CAPÍTULO 23
La brétema volvió seis días después.
Uxía todavía dormía cuando Xoán llamó a su puerta. No entró; dio dos golpes y esperó hasta que ella respondió desde la cama.
—Mira por la ventana.
Uxía se despertó al oír la voz. Uxía se levantó, apartó la cortina y tardó unos segundos en comprender qué estaba viendo.
El pueblo aparecía limpio bajo la luz gris del amanecer: distinguía las casas de la otra orilla, los primeros barcos en O Peirao Vello y las luces de la carretera que bordeaba la ría.
Había viento; las ramas del laurel se movían en el patio y una bandera junto a la lonja se tensaba a intervalos.
Solo A Illa dos Corvos había desaparecido.
Una masa de niebla blanca rodeaba la isla con un límite tan nítido que parecía colocada sobre aquella parte del mar. No avanzaba hacia Corvoeira ni se dispersaba con el viento. Desde la ventana, Uxía podía ver agua despejada a ambos lados y, en medio, aquella mancha inmóvil ocultando la roca.
Se volvió hacia Xoán.
—¿Cuánto lleva ahí?
—No sé. Me he despertado hace diez minutos.
El teléfono de Uxía empezó a sonar sobre la mesilla. Era Sabela.
—Dime que estás viendo lo mismo.
Uxía regresó a la ventana.
—La isla no se ve.
—Pero la ría sí.
—Sí.
—Aquí también hay viento. ¿Dónde estás?
—Saliendo de casa.
—Sabela.
—Voy al puerto, no a la isla.
Uxía se vistió mientras seguían hablando.
—No vas sola a ningún sitio.
—No he dicho que vaya a ir a ningún sitio.
—Has dicho «voy al puerto» con esa voz.
—¿Qué voz?
—La que utilizas cuando ya has decidido algo y prefieres discutirlo después.
Xoán seguía junto a la puerta.
—Dile que espere.
Uxía se lo transmitió.
—Ya estoy esperando —respondió Sabela—. A mi padre.
Aquello la tranquilizó lo suficiente para dejar de discutir por teléfono.
—Llegamos en diez minutos.
—Trae mi cuaderno.
Uxía colgó y Xoán levantó una ceja.
—¿El cuaderno?
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
Puri apareció en el pasillo con una bata encima del camisón y preguntó qué ocurría. Xoán señaló hacia la ventana. Ella miró la niebla y su expresión cambió.
—No vais a salir.
—Vamos al puerto —dijo Uxía.
—Eso mismo decía siempre todo el mundo antes de acabar en una barca.
Xoán fue a responder, pero Puri levantó una mano.
—Carme está dormida. Yo me quedo con ella. Vosotros haced lo que tengáis que hacer, pero no me obliguéis a pasar otra mañana esperando a ver quién vuelve.
La frase eliminó cualquier posibilidad de broma. Uxía se acercó y la besó en la mejilla.
—No vamos a entrar ahí.
Puri la miró.
—Procura que esa frase siga siendo verdad dentro de una hora.
* * *
Bieito y Sabela estaban en O Peirao Vello cuando llegaron. Sabela llevaba una mochila grande, una pequeña bolsa impermeable y una chaqueta de trabajo que Uxía no le había visto nunca.
—Has venido preparada para alguien que solo iba a mirar desde el puerto.
—Parte del material estaba en el coche.
—Claro.
Sabela abrió la mochila.
—Termómetro de aire, sonda para agua, anemómetro, medidor de humedad, dos registradores de temperatura y presión y un GPS independiente.
—Retiro lo dicho. Esto es completamente normal.
—Trabajo midiendo cosas.
Bieito no compartía el entusiasmo. Permanecía junto a la Dolores mirando hacia la isla.
—Se parece.
Xoán se acercó.
—¿A cuál?
—A la de aquella noche.
Sabela dejó de comprobar el material.
—¿A la del dieciocho?
Bieito asintió.
—Desde aquí, sí.
