La brétema CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Sabela necesitó casi dos semanas para atreverse a decir que había encontrado algo. Los números no le preocupaban; sí la diferencia entre una coincidencia capaz de entusiasmarla durante una noche y una relación que siguiera allí después de mirarla desde todos los ángulos posibles.

Aquella vez no llamó a Uxía de madrugada. Esperó al sábado y llegó a Casa Freire poco antes de comer. Encontró a Xoán en el patio, inclinado sobre una bicicleta.

—¿De quién es eso?

—De Uxía.

Sabela miró las ruedas.

—¿Sabe que la tienes desmontada?

—Todavía no.

—Entonces quizá deberíamos hablar rápido antes de que te mate.

Xoán sonrió.

—¿Has venido por la isla?

La pregunta la incomodó.

—¿Por qué das por hecho que siempre vengo por eso?

—Porque traes el cuaderno.

Sabela miró el bolso.

—También traigo cartera.

—No la sacas nada más llegar.

Uxía apareció en la puerta de la cocina.

—¿Qué le has hecho a mi bicicleta?

Xoán se incorporó.

—Arreglarla.

—Funcionaba.

—Más o menos.

—Perfectamente.

—Tenías el freno trasero fatal.

—Lo llevé así cinco años.

—No sé si eso te da la razón.

—Me da experiencia.

—Te da suerte.

Uxía vio a Sabela.

—Hola.

—Hola.

—¿Vienes a impedir un parricidio?

—Creo que técnicamente sería otra cosa.

—No le des ideas.

Puri llamó desde dentro para que dejaran de discutir y fueran a poner la mesa. Sabela guardó el cuaderno.

—Después.

—¿Hay algo?

—Después.

Uxía supo por el modo de decirlo que sí.

* * *

Comieron con Carme. Puri había preparado caldo y merluza, y Xoán pasó buena parte de la comida intentando convencer a su mujer de que no necesitaba cortar el pescado en trozos cada vez más pequeños para después asegurar que no tenía hambre.

Carme estaba tranquila. Miró varias veces a Sabela antes de preguntarle:

—¿Tú eres la hija de Bieito?

—Sí.

—La pequeña.

Sabela sonrió.

—Ya no tanto.

Carme negó como si aquello fuera discutible.

—Tu padre te llevaba al puerto cuando eras una cría. Te ponía un chaleco naranja enorme.

Sabela bajó el tenedor.

—Mi madre todavía guarda una foto.

Xoán sonrió.

—Parecías una boya con piernas.

—Gracias.

Carme se rió y, durante unos minutos, hablaron de aquella época. Sabela recordaba poco del chaleco, pero sí las bromas que había oído durante años sobre su empeño en acercarse al borde del muelle.

—Siempre quería ir más cerca —dijo.

La frase quedó suspendida un instante. Uxía la oyó y Sabela también.

Puri fue la única que siguió recogiendo los platos con absoluta normalidad.

—Eso no se te ha quitado.

Sabela soltó una risa.

—Parece que no.

* * *

Esperaron hasta que Carme se durmió en el salón. Xoán terminó la bicicleta antes de entrar y Uxía comprobó el freno.

—Ahora roza.

—Porque la zapata es nueva.

—Antes no rozaba.

—Antes no frenaba.

—Frenaba.

—Contra la voluntad de la física.

Sabela abrió el cuaderno.

—¿Puedo interrumpir este matrimonio?

Uxía se sentó.

—Por favor.

Xoán ocupó otra silla.

—Habla.

Sabela colocó tres hojas sobre la mesa.

—He revisado todos los episodios otra vez, pero separando el estado general de la marea de la proximidad al cambio.

Uxía señaló uno de los gráficos.

—Lo que viste en enero.

—Sí.

—¿Sigue ahí?

Sabela asintió.

—Y se vuelve más interesante cuando añado otras cosas.

—¿Cuáles?

—La presión y la diferencia entre la temperatura del aire y la del agua.

Xoán frunció el ceño.

—Explícalo sin convertirnos en científicos.

—No puedo hacer milagros.

Uxía le dio una patada suave bajo la mesa y Sabela señaló la primera hoja.

