La brétema CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Durante los tres días siguientes, Sabela no volvió a mencionar la brétema.

Uxía la vio una vez en el bar de su familia, ayudando a colocar cajas de bebida porque habían llegado más tarde de lo previsto, y otra en la plaza, camino del coche después de trabajar.

En ambas ocasiones hablaron de Carme, de una avería en la calefacción de Casa Freire y de si Manuel terminaría consiguiendo que Antón reconociera que ya sabía manejar un cincel sin poner en peligro sus dedos.

Uxía no preguntó por el cuaderno y Sabela tampoco lo mencionó. La llamada llegó la cuarta noche, poco después de las diez.

—Creo que tengo algo.

Uxía cerró el libro que estaba leyendo.

—Eso nunca empieza bien.

—No he descubierto qué es la brétema.

—Me tranquiliza.

—Creo que puedo decir cuándo merece la pena mirar.

La propuesta era distinta a todo lo que Sabela había planteado hasta entonces.

—¿Mirar desde dónde?

—Desde tierra.

—Sabela.

—Desde tierra, Uxía.

Su tono no admitía demasiadas interpretaciones.

—Explícame.

Sabela tardó unos segundos, como si estuviera ordenando algo que llevaba horas pensando.

—El episodio del otro día me dio datos medidos mientras la brétema estaba presente.

No sirven para saber qué la causa, pero sí para comparar.

He revisado la evolución de la presión durante las horas anteriores, humedad, viento, temperatura y estado de la marea.

Después he buscado cuándo podría repetirse una combinación parecida.

—¿Y?

—Mañana antes del amanecer.

Uxía se incorporó.

—Eso es muy pronto.

—La atmósfera no me ha consultado.

—¿Qué coincidencias?

—Humedad alta, presión cayendo desde esta tarde, viento flojo de madrugada y una fase de marea que se aproxima más a la de 1985 que la del episodio que vimos hace cuatro días.

Uxía pensó en la tabla.

—¿Pleamar?

—Cerca del cambio.

—¿Y eso basta?

—No.

Sabela respondió con tanta rapidez que Uxía sonrió.

—Al menos seguimos entendiendo la misma palabra.

—No digo que vaya a aparecer. Digo que, si la combinación que estamos siguiendo tiene alguna utilidad, mañana entre las cinco y las seis y media sería un buen momento para comprobarlo.

—Desde tierra.

—Desde tierra.

—¿Quién va?

Hubo una pausa.

—Mi padre.

—Eso no me sorprende.

—Y tú, si quieres.

Uxía miró hacia el pasillo. Casa Freire estaba en silencio.

—Xoán querrá saberlo.

—Sí.

—Manuel también.

Sabela soltó aire.

—Esto se está convirtiendo en una excursión.

—Son dos personas a las que les pasó.

—Ya.

Uxía reconoció el cansancio en su voz.

—¿Has dormido?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No tanto como debería.

—Eso no es una cantidad.

—Buenas noches, Uxía.

—Sabela.

—Cinco menos cuarto en el mirador.

Sabela colgó antes de que Uxía pudiera seguir discutiendo.

* * *

Xoán no quiso despertar a Carme. Se vistió en silencio y bajó a la cocina mientras Uxía preparaba café. Puri apareció poco después, envuelta en una bata y con el pelo recogido de cualquier manera.

—Otra vez.

No era una pregunta. Uxía llenó una taza.

—Esta vez no hay niebla.

—Todavía.

Xoán cogió una tostada.

—No vamos a la isla.

Puri lo miró.

—Hace un mes esa frase me habría parecido suficiente.

Ninguno encontró una respuesta que pudiera tranquilizar a Puri.

Carme apareció en la puerta antes de que terminaran de desayunar. Llevaba el camisón y una chaqueta de punto mal abrochada.

—¿Dónde vais?

Xoán se levantó.

—A ver amanecer.

Carme frunció el ceño.

—¿Los dos?

