La brétema CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Xoán no dijo que quería volver a A Illa dos Corvos hasta que lo tuvo decidido.

Lo comentó durante el desayuno, con la misma voz que habría utilizado para anunciar que iba a bajar al puerto.

Uxía dejó la taza sobre la mesa.

—¿Hoy?

—Si Bieito puede llevarme.

Puri levantó la cabeza desde la encimera.

—¿Para qué quieres ir?

Xoán untó mantequilla en una tostada antes de responder.

—Porque llevo semanas mirando esa isla desde todas las ventanas de esta casa.

—Eso no explica por qué tienes que subirte a ella.

—No quiero ir a buscar nada.

Uxía lo observó.

—¿Entonces?

Xoán tardó un poco.

—Quiero saber qué me pasa cuando esté allí.

Puri se secó las manos.

—Puede pasarte que te caigas por una roca y tengamos que ir a buscarte.

—También puede pasarme aquí con las escaleras.

—No compares.

Uxía intervino antes de que la discusión encontrara un camino conocido.

—¿Se lo has dicho a Manuel?

—No.

—¿A Sabela?

—Tampoco.

—¿Por qué a Bieito sí?

Xoán levantó la mirada.

—Porque necesito a alguien que conozca el sitio y que no me haga veinte preguntas mientras me bajo de la barca.

Uxía sonrió a pesar suyo.

—Eso me descarta.

—Bastante.

Carme estaba sentada junto a la ventana y parecía no prestarles atención. Partía una galleta en trozos pequeños y los colocaba en fila sobre el plato.

—¿Vas a salir? —preguntó de pronto.

Xoán la miró.

—Un rato.

Carme señaló la chaqueta que había dejado sobre una silla.

—Pues llévatela. Por la mañana hace fresco.

Xoán sonrió y cogió la prenda. Fuera, la mañana era limpia, con nubes altas y viento suficiente para mover las ramas del laurel del patio; el mar no se parecía en nada al de aquella madrugada de 1985.

—Quiero hacerlo hoy porque las condiciones son normales —dijo.

Puri negó con la cabeza.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

Xoán se levantó y besó a Carme en la frente antes de coger la chaqueta.

Carme aceptó el gesto con la naturalidad de quien todavía podía colocarlo, al menos durante unos minutos, en la vida que ambos habían compartido.

A Xoán le costaba más: cada vez que la tocaba sabía que aquella mujer había vivido cuarenta años que para él no existían.

* * *

Bieito no intentó convencerlo de que cambiara de idea. Solo preguntó si estaba seguro.

—No.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—La gente que está demasiado segura cerca de esa isla me preocupa más.

La Dolores salió de O Peirao Vello poco después de las diez. Uxía fue con ellos y Xoán no protestó al verla subir a bordo, aunque la mirada que le dirigió dejó claro que no había contado con aquello.

—No pienso hablarte durante el desembarco —dijo ella.

—Gracias.

—Pero voy.

—Ya lo veo.

Bieito soltó amarras y el motor arrancó con un temblor grave que se transmitió por la cubierta.

Xoán se quedó inmóvil. Apoyó una mano en la borda y esperó unos segundos antes de decirle a Uxía que no ocurría nada, aunque su cuerpo estuviera diciendo otra cosa.

La barca se separó del muelle. Durante los primeros minutos Xoán no miró la isla, sino el agua que se abría junto al casco. El ruido del motor, las pequeñas olas contra la fibra y una gaviota que pasó demasiado cerca llenaban el espacio. Todo sonaba, sin vacíos ni cortes.

Uxía recordó la insistencia de Manuel en aquella ausencia de ruido que ninguno de los dos sabía colocar.

Xoán levantó por fin la cabeza. A Illa dos Corvos estaba a poca distancia, sin niebla y con las aves moviéndose sobre la parte más alta. Desde el mar parecía todavía más pequeña que desde el pueblo.

—¿Reconoces algo? —preguntó Uxía.

—La forma.

—¿La recuerdas de aquella mañana?

Xoán negó.

—La conozco de toda mi vida. Eso es lo que complica todo. Puedo reconocer la isla de antes, pero no sé si reconozco algo de después.

Bieito disminuyó la velocidad.

—Vamos por la cara norte.

Xoán lo miró.

—¿Por la grieta?

—Si quieres bajar donde estuve yo.

—Sí.

