CAPÍTULO 25
La red apareció por casualidad una mañana en la que Xoán había pasado por el cobertizo de Bieito para devolverle una llave inglesa.
Su amigo estaba sentado frente a una montaña de cabo húmedo, corchos desgastados y malla endurecida por la sal, revisando unos paños viejos que había prometido arreglar para un vecino.
—Eso tiene peor aspecto que tú —dijo Xoán.
Bieito levantó la cabeza.
—Por eso todavía puede arreglarse.
Xoán dejó la herramienta sobre la mesa y se agachó junto a él.
—Estás cerrando mal ese nudo.
—Llevo haciéndolos desde antes de que tú supieras mear de pie.
—Y llevas todo ese tiempo haciéndolos mal.
Bieito le tendió el cabo.
—Adelante.
Xoán sonrió y se sentó. No había ido buscando recuerdos ni había hablado demasiado de la visita a la isla desde que Uxía le preguntó si seguía pensando en el miedo que había sentido entre las rocas.
Él le había contestado que sí, pero también que pensar en algo no significaba recordarlo.
Aquella mañana solo quería hacer algo con las manos.
Bieito le dio una aguja de red y continuaron trabajando. El paño no se parecía a las nasas que Xoán y Manuel llevaban en el Santa Bárbara; era una red más gruesa, antigua, con reparaciones hechas por manos distintas y nudos que se habían endurecido con los años.
Xoán pasó el pulgar por uno de ellos y se detuvo. La primera sensación no fue una imagen, sino frío: uno inmediato y profundo, como agua atravesándole las mangas. Después llegó la presión en los dedos, algo mojado que tiraba de ellos y un nudo duro bajo la piel.
Soltó la red y Bieito levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
Xoán no respondió. Había aprendido a no perseguir aquellos fragmentos en cuanto aparecían, porque cuanto más intentaba completar una escena, más fácil resultaba colocar dentro cosas que podían no haber ocurrido. Se quedó quieto y esperó.
La sensación regresó: los dedos cerrados alrededor de una malla gruesa y una voz que no conseguía asociar a ningún rostro.
No sabía si sonaba cerca o lejos, ni si gritaba o simplemente trataba de hacerse oír en un lugar donde el sonido se comportaba de otra manera.
Lo único que pudo recuperar con claridad fueron cuatro palabras.
Levantó una mano.
—No hables.
Bieito permaneció inmóvil hasta que Xoán abrió los ojos.
—Necesito a Uxía.
No preguntó nada. Cogió el teléfono.
* * *
Uxía llegó veinte minutos después y, al entrar, no sacó la libreta. Xoán se lo agradeció.
—¿Qué ha pasado?
Él señaló la red.
—La he tocado y ha venido algo.
Uxía miró a Bieito.
—No le he preguntado —dijo él.
—Bien.
Xoán se levantó.
—Quiero escribirlo antes de hablar.
Uxía sacó una hoja pequeña del bolso y se la tendió con un bolígrafo.
—Escribe solo lo que recuerdas.
—Ya sé.
—Lo sé.
Xoán apoyó el papel sobre la mesa y escribió despacio. Después dobló la hoja.
—Hay frío. La red está mojada y la estoy sujetando.
—Eso ya lo teníamos.
—Sí.
—¿Algo nuevo?
Xoán miró el papel.
—Una voz.
Uxía evitó preguntarle qué decía.
—¿La reconoces?
—No.
—¿Sabes si habla contigo?
—Creo que con nosotros.
—¿Por qué?
Xoán tardó un poco en contestar.
—Por las palabras.
Le tendió la hoja. Uxía la abrió y leyó: NO OS SOLTÉIS. Durante un momento no dijo nada.
—¿Manuel ha dicho eso alguna vez? —preguntó Xoán.
—No.
—¿Algo parecido?
—No con esas palabras.
Uxía dobló de nuevo la hoja.
—No se lo contamos todavía.
—Eso pensaba.
Bieito permanecía junto a la puerta y había palidecido. Uxía lo vio.
—¿Te suena?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Xoán dejó la red sobre la mesa sin volver a tocarla.
—Si dice «os»…
—Papá.
Xoán se detuvo.
—Ya sé.
El plural permitía pensar que alguien hablaba a más de una persona, pero no decía quién, dónde ni en qué momento. Uxía no quiso convertir cuatro palabras en una escena que todavía no poseían.