—El once de noviembre de 1985 tenemos una caída de presión durante las horas anteriores. No es extrema y los registros históricos no tienen la precisión que me gustaría, pero la tendencia está.

Pasó a la segunda.

—El día que medimos la brétema en diciembre también bajaba la presión, aunque la marea estaba ya fuera de la zona de cambio que ahora me interesa.

—Y no pasó lo mismo —dijo Xoán.

—Hubo una anomalía, pero no desaparición ni ninguna discrepancia temporal medible.

—Vale.

Sabela señaló la tercera hoja.

—Cuando hice la previsión que falló, teníamos humedad, presión y una fase de marea parecida, pero estaba trabajando con una franja demasiado amplia. Cuando aplico el margen más estricto que permiten los datos, deja de parecerse tanto al once.

Uxía siguió la línea con el dedo.

—Entonces el momento del cambio puede importar.

—La proximidad al cambio puede importar. No tenemos una hora exacta de desaparición en 1985 y la reconstrucción de la marea tiene margen, así que no voy a convertirlo en un minuto mágico.

Xoán miró los gráficos.

—¿Y la temperatura?

—Ahí la evidencia es más débil. En 1985 no tenemos medición local de agua; solo podemos aproximar con datos regionales y climatología.

—Entonces no puedes usarlo como si supieras cuánto medía —dijo Uxía.

—Exacto. Lo que sí puedo observar en los episodios recientes es que el aire cambia más deprisa que el agua cuando aparece la brétema. Eso puede ser solo física de niebla o puede acompañar a otra cosa. Todavía no sé cuál de las dos.

Xoán apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Qué te queda entonces?

Sabela pasó una página. Había escrito cuatro palabras: MAREA — PRESIÓN — TEMPERATURA — LUGAR.

Xoán señaló la última.

—Eso no es nuevo.

—No, pero creo que la estábamos tratando de forma demasiado amplia.

Sacó una fotografía de A Illa dos Corvos tomada desde el mar. Había marcado la cara norte y la grieta.

—Mi padre tuvo la anomalía más fuerte en esta zona. La pieza con las iniciales de Ramón apareció cerca. Tú tuviste una reacción física en la cara norte, aunque no sepamos qué significa.

—Y nosotros no sabemos dónde estábamos cuando desaparecimos —dijo Xoán.

—Exacto. El Santa Bárbara apareció al este, pero eso no nos da vuestra posición exacta en el momento en que ocurrió lo que fuera.

Xoán miró la fotografía.

—Y aun así piensas que la grieta importa.

—Pienso que no puedo ignorarla.

Uxía cruzó los brazos.

—Entonces tienes cuatro variables y ninguna demostrada.

Sabela sonrió.

—Me alegra ver que has aprendido algo.

—Tengo buena maestra.

—El problema es que quizá tampoco sean cuatro.

—¿Qué falta?

Sabela cerró el cuaderno.

—Eso es lo que no sé.

* * *

Bieito llegó una hora después. Sabela le había pedido que pasara cuando terminara unas cosas en el puerto. Entró en la cocina, vio las hojas extendidas y se quedó junto a la puerta.

—Ya estamos.

—Siéntate —dijo su hija.

—Eso nunca anuncia nada bueno.

—He encontrado una diferencia que sigue ahí después de dos semanas.

Aquello consiguió que se sentara.

Sabela volvió a explicarlo. Bieito escuchó sin interrumpir hasta que ella habló de la grieta.

—No.

Sabela se detuvo.

—No he propuesto nada.

—Lo vas a proponer.

—Papá.

—Te conozco.

Sabela guardó silencio y Bieito señaló la fotografía.

—¿Qué quieres hacer?

Ella respiró.

—Colocar instrumentos.

—¿Dónde?

—En la isla.

Bieito se levantó.

—No.

—Déjame terminar.

—No necesito que termines.

—Pues vas a escucharme igualmente.

Xoán apartó ligeramente la silla y no intervino. Sabela apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No quiero ir durante una brétema ni acercarme en una condición que hayamos marcado como dudosa. Quiero colocar dos registradores en un día normal, con buena visibilidad, y dejarlos varias semanas. Temperatura, presión y humedad. Uno en la zona alta y otro cerca de la cara norte.

Bieito negó.

