CAPÍTULO 19
Xoán llevaba varios días diciendo que quería hablar con Manuel a solas.
No lo planteaba como una urgencia, pero Uxía había aprendido a reconocer las cosas que su padre repetía porque todavía no sabía cómo hacerlas.
La primera vez lo mencionó al volver del hospital; la segunda, mientras intentaba ajustar una persiana de Casa Freire; la tercera preguntó directamente si Manuel seguía pasando las mañanas con Antón en el pequeño taller de cantería de los Rial Bugallo.
—Puedo llamarlo —ofreció Uxía.
—Ya sé llamar por teléfono.
—Lo decía porque quizá prefieres que vaya contigo.
Xoán negó antes de responder.
—Esta vez no.
Uxía entendió. Lo esencial de lo que ambos recordaban ya estaba registrado por separado. Habían hablado con Breogán, con los médicos y con ella sin construir entre los dos una versión común, y por eso podía llegar un momento en que también tuvieran derecho a mirarse sin una grabadora delante.
Xoán fue caminando hasta la Rúa do Cristal.
Cuando llegó, Antón estaba fuera del cobertizo moviendo una tabla sobre dos caballetes. Levantó una mano al verlo y señaló hacia el interior.
—Está ahí.
—¿Molesto?
—Si consigues que pare media hora, te lo agradezco.
La respuesta hizo sonreír a Xoán antes de que volviera a mirar hacia el interior del taller.
—Antes no había quien lo hiciera trabajar.
—Cuarenta años y sigue llevándome la contraria.
—Eso sí parece normal.
El comentario hizo reír a Antón, aunque la expresión le cambió al mirar a Xoán un instante más. Todavía ocurría con frecuencia: alguien conseguía hablar con ellos como si nada hubiera pasado y, de pronto, recordaba que uno había desaparecido con veintidós años y el otro con treinta y nueve.
Manuel estaba dentro, inclinado sobre una pieza de granito. Había aprendido a colocar el cincel con un ángulo que no hacía saltar la piedra de cualquier manera, pero aún golpeaba con más fuerza de la necesaria.
Xoán esperó hasta que levantó la cabeza.
—Te vas a cargar la pieza.
Manuel se quedó mirándolo.
—Llevo semanas esperando a que aparezcas para decirme cómo trabajar la piedra.
—Se nota.
—¿Has venido a ayudar o a criticar?
—A hablar.
Manuel dejó el martillo y la broma desapareció sin necesidad de más explicaciones.
—Vale.
Salieron por la puerta trasera del cobertizo. Había un banco junto a una pared soleada donde Antón dejaba las herramientas que necesitaban secarse. Desde allí apenas se veía el mar, solo una franja azul entre dos tejados.
Manuel se sentó primero.
—¿Uxía sabe que estás aquí?
—Sí.
—¿Y no viene?
—No.
Manuel apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Entonces sí que tiene que ser serio.
Xoán tardó un poco en empezar.
—Me contó que hablaste con ella.
—Y a mí me dijo que tú ya habías hablado con Breogán.
—Por separado.
—Sí.
—Por eso he esperado.
Manuel lo miró.
—¿A qué?
—A que quedara por escrito lo que recordábamos antes de sentarnos a hablar como si supiéramos lo mismo.
Manuel asintió despacio.
—Eso también lo pensé.
Escucharon un rato los golpes de Antón en el interior del taller.
—Uxía me dijo lo de la red —continuó Xoán.
Manuel recibió la noticia sin sorpresa.
—Y a mí me contó que tú recuerdas una cuerda.
—Algo que me raspa los dedos.
—A mí la muñeca.
Manuel se remangó instintivamente, aunque no había ninguna marca allí.
—Mojada —añadió.
—Sí.
—Con nudos gruesos.
Xoán asintió.
—Eso ya no se parece demasiado a las nasas que llevábamos.
—No.
La coincidencia quedó entre ambos sin producir alivio. Manuel recogió del suelo dos trozos de papel que Antón utilizaba para apuntar medidas y le tendió uno.
—Haz una cosa.
—¿Qué?
—No me preguntes todavía qué creo que estaba haciendo con la red. Eso ya se lo dije a Uxía. Escribe tú primero qué sientes que hacías con la cuerda cuando aparece ese fragmento.
Xoán lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Te estás volviendo peor que ella.
—Escribe.