* * *
Manuel llegó al cobertizo después de comer. Uxía le había pedido que fuera sin explicarle el motivo y Xoán esperaba sentado al fondo, decidido a no decir nada hasta que Manuel hubiera intentado recuperar su propio recuerdo.
—Esto cada vez se parece más a una citación —dijo al entrar.
Miró a Xoán.
—¿Ha pasado algo?
Uxía señaló una silla.
—Sí, pero antes quiero preguntarte una cosa y Xoán no va a contarte nada.
—Eso tranquiliza muchísimo.
—Ha aparecido un recuerdo nuevo.
La expresión de Manuel cambió.
—¿De él?
—Sí.
—¿Y quieres saber si yo tengo algo parecido?
—Quiero que no sepas qué recordó antes de intentarlo.
Manuel se sentó.
—Vale.
Uxía no le enseñó la hoja.
—Esta mañana Xoán estaba tocando una red vieja cuando apareció el fragmento. Tú ya habías dicho que recordabas una red mojada y que intentabas no perderla. No quiero concretar más.
Manuel miró el paño sobre la mesa.
—¿Quieres que lo toque?
Uxía dudó.
—Solo si tú quieres.
Manuel se levantó y cogió una parte de la red. La sostuvo unos segundos.
—No es igual.
—¿A qué?
—A la de mi cabeza.
—¿Por qué?
Manuel cerró los dedos sobre la malla.
—Esta está seca por algunas partes. La otra no.
Recorrió un nudo con el pulgar.
—Esto sí se parece.
Dejó la red.
—No viene nada.
Xoán bajó la mirada. Uxía guardó la hoja en el bolso.
—Entonces lo dejamos aquí.
Manuel frunció el ceño.
—¿Qué recordó?
—Antes quiero que pase un poco de tiempo.
—Uxía.
—No quiero colocarte una frase en la cabeza.
La irritación apareció enseguida.
—Estoy cansado de que mi propia memoria tenga que tratarse como si fuera material contaminado.
Nadie respondió. Manuel se pasó una mano por la cara.
—Perdón.
—No tienes que pedir perdón —dijo Uxía.
—Ya sé por qué lo haces.
—Y yo sé por qué te molesta.
Manuel miró a Xoán.
—¿Tú también estás harto?
—Muchísimo.
—Bien. Por lo menos algo seguimos compartiendo.
Bieito puso café sin preguntar si alguien quería.
Manuel aceptó una taza y, durante unos minutos, hablaron de otra cosa.
Antón había conseguido vender una pieza que Manuel consideraba horrible; Xoán aseguró que aquello demostraba que la cantería tenía menos criterio que el mar y Manuel le recordó que el mar había intentado quedarse con ellos durante cuarenta años.
Bieito no encontró gracia en el comentario. Manuel se dio cuenta.
—Lo siento.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Bieito lo miró. Manuel sostuvo la taza entre las manos.
—Sé que nosotros hacemos bromas porque, si no, hay cosas que no sabemos cómo decir. Pero tú te has quedado con esto cuarenta años.
Bieito apartó la vista.
—No hace falta volver siempre a lo mismo.
—No vuelvo por ti. Vuelvo porque yo no estaba aquí mientras tú te culpabas y, aunque sé que no podía estar, a veces siento que todos habéis cargado con cosas que también nos pertenecían.
—No eran vuestras —dijo Bieito.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de decirlo.
Manuel sonrió apenas.
—Eso mismo le digo a él.
Señaló a Xoán.
—No funciona.
Bieito terminó por sonreír y la conversación se desvió hacia el trabajo de Manuel en la cantera. El silencio que quedó después ya no resultó incómodo.
* * *
Manuel regresó al taller de Antón aquella tarde sin saber aún qué había recordado Xoán.
Trabajó casi dos horas. Su hermano había dejado sobre la mesa una pieza pequeña que debían sujetar mientras colocaban dos cuñas y, cuando la piedra se desplazó unos milímetros, Manuel tuvo que apretar las dos manos para impedir que venciera hacia un lado.
La tensión en los dedos hizo que algo se cerrara dentro de su pecho. Se quedó inmóvil sin entender al principio qué había cambiado.
—Manuel.
Antón dejó el martillo.
—¿Qué pasa?
Él levantó una mano.
—Espera.