—Ya hemos estado allí con buen tiempo y Xoán tuvo una reacción que todavía no sabemos qué significa.

—Por eso no tiene que venir.

Xoán levantó una ceja.

—Gracias.

—Sabes a qué me refiero.

Bieito seguía mirándola.

—No vas sola.

—No he dicho que vaya sola.

—¿Con quién?

Sabela lo sostuvo con la mirada.

—Contigo.

Bieito se quedó callado.

—¿Conmigo?

—Conoces el desembarco mejor que nadie, sabes cuándo las condiciones son normales y, si quieres vigilarme, supongo que así estarás más tranquilo.

—No voy para vigilarte.

Sabela levantó una ceja.

—Un poco sí.

Bieito bajó la vista hacia las hojas.

—¿Y si aparece niebla mientras estamos allí?

—Nos vamos.

—¿Antes de que llegue?

—En cuanto tú o yo veamos que algo cambia.

—¿Y si deja de soplar el viento?

—Nos vamos.

Bieito la observó un largo momento.

—No vas sin mí.

Sabela respondió sin apartar la mirada.

—No voy sin ti.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Y si yo digo que volvemos, volvemos.

Ella tardó un poco más.

—Sí.

—Sin quedarnos cinco minutos más para una medida.

Sabela quiso sonreír, pero Bieito no estaba bromeando.

—Vale. Si dices que volvemos, volvemos.

Bieito respiró.

—Entonces hablamos del día.

Sabela se acercó y le besó la mejilla.

—Gracias.

—Todavía no he dicho que sí.

—Has preguntado por el día.

—Eso no es decir que sí.

—Se parece bastante.

Bieito miró a Xoán.

—¿Siempre ha sido así?

Xoán sonrió.

—Desde el chaleco naranja.

Sabela negó.

—No os soporto.

* * *

Aquella tarde Uxía salió a caminar con Xoán. No lo habían planeado; Carme se había quedado con Puri y hacía suficiente buen tiempo para recorrer el paseo sin chaqueta gruesa.

Caminaron hasta el final del puerto. Xoán se detuvo varias veces para saludar a personas que Uxía no conocía o a gente a la que él recordaba mucho más joven. Algunos todavía lo miraban demasiado; otros ya habían aprendido a hablarle con normalidad.

—¿Te molesta? —preguntó Uxía.

—¿Qué?

—Que te miren.

Xoán pensó.

—Menos que al principio.

—¿Y que te pregunten?

—Depende de lo que pregunten.

Llegaron a un banco y se sentaron.

—Hay una cosa que casi nadie pregunta —dijo Xoán.

—¿Cuál?

—Qué voy a hacer.

—¿Con qué?

—Con mi vida.

Aquello sorprendió a Uxía.

—Yo sí te lo he preguntado.

—Tú me preguntas demasiadas cosas.

—Es verdad.

Xoán miró el puerto.

—Todo el mundo quiere saber dónde estuve. Nadie sabe qué hacer conmigo ahora que estoy aquí.

—¿Tú sabes qué hacer contigo?

—No.

—Entonces quizá por eso no preguntan.

Xoán sonrió.

—Puede ser. He pensado en volver a trabajar.

Uxía se volvió.

—¿En el mar?

—No lo sé.

—¿Quieres?

Xoán tardó bastante en responder.

—Quiero querer.

—No es lo mismo.

—No.

Miró sus manos.

—Era lo que sabía hacer.

—Sabes hacer más cosas.

—Arreglar bicicletas contra la voluntad de sus propietarias.

—Eso no cuenta.

—Ha quedado perfecta.

—Roza.

—Dejará de rozar.

Uxía sonrió y Xoán también.

—No sé si quiero volver a ser pescador porque lo echo de menos o porque es el último sitio donde sé quién era.

Uxía dejó pasar la frase antes de responder.

—No tienes que volver a ser exactamente quien eras.

—Ya.

—Tampoco tienes que decidirlo ahora.

—Tengo cuarenta años de retraso.

—Por eso mismo puedes darte unos meses.

—A veces hablas como si fueras mi madre.

—Y tú tienes aspecto de ser mi hermano mayor. Los dos tendremos que acostumbrarnos.

Él soltó una carcajada. Después su expresión se suavizó.