—¿Y a la del once?
—No sabría decirte. Aquella acabó llegando hasta el pueblo. Esta parece agarrada a la isla.
Manuel apareció desde la parte alta del muelle antes de que nadie pudiera responder. Llevaba la chaqueta mal cerrada y el pelo todavía húmedo.
—¿Quién te ha llamado?
—Antón ha visto la niebla y ha decidido que yo debía enterarme antes de que todo Corvoeira viniera a contármelo.
Manuel se colocó junto a Bieito y durante un momento no dijo nada.
—No me gusta.
—A mí tampoco —respondió Xoán.
Sabela observó a los dos.
—¿Os recuerda algo?
Manuel negó.
—No de esa manera.
—¿Y a ti? —preguntó a Xoán.
—Me recuerda que no recuerdo.
Sabela aceptó la respuesta sin insistir. Uxía miró hacia la isla.
—¿Qué hacemos?
Bieito fue el primero en contestar.
—Desde tierra podemos mirar cómo se queda ahí hasta que desaparezca.
Sabela volvió los ojos hacia él.
—Y perder la primera oportunidad de medirla mientras está ocurriendo.
—También podemos perder algo más.
—No he dicho que entremos.
—Para medirla tienes que acercarte.
—Acercarse no es atravesarla.
Bieito soltó aire.
—Eso mismo no lo sabemos.
Sabela guardó silencio y no intentó discutirle aquello. Xoán miró la Dolores .
—Podemos acercarnos hasta donde sigamos teniendo visibilidad de la costa.
Uxía se volvió hacia él.
—Hace seis días dijiste que querías dejar de esperar que la isla te devolviera cosas.
—Y no espero que me devuelva nada.
—Entonces ¿por qué quieres ir?
Xoán señaló la niebla.
—Porque esta vez no estamos intentando reconstruir algo de hace cuarenta años. Está ocurriendo ahora.
Manuel seguía mirando la isla.
—Yo voy.
Bieito apretó la mandíbula.
—Cinco personas en mi barco para acercarse voluntariamente a una niebla que lleva cuarenta años dándonos problemas.
—Cuando lo dices así pierde encanto —comentó Manuel.
—No tenía ninguno.
Sabela se agachó junto a la mochila.
—Ponemos límites antes de salir.
Aquello consiguió que Bieito prestara atención.
—No entramos en la zona en la que perdamos de vista Corvoeira. No apagamos el motor. No nos acercamos más de lo que tú consideres seguro. Si cualquiera de vosotros dos —miró a Xoán y Manuel— siente algo que se parezca a lo que recuerda, nos damos la vuelta. No discutimos allí.
—Y si el viento desaparece —añadió Bieito—, nos vamos.
Sabela asintió.
—También.
Uxía sacó el teléfono.
—Puri sabrá dónde estamos.
—Y Antón —dijo Manuel.
Bieito terminó de soltar el cabo.
—Entonces subid antes de que recupere el sentido común.
* * *
La primera medición la hicieron todavía dentro del puerto. Sabela esperaba que Uxía anotara mientras ella manipulaba los aparatos.
—Viento entre siete y nueve kilómetros por hora.
—¿Dirección?
—Noroeste.
Uxía escribió.
—Temperatura del aire, doce coma cuatro. Humedad, setenta y ocho por ciento.
Bieito arrancó.
—¿Quieres también mi tensión?
—Cuando volvamos.
—Si volvemos.
Sabela levantó la cabeza.
—Papá.
—Era una broma.
—Pues elige otra.
Nadie añadió nada. La Dolores salió de la protección del puerto y empezó a recibir pequeñas olas por el costado. El viento se notaba con claridad en la cara y la niebla continuaba inmóvil alrededor de la isla.
Cuanto más se acercaban, más extraña resultaba su forma. No era una pared perfecta: había pequeños jirones desprendiéndose por los bordes y volviendo a deshacerse, pero el núcleo permanecía concentrado sobre la misma zona a pesar del viento que empujaba la barca.