El taller continuó delante de sus ojos, con la piedra, las herramientas y su hermano, pero debajo de aquello apareció otra sensación: agua en las piernas, la red tensándose, una respiración demasiado cerca y una voz de la que solo alcanzó a recuperar el final.
…OS SOLTÉIS. Manuel dejó la pieza sobre el banco.
—Llama a Uxía.
Antón no preguntó.
* * *
Cuando Uxía llegó, Manuel habló antes de que Xoán apareciera.
—No quiero saber qué recordó.
—No te lo voy a decir.
—He oído algo.
—¿Qué?
—Una voz.
Uxía mantuvo la expresión quieta.
—¿La reconoces?
—No.
—¿Qué dice?
Manuel respiró.
—No tengo el principio.
—Dime solo lo que tienes.
—«Os soltéis».
Uxía anotó la hora, el lugar y el desencadenante antes de sacar la hoja doblada que Xoán había escrito aquella mañana. La puso sobre la mesa y dejó que Manuel la abriera.
Él leyó: NO OS SOLTÉIS. No dijo nada hasta que Xoán entró acompañado por Bieito. Manuel levantó la hoja.
—Yo no sabía esto.
—No —respondió Uxía.
Xoán se acercó.
—¿Qué has recordado?
—El final. «Os soltéis».
Xoán se sentó. No parecía satisfecho ni asustado, sino cansado.
—Entonces alguien estaba con nosotros.
Uxía negó.
—Todavía no podemos afirmarlo.
—¿Quién iba a decirnos «no os soltéis» si no?
—Puede que uno de vosotros recuerde mal quién hablaba, que la frase perteneciera a otra situación o que todavía nos falte una parte enorme de la escena.
Manuel levantó una mano.
—Sí. Ya sabemos.
Uxía se calló y Xoán volvió a mirar la hoja.
—Pero es nuevo.
—Sí.
—Y lo hemos recordado por separado.
—Eso sí.
Bieito se apoyó contra la pared.
—¿Y después?
Uxía levantó una mano antes de que ninguno respondiera.
—Antes de hablarlo, hacemos lo mismo que con la red. Si hay algo después de la frase, lo escribís sin decíroslo.
Les dio una hoja a cada uno. Xoán se quedó junto a la mesa y Manuel se apartó hacia el banco del taller. Durante un rato solo se oyó el lápiz de Xoán y, desde la calle, un coche pasando despacio.
—No intentéis completar una escena —dijo Uxía—. Solo lo primero que aparece después, si aparece algo.
Manuel escribió. Xoán añadió dos palabras más y dobló su hoja. Cuando ambos terminaron, Uxía las abrió sobre la mesa.
En la de Manuel se leía: «PÁJARO O GRITO DE PÁJARO. AIRE. AGUA. NO SÉ EL ORDEN». En la de Xoán: «SONIDO METÁLICO LEJOS. AGUA. AIRE EN LA CARA. TODO MUY JUNTO».
Manuel miró a Xoán.
—No sabía lo tuyo.
—Ni yo lo tuyo.
Uxía señaló las hojas.
—¿Estáis seguros de que esto viene después de la frase?
—Ni siquiera de eso —respondió Xoán—. Solo sé que esas cosas aparecen en otro trozo que asocio con el final. No puedo colocarlas mejor.
Manuel asintió y volvió a mirar su hoja.
—A mí me pasa igual. Tengo el pájaro, aire y agua, pero si intento decidir qué ocurrió primero empiezo a rellenar huecos.
—¿Y sabes si el aire pertenece al mismo momento?
—No. Solo está pegado al mismo fragmento. El agua también.
La salida seguía siendo un fragmento, no una secuencia.
Lo único que podían sostener era que, en recuerdos que ambos asociaban de forma imprecisa con el regreso, aparecían sonidos del exterior, aire y agua.
Uxía guardó las hojas sin intentar convertir aquellas coincidencias en un orden que ninguno conservaba.
* * *
Sabela llegó una hora después. Bieito había intentado convencerla de que no dejara el trabajo por aquello, pero ella había terminado lo urgente y apareció con el cuaderno.
Leyó las dos declaraciones por separado.
—Quiero comprobar que lo entiendo bien. Xoán recupera «No os soltéis» por la mañana. Manuel no conoce esa frase y por la tarde recuerda «os soltéis».
—Sí —respondió Uxía.
—Y los dos tenéis algún sonido exterior dentro de un fragmento que asociáis con el regreso, junto con aire y agua, pero ninguno conserva el orden.
