La brétema CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Manuel esperó hasta el domingo para pedirle a Maruxa que lo acompañara al cementerio.

Podía haber ido solo. Sabía dónde estaba y recordaba perfectamente el camino, pero no quería recorrer por primera vez un lugar lleno de cuarenta años de muertos sin alguien que pudiera decirle a quién pertenecían los nombres que ya no reconociera.

Maruxa no preguntó por qué había tardado tanto.

—Después de comer —dijo—. A esa hora no habrá casi nadie.

Manuel agradeció que tampoco intentara prepararlo.

Desde su regreso había descubierto que las personas utilizaban aquella palabra para demasiadas cosas: lo habían preparado para ver fotografías, para conocer noticias, para entrar en habitaciones que seguían conservando objetos de 1985 y para escuchar la lista de quienes habían muerto durante su ausencia.

Casi siempre significaba lo mismo: alguien sabía que iba a dolerle y quería encontrar una manera de que doliera menos.

El cementerio estaba en una pequeña ladera por encima del pueblo.

Manuel recordaba un muro bajo, cipreses jóvenes y una puerta de hierro que chirriaba al abrirse.

El muro había crecido, los árboles eran enormes y detrás de la parte antigua se extendían varias filas de nichos que no existían la última vez que estuvo allí.

Maruxa caminó despacio a su lado.

—Papá está arriba.

Manuel asintió y siguió avanzando entre apellidos conocidos.

Algunos pertenecían a personas que recordaba viejas en 1985 y cuya presencia allí no le sorprendió; otras lápidas lo obligaron a detenerse porque los nombres correspondían a hombres y mujeres de su edad, amigos de su infancia o personas a las que había dejado con veinte o treinta años y que ahora aparecían reducidas a dos fechas.

—¿Ese es Moncho? —preguntó frente a una lápida.

—Sí.

—¿Qué le pasó?

—Un infarto. Hace nueve años.

Manuel miró la fotografía ovalada. El hombre tenía el cabello completamente blanco.

—Era mayor que yo.

Maruxa tardó un instante en responder.

—Ahora sí.

Continuaron caminando y Manuel volvió a sentir que las edades habían dejado de obedecer el orden que recordaba.

Personas que ya eran mayores que él en 1985 podían haber muerto con setenta años; niños a los que había visto correr por las calles eran ahora abuelos, y su propia hermana, que entonces era apenas unos años menor, caminaba junto a él con el pelo gris mientras Manuel conservaba casi la misma cara con la que había desaparecido.

Llegaron a la parte alta y Maruxa se detuvo ante una lápida sencilla.

—Aquí.

El nombre de Xesús Rial estaba grabado sobre la piedra. Manuel leyó primero el año de nacimiento y después el de la muerte varias veces, como si verlos juntos pudiera acercar a su memoria todos los años que había entre ambas fechas.

Maruxa se quedó a cierta distancia y Manuel agradeció también eso.

En la fotografía, su padre era reconocible y al mismo tiempo distinto.

Tenía más arrugas, el rostro más estrecho y unas gafas que Manuel nunca le había visto.

Le sorprendió especialmente el cabello: Xesús había empezado a encanecer muy pronto y él recordaba haber bromeado con que a los cincuenta estaría completamente blanco.

La imagen le confirmó que había acertado.

—¿Cuándo es esta foto?

—De unos meses antes de morir. Fue en una comida familiar.

Manuel se agachó frente a la lápida. No llevaba flores; no había pensado en ellas hasta estar allí.

—¿Venías mucho con mamá?

—Al principio sí. Ahora menos.

—¿Por qué?

Maruxa se encogió de hombros.

—Porque los muertos no se mueven de aquí y mamá sí necesita que estés en casa.

Manuel sonrió.

—Eso también lo diría él.

—Seguramente con menos delicadeza.

Permanecieron un rato en silencio antes de que Manuel volviera a leer las fechas.

—Dieciséis años.

—Sí.

—Cuando murió yo llevaba desaparecido veinticuatro.

Maruxa lo miró.

—Para nosotros.

Manuel pasó una mano por la piedra fría.

—Para mí no sé cuánto llevaba.

No esperaba respuesta y, después de unos segundos, formuló la pregunta que de verdad lo había llevado hasta allí.

—¿Seguía enfadado conmigo?

Maruxa frunció el ceño.

—¿Por qué iba a seguir enfadado?

—Por lo de la cantera. Por irme con Xoán.

—Manuel, eso fue una discusión.

—La última que recuerdo.

Maruxa se acercó un poco.

—Para ti. Papá vivió veinticuatro años después de aquella conversación; no pasó veinticuatro años enfadado contigo.