La respuesta fue inmediata. Uxía no dijo nada; habían hablado de no convertir cada visita a la isla en una búsqueda de pruebas, pero comprendía que Xoán necesitaba ver aquel punto aunque solo fuera para comprobar qué no recordaba.

* * *

Bieito amarró en la misma zona en la que había desembarcado con Uxía días atrás. La marea estaba suficientemente baja para dejar visible la repisa; él bajó primero, Uxía lo siguió y Xoán fue el último.

En cuanto apoyó el pie sobre la roca se quedó quieto. No perdió el equilibrio ni dijo nada, pero la mano con la que sujetaba el borde de la barca se cerró con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Te mareas? —preguntó Uxía.

Xoán negó.

—Déjalo un momento —dijo Bieito.

El viento entraba desde el norte y obligaba a levantar un poco la voz. Xoán soltó la barca, dio unos pasos y se agachó para apoyar una mano sobre la piedra. La retiró enseguida.

—¿Fría?

—Normal.

—¿Entonces?

Xoán se incorporó.

—No sé.

La respuesta le molestó más de lo que quiso mostrar.

Llevaba semanas pronunciándola ante médicos, Breogán, Uxía y cualquiera que intentara reconstruir su ausencia.

No saber era comprensible cuando le preguntaban por una fecha o una hora; allí, con la roca bajo los pies y el mar delante, empezó a parecerle una forma de desposesión.

—Pensaba que al venir aquí algo se colocaría —admitió.

Uxía no le preguntó qué.

—No esperaba acordarme de todo. Solo… una secuencia. Saber que esto ocurrió antes que aquello. Tener algo más que agua, frío y una cuerda.

Bieito lo miró sin intervenir.

—Vosotros podéis contar qué hicisteis durante esos años. Hasta Carme, cuando puede, tiene recuerdos que pertenecen a ellos. Yo no. Y tampoco tengo cuatro años seguidos en otro sitio que pueda llamar míos. Tengo trozos.

Uxía se acercó un poco, sin tocarlo.

—No tienes que sacar un recuerdo de la isla para que lo que te pasó sea real.

—Ya lo sé. Lo que no sé es cómo se vive cuando todos pueden reconstruir hasta el momento en que desapareciste y tú no puedes reconstruir lo que vino después.

Bieito bajó la mirada. Aquella frase lo incluía también a él: había pasado cuarenta años recordando una mañana que Xoán apenas podía recuperar.

—La grieta está ahí —dijo al cabo de un momento.

Caminaron despacio hasta la cara norte. Cuando el agua apareció entrando y saliendo por la abertura de la roca, Xoán se detuvo.

—Eso.

Bieito se volvió.

—¿Qué?

Xoán levantó una mano para pedir silencio.

Los tres escucharon el agua golpear dentro de la piedra, el viento, una gaviota y los pequeños crujidos de la Dolores contra el cabo. Nada desapareció.

Xoán cerró los ojos y se concentró en el sonido.

—No es un recuerdo.

—¿Qué es? —preguntó Uxía.

—El sonido cuando entra el agua. Me resulta conocido.

Bieito se acercó un poco.

—¿De aquí?

—No puedo decir eso. En mis fragmentos hay algo rozando piedra y esto se parece, pero puede ser cualquier otra cosa.

Uxía agradeció que no intentara convertir la familiaridad en certeza.

—Aquí el agua siempre suena así —dijo Bieito.

—¿También con pleamar?

—Más fuerte.

Xoán miró la grieta.

—¿Y cuando estuvo la niebla?

Bieito tardó en responder.

—La veía entrar, pero casi no la oía.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Xoán volvió a escuchar el agua. La normalidad del sonido casi resultaba más frustrante que una anomalía: podía estar de pie junto al lugar donde Bieito había sentido desaparecer el mundo exterior y no obtener de él nada que rellenara sus lagunas.

Caminaron después hacia la parte alta. Desde algunos tramos el terreno escondía por completo Corvoeira y bastaba descender detrás de una roca para que el pueblo desapareciera.

—Desde aquí no se ve nada —dijo Xoán.

—El pueblo está detrás.

—Ya lo sé. En mis fragmentos tampoco tengo horizonte, ni pueblo, ni cielo abierto.

—Puede ser porque recuerdes escenas de noche —dijo Uxía—. O porque estuvierais en el barco, o en algún lugar protegido.

—Puede ser cualquier cosa. Ese es el problema.

Siguieron caminando hasta un paso estrecho entre dos formaciones de roca. Xoán retrocedió antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Uxía se detuvo.

