La brétema CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

—La apuntas en casa.

—Son treinta segundos.

Su padre la observó.

—Treinta.

Sabela escribió la hora, la ausencia de niebla y las condiciones medidas. Al final de la página añadió: COMBINACIÓN INSUFICIENTE. Cerró el cuaderno.

—Ya.

* * *

Desayunaron en el bar de la familia Barreiro. La madre de Sabela ya estaba levantando la persiana cuando llegaron y los miró entrar como si cinco personas apareciendo juntas antes de las siete de la mañana fuera una confirmación más de que nadie en su familia sabía vivir de manera sencilla.

—¿Habéis visto algo?

—El amanecer —respondió Bieito.

—Eso sale todos los días.

—Por eso funciona.

Sabela se colocó detrás de la barra para ayudar con las tazas. Su madre le apartó una bandeja de las manos.

—Siéntate.

—Puedo ayudar.

—Llevas despierta desde no sé cuándo.

—Desde las cuatro.

—Entonces siéntate.

Sabela obedeció con una expresión que hizo reír a Uxía. Bieito dejó delante de su hija una tostada.

—Come.

—Hace décadas que no soy una niña.

—Y sigues necesitando desayunar.

—Ese argumento es difícil de rebatir.

Durante un rato hablaron de cualquier cosa menos de la isla. Manuel contó que Antón había descubierto una pequeña grieta en la pieza que llevaba días trabajando y había decidido atribuírsela a la calidad de la piedra en lugar de reconocer que había golpeado mal.

Xoán preguntó por un antiguo cliente de la cantera y Manuel tuvo que explicarle que llevaba muerto más de una década.

—Joder —murmuró Xoán.

La conversación se detuvo apenas un instante. Era una de aquellas pequeñas trampas que seguían apareciendo sin aviso: un nombre podía pertenecer para Xoán al presente y para los demás a una historia terminada hacía años.

—¿Y el hijo? —preguntó él.

—Ahora lleva el negocio.

—Era un crío.

—Tiene cincuenta y uno.

Xoán bajó la vista hacia el café y Uxía vio el cálculo pasar por su cara.

—Me he perdido demasiado —dijo.

No hablaba únicamente de aquel hombre. Manuel lo entendió.

—Sí.

Xoán levantó la mirada.

—A veces siento que tendría que haber estado aquí.

Manuel dejó la tostada.

—Yo también.

—Ya sé que no podíamos.

—Yo también lo sé.

—No sirve de mucho saberlo.

Manuel negó.

—No.

Bieito los observaba desde el otro lado de la mesa. Xoán pasó una mano por el borde de la taza.

—Uxía me cuenta cosas de cuando era pequeña y me sale pensar que debería haberlas sabido. Como si hubiera faltado porque quise.

Ella se acercó un poco.

—No faltaste porque quisieras.

—Ya lo sé.

—Entonces no voy a dejar que me pidas perdón por cuarenta años enteros.

Xoán sonrió sin alegría.

—¿Puedo pedirte perdón por alguno?

Uxía sostuvo su mirada.

—No.

—Eres bastante estricta.

—Me dedico a eso.

Xoán apoyó una mano sobre la suya.

—Entonces déjame decirte otra cosa.

—Dime.

—Que me habría gustado estar.

Uxía giró la mano y entrelazó los dedos con los de él.

—Eso sí.

Manuel miró hacia la ventana.

—A mí también me habría gustado.

Sabela, que había permanecido callada, volvió hacia él.

—¿Con tu padre?

—Con todos. Con mi madre envejeciendo, con Maruxa construyendo su vida, con Antón aprendiendo a llevar la cantera, con mi padre haciéndose mayor. No sé qué habría hecho ni si habría servido para algo, pero me habría gustado estar.

Nadie intentó consolarlo. No había consuelo para una ausencia que ninguno había elegido.

La madre de Sabela apareció con otra cesta de pan y la dejó en medio de la mesa.

—Pues ahora estás.

Manuel levantó la cabeza.

—Sí.

—Empieza por comerte eso antes de que se enfríe.

La sencillez de la frase deshizo algo y Manuel sonrió.

—Amparo y usted se han puesto de acuerdo.

—Las madres no necesitamos reunirnos para saber cuándo alguien está demasiado flaco.

Xoán se rió y la conversación continuó.

* * *

Sabela regresó a casa después de trabajar aquella tarde. Bieito estaba en la cocina limpiando pescado.

Ella dejó las llaves y la mochila sobre una silla.

—No tenías que esperarme.

—Vivo aquí.

—Ya sabes a qué me refiero.

Bieito siguió trabajando. Sabela abrió la nevera, sacó una botella de agua y bebió directamente de ella.

—He revisado los datos.

—Me lo imaginaba.

—La humedad estaba incluso más alta que el otro día.

—Ya.

—La caída de presión también era parecida.

Bieito dejó el cuchillo.

—Sabela.

—No estoy diciendo que quiera volver.

—Todavía estás trabajando.

—Estoy intentando entender por qué falló.

—Quizá porque todavía te faltan datos.

La respuesta la molestó.

—Ya sé que me faltan datos.

—Entonces deja que eso sea una respuesta durante una noche.

Sabela cerró la botella.

—No me gusta equivocarme.

—A nadie.

—No es eso.

Bieito esperó.

—Creía que había encontrado algo que se repetía.

—Y no se repitió.

—Exacto.

—Entonces has aprendido algo.

Sabela miró hacia la mochila.

—He aprendido que me falta una variable.

Bieito no contestó. Ella volvió los ojos hacia él.

—¿Qué?

—Nada.

—Papá.

—Solo espero que, mientras buscas lo que falta, no empieces a pensar que tienes que estar cada vez más cerca para encontrarlo.

Sabela dejó la botella sobre la mesa.

—Te he hecho una promesa esta mañana.

—Lo sé.

—Y la he cumplido.

—También lo sé.

Bieito se secó las manos.

—Ven aquí.

Sabela frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Porque sí.

Ella se acercó y Bieito la abrazó. Al principio Sabela mantuvo los brazos abajo, sorprendida, pero terminó rodeándolo.

—Estás muy raro últimamente.

—Me estoy haciendo viejo.

—Eso no es nuevo.

Bieito la apretó un poco más.

—Te quiero, rapaza.

Sabela cerró los ojos.

—Yo también te quiero.

Permanecieron así unos segundos. Después Bieito volvió al pescado.

—Ahora vete a ducharte. Hueles a laboratorio y a bar.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Me da igual.

Sabela cogió la mochila y, antes de salir de la cocina, miró el bolsillo lateral en el que guardaba el cuaderno. No lo sacó. Subió las escaleras.

Aquella noche la página con la frase COMBINACIÓN INSUFICIENTE se quedó donde estaba, pero Sabela tardó mucho en dormirse pensando qué variable no había sabido ver.