Antón había dejado un lápiz sobre el banco. Xoán lo cogió y permaneció un rato con la punta apoyada sobre el papel. No intentó reconstruir una escena; se limitó a la sensación que acompañaba el recuerdo de los dedos doloridos alrededor de algo mojado.
Escribió dos palabras y dobló la hoja mientras Manuel hacía lo mismo con la suya.
—Tú primero —dijo Xoán.
—Ni hablar.
Abrieron ambos papeles sobre el banco. En el de Manuel se leía: NO PERDERLA. En el de Xoán: SEGUIR SUJETANDO. Durante un momento ninguno dijo nada.
—Lo de Manuel ya estaba registrado —dijo Xoán al fin—. Lo mío no.
—Y ya sabías que yo recordaba una red.
—Sí.
—Entonces no podemos vender esto como dos recuerdos completamente independientes.
Xoán soltó una risa breve.
—Definitivamente te ha contagiado.
—Pero tampoco te he dicho lo que escribí.
—No.
Manuel miró las dos hojas.
—Se lo damos a Uxía y que haga con ello lo que quiera.
—Seguro que escribe cinco advertencias debajo.
—Por eso se lo damos.
Xoán guardó los papeles sin mezclarlos.
—¿Recuerdas quién sujetaba la red?
—No veo manos.
—¿Una persona?
—Hay una manga oscura y mojada. Cuando apareció por primera vez pensé que eras tú porque estábamos juntos cuando empezó todo, pero después no sé si seguíamos juntos.
Xoán recordó su declaración en el hospital.
—Yo te tengo a ratos.
—Eso dijiste.
—Y sigo sin poder colocarte en un sitio. Sé que estás en algunos fragmentos porque reconozco tu voz, pero no puedo poner paredes, cielo o barco alrededor sin empezar a inventar.
Manuel bajó la vista hacia los dos papeles doblados.
—Yo tampoco recuerdo el barco en esos momentos.
—¿Por el silencio?
—Sobre todo por eso. El *Santa Bárbara* hacía ruido siempre: motor, agua, metal, cualquier cosa suelta golpeando. En esos trozos no tengo nada de eso.
Xoán permaneció callado. Podía buscar en sus propias lagunas y encontrar frío, agua o la cuerda, pero no una secuencia capaz de decirle si seguían en el barco, en la isla o en otro lugar que todavía no sabían nombrar.
—Quizá por eso me cuesta tanto pensar que fueran años —dijo—. No tengo días. No tengo noches. Solo cosas separadas.
—A mí me pasa igual.
Manuel se frotó la muñeca.
—Y cuanto más intento unirlas, más miedo me da estar fabricando lo que falta.
—A veces me da rabia que todo el mundo pueda contarme mejor que yo lo que me pasó aquella mañana.
Xoán levantó la mirada porque conocía exactamente esa sensación.
Había informes, horarios, testimonios y personas capaces de reconstruir dónde habían estado hasta el momento de desaparecer; ellos, que habían vivido lo que vino después, solo podían ofrecer trozos que ni siquiera sabían colocar en orden.
—A mí también —dijo—. Estuvimos allí y somos los que menos podemos explicarlo.
—Entonces no lo unamos todavía.
—Eso es fácil decirlo.
—No he dicho que sea fácil.
Los golpes dentro del cobertizo cesaron un momento y después volvieron a empezar.
Xoán miró hacia la puerta.
—Te llevé conmigo.
Manuel comprendió enseguida que ya no hablaba de la red.
—No empieces.
—Yo era el patrón.
—Y yo tenía veintidós años, no doce.
—Estabas aprendiendo.
—Estaba trabajando.
—Bieito nos dijo que esperáramos.
—Te lo dijo a ti y yo lo oí.
Xoán miró hacia el suelo.
—Debí hacerle caso.
—Sí.
La respuesta lo obligó a levantar la cabeza. Manuel mantuvo su mirada.
—Claro que debiste hacerle caso. Y yo también.
Xoán no esperaba aquello.
—Podía haberte mandado bajar.
—Podías. También podía haber bajado yo.
—No lo habrías hecho.
—Probablemente no.
—Entonces era mi responsabilidad.
Manuel apoyó la espalda contra la pared.
—¿Quieres que te diga que no hiciste nada mal?
Xoán tardó en responder porque no quería el consuelo fácil que Manuel acababa de ofrecerle.
—No.
