La brétema CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—Eso ya lo sé.

La conversación terminó en una discusión absurda sobre si vivir con alguien siete años convertía una ruptura en divorcio aunque nunca hubiera habido matrimonio.

Uxía subió a dormir riéndose y, a mitad de la escalera, comprendió que no recordaba la última vez que se había reído así con su padre porque probablemente nunca había ocurrido.

Esa vez la idea no dolió igual: algunas cosas no podían recuperarse, pero otras podían empezar ahora.

* * *

Sabela siguió trabajando. Pasaba varios días fuera de Corvoeira y regresaba por las tardes o los fines de semana. No volvió a proponer ninguna salida ni formuló otra previsión en voz alta.

Cuando Uxía preguntaba por el cuaderno, Sabela respondía que estaba revisando datos.

Era verdad. Lo llevaba consigo con frecuencia, aunque no lo sacaba cuando ayudaba en el bar o cuando comía con sus padres.

Había añadido columnas nuevas: presión atmosférica, velocidad del cambio de presión, coeficiente de marea, hora aproximada del cambio, temperatura del aire, diferencia respecto al agua, dirección del viento, distancia a la grieta y sonido.

Una tarde de finales de enero, Uxía la encontró en la cocina de Casa Freire comparando dos gráficos.

—¿Desde cuándo estás aquí?

Sabela levantó la cabeza.

—Media hora.

—Llevo una hora en casa.

—Entonces más.

Uxía dejó una bolsa sobre la mesa.

—¿Has comido?

—Sí.

—¿Qué?

Sabela tardó tanto en responder que Uxía abrió la nevera.

—Eso me parecía.

—He desayunado tarde.

—Son las seis.

Sabela cerró el portátil.

—Hace décadas que no soy una niña.

—Curiosamente, eso es exactamente lo que dices cuando alguien tiene razón.

Uxía le puso delante un plato que había sobrado del mediodía y Sabela empezó a comer.

—Te estás pareciendo a mi padre.

—Es contagioso.

Durante unos minutos hablaron de otra cosa. Después Uxía señaló los gráficos.

—¿Has encontrado algo?

Sabela tragó.

—No sé.

—Eso suena a sí.

—Suena a que no quiero decirlo hasta comprobarlo.

—Mejor.

—¿No vas a insistir?

—Estoy creciendo.

—No me lo creo.

Uxía sonrió mientras Sabela volvía la atención a la pantalla.

—Hay una cosa que me molesta. Estamos mirando la marea como si bastara con decir pleamar o bajamar.

—¿Y no?

—El agua no cambia de dirección de golpe. Hay un tramo alrededor del cambio en el que el nivel varía muy poco antes de empezar a bajar o subir con claridad.

Uxía recordó cómo se lo había explicado semanas atrás.

—El cambio de fase.

—Sí. Creo que hemos sido demasiado amplias al trabajar con una franja grande.

Sabela amplió el gráfico reconstruido para el 11 de noviembre de 1985.

—No podemos fijar el minuto exacto de lo que os ocurrió. Sabemos que salieron antes de las cinco y que el primer aviso fue a las cinco y diecisiete.

—Eso sí.

—Pues esa ventana se solapa con el tramo de la curva en el que el nivel cambia muy poco, dentro del margen que permiten los datos históricos y el puerto de referencia.

Uxía miró la pantalla.

—¿Y el episodio que medimos en diciembre?

—No estaba tan cerca.

—¿Y cuando falló tu previsión?

Sabela amplió otro gráfico.

—Tampoco como yo creía.

Uxía dejó el tenedor con el que estaba robándole una patata.

—Entonces has encontrado la variable.

—He encontrado una diferencia.

—Sabela.

—Una diferencia.

—¿Y Bieito el dieciocho?

—La marea ya bajaba de forma clara.

—Y no desapareció.

—Exacto.

Sabela señaló el gráfico de 1985.

—Me interesa la proximidad al cambio, pero no puedo convertirla en una llave. La reconstrucción de 1985 tiene margen y seguimos sin saber el momento exacto en que desaparecieron.

Uxía pensó en la calma del mar.

—Agua casi quieta.

—No confundas el nivel de la marea con el estado de la superficie.

—Ya sé que no es lo mismo.

—Bien.

—Pero te interesa mucho.

Sabela no lo negó.

—Sí.

Uxía miró el cuaderno abierto, lleno de números.

—¿Cuánto llevas con esto?

—Unos días.

—¿Cuántos?

Sabela sonrió.

—No seas mi padre.

—Eso no responde.

—Cuatro.

—¿Durmiendo?

—Sí.

Uxía sostuvo su mirada hasta que Sabela la apartó.

—Más o menos.

—Sabela.

—Estoy bien.

—No he preguntado eso.

La puerta se abrió antes de que pudiera continuar. Bieito entró con Xoán y, al ver el portátil, miró primero a su hija y después a Uxía.

—Otra vez.

Sabela cerró la pantalla.

—No estoy haciendo nada peligroso.

—No he dicho que lo hagas.

—Lo estabas pensando.

Bieito dejó una bolsa sobre la encimera.

—Te conozco desde antes de que supieras hablar. No necesito decir todo lo que pienso.

Sabela se levantó.

—He encontrado una diferencia en los datos.

Bieito no preguntó cuál, y aquello la sorprendió.

—¿No quieres saberla?

—Sí.

—Pues no lo parece.

—Quiero saberla cuando hayas dormido.

Sabela apretó los labios mientras Xoán abría la nevera.

—Por una vez estoy con él.

—Nadie te ha preguntado.

—Eso tampoco parece detener a nadie en esta familia.

Uxía se rió; Sabela no. Bieito se acercó a su hija.

—No te estoy pidiendo que dejes de mirar. Te estoy pidiendo que sigas teniendo una vida mientras miras. No quiero que esa isla empiece a decidir cuándo duermes, cuándo comes o cuándo vuelves a casa.

—No decide nada.

—Entonces demuéstralo.

—¿Cómo?

—Vente a cenar.

La respuesta la desarmó.

—¿Eso es todo?

—Hoy sí.

Sabela miró el ordenador y terminó cerrándolo del todo.

—Vale.

Bieito sonrió.

—Bien.

Sabela recogió el cuaderno. Antes de guardarlo escribió una sola línea al final de la página: «Posible variable: proximidad al cambio de marea. Pendiente de comprobar con el margen histórico».

—Pero mañana sigo.

—Mañana haces lo que quieras. Esta noche vienes conmigo.

Sabela lo siguió hacia la puerta. Uxía se quedó mirando el gráfico impreso que había quedado sobre la mesa. La ventana comprendida entre la salida del Santa Bárbara y el primer aviso de las 5:17 atravesaba, con todos los márgenes que aún tenían, el tramo casi horizontal de la curva de marea.