—Los dos.

Carme volvió los ojos hacia Xoán.

—Tú nunca me llevabas a ver amanecer.

Él sonrió.

—Porque a esas horas estabas durmiendo.

—Mentira. Con la niña no dormía nadie.

Uxía levantó la taza para ocultar la sonrisa. Por un momento, Carme pareció saber perfectamente quién era cada uno y en qué época estaba.

Xoán se acercó a ella.

—Volvemos para desayunar contigo.

Carme miró las tazas sobre la mesa.

—Ya estáis desayunando.

—Pues para el segundo desayuno.

Ella aceptó la explicación y le arregló el cuello de la chaqueta. El gesto fue tan cotidiano que Xoán se quedó quieto.

—Abrígate —dijo Carme.

Él cubrió con una mano los dedos de su mujer.

—Te quiero.

Carme lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión.

—Ya era hora.

Uxía bajó la vista. Xoán se rió, pero no soltó la mano de Carme.

—Te he echado de menos.

Esta vez ella no respondió inmediatamente. Le acarició la mejilla.

—No sé dónde has estado.

La sonrisa de Xoán desapareció sin que su expresión se rompiera.

—Yo tampoco.

Carme mantuvo la mano allí unos segundos más.

—Pues no tardes.

—No.

La besó en la frente y salió con Uxía. Ya en la calle caminaron un trecho sin hablar.

—¿Estaba lúcida? —preguntó Xoán al fin.

Uxía no supo qué contestar.

—Durante parte de la conversación, creo que sí.

—¿Y después?

—No lo sé.

Xoán siguió caminando.

—A veces me da igual.

—¿Qué cosa?

—Si sabe exactamente en qué año estamos cuando le digo que la quiero. Lo sabe de alguna manera.

Uxía rozó su brazo con el hombro.

—Sí.

Caminaron unos metros más antes de que Xoán volviera a mirarla.

—No sé si estoy haciendo esto bien.

—¿El qué?

—Tener una hija de cuarenta y cuatro años.

Uxía sonrió.

—Yo tampoco sé cómo se tiene un padre que vuelve así.

—Entonces estamos igual.

—Más o menos.

Xoán asintió como si aquella respuesta le sirviera.

—Podrías empezar por no arreglarme cosas sin preguntar.

—Eso no puedo prometerlo.

—Ya veo que vamos avanzando.

Él sonrió y siguieron hacia el mirador. Unos pasos después, Uxía se dio cuenta de que caminaban al mismo ritmo.

* * *

Sabela y Bieito ya estaban en el mirador. Manuel llegó poco después con un termo que Amparo le había obligado a llevar.

—Dice que si vamos a estar mirando el mar como idiotas, por lo menos no lo hagamos con hambre.

Bieito aceptó un café.

—Tu madre siempre tuvo sentido común.

—Por eso no ha venido.

Sabela tenía el cuaderno apoyado sobre el muro y había trazado una pequeña tabla con horas y previsiones.

—No quiero que esto se convierta en una prueba de si tengo razón o no.

Manuel bebió café.

—Entonces has traído demasiados números.

—Quiero comprobar si las variables que seleccioné sirven para anticipar algo.

Uxía se colocó a su lado.

—Eso suena muchísimo a comprobar si tienes razón.

Sabela le dirigió una mirada.

—A las cinco y diez empieza la franja que marqué.

—¿Y qué debería pasar?

—No lo sé. Puede que nada.

—¿Y si aparece niebla?

—Medimos desde aquí.

Bieito permanecía unos pasos atrás.

—Y si no aparece, nos vamos a desayunar.

Sabela cerró el cuaderno.

—Sí.

Su padre la observó antes de insistir.

—Prométemelo.

Ella frunció el ceño.

—¿El qué?

—Que no vas a decidir que, como desde aquí no se ve nada, hay que acercarse.

—Papá.

—Prométemelo.