—¿Tú vas a volver a irte?

Uxía no esperaba la pregunta.

—No lo sé.

Xoán miró al frente.

—No te lo pregunto para que te quedes. No quiero que pienses que has recuperado un padre y ahora tienes que reorganizar tu vida alrededor de mí.

—No sería solo por ti. Está mamá, Puri… y tú.

—Sí, pero tú tenías una vida antes de volver.

—La sigo teniendo.

—¿Dónde?

Uxía sonrió un poco.

—Esa es una pregunta bastante buena.

—Estoy aprendiendo.

Uxía sonrió un poco.

—Yo también.

—¿A qué?

—A que estés aquí.

La respuesta dejó a Xoán callado. Uxía tampoco añadió nada. Desde el banco llegaban el golpe de un cabo contra un mástil y voces dispersas del puerto.

—Es raro —dijo ella.

—Mucho.

—Bueno. Entonces estamos empatados.

Xoán soltó una risa.

—Eso parece.

Se quedaron sentados un rato más. En algún momento sus brazos se rozaron y ninguno se apartó. La isla se veía a lo lejos, pero ninguno habló de ella.

* * *

Sabela cenó con sus padres aquella noche. Su madre había preparado tortilla y Bieito abrió una botella de vino. Durante buena parte de la cena hablaron de un problema con una nevera del bar y de una prima que quería celebrar allí un cumpleaños con treinta personas pagando como si fueran diez.

Sabela se rió. Era la primera noche en varios días en la que no había abierto el portátil al llegar a casa. Después de cenar ayudó a recoger mientras Bieito secaba platos.

—¿Cuándo? —preguntó él.

Sabela sabía a qué se refería.

—El miércoles dan buen tiempo.

—Trabajo.

—El jueves.

—También.

Sabela apoyó un plato.

—No pienso ir sin ti.

Bieito la miró.

—Ya lo sé.

—Entonces tendrás que encontrar un hueco.

—Eso suena a amenaza.

—Organización.

Bieito terminó de secar un vaso.

—El sábado.

Sabela sonrió.

—Vale.

—Salimos después de que amanezca y volvemos mucho antes de la zona de cambio de marea que estás estudiando.

Sabela dejó de sonreír.

—¿Por qué?

—Porque llevas dos semanas diciendo que podría importar.

—También sería útil registrar…

Bieito dejó el paño y Sabela se calló.

—He prometido —dijo ella.

—Sí.

—Volvemos antes.

Bieito asintió. Sabela continuó colocando platos.

—Papá, si algún día creemos de verdad que sabemos cuándo puede ocurrir, no podremos pasarnos la vida alejándonos cada vez que se acerque ese momento.

Bieito tardó en responder.

—Ya discutiremos eso cuando tengamos algo más que una hipótesis.

Sabela miró hacia él.

—No quiero perderte por intentar entender por qué casi pierdo a otros —añadió Bieito.

La frase hizo que ella dejara el plato.

—No me vas a perder.

—Eso tampoco puedes prometerlo.

Sabela quiso responder y no encontró una frase que no sonara falsa. Se acercó y lo abrazó.

—No voy a ir sola —dijo junto a su hombro.

—Eso sí puedes prometerlo.

—Ya lo he hecho.

—Pues acuérdate.

Sabela cerró los ojos.

—Me acuerdo.

* * *

El sábado amaneció despejado. Sabela cargó dos registradores, baterías protegidas contra humedad, bridas, una pequeña carcasa metálica y un termómetro de reserva.

Bieito revisó la previsión tres veces: no había niebla, el viento soplaba de noroeste y faltaban horas para la zona del siguiente cambio de marea que Sabela quería estudiar.

Antes de soltar amarras, Bieito miró a su hija.

—Si algo cambia…

—Volvemos.

—Si aparece niebla…

—Volvemos.

—Si deja de soplar el viento…

—Volvemos.

Bieito asintió. Sabela subió a la Dolores y colocó la mochila con los registradores bajo el banco para que no se mojara.

Cuando salieron de O Peirao Vello, la isla se veía completa bajo una mañana limpia y el viento seguía entrando con regularidad por la bocana.

Bieito vigiló el mar; Sabela, por una vez, dejó el cuaderno guardado.