brazo por el suyo y mantuvo el timón con la otra mano. Bieito estaba más lejos o quizá la niebla lo hacía parecerlo. Uxía levantó una mano y gritó:
—¡Papá!
La palabra salió antes de que pudiera decidirla. Vio a Xoán moverse, aunque no escuchó respuesta. La niebla cerró el espacio entre ambos barcos.
—¡UXÍA! —gritó Sabela.
—Estoy aquí.
—No te sueltes.
—No.
El motor de la Dolores empezó a sonar como si estuviera funcionando en otra parte. Sabela miró el panel.
—Está encendido.
Uxía podía sentir la vibración bajo los pies.
—Lo sé.
Pero cada segundo lo oían menos.
Después llegó el frío: no un descenso progresivo, sino una humedad helada que atravesó la ropa.
Uxía se aferró más a Sabela.
—Sácanos.
—Estoy girando hacia el puerto.
—No se ve.
—El GPS independiente…
Sabela miró la pantalla. La línea se había detenido y la posición permanecía fija.
—No actualiza.
La última referencia estaba a pocos cientos de metros de la isla. Uxía miró alrededor. Ya no veía a Bieito, ni la isla, ni Corvoeira. A su alrededor solo quedaba niebla.
El motor dejó de oírse. Seguía vibrando bajo sus botas, pero el sonido había desaparecido.
Sabela apagó y volvió a arrancar. Nada cambió.
—No hagas eso. Está funcionando.
—No lo oigo.
—Yo tampoco.
Algo golpeó el casco. Agua. Esta vez la oyeron: un solo golpe y después silencio.
Sabela aferró el brazo de Uxía con tanta fuerza que empezó a dolerle.
Uxía buscó con la mirada cualquier luz o forma que pudiera pertenecer al otro barco.
No encontró ninguna referencia; el teléfono no tenía cobertura y la hora seguía avanzando. Cuando Sabela miró el reloj, marcaba las 4:54.
—El cambio.
Uxía siguió la dirección de sus ojos.
—No me importa por qué. Ya no estamos midiendo nada.
Sabela respiraba demasiado deprisa.
—Tenemos que salir.
—Sí. Y no nos soltamos.
Sabela asintió.
La Dolores avanzó despacio, o eso indicaban la vibración del motor y el agua que a veces aparecía junto al casco. No tenían horizonte ni referencia y, a pocos metros, una forma oscura surgió dentro de la blancura.
—Roca.
—Gira.
Sabela corrigió. La roca desapareció a un lado y poco después apareció otra.
—Estamos junto a la isla.
—O creemos que lo estamos.
Sabela la miró y no respondió.
El espacio no coincidía con lo que conocían. A aquellas distancias deberían haber visto una línea de costa reconocible, la cara norte o alguna de las elevaciones que habían fotografiado tantas veces. Solo aparecían fragmentos de piedra sin construir un paisaje.
Sabela redujo la velocidad casi por completo.
—No puedo seguir así.
—Entonces paramos.
—Si paramos no sé hacia dónde movernos después.
—Ahora tampoco.
Encontraron una pequeña entrada de agua protegida entre dos paredes y una repisa baja. Uxía saltó primero y mantuvo una mano agarrada a Sabela hasta que ella estuvo también sobre la roca. La Dolores quedó amarrada con dos cabos.
Sabela comprobó los nudos mientras Uxía miraba hacia la niebla.
—¿Ves el otro barco?
—No.
—¿Oyes algo?
Sabela negó. Uxía sacó el teléfono: marcaba las 4:59 y, mientras lo miraba, la hora cambió a las 5:00. Sabela guardó el suyo.
—Esperamos a que abra y volvemos por donde hemos venido.
Uxía miró detrás. El agua ya casi no se distinguía.
—¿Y si no abre?
Sabela no contestó.
Entonces llegó un sonido, muy débil, desde algún punto de la roca: un golpe y después otro, separados por varios segundos. Parecía madera contra piedra.
Sabela miró a Uxía.
—¿Lo oyes?
—Sí.
Volvió a sonar. Uxía agarró el brazo de Sabela antes de que pudiera moverse.
—No.
—No iba a ir.
Permanecieron juntas junto a la Dolores. El sonido volvió una vez más y cesó.
La niebla no se abrió. Uxía miró el teléfono: eran las 5:03.
Pensó en Xoán, en la forma en que había dicho «estoy aprendiendo» sentado junto a ella en el puerto, y comprendió que ya no estaba intentando impedir que Sabela entrara en ningún sitio.
Las dos habían entrado sin que Uxía supiera cuándo ni cómo; solo sabía que Corvoeira había desaparecido.