—¿Qué pasa?

Xoán miraba una franja de roca oscura, algas secas y una pequeña depresión donde se había acumulado agua. No había nada más.

—No quiero pasar.

Bieito regresó unos metros.

—Hay otro camino.

—Espera.

Xoán se llevó una mano al pecho y respiró despacio hasta que el ritmo empezó a bajar.

—Me da rabia esto.

—¿El miedo? —preguntó Uxía.

—Que mi cuerpo reaccione y yo no sepa a qué. Si me acordara de haberme golpeado aquí, de haber caído o de haber visto algo, al menos tendría una causa. Pero no tengo nada.

Uxía conocía aquella clase de reacción y sabía que podía explicarse sin recurrir a nada extraordinario: el miedo podía quedar unido a sensaciones que la memoria consciente no conseguía reconstruir.

—Entonces no pasamos.

Xoán negó.

—Quiero hacerlo. Si me voy por otro lado, mañana voy a convertir este sitio en algo que quizá nunca fue.

Avanzó despacio por el paso y llegó al otro lado sin que ocurriera nada. No hubo una imagen recuperada ni una sensación nueva; únicamente una respiración que tardó un poco en normalizarse.

—Ya está —dijo Bieito.

Xoán miró hacia atrás.

—Sí. Y sigo sin saber por qué no quería cruzar.

No parecía decepcionado por la falta de un fenómeno, sino por la imposibilidad de saber si aquel miedo pertenecía a lo ocurrido o a todo lo que había aprendido después sobre la isla.

Llegaron a la parte alta. Desde allí Corvoeira volvía a verse entera y la ría se extendía bajo ellos con pequeñas líneas blancas donde el viento rompía la superficie. Un barco cruzó la bocana y alguien hizo sonar una bocina a lo lejos.

Xoán escuchó.

—Todo suena.

—Sí.

—Eso me gusta.

Permanecieron allí un rato. Desde su regreso, Xoán aún no había contemplado el pueblo desde el lugar hacia el que había navegado la mañana de su desaparición.

—Desde aquí parece pequeño.

—Siempre ha sido pequeño —respondió Uxía.

—Cuando me fui me parecía todo el mundo.

Uxía lo miró.

—¿Y ahora?

Xoán tardó en responder.

—Ahora estoy intentando aprender quién vive allí. Incluida tú.

* * *

Antes de regresar a la barca, Xoán pidió bajar otra vez hasta la grieta. Esta vez no hubo ninguna reacción brusca. Se agachó a una distancia segura y escuchó el agua.

—Si el sonido desaparece otra vez, Sabela querrá medirlo —dijo.

Bieito resopló.

—Y tu hija también.

—Mi hija mide hasta las conversaciones.

Uxía cruzó los brazos.

—Puedo volver nadando.

Xoán sonrió y después se quedó mirando la grieta unos segundos más.

—Hay una cosa que quiero dejar clara antes de que lleguemos a casa y esto se convierta en otra página.

Uxía esperó.

—He tenido miedo, mi cuerpo ha reaccionado en un punto concreto y el sonido del agua me resulta familiar. Pero no recuerdo haber estado aquí.

—Eso es exactamente lo que voy a escribir.

Xoán asintió, aunque siguió mirando la roca.

—Y escribe otra cosa.

—Dime.

—Que no recordar también me está pasando. No es un hueco en el informe; es parte de lo que tengo que vivir ahora.

Uxía no respondió enseguida. Durante semanas había tratado las lagunas de su padre como un problema metodológico: algo que exigía cautela para no contaminarlo.

Solo entonces entendió que, para Xoán, cada una de aquellas precauciones tenía otra cara.

Él no solo era una fuente que podía equivocarse; era un hombre intentando recuperar una parte de sí mismo y descubriendo una y otra vez que no estaba disponible.

—Lo escribiré así —dijo.

Subieron a la Dolores . Durante el regreso, Xoán miró la isla hasta que la distancia empezó a empequeñecerla y Bieito mantuvo el rumbo hacia el puerto.

—¿Te ha servido? —preguntó Bieito.

Xoán pensó antes de contestar.

—Sí.

—¿Para recordar?

—No. Para dejar de esperar que el sitio me devuelva lo que falta.

Uxía guardó la libreta en la mochila y no volvió a sacarla durante el trayecto. A su lado, Xoán siguió mirando la isla hasta que quedó reducida a una mancha oscura detrás de ellos.