La brétema CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La primera Navidad después del regreso de Xoán llegó antes de que ninguno estuviera preparado. Uxía lo supo cuando Puri bajó del altillo una caja de adornos y la dejó en medio del salón.

—Este año ponemos el árbol.

Uxía miró a su madre. Carme estaba dormida en el sillón, con una manta sobre las piernas y la televisión encendida sin sonido.

—Todos los años ponemos el árbol.

—No así.

Puri señaló la caja.

Uxía comprendió cuando levantó la tapa. Había adornos que conocía de niña, bolas de cristal demasiado frágiles para seguir existiendo y una estrella de cartón dorado que llevaba décadas perdiendo purpurina.

Entre todo aquello encontró una figura hecha con pasta de sal: una niña deforme, pintada de rojo, con el nombre UXÍA escrito en la parte trasera con letra adulta.

—Eso lo hice yo.

—Con cuatro años —respondió Puri.

Uxía se quedó mirándola.

—No me acuerdo.

Xoán entró en el salón con una caja de herramientas.

—¿Qué pasa?

Puri le tendió la figura. Él la cogió y sonrió antes de que nadie tuviera que explicarle nada.

—La hicimos en la cocina.

Uxía levantó la cabeza.

—¿Te acuerdas?

—Sí. Te enfadaste porque querías que tuviera dos coletas y yo no sabía hacerlas.

Uxía sonrió.

—¿Y esto se supone que es una persona?

—Tenías cuatro años. Yo solo cumplía órdenes.

Puri se rió. Xoán siguió mirando el adorno.

—Carme hizo la masa.

La sonrisa se le apagó un poco. Para Uxía aquella figura era un objeto antiguo que había sobrevivido en una caja; para él pertenecía a una tarde que podía sentirse casi reciente.

—Ponla tú —dijo Uxía.

—¿Dónde?

—En el árbol.

—Todavía no hay árbol.

—Pues cuando lo haya.

Xoán dejó la figura con cuidado encima de la caja.

—Vale.

Carme despertó un rato después y se enfadó porque habían movido el sillón para hacer sitio.

—Ahí estaba bien.

—Mamá, es por el árbol.

—¿Qué árbol?

Puri se llevó las manos a la cintura.

—El de Navidad.

Carme frunció el ceño.

—Pero si todavía no es Navidad.

Nadie discutió con ella. Xoán arrastró el sillón hasta el lugar que quería.

—Lo ponemos donde quepa.

Puri protestó.

—Ahí no cabe.

—Pues hacemos que quepa.

Dos horas después, el árbol estaba torcido entre una lámpara y el mueble de la televisión. Carme dijo que estaba precioso y Puri aseguró que era una desgracia; Uxía decidió que ambas tenían razón.

* * *

La cena de Nochebuena fue en Casa Freire.

Puri cocinó para demasiadas personas, como llevaba haciendo toda la vida, y Amparo apareció con una fuente de empanada que nadie le había pedido porque, según explicó, fiarse de que otra familia diera de comer correctamente a Manuel era una irresponsabilidad.

Maruxa y Antón llegaron con ella. Bieito y Sabela pasaron después de cenar con la familia Barreiro y se quedaron para el café.

La mesa era demasiado pequeña, de modo que añadieron un tablero sobre dos caballetes y utilizaron sillas que procedían de habitaciones distintas. Manuel observó el resultado.

—Esto antes no pasaba.

—Antes faltabais dos —respondió Puri.

La frase salió con naturalidad y nadie intentó hacerla más solemne de lo que era.

Xoán ocupó el sitio junto a Carme. Uxía se sentó frente a ellos y, durante la primera parte de la cena, tuvo la extraña sensación de estar contemplando una fotografía que debería haber existido cuarenta años antes.

Carme estuvo lúcida buena parte de la noche y reconoció a Manuel.

—Estás muy delgado.

—¿Veis? Esto es una conspiración.

Amparo le sirvió más empanada.

—Come.

Carme se volvió hacia Xoán.

—Y tú tienes peor cara.

—Gracias.