Sabela tomó una nueva medición.
—Ocho kilómetros por hora.
Uxía anotó.
—Prácticamente igual.
—Aquí sí.
A unos trescientos metros de la isla, la temperatura había bajado menos de medio grado y la humedad había aumentado. Nada que Sabela considerara especialmente significativo.
—Eso puede ser normal cerca de una masa de niebla —explicó.
—Me tranquiliza que de momento tengamos cosas normales —dijo Manuel.
Xoán no bromeó. Observaba el agua.
—El mar se está quedando más liso.
Bieito redujo ligeramente la velocidad. Uxía miró alrededor: las pequeñas olas seguían existiendo detrás de ellos, pero hacia la isla la superficie parecía cada vez menos alterada.
Sabela levantó el anemómetro, esperó y volvió a mirar la pantalla.
—Cuatro.
—¿Qué teníamos? —preguntó Uxía.
—Ocho.
Bieito señaló la bandera del puerto, todavía visible a lo lejos.
—Allí sigue soplando.
Sabela repitió la medición.
—Tres coma seis.
Nadie habló mientras la niebla quedaba ya a menos de doscientos metros.
Bieito dejó el motor al ralentí.
—Hasta aquí.
Sabela no protestó. Tomó la temperatura.
—Diez coma nueve.
Uxía levantó la cabeza.
—Hemos bajado más de un grado.
—Uno y medio aproximadamente desde el puerto.
—¿Es mucho?
—En esta distancia y en tan poco tiempo, merece anotarse. No significa que sea imposible.
Introdujo la sonda en el agua y esperaron.
—Catorce coma uno.
Consultó la anotación anterior.
—En el puerto teníamos catorce coma dos.
—El agua casi no cambia —dijo Uxía.
—De momento.
Manuel se había llevado una mano al cuello. Xoán lo vio.
—¿Qué pasa?
—Escucha.
Todos guardaron silencio. El motor de la Dolores seguía vibrando bajo sus pies, el agua golpeaba el casco y una boya tintineaba a cierta distancia.
—No oigo gaviotas —dijo Manuel.
Bieito miró hacia la isla. Sobre la parte superior de la niebla se distinguían algunas aves, pero ninguna parecía acercarse.
Sabela sacó el teléfono y activó una grabación.
—En el puerto había muchas.
—Eso no demuestra nada —dijo Uxía.
—Lo sé.
Manuel miró hacia Corvoeira.
—Y el pueblo suena menos.
Uxía prestó atención. Desde aquella distancia normalmente podían llegar motores, golpes metálicos del puerto o alguna bocina; ahora apenas alcanzaba nada.
Bieito puso una mano sobre el acelerador.
—Nos vamos.
Sabela no lo detuvo.
—Una medición más.
El anemómetro marcó menos de dos kilómetros por hora y la temperatura del aire había descendido otras décimas.
—Ahora —dijo Sabela.
Bieito aumentó revoluciones y la Dolores comenzó a girar. Entonces la niebla avanzó.
No hacia ellos de manera brusca ni como una ola.
El borde blanco se desplazó unas decenas de metros mientras la barca completaba el giro, suficiente para alcanzarlos antes de que pudieran alejarse.
Uxía vio desaparecer parte de la isla y después la proa.
La visibilidad seguía siendo de varias decenas de metros, pero el mundo perdió contraste.
Sabela miró inmediatamente el anemómetro.
—Cero coma cuatro.
Bieito aceleró.
—Nadie se mueve.
El motor seguía oyéndose y Uxía sintió alivio por ello. Xoán estaba rígido junto a la borda y Manuel había cerrado una mano alrededor del pasamanos.
—¿Esto? —preguntó Sabela—. ¿Os recuerda esto?
Xoán negó.
—No igual.
—¿Qué falta?
—No lo sé.
Manuel respondió antes.
—Demasiado ruido.
Todos lo miraron.