CAPÍTULO 21
Sabela llegó a Casa Freire con un cuaderno nuevo bajo el brazo y una carpeta llena de hojas impresas.
Uxía abrió la puerta y miró primero una cosa y después la otra.
—Eso tiene mala pinta.
—No es para tanto.
—Has comprado un cuaderno.
—Compro cuadernos con frecuencia.
—Ese está clasificado por colores.
Sabela bajó la vista hacia las pequeñas pestañas adhesivas que sobresalían por el borde.
—Tengo un trabajo en el que organizar información resulta útil.
—Claro.
—Y tú tienes una profesión que consiste en hacer preguntas hasta que los demás se arrepienten de haberte abierto la puerta.
Uxía se apartó para dejarla entrar.
Carme dormitaba en el salón y Xoán había salido a comprar unas piezas para una ventana que, según Puri, funcionaba perfectamente antes de que él decidiera mejorarla. Encontraron la cocina vacía y extendieron las hojas sobre la mesa.
—¿Qué es todo esto?
—Lo que tenemos de 1901, 1947 y 1985.
Uxía se sentó.
—De 1901 apenas tenemos una historia.
—Por eso quiero empezar por ahí.
Sabela abrió el cuaderno. En la primera página había escrito cuatro fechas o referencias: 1901, 1947, 11-11-1985 y 18-11-1985.
Uxía señaló la última.
—Esa no es una desaparición.
—Por eso está. Si solo miramos los casos en los que alguien desapareció, corremos el riesgo de decidir que cualquier cosa que se repita es una condición necesaria. La visita de mi padre es útil porque algo extraño ocurrió y, aun así, volvió por sus propios medios.
—Una especie de caso de control.
—No exactamente, pero se acerca más que cualquier otra cosa que tengamos.
Debajo de las fechas había varias columnas: fuente, hora, estado del mar, viento, niebla, sonido, marea, posición, duración exterior y resultado.
Uxía leyó dos veces la última palabra.
—Resultado suena un poco mal cuando el resultado es que una persona desaparece.
—¿Prefieres consecuencias?
—Tampoco.
—Entonces lo dejamos feo y útil.
Sabela apoyó el bolígrafo sobre 1901.
—Aquí tenemos el mayor problema.
—La historia de Amaro.
—La versión que conservamos es una tradición oral. Sabemos que desapareció y que la historia quedó ligada a una mañana de mar muy quieto y a una niebla extraordinaria, pero no podemos tratar cada detalle como si alguien hubiera levantado un acta delante del muelle.
Uxía asintió.
—La niebla duró unas tres horas según el relato.
—Según el relato transmitido.
Sabela escribió una pequeña B junto a la columna de duración.
—¿Qué significa?
—Fiabilidad baja.
—Eso es bastante cruel con Manuela Pardo.
—No estoy valorando a Manuela. Estoy valorando lo que queda de una historia que ha pasado por varias generaciones.
—Aceptado.
En 1947 la información mejoraba. Tenían el relato de Celso y sabían que en 1985 él había relacionado ambas mañanas antes de que Uxía y Sabela empezaran a buscar coincidencias.
Sabela marcó aquel caso con una M de fiabilidad media y reservó las valoraciones altas para los datos de 1985 que podían sostenerse en varias declaraciones, el parte meteorológico, las posiciones aproximadas, la hora del aviso y el estado del barco.
—Y la memoria de Bieito —dijo Uxía.
—Que cuarenta años después puede conservar unas cosas muy bien y deformar otras. No tenemos que decidir que todo es exacto o que nada vale.
Empezaron por 1901. Uxía leyó las notas y Sabela las redujo a lo imprescindible: Amaro había salido antes de amanecer; la tradición familiar conservaba una calma anómala en el mar y asociaba la primera aparición de la niebla al entorno de la isla, pero ninguna de las dos quiso convertir esa secuencia en la afirmación de que la brétema hubiera nacido allí.
Dejaron vacías las columnas de viento y marea.
—No tenemos nada —dijo Uxía.
—Y quiero que se vea, porque una tabla llena da una falsa sensación de conocimiento. Los huecos también son información.
Con 1947 la escena resultaba más concreta.
Ramón había salido de madrugada, Celso lo había visto dirigirse hacia la isla y la niebla se había mantenido localizada durante buena parte de lo que pudo observar.
El sonido de la embarcación de Ramón desapareció antes de que Celso pudiera asegurar que había dejado de verla.
Sabela levantó el bolígrafo.
—Esto me interesa.
—Lo del sonido.
—Sí. También aparece en Manuel y en mi padre el día dieciocho.
—Tres veces.
—Tres recuerdos distintos y con calidades distintas, pero aparece.