Sabela miró alrededor. Uxía tuvo la impresión de que le molestaba más tener aquella conversación delante de los demás que la petición en sí.

—No voy a coger una barca.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Sabela guardó silencio. Bieito apoyó las manos sobre el muro.

—Sé cómo eres cuando algo no encaja. No paras porque estés cansada ni porque ya sea tarde; paras cuando crees que lo has entendido.

—Es mi trabajo.

—Tu trabajo no es esta isla.

—Ya lo sé.

—Entonces dímelo.

Sabela cerró los ojos un instante.

—No voy a acercarme hoy aunque no ocurra nada desde aquí.

Bieito asintió. La conversación podría haber terminado, pero Sabela permaneció mirándolo.

—¿De verdad crees que haría algo así sin avisarte?

Bieito tardó en responder.

—Creo que podrías convencerte de que no es peligroso.

Ella se puso rígida.

—No soy una niña.

—No he dicho que lo seas.

—Pues estás hablando como si necesitara permiso.

Bieito bajó la voz.

—Estoy hablando como un padre que pasó cuarenta años preguntándose si debería haber impedido que dos hombres salieran al mar.

Sabela dejó de moverse.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—Para ti, quizá no.

La claridad empezaba a extenderse sobre el horizonte. Bieito miró hacia A Illa dos Corvos antes de continuar.

—Yo sé lo que es ver marcharse a alguien y pensar después que podía haber hecho algo. No quiero aprenderlo contigo.

Sabela bajó los ojos.

—Papá…

—No pienso fingir que puedo ser razonable cuando te veo acercarte a algo que no entiendo. No después de lo que pasó con ellos.

El silencio que siguió fue distinto al de la espera. Sabela cerró el cuaderno.

—Lo sé.

Bieito asintió.

—Pues ya está.

—No, no está. Porque también necesito que confíes en mí.

—Confío en ti.

—No parece.

—Confío en que eres inteligente. No confío en que las personas inteligentes dejen de hacer tonterías.

Manuel carraspeó.

—Por una vez voy a apoyar a Bieito.

—Nadie te ha preguntado.

—Eso nunca me ha detenido.

La tensión cedió lo suficiente para que Bieito sonriera. Sabela volvió a abrir el cuaderno.

—Desde tierra.

—Desde tierra —repitió su padre.

* * *

A las cinco y diez no ocurrió nada. A las cinco y veinte tampoco. El cielo se aclaró lentamente y A Illa dos Corvos siguió visible, oscura contra una franja cada vez más clara de horizonte.

Sabela tomó medidas cada diez minutos. La presión descendía según lo previsto, la humedad era alta y el viento se mantuvo débil. A las cinco y cuarenta y ocho la marea estaba muy cerca del cambio que había calculado, pero no apareció niebla.

—Todavía estamos dentro de la franja —dijo.

Nadie respondió; todos siguieron mirando la isla.

A las seis y cinco, una gaviota se posó sobre el muro a pocos metros de Manuel.

—Esto parece una provocación —dijo él.

Uxía sonrió. Sabela no. A las seis y veinte cerró el anemómetro.

—Faltan diez minutos.

Bieito se apoyó a su lado.

—Podemos esperar diez.

—Ya lo sé.

A las seis y treinta el mar seguía completamente visible. Sabela miró la hora y no guardó nada.

—Cinco minutos más.

Bieito no dijo nada. A las seis y treinta y cinco tampoco había cambiado nada.

—La predicción ha fallado —dijo Uxía.

—No era una predicción.

—Has dicho que creías poder decir cuándo merecía la pena mirar.

—Y merecía la pena mirar.

—Sabela.

Ella respiró hondo.

—Vale. No ha ocurrido nada.

Manuel sirvió el último café.

—Eso es bueno.

Sabela volvió hacia la isla.

—Sí.

La palabra sonó correcta, aunque no convencida. Bieito la oyó.

—Vámonos.

Sabela guardó el anemómetro.

—Quiero apuntar una cosa.