CAPÍTULO 28
Los registradores permanecieron en la isla doce días sin que ocurriera nada.
Sabela y Bieito los habían colocado un sábado por la mañana, con cielo despejado, viento del noroeste y una marea que llevaba varias horas bajando.
Uno quedó protegido entre dos rocas de la zona alta; el otro, dentro de una pequeña carcasa fijada cerca de la cara norte, lo bastante lejos de la grieta para que Bieito aceptara acercarse.
—Más abajo mediría mejor —dijo Sabela.
—Más abajo no lo colocamos.
—Solo son cinco metros.
—Y siguen siendo cinco metros.
Sabela miró el lugar que señalaba, pero terminó de asegurar la carcasa donde estaban. Bieito comprobó dos veces que no pudiera soltarse con una subida fuerte del agua.
—¿Ya?
—Ya.
—Entonces al barco.
Sabela consultó la hora. Faltaba más de una hora para la zona del cambio de marea que llevaba semanas marcando en sus gráficos.
—Tenemos tiempo.
Bieito no respondió de inmediato.
—He dicho que tenemos tiempo, no que quiera quedarme.
Su padre la miró antes de asentir.
—Bien.
—Puedes confiar un poco en mí.
—Confío. Lo que no hago es confiar en esa isla.
Sabela guardó las herramientas y lo siguió hacia la repisa donde habían dejado la Dolores.
Había prometido que volverían antes del cambio de marea y lo hicieron con casi cuarenta minutos de margen.
Mientras se alejaban, la isla quedó detrás bajo un cielo limpio, con las gaviotas girando sobre las rocas y el sonido del motor ocupando todo el espacio que debía ocupar. Bieito no miró atrás. Sabela sí.
* * *
Al duodécimo día, Bieito la acompañó a descargar los archivos sin retirar los registradores.
Los primeros datos fueron decepcionantes: la temperatura subía durante el día y descendía por la noche; la humedad seguía un comportamiento esperable junto al mar, y la presión variaba de forma casi idéntica a la estación meteorológica más cercana.
Las pequeñas diferencias entre el registrador superior y el de la cara norte podían explicarse por orientación, sombra, viento y proximidad al agua.
Sabela revisó los archivos dos veces. La segunda revisión no produjo ningún descubrimiento que no estuviera en la primera.
—Eso es bueno —dijo Bieito cuando ella se lo contó.
Estaban cenando en casa de sus padres y la madre de Sabela había preparado pescado al horno.
—Para ti.
—Para cualquiera que no quiera que desaparezca gente.
—No estoy buscando que desaparezca nadie.
—Ya sé lo que buscas.
Sabela dejó el tenedor antes de responder.
—No estoy segura de que lo sepas.
Bieito sostuvo su mirada.
—Quieres entenderlo.
—Sí.
—Pues eso.
La madre de Sabela levantó la cabeza hacia los dos.
—¿Podemos terminar de cenar sin que la isla se siente también a la mesa?
Sabela sonrió y aceptó cambiar de tema. Hablaron del bar, de una factura mal hecha y de una mujer que había reservado una mesa para ocho personas y había aparecido con trece porque, según ella, cinco niños no contaban exactamente como personas.
Durante casi una hora Sabela no pensó en la brétema y aquella noche durmió bien.
* * *
La segunda descarga fue distinta. Seis días más tarde, Bieito la acompañó de nuevo a la isla; esta vez retiraron los dos registradores y regresaron antes de mediodía. Sabela descargó los últimos archivos por la tarde y, al principio, creyó que uno de los aparatos había fallado.
La anomalía aparecía en la madrugada del martes, entre las cuatro y las cinco.
En la estación meteorológica exterior, la presión había descendido lentamente durante varias horas y la temperatura se mantenía estable.
En la zona alta de la isla ocurría algo parecido.
El registrador de la cara norte mostraba otra cosa: la temperatura del aire había caído algo más de dos grados en menos de veinte minutos y la humedad había subido hasta rozar la saturación.
Después ambos valores regresaban a la tendencia anterior.
Sabela amplió el gráfico, comprobó la batería, revisó si la carcasa podía haberse mojado y buscó un salto parecido en los días anteriores. No encontró ninguno.
Terminó llamando a Uxía.
—Necesito preguntarte una cosa.
—Eso suena peor que «hola».
—¿El martes de madrugada hubo niebla?
—Yo estaba durmiendo.
—Pregunta a Xoán.
Uxía tardó unos minutos. Cuando volvió a llamar, su padre estaba con ella.
—No la vi —dijo Xoán—. Bieito quizá sí. Sale temprano algunos días.
Sabela cerró los ojos un instante.
—No le digáis nada todavía.
—Es tu padre —respondió Uxía.
—Ya se lo diré yo.
—¿Qué has encontrado?
—Una variación en el registrador de abajo.
Xoán se puso al teléfono.
—¿Qué tipo?
Sabela se lo explicó.
—¿Y eso significa que hubo brétema?