—No exactamente igual —dijo Manuel.
Sabela lo miró.
—Eso es importante.
—Yo tengo un pájaro. Él algo metálico.
—Y no sabemos si pertenecen exactamente al mismo instante —añadió Uxía.
—No.
Sabela se sentó y miró a su padre.
—El día dieciocho, cuando te acercaste a la grieta, el sonido exterior casi desapareció.
—Sí.
—Y el otro día, cuando entramos en la brétema, se amortiguó, pero el motor nunca dejó de oírse.
Bieito entendió hacia dónde iba.
—¿Piensas que el sonido marca algo?
—Pienso que tenemos una repetición que merece atención.
Uxía sonrió.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que puedo defender.
Sabela abrió el cuaderno. En el apartado de CAMBIOS PERCIBIDOS escribió: «Zona afectada: pérdida o amortiguación del sonido exterior».
Debajo dejó espacio y añadió: «Salida de 1985, recuerdos fragmentarios: en ambos aparecen de nuevo sonidos exteriores, aire y agua cerca del regreso, sin orden fiable».
No dibujó ninguna flecha ni utilizó las palabras ventana o apertura. Manuel observó la página.
—Tú ya estás pensando algo.
—Siempre estoy pensando algo.
—Eso tampoco es una respuesta.
Sabela cerró el cuaderno.
—Si el fenómeno altera el sonido, quizá siga siendo uno de los indicadores más útiles para notar que algo está cambiando. Lo que no podemos hacer es afirmar todavía en qué momento exacto ocurre.
—¿Cambia a qué? —preguntó Xoán.
—No lo sé todavía.
Uxía recordó la conversación de días atrás.
—Brétema y algo más.
Sabela asintió.
—Algo más.
* * *
Manuel volvió a casa de Amparo antes de cenar. La encontró en la cocina pelando patatas.
—Llegas tarde.
—Tengo más de sesenta años.
—Y llegas tarde.
Manuel dejó la chaqueta.
—Eso no parece importarte.
—A mí me da igual los años que diga un papel.
Él sonrió y se sentó frente a ella. Amparo continuó pelando hasta que levantó la vista.
—¿Qué ha pasado?
—¿Por qué tiene que haber pasado algo?
—Porque llevas cinco minutos sentado sin molestar.
Manuel soltó una risa.
—He recordado una cosa.
Las manos de Amparo se detuvieron.
—¿Mala?
Manuel pensó antes de responder.
—No sé.
—¿Te hace daño?
—Sí.
Amparo dejó el cuchillo.
—Mamá.
—Dime.
—Siento no haber estado. Con papá, contigo, con Maruxa, con Antón. Con todo.
Amparo frunció el ceño.
—No empieces tú también.
Manuel levantó la cabeza.
—¿También?
—Tu padre hizo eso durante años.
—¿Qué cosa?
—Pensar que, si hubiera hecho algo distinto, tú no habrías salido aquella mañana.
Manuel se quedó quieto. Nadie se lo había contado.
—¿Papá pensaba eso?
—Claro.
Amparo retomó una patata.
—Los hombres tenéis una habilidad especial para encontrar maneras de culparos por cosas que no podéis cambiar.
Manuel sonrió sin ganas.
—Me habría gustado despedirme.
Esta vez Amparo no siguió pelando.
—A él también.
Manuel tragó saliva.
—Lo he echado de menos. Y a ti.
Amparo levantó los ojos.
—Estoy aquí.
—Ya lo sé, pero te he echado de menos igual.
Su madre alargó una mano y le tocó la cara.
—Eu tamén, meu neno.
Manuel dejó de mirar la fotografía. No intentó calcular cuánto tiempo había cabido dentro de aquella ausencia; se levantó y rodeó la mesa para abrazarla. Amparo protestó porque tenía las manos mojadas, aunque no se apartó.
—Te quiero, mamá.
—Ya lo sé.
Manuel sonrió contra su pelo.
—Pues acostúmbrate a que te lo diga.
—Mientras pongas la mesa, puedes decir lo que quieras.
Manuel se rió y empezó a sacar los platos. Aquella noche no volvió a hablar de la red ni de la voz. Se quedó en la cocina con Amparo, obedeciendo sus instrucciones mientras ella seguía tratándolo, en algunas cosas, como al hijo que había salido de casa una mañana de 1985.