Manuel bajó la mirada.

—¿Hablaba de mí?

—Claro.

—¿Qué decía?

Maruxa pensó antes de responder.

—Al principio decía que ibas a aparecer cuando a todos se nos quitara la tontería de pensar lo peor.

Después dejó de decir cuándo. Cuando alguien hablaba del mar, encontraba la manera de sacar tu nombre.

Si Antón hacía mal un nudo, decía que tú lo hacías mejor aunque probablemente fuera mentira, y durante años guardó tu martillo pequeño en el taller.

—Yo no tenía ningún martillo.

—Entonces sería suyo y decidió que era tuyo.

La risa que se le escapó a Manuel terminó mezclándose con algo que no intentó disimular. Se volvió hacia la lápida y habló mirando la fotografía.

—He vuelto a trabajar la piedra. No porque tuvieras razón —añadió, y Maruxa sonrió—, pero me gusta. Ahora me gusta.

Pasó el pulgar por una esquina del granito.

—Antón dice que aprieto demasiado el cincel.

—También lo decía papá.

—Ya.

Manuel dejó la mano sobre la lápida.

—Supongo que te habría gustado verlo.

Maruxa miró hacia otro lado y él no añadió nada más.

Antes de marcharse se agachó junto al pequeño jarrón sujeto a la piedra. Había dos flores secas y un poco de tierra en el fondo. Las retiró, limpió el recipiente con los dedos y volvió a colocarlo.

—La próxima vez traigo algo.

—Como quieras.

Maruxa empezó a bajar hacia la salida, pero Manuel se quedó un momento más.

No pidió perdón ni se despidió, porque había pasado demasiado tiempo imaginando, sin saberlo, que si alguna vez encontraba a su padre tendría que cerrar aquella última discusión.

Ahora comprendía que Xesús había seguido viviendo después de ella; el problema era que para Manuel la conversación continuaba a pocos días de distancia.

Alcanzó a Maruxa junto a la puerta.

—¿Sabes qué es lo peor? Tengo recuerdos más recientes de papá que tú.

Manuel se arrepintió en cuanto vio su cara, pero Maruxa apoyó una mano en su brazo antes de que pudiera corregirse.

—Ya sé lo que quieres decir. Y sí, es extraño.

Manuel miró hacia el cementerio.

—Yo lo recuerdo con la cara que tenía antes de desaparecer.

—Y yo lo vi envejecer.

Ninguno intentó decidir cuál de aquellas versiones era más verdadera y bajaron juntos hacia el pueblo.

* * *

Carme llevaba toda la mañana convencida de que era martes.

Puri había intentado explicarle dos veces que era domingo hasta que Uxía le recordó que no importaba.

—Para ella sí —protestó Puri.

—¿Tiene algo que hacer el martes?

Puri abrió la boca y acabó riéndose.

—No.

—Entonces hoy puede ser martes.

Carme, que escuchaba desde la mesa, levantó la cabeza.

—Claro que es martes.

—Ves —dijo Uxía.

Xoán entró en la cocina con una cesta de ropa limpia que había recogido del patio. Carme lo miró como si llevara toda la mañana esperando aquello.

—Llegas tarde.

Xoán dejó la cesta sobre una silla.

—¿A dónde?

—A comer.

Miró el reloj y después a Uxía, que se encogió de hombros.

—Entonces he tenido suerte —respondió—. Todavía no habéis empezado.

Carme pareció satisfecha con la explicación y señaló la ventana.

—Antes de sentarte, mira el cierre. Vuelve a entrar aire.

Puri soltó una exclamación desde el fregadero.

—No le des ideas.

Xoán ya estaba junto a la ventana.

—Tiene holgura.

—Ayer no tenía nada —dijo Puri.

—Ayer no la había mirado bien.

Uxía se echó a reír.

—Mamá, acabas de condenarnos a otra tarde con herramientas.

Carme la miró y durante un instante pareció reconocer perfectamente quién era.

—Tu padre siempre ha sido así.

La frase dejó a Uxía quieta, no por lo que decía sino por la naturalidad con que su madre había unido el presente y un pasado que para Xoán seguía estando demasiado cerca. Él también la oyó, aunque se limitó a comprobar el pestillo una vez más antes de regresar a la mesa.

Comieron los cuatro sin hablar de la isla.

Carme protestó porque la sopa estaba demasiado caliente, Puri aseguró que llevaba diez minutos esperando a que se enfriara y Xoán descubrió que el pan de una panadería que recordaba había desaparecido hacía más de veinte años.

