CAPÍTULO 23 #2
—El motor —explicó—. Lo oigo perfectamente.
Xoán asintió.
—Yo también.
Bieito mantuvo el rumbo. El GPS de Sabela continuaba mostrando su posición y la línea de regreso hacia el puerto.
—Seguimos teniendo señal.
—Me importa más seguir teniendo costa —dijo Bieito.
La niebla empezó a aclararse por la popa antes de que terminara la frase y el viento regresó casi de golpe. Uxía lo sintió en la cara.
Sabela levantó el aparato.
—Seis kilómetros por hora.
Unos segundos después reaparecieron las gaviotas. Primero una y luego varias. La isla volvió a quedar detrás de ellos envuelta en la misma masa blanca, como si la pequeña lengua que los había alcanzado no hubiera sido más que una expansión momentánea.
Bieito no redujo velocidad hasta que estuvieron muy lejos. Nadie pidió regresar.
* * *
La brétema desapareció treinta y siete minutos después. La observaron desde O Peirao Vello: no avanzó sobre el pueblo ni se desplazó hacia mar abierto, sino que fue perdiendo densidad alrededor de la isla hasta que la roca reapareció poco a poco.
Sabela comprobó tres veces la hora.
—¿Qué?
—Nuestros relojes.
Uxía miró el suyo.
—¿Qué pasa con ellos?
—Nada.
Compararon los teléfonos, el GPS independiente, el reloj de Bieito y la hora que marcaba el sistema del puerto. La diferencia entre unos y otros era de segundos.
—No hemos perdido tiempo —dijo Manuel.
Sabela corrigió:
—No tenemos ninguna discrepancia medible en el tiempo que hemos estado fuera.
—Que es una manera más larga de decir lo mismo.
—Y más exacta.
Xoán continuaba mirando la isla.
—No era aquello.
Sabela se volvió hacia él.
—¿Estás seguro?
—No puedo estar seguro de algo que casi no recuerdo.
Se pasó las manos por la cara.
—Pero lo de hoy no se parece a los trozos que tengo. Había viento hasta acercarnos, el motor no desapareció y yo sabía todo el tiempo dónde estaba.
Manuel asintió.
—A mí me pasa igual.
Bieito apoyó las manos sobre la borda.
—Aquella noche del dieciocho fui más cerca.
—¿Cuánto?
—No lo sé exactamente. Bastante más. Llegué a la grieta.
—Y allí dejaste de oír casi todo lo de fuera.
—Sí.
Sabela abrió el cuaderno.
—Entonces hoy hemos tenido algunas de las cosas, no todas.
—Eso parece —dijo Uxía.
—Niebla localizada, caída del viento, descenso de temperatura del aire, amortiguación parcial del sonido exterior…
—Y ningún desaparecido —añadió Manuel.
Sabela levantó la vista.
—Y ningún desaparecido.
No había satisfacción ni decepción en su voz. Habían ido a observar algo y habían regresado con datos, que era exactamente lo que ella había dicho que quería.
* * *
Pasaron parte de la mañana en Casa Freire. Puri los recibió sin disimular el enfado y contó a cada uno antes de permitirles entrar.
—Cinco.
—Éramos cinco al salir —dijo Manuel.
—No ayudes.
Carme estaba en el salón viendo un programa de cocina y apenas levantó la vista cuando Xoán se sentó a su lado. Sabela y Uxía ocuparon la mesa de la cocina con los aparatos.
Los registros no ofrecían una explicación espectacular.
El descenso de temperatura era real, aunque pequeño; la humedad había aumentado hasta acercarse a la saturación; el viento había caído mucho más deprisa de lo que Sabela esperaba en relación con las mediciones tomadas pocos minutos antes y había vuelto a subir al salir de la niebla.
La temperatura del agua apenas se había movido, el GPS conservaba una trayectoria continua, los relojes coincidían y la grabación del teléfono resultó poco útil porque el motor dominaba casi todo el audio.
—Tendríamos que repetirlo con un sistema que permita comparar frecuencias y una fuente sonora conocida.
Uxía levantó la cabeza.
—No digas «repetirlo» como si acabáramos de hacer una prueba de laboratorio.
Sabela se quedó quieta.
—Tienes razón.
No discutió y guardó el teléfono. Xoán apareció en la puerta.
—¿Qué tenéis?
—Pocas cosas buenas y una muy importante —respondió Sabela.
—¿Cuál?
Giró el cuaderno hacia él.
—Que lo de hoy no basta.
Xoán leyó las anotaciones.
—¿Para qué?
—Para lo que os pasó a vosotros.
Manuel entró detrás de él con dos tazas.
—Eso ya lo sabíamos porque estamos aquí.
Sabela sonrió.
—Ahora tenemos algo más que esa obviedad.
Marcó con el bolígrafo la línea del viento.
—La brétema puede aparecer con comportamientos que no parecen normales: caída localizada del viento, cambio de temperatura, sonido exterior amortiguado. Y, aun así, no ocurre lo que os ocurrió a vosotros.
Uxía se apoyó en la mesa.
—Entonces tenías razón en el 21.
—Tenía una hipótesis.
—Vale. La hipótesis ha sobrevivido una mañana.
—Eso me gusta más.
Xoán seguía mirando el cuaderno.
—¿Qué faltaba?
Sabela recorrió las columnas.
—No lo sé.
—La marea —dijo Manuel.
—No estábamos en el mismo punto del ciclo que el once de noviembre de 1985.
—¿Y el viento?
—Había viento al principio y después cayó al acercarnos. En 1985, según Bieito, la calma ya estaba en el puerto antes de que salierais.
Uxía recordó la tabla.
—Tampoco nos acercamos tanto a la grieta.
—No.
—Y el sonido nunca desapareció del todo.
Sabela asintió.
—Tampoco.
—Eso sí me parece importante.
—A mí también.
Sabela no escribió ninguna conclusión. Pasó a una página nueva y anotó la fecha, la hora de inicio y la duración aproximada del episodio. Debajo registró las mediciones y dejó una línea separando los datos de cualquier interpretación.
Al final escribió: brÉTEMA ANÓMALA OBSERVADA. SIN DESAPARICIÓN. SIN DISCREPANCIA TEMPORAL MEDIBLE.
Uxía leyó por encima de su hombro.
—¿Eso significa que ya sabes que no era una ventana?
Sabela dejó el bolígrafo sobre el papel.
—Significa que no tenemos ninguna evidencia de que hoy se abriera lo que fuera que se abrió en 1985.
—Muy tú.
—Gracias.
Xoán se dirigió al salón, pero antes de salir de la cocina se detuvo.
—Hoy la niebla estaba ahí y nosotros volvimos.
Sabela levantó la cabeza.
—Sí.
—Entonces la próxima vez que aparezca no deis por hecho que está pasando lo mismo.
—No lo haremos.
—Tú tampoco.
Ella entendió que no estaba hablando únicamente de metodología.
—No.
Cuando se marchó, Sabela volvió al cuaderno y contempló la página llena de cifras y observaciones. Debajo de todo lo demás dejó un espacio en blanco y escribió una última línea: ¿QUÉ FALTÓ?