Sabela anotó también el descenso de temperatura percibido por Celso, dejando claro que nadie lo había medido. En la última columna escribió que Ramón y su embarcación habían desaparecido según el relato disponible, sin añadir ninguna interpretación.
Cuando llegaron al 11 de noviembre de 1985, la fila se llenó con mucha más rapidez.
Registraron la salida de Xoán y Manuel antes de las cinco, la calma extrema descrita desde O Peirao Vello y, al mismo tiempo, el viento de componente este y fuerza tres medido en Punta do Corvo, donde también constaba buena visibilidad.
Añadieron la niebla observada en Corvoeira, el primer aviso de las cinco y diecisiete y el hallazgo posterior del Santa Bárbara al este del islote, con el motor apagado y las nasas todavía sin calar.
—Y la marea —recordó Uxía.
Sabela abrió una de las hojas impresas.
—La pleamar cae dentro de la franja de la desaparición, con el margen que ya hablamos. Voy a escribir «cambio de marea próximo», no una hora concreta.
—Me gustaba más cuando decías que el agua dejaba de subir.
—Eso sirve para explicarlo; aquí quiero dejar únicamente lo que podemos defender.
La cuarta fila correspondía a la madrugada del 18.
Bieito había salido solo, con viento, un mar que se comportaba con normalidad y la marea bajando.
Aun así, junto a la grieta había aparecido una niebla localizada, él había percibido frío y el sonido del agua y de un motor lejano se había amortiguado hasta casi desaparecer.
Había visto una forma que no podía identificar y, a diferencia de Xoán y Manuel, había podido alejarse de aquella zona por sus propios medios.
Sabela leyó la fila completa antes de apoyar el bolígrafo sobre la mesa.
—Esto es lo que más me molesta, porque rompe la versión sencilla de que tienen que repetirse exactamente las condiciones del día once para que ocurra algo extraño.
Uxía volvió a mirar la tabla.
—La marea era distinta, había viento y el mar no estaba quieto, pero hubo niebla, frío y el sonido cambió.
—Exacto. Si aceptamos que las cuatro historias están relacionadas, y todavía digo si, quizá estamos metiendo bajo una misma palabra fenómenos que no son exactamente iguales.
—Brétema.
—Esa palabra describe lo que se ve. Una niebla extraña alrededor de la isla puede acompañar lo que ocurrió en 1985 y también aparecer cuando mi padre estuvo allí sin desaparecer.
Uxía pensó en todo lo que aún no podían nombrar.
—Entonces la niebla no es necesariamente lo que se los lleva.
—Eso es lo que empiezo a pensar. La brétema puede ser una señal de que algo está cambiando alrededor de la isla, no la causa en sí. Lo que ya no me convence es que, por sí sola, explique una desaparición.
Uxía señaló las columnas.
—¿Y la marea?
—Me interesa porque en 1985 coincide con un cambio de fase muy concreto, pero mi padre encontró algo parecido con la marea bajando, así que tampoco puede ser una llave por sí sola.
—Entonces necesitas varias cosas a la vez.
Sabela se tomó un momento antes de responder.
—Puede que hagan falta varias condiciones a la vez: posición, marea, viento, temperatura… y algo que todavía no sabemos medir. O quizá estemos confundiendo señales con causas. El frío y el silencio podrían aparecer porque el fenómeno ya ha empezado.
Uxía dejó de mirar la tabla para observarla a ella.
—¿Y el tiempo?
Sabela no fingió no entender.
—Después de ver los resultados de Xoán y Manuel, tengo que contar con el tiempo. Sus cuerpos no han envejecido al mismo ritmo que fuera. Lo que no sé es si esa diferencia empieza al cruzar, si forma parte del fenómeno o si estamos leyendo mal los marcadores médicos.
—Uno a diez.
—No exactamente. Aproximadamente uno a diez si coges cuarenta años fuera y cuatro como valor central de una estimación entre tres y cinco. Eso no es una ley ni una fórmula; de momento es solo una proporción llamativa.
Sabela cerró el bolígrafo entre los dedos.
—Ahora mismo diría que la brétema es lo visible. Mi padre entró en una zona afectada y pudo salir; Xoán y Manuel no. Eso sugiere que no todos los episodios llegan al mismo punto. Más allá de eso, todavía estamos poniendo nombres provisionales.
Aquello era lo más cerca que Sabela había estado de formular una teoría y, aun así, seguía conteniendo más preguntas que respuestas.
—Por eso necesito separar lo que observamos de lo que suponemos —añadió.
Uxía volvió a leer las columnas y se fijó en una diferencia que hasta entonces no habían colocado en el mismo plano.