—Nunca comes cuando sales al mar.

Xoán no corrigió el tiempo verbal.

—Hoy he comido bien.

Carme le apretó la mano debajo de la mesa. Uxía lo vio y él se dio cuenta de que lo estaba mirando.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara no significa nada.

—Estoy aprendiendo de ti.

La conversación continuó alrededor de gente del pueblo, casas que habían cambiado de dueño, una boda prevista para primavera y un restaurante nuevo que, según Puri, cobraba por poner en platos grandes lo mismo que antes servían en una taza.

De vez en cuando aparecía un nombre que Xoán o Manuel reconocían y alguien tenía que explicar qué había ocurrido durante los cuarenta años intermedios. Al principio la mesa se detenía; después aprendieron a dejar que aquellas noticias dolorosas convivieran con la cena.

—¿Y Roque Varela? —preguntó Manuel.

Antón tragó antes de responder.

—Murió hace cinco años.

Manuel bajó la mirada.

—Ah.

Maruxa añadió:

—Su hija lleva ahora la tienda.

—¿Lara?

—Sí.

—Era una niña.

—Tiene cuarenta y ocho.

Manuel hizo la cuenta.

—Claro.

Amparo le puso patatas en el plato.

—Y tiene dos nietos.

Manuel sonrió.

—Eso ya no pienso calcularlo.

La conversación siguió sin necesidad de fingir que aquellas pequeñas noticias no dolían.

* * *

Después de cenar, Carme se cansó. Xoán la acompañó al dormitorio y Uxía fue detrás con las medicinas, pero se quedó junto a la puerta cuando vio a su padre ayudarla a quitarse la chaqueta.

Carme se sentó en el borde de la cama.

—Ha venido mucha gente.

—Sí.

—¿Por qué?

Xoán sonrió.

—Es Nochebuena.

Carme lo miró sorprendida.

—¿Ya?

—Ya.

Ella pensó un momento.

—Entonces la niña estará nerviosa por los regalos.

Xoán volvió los ojos hacia la puerta. Uxía estaba allí, pero Carme no siguió su mirada.

Xoán se agachó frente a su mujer.

—Sí. Siempre se ponía nerviosa.

—No la dejes levantarse de madrugada.

—Lo intentaré.

Carme le acarició el pelo.

—Tú también te pones nervioso.

—¿Yo?

—Siempre dices que no te importa y luego eres el primero en mirar.

Xoán soltó una risa suave.

—Eso no lo recordaba.

—Yo sí.

Aquella noche, al menos durante unos minutos, Carme conservaba una parte de él que Xoán había olvidado de sí mismo. La idea lo dejó quieto.

—Carme.

—¿Qué?

—Te quiero.

Ella sonrió.

—Ya.

—Y siento haberme perdido tanto.

Carme frunció el ceño.

—¿Perdido qué?

Xoán miró sus manos. Podría haber intentado explicárselo, pero no lo hizo.

—Nada.

Carme lo observó.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando crees que todo es culpa tuya.

Xoán levantó la cabeza. No sabía si aquella frase pertenecía a 1985, a otro momento de su matrimonio o solo a esa noche. La recibió de todos modos.

Carme le tocó la mejilla.

—Ven a la cama.

Él tragó saliva.

—Ahora vuelvo.

—No tardes.

Xoán le besó la frente. Al salir encontró a Uxía en el pasillo, con las pastillas en la mano.

—¿Está bien?

—Sí.

Uxía lo miró un poco más.

—¿Y tú?

Xoán apoyó la espalda contra la pared.

—No sé qué contestar a eso. La verdad cambia cada cinco minutos.

Uxía se acercó.

—A veces siento que he vuelto demasiado tarde para todo y demasiado pronto para saber qué hacer con ello —dijo él.

—Has vuelto.

—Ya.

—No arregla los cuarenta años.

—No.

—Pero sí cambia lo que viene después.

—Eso intento creer.

Uxía le cogió la mano.

—Yo también.

Carme llamó desde el dormitorio preguntando dónde estaba Xoán. Él sonrió.