Uxía tuvo que explicarle dónde compraban ahora y él respondió que aquello sí merecía una investigación seria.

Después de comer, Carme se quedó dormida en el sillón. Puri aprovechó para salir a casa de una vecina y Uxía encontró a Xoán en el patio, lijando el marco de la ventana que no necesitaba reparación urgente.

—Vas a terminar desmontando la casa entera.

—Hay muchas cosas mal hechas.

—Llevan años funcionando.

—Eso no significa que estén bien.

Uxía se sentó en el banco.

—Manuel dice que estás intentando averiguar qué eres ahora.

Xoán dejó de lijar y la miró.

—Habla demasiado.

—Últimamente todos hablamos demasiado.

Él apoyó la lija sobre la madera.

—No sé qué respuesta esperas.

—Ninguna. Solo quiero saber si alguna vez te lo preguntas cuando no estamos hablando de 1985.

Xoán miró hacia la puerta abierta de la cocina.

—Todo el tiempo.

Uxía esperó a que continuara sin interrumpirlo.

—Cuando desaparecí tenía una mujer, una hija pequeña, un trabajo y una vida que entendía.

Ahora Carme me mira unas veces como si hubiera vuelto de pescar y otras como si no supiera por qué estoy en su casa.

Tú eres mayor que yo, Manuel intenta aprender otra vez un oficio que dejó hace cuatro décadas y yo paso las mañanas arreglando cosas porque, mientras tengo las manos ocupadas, no necesito decidir qué hago con el resto.

—Eso ya es bastante más respuesta de la que esperaba.

Xoán sonrió apenas.

—No sé si quiero volver a pescar.

Uxía no había pensado en preguntárselo y por eso la confesión le pareció importante.

—No tienes que hacerlo.

—Ya lo sé, pero todo el mundo da por hecho que echo de menos el mar.

—¿No lo echas de menos?

Xoán pensó antes de contestar.

—Echo de menos saber quién era cuando salía a él. No sé si es lo mismo.

Uxía bajó la mirada hacia sus manos.

—Puedes averiguarlo sin decidirlo hoy.

—Eso parece fácil cuando lo dices tú.

—No lo es. Yo tardé diecisiete años en volver aquí.

Xoán apoyó la espalda contra el marco.

—¿Te vas a quedar?

La pregunta llegó con más miedo del que intentaba mostrar.

—De momento sí. Mamá necesita ayuda y yo quiero estar aquí.

—No quiero que pierdas tu vida por nosotros.

—No la estoy perdiendo.

—Has dejado tu casa y la vida que tenías fuera…

—He reorganizado mi vida. No es lo mismo.

Xoán apartó la mirada.

—Me he perdido cuarenta años y ahora todos parecéis empeñados en darme los siguientes.

Uxía entendió lo que quería decir.

—No te debemos los años que faltan, papá. Y tú tampoco nos los debes a nosotros.

Él soltó aire por la nariz.

—Manuel me dijo algo parecido.

—Entonces quizá deberías empezar a creernos a los dos.

Durante un rato permanecieron en el patio escuchando a Carme respirar desde el salón y el ruido de una radio en la casa vecina. No había nada extraordinario en aquella tarde y, después de tantas semanas midiendo ausencias, Uxía agradeció no tener que convertirla en una pista.

—Quiero conocer tu vida —dijo Xoán al cabo de un rato.

Uxía lo miró.

—¿Cuál?

—La que no vi. No toda de golpe, porque supongo que serían demasiadas horas, pero quiero saber dónde viviste, qué hiciste, quién estuvo contigo y qué cosas te gustan ahora. No quiero que nuestra relación se reduzca a que tú investigues dónde estuve yo.

Uxía sintió que aquella frase encontraba un lugar que llevaba días evitando.

—Eso puedo contártelo.

—Bien.

—Pero tendrás que soportar algunas decisiones malas.

—Soy tu padre. Imagino que forma parte del trabajo.

—Llegas cuarenta años tarde para opinar sobre ellas.

—Entonces me limitaré a juzgar en silencio.

Uxía se rió.

Desde el salón, Carme llamó a Xoán. Él dejó la lija sobre el banco y entró sin preguntar qué necesitaba. Uxía lo siguió unos segundos después y encontró a su madre buscando un jersey que tenía doblado sobre las piernas.

Xoán se sentó a su lado y empezó a revisar con ella una cesta que ya habían mirado dos veces. Carme le explicaba dónde recordaba haberlo guardado y él seguía cada indicación como si pudiera aparecer de verdad en el siguiente montón de ropa.

Uxía fue a poner la mesa para la cena.

No había nada que investigar en aquella escena, y agradeció que fuera así.