—En 1901 desaparece Amaro y desaparece también la barca. En 1947 ocurre lo mismo con Ramón, según Celso, pero en 1985 queda el Santa Bárbara .
Sabela siguió el recorrido de su dedo por la tabla.
—Sí.
—¿Qué cambia?
—No lo sé. Podrían haber pasado mil cosas y el hecho de que el barco estuviera entero tampoco nos dice dónde estaban ellos cuando ocurrió lo que fuera.
Uxía pensó en los fragmentos de Xoán y Manuel: agua, frío, la red y la ausencia de un barco que ninguno recordaba oír.
—No recuerdan abandonar el Santa Bárbara y, sin embargo, aparecen en el agua cuarenta años después.
Sabela escribió una pregunta al margen: «¿Por qué la embarcación queda en 1985?».
—Eso sí parece una pregunta de periodista —dijo Uxía.
—No te acostumbres.
La puerta de la cocina se abrió y Xoán entró con una bolsa pequeña de ferretería. Se detuvo al ver la mesa cubierta de papeles.
—¿Tengo que preguntar?
—No —respondieron las dos a la vez.
Dejó la bolsa sobre la encimera, se sirvió agua y se acercó a mirar la tabla.
—No estamos intentando hacerte recordar nada —aclaró Uxía—. Solo comparamos lo que sabemos.
Xoán reconoció enseguida las fechas.
—¿Qué es el dieciocho?
Sabela respondió antes que Uxía.
—Mi padre volvió solo a la isla una semana después de vuestra desaparición.
La sorpresa de Xoán fue tan inmediata que ambas comprendieron que Bieito nunca se lo había contado.
—¿Por qué volvió?
—Porque se sentía culpable —respondió Sabela—. Quería encontrar algo que los demás no hubieran visto.
Xoán apartó la mirada.
—Joder, Bieito. ¿Qué le pasó?
Sabela se lo explicó sin adornarlo: la niebla localizada, el cambio en el sonido, el frío, la forma junto a la roca y la huida. Xoán escuchó sin interrumpir y, cuando supo que Bieito había regresado muchas veces de día sin volver a experimentar nada parecido, se sentó frente a la mesa.
—Entonces pudo salir. Entró en la niebla y pudo salir, mientras que nosotros no, o no de la misma manera.
Uxía reconoció algo nuevo en la frase. No era un recuerdo, sino una pregunta.
—¿Qué quieres decir?
—Que quizá él no llegó al mismo sitio.
Sabela se sentó frente a él.
—Eso encaja con una de las posibilidades que estamos considerando, pero no tenemos manera de demostrarlo.
Xoán señaló la tabla.
—Entonces ¿qué crees que ocurrió?
Sabela no respondió inmediatamente.
—Creo que hubo grados distintos. Mi padre entró y salió; vosotros desaparecisteis. Lo que se repite es la zona, el cambio del sonido, el frío y algunas condiciones del mar. Si existe una combinación que marca cuándo se cruza ese límite, todavía nos falta una parte de ella.
—¿Y cuando dices «algo más»?
—Ahí ya no tengo una palabra que pueda defender.
Xoán volvió a mirar las fechas.
—Eso suena bastante a que no sabes nada.
—Sé bastante más sobre lo que no sé que hace dos semanas.
Uxía sonrió.
—Eso es muy científico.
—Es bastante frustrante.
Xoán señaló el cuaderno.
—¿Y después?
Sabela tardó algo más en responder.
—Después, quizá podamos saber qué deberíamos mirar si vuelve a ocurrir algo parecido.
—¿Y si no vuelve a ocurrir? —preguntó Xoán.
Sabela cerró el cuaderno.
—Mejor.
La respuesta llegó sin vacilación y Uxía la creyó.
* * *
Antes de marcharse, Sabela reorganizó las pestañas del cuaderno. En lugar de separar las páginas únicamente por años, creó cuatro apartados: condiciones, lugar, cambios percibidos y resultado.
—¿Por qué así? —preguntó Uxía.
—Porque, si separo por fechas, veo cuatro historias. Así puedo comparar de un vistazo el sonido, la marea y los lugares, y dejar visibles también los huecos.
Uxía vio que más de la mitad del cuaderno permanecía en blanco.
—Has comprado demasiadas páginas.
Sabela se encogió de hombros.
—Ojalá sobren.
Guardó la carpeta en la mochila y dejó el cuaderno sobre la mesa.
—¿No te lo llevas?
—Déjalo aquí. Tú tienes los documentos y yo puedo trabajar con copias.
—Pensaba que era tuyo.
—Lo es, pero si me llevo todos los datos a casa voy a acabar mirándolos a las dos de la mañana y mañana trabajo.
Uxía sonrió.
—Eso me tranquiliza.
—A mí también.