—No. Significa que durante unos veinte minutos la zona de la grieta se comportó de manera distinta que la parte alta de la isla y que la estación de fuera.
—¿A qué hora?
—Entre las cuatro y diez y las cuatro y media, aproximadamente.
Hubo un silencio.
—¿Y la marea? —preguntó Xoán.
Sabela ya la había mirado.
—Cerca del cambio.
—¿Cuánto de cerca?
—Lo bastante para que tenga que comprobarlo mejor.
Uxía recuperó el teléfono.
—¿Qué vas a hacer?
Sabela miró la pantalla antes de responder.
—De momento, nada.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Se lo vas a contar a Bieito?
—Hoy.
—Hoy de verdad.
Sabela sonrió pese a todo.
—Hoy de verdad.
* * *
Bieito sí había estado despierto aquella madrugada. Había salido antes de las cuatro para ayudar a mover una embarcación.
—¿Viste la isla?
—No me fijé.
—¿Había niebla?
Bieito necesitó unos segundos para pensarlo.
—En el pueblo no. Allí no sé.
Sabela giró el portátil para mostrarle la gráfica. Su padre apenas la miró.
—Explícamelo.
Ella lo hizo.
—¿Podría ser un fallo?
—Sí.
Sabela señaló la otra línea.
—Pero el registrador de arriba no lo hace y después el de abajo vuelve a comportarse con normalidad.
—¿Agua?
—La carcasa estaba seca.
—¿Una nube baja?
—Podría.
—Entonces puede ser cualquier cosa.
Sabela respiró antes de contestar.
—Puede ser una anomalía meteorológica local. Eso no significa que sea normal.
Bieito apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Y qué quieres hacer?
—Esperar a ver si vuelve a pasar.
—¿Nada más?
—Nada más.
Bieito la estudió durante un momento y terminó asintiendo.
—Vale.
Sabela cerró el ordenador.
—No tienes que mirarme como si estuviera mintiendo.
—No te miro así.
—Sí.
—Te miro como tu padre.
—Que últimamente es peor.
Bieito sonrió.
—Probablemente.
Ella recogió el portátil. Antes de marcharse, él la llamó.
—Sabela.
—¿Qué?
—Gracias por contármelo antes de hacer nada.
La frase la incomodó más de lo esperado.
—Te lo prometí.
—Ya.
—Y cumplo mis promesas.
Bieito asintió. Sabela salió con aquella frase detrás.
* * *
La tercera coincidencia apareció una semana después.
Esta vez no procedía de la isla. Sabela estaba revisando previsiones antes de irse a dormir cuando vio que, durante la madrugada del viernes, varias condiciones podían aproximarse más de lo que habían hecho desde 1985.
No eran idénticas; nunca lo eran. La presión llevaba horas cayendo, la humedad prevista aumentaba antes del amanecer, el viento perdería fuerza durante la noche y el cambio de marea se produciría alrededor de las cinco.
Sabela abrió el archivo de 1985, después el del episodio de diciembre y finalmente el de la predicción fallida. La diferencia seguía allí. No era la pleamar en sí, sino la zona en la que la curva dejaba prácticamente de subir antes de empezar a bajar.
Miró la hora. Pasaban de las once. Cerró el ordenador, lo volvió a abrir unos segundos después y calculó otra vez.
El intervalo más interesante caía aproximadamente entre las cuatro y cincuenta y las cinco y veinte.
Cogió el teléfono y llamó a Bieito. Su padre tardó en responder.
—¿Qué pasa?
La voz estaba dormida.
—Creo que mañana puede repetirse algo.
Bieito dejó de sonar dormido.
—¿Qué cosa?
—No lo sé. Las condiciones se acercan mucho.
—¿A 1985?
Sabela miró los gráficos.
—Más que las otras veces.
Hubo silencio.
—No vamos —dijo Bieito.
Sabela esperaba la respuesta y, aun así, sintió rabia.
—Ni siquiera te he pedido que vayamos.
—Me has llamado a las once y cuarto para decirme que mañana puede ocurrir algo en la isla.
—Porque te prometí que te lo contaría.
—Y te lo agradezco. Podemos observar desde el puerto.
—Desde el puerto, sí. Y si vemos brétema, podríamos acercarnos lo suficiente para medir desde fuera.
—No.
—Papá.
—No.
—El otro día lo hicimos.
—El otro día no pensabas que las condiciones fueran las más parecidas a las de vuestra desaparición.
Sabela no respondió.
—¿A qué hora? —preguntó Bieito.
—El punto que quiero observar está alrededor de las cinco.
—De noche.
—Antes de amanecer.
—No vamos a la isla de noche.
—No he dicho a la isla. He dicho acercarnos.
—Tampoco.
Sabela empezó a caminar por la habitación.
—Puede tardar meses en volver a coincidir.
—Entonces esperaremos meses.
—O años.
—Pues años.
Ella se detuvo.
—Tú quieres saber qué pasó. Llevas cuarenta años queriendo saberlo y ahora que podemos observarlo, ¿quieres quedarte en tierra?