—Parece que me necesitan.

—Ve.

Antes de entrar, Xoán se volvió.

—Feliz Navidad, hija.

Uxía sintió la frase más de lo que esperaba.

—Feliz Navidad, papá.

* * *

Manuel regresó a casa de Amparo pasada la una. Antón y Maruxa se marcharon poco después, pero Amparo no quiso acostarse.

—No tengo sueño.

—Son casi las dos.

—Tú tampoco estás durmiendo.

—Porque estoy recogiendo.

—Pues recoge más despacio.

—Eso no tiene ningún sentido.

—No quiero que te vayas todavía.

La frase lo detuvo.

—Vivo aquí.

—Ya.

—Mañana voy a seguir aquí.

—Ya.

Él se sentó frente a ella.

—Mamá.

Amparo bajó la vista.

—Cuarenta Navidades. La primera pensé que volverías antes de Reyes. La segunda ya no sabía qué pensar. Después aprendimos a cenar igual.

Manuel sintió que la garganta se le cerraba.

—Lo siento.

—No.

Amparo levantó la mirada.

—Eso no.

—Pero…

—No estabas porque quisieras.

—Ya lo sé.

—Pues no me hagas consolarte por algo que me dolió a mí.

Manuel la miró sorprendido y Amparo sonrió.

—Puedo decir que te eché de menos sin que tengas que convertirlo en culpa.

Manuel bajó la cabeza.

—Todavía no sé hacerlo.

—Aprende.

Él soltó una risa pequeña.

—Todo el mundo me manda aprender cosas.

—Has vuelto muy ignorante.

Manuel se rió de verdad. Amparo estiró la mano sobre la mesa y él se la cogió.

—Te eché de menos todos los años —dijo ella.

Manuel apretó sus dedos.

—Yo no puedo decirte cuántos años te eché de menos.

—Ya lo sé.

—Pero te eché de menos.

Amparo asintió.

—Eso me llega.

Manuel se levantó, rodeó la mesa y la abrazó.

—Feliz Navidad, mamá.

—Feliz Navidad, meu neno.

* * *

El invierno avanzó y no hubo otra brétema anómala durante el resto de diciembre ni en las primeras semanas de enero.

Xoán empezó a salir por las mañanas con Bieito de vez en cuando, no para acercarse a la isla, sino para ayudar con aparejos o pequeñas reparaciones.

Manuel pasaba cada vez más horas en el taller.

Antón dejó de vigilar cada golpe. La primera vez que le permitió terminar una pieza sin corregirlo, Manuel esperó hasta el final.

—¿Ya está?

Antón miró el trabajo.

—Sí.

—¿No vas a decirme que está mal?

—Si quieres, puedo inventar algo.

Manuel sonrió y se quedó contemplando la piedra.

—Papá habría encontrado tres defectos.

—Cinco.

—Cuatro como mínimo.

Antón apoyó una mano en su hombro.

—Le habría gustado verte aquí.

Manuel bajó la cabeza.

—A mí me habría gustado que me viera.

Antón apretó ligeramente el hombro y permaneció a su lado un momento antes de volver al trabajo.

* * *

Uxía empezó a contarle cosas a Xoán. Al principio él preguntaba demasiado; después aprendió a esperar y a dejar que ella decidiera hasta dónde quería llegar.

Una tarde le enseñó fotografías de los lugares en los que había vivido. Otra noche le habló de su primer trabajo, de una jefa a la que había odiado durante dos años y de un piso tan pequeño que podía alcanzar la nevera desde el sofá.

—¿Y eras feliz? —preguntó Xoán.

Uxía tardó.

—A veces.

—Eso no es una respuesta.

—Es bastante buena.

—Vale.

Otro día ella le habló de una relación que había durado casi siete años.

Xoán frunció el ceño.

—¿Siete?

—Sí.

—¿Y no salió bien?

—No.

—¿Por qué?

—¿Ya has empezado a ejercer de padre?

—Estoy practicando.

—Pues vas tarde.

Xoán sonrió.