La respuesta tardó.
—Quiero que tú te quedes en tierra.
Sabela cerró los ojos.
—No puedes protegerme de todo.
—No. Pero de esto voy a intentarlo.
—No soy Xoán ni Manuel.
—Ya lo sé.
—Y no estoy haciendo lo mismo.
—Eso es lo que más miedo me da.
Sabela abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque ellos no sabían que podían desaparecer. Tú sí.
La frase la dejó callada y Bieito bajó la voz.
—No pienso entrar en una brétema —dijo ella.
—Bien.
—Y no voy a ir sola.
Hubo un silencio corto.
—Prométemelo otra vez.
Sabela miró el ordenador abierto.
—Te lo prometo.
—Mañana miramos desde el puerto, a las cuatro y media. Si aparece algo, no salimos.
Sabela tardó antes de contestar.
—Vale.
Bieito lo oyó.
—No me gusta ese «vale».
—Es el único que tengo.
—Sabela.
Ella apoyó los codos sobre las rodillas.
—No salimos.
—Gracias.
Sabela colgó y permaneció sentada varios minutos antes de apagar el ordenador.
* * *
A las dos y diecisiete seguía despierta. A las dos y cuarenta comprobó la presión desde el teléfono. A las tres menos cuarto se levantó para beber agua y ya no volvió a la cama.
Se sentó en la cocina con las luces apagadas. La casa de sus padres estaba en silencio y la puerta del dormitorio permanecía cerrada.
Había cumplido todas las promesas hasta entonces.
Había ido acompañada, había regresado cuando Bieito se lo pidió, había colocado instrumentos con buen tiempo y había esperado.
Aquello no era una ocurrencia. Tenía datos, una franja temporal, una localización y condiciones que podía medir.
No necesitaba entrar en la niebla. Ni siquiera necesitaba desembarcar.
Podía quedarse a distancia, registrar el momento exacto en que el viento cayera y regresar.
Podía estar fuera media hora, quizá menos.
Pensó en despertar a Bieito y supo lo que ocurriría: diría que no. No porque los datos fueran malos, se dijo, sino porque era su padre.
Aquella distinción empezó a parecerle razonable. Después, conveniente.
Sabela dejó el vaso sobre la mesa. No iba a acercarse a la grieta, no iba a desembarcar y no iba a cruzar ninguna niebla. Solo quería comprobar si la transición que llevaba semanas dibujando sobre papel podía observarse desde el mar.
Fue a su habitación, se vistió y preparó el anemómetro, el medidor de presión, el termómetro, una linterna, una batería externa, el GPS independiente y el cuaderno.
Al salir al pasillo se detuvo frente a la puerta de sus padres. No llamó y bajó las escaleras. Las llaves de la Dolores estaban en el cajón de la entrada.
Sabela las sostuvo en la mano y comprendió que ahí estaba la diferencia. Hasta aquel instante podía seguir diciéndose que simplemente iba al puerto.
Las llaves acabaron con la mentira. Volvió a dejarlas, subió dos escalones y se detuvo para mirar la hora. Las tres y treinta y ocho. Faltaba poco más de una hora para el inicio de la franja.
Sabela permaneció unos segundos inmóvil y después bajó otra vez, abrió el cajón y cogió las llaves.
* * *
O Peirao Vello estaba vacío. El viento era débil, aunque todavía suficiente para mover las drizas de las embarcaciones.
Sabela dejó la mochila en la Dolores, pero no arrancó inmediatamente.
Sacó el teléfono, abrió la conversación con su padre y escribió: «Estoy en el puerto».
Lo borró. Probó con «No voy a hacer ninguna tontería» y también lo eliminó.
Era exactamente la clase de frase que escribía alguien que sabía que estaba haciendo algo que los demás considerarían una tontería.
Guardó el teléfono, soltó las amarras y subió. El motor arrancó con un sonido normal que le produjo un alivio inesperado.
La isla aún podía verse como una silueta oscura. No había brétema. Todavía.
La Dolores salió despacio del puerto. Sabela mantuvo el rumbo sin acercarse directamente a la isla; solo quería llegar hasta el punto desde el que habían tomado las primeras mediciones en diciembre.
Nada más.
Cuando Corvoeira quedó detrás, sacó otra vez el teléfono. No podía seguir sin decirle a nadie dónde estaba. No a Bieito, todavía no.
Buscó el nombre de Uxía y escribió:
«No te asustes. Estoy en la Dolores. Creo que esta madrugada puede repetirse algo. Solo voy a medir desde fuera y vuelvo. No voy a desembarcar ni a entrar en la niebla.»
Sabía exactamente qué respondería Uxía. Por eso esperó hasta estar demasiado lejos del puerto para que pudiera detenerla antes de enviarlo.
Pulsó y la hora marcó las 4:07. Sabela guardó el teléfono y levantó la vista hacia A Illa dos Corvos. La isla seguía visible y el viento acababa de disminuir.