—Bien, porque no pienso decírtelo. Salimos cuando Bieito nos había dicho que el mar estaba raro. Tú pensaste que exageraba y yo quería demostrar que podía hacer el trabajo. Si hubiéramos sabido lo que iba a pasar, nos habríamos quedado en tierra.
—Pero no lo sabíamos.
—Exacto.
—Yo tenía más experiencia.
—Y por eso fuiste tú quien decidió.
—Sí.
Manuel asintió.
—Eso forma parte de lo que pasó. No significa que me secuestraras.
Xoán apretó las manos.
—Tu padre murió pensando que estabas muerto.
Manuel desvió la mirada.
—Ya.
—Tu madre enterró un ataúd vacío.
—Ya.
—Tus hermanos…
—Xoán.
La firmeza de su voz lo detuvo.
—No conviertas mi vida en tu castigo. Tengo bastante con intentar entender qué hacer con la mía y no pienso dedicar lo que me quede a convencerte de que no eres culpable de todo lo que ocurrió después.
Xoán dejó pasar unos segundos.
—No sé cómo dejar de pensarlo.
—Yo tampoco sé cómo dejar de pensar que quizá, si hubiera dicho que no quería salir, tú habrías esperado.
Xoán lo miró.
—¿Lo piensas?
—Claro.
—Nunca dijiste que no quisieras.
—Ya lo sé. Estaba deseando ir.
Manuel sonrió sin alegría.
—La culpa tiene esa ventaja: te permite construir una versión en la que sabías más de lo que sabías.
Xoán permaneció un momento en silencio.
—Eso parece una frase de Uxía.
—Llevo semanas aguantándola.
—Se pega.
—Mucho.
Los golpes de Antón cesaron dentro del cobertizo. Poco después apareció en la puerta con dos vasos de agua.
—¿Seguís vivos?
—Aparentemente —respondió Manuel.
Antón les entregó los vasos.
—Entonces no entro.
Regresó al interior sin preguntar de qué estaban hablando. Xoán bebió un poco.
—¿Te gusta esto?
Manuel miró hacia las herramientas.
—La piedra.
—Sí.
—Más de lo que me gustaba antes.
—Tu padre estaría insoportable.
—Llevo varias semanas pensando lo mismo.
Una sonrisa distinta apareció en el rostro de Manuel.
—Cuando tenía veinte años, trabajar aquí me parecía admitir que nunca iba a salir de Corvoeira. Por eso me fui contigo al mar. No porque odiara la cantera; porque era de mi padre, de mis hermanos y de todos los que habían decidido mi vida antes de que yo pudiera hacerlo.
—¿Y ahora?
Manuel giró el vaso entre las manos.
—Ahora no me parece una condena.
—¿Por qué?
—Porque ya sé que puedo perderla.
Xoán no respondió.
—Además —continuó Manuel—, Antón es peor maestro que mi padre y eso tiene su encanto.
Desde dentro llegó la voz de su hermano.
—Te estoy oyendo.
—Era la idea.
Xoán se rió y, durante unos minutos, hablaron de cosas que no tenían nada que ver con la isla: de una casa que ya no existía, de un hombre que reparaba martillos aunque saliera más caro arreglarlos que comprar otros y de una tarde en que Manuel había roto una ventana lanzando una piedra que supuestamente debía caer a medio metro.
Aquellos recuerdos tenían algo que los otros no tenían: orden, principio y final, personas que sabían dónde estaban.
Cuando la conversación regresó a 1985 fue Manuel quien lo hizo.
—Hay algo que quiero pedirte.
—Dime.
—Si recuerdas otra cosa después de hoy, no vengas primero a contármela.
Xoán lo miró con sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque todavía puede aparecer algo en mi cabeza. Si me dices que recuerdas una puerta, mañana igual empiezo a ver una puerta que nunca estuvo ahí.
Xoán asintió lentamente.
—Se lo cuento a Uxía o a Breogán.
—Sí.
—Y tú haces lo mismo.
—Sí. Después lo comparamos, cuando esté registrado.
La idea hizo sonreír a Xoán a pesar de todo.
—Nos estamos volviendo insoportables.
—Antes éramos pescadores. Algún defecto teníamos que adquirir.
Se levantaron para volver al taller y, antes de entrar, Xoán miró los dos papeles que había guardado en bolsillos distintos.
—Se los llevamos a Uxía.
—Y le explicamos exactamente cómo lo hicimos.
—Para que pueda escribir debajo que no prueba nada.
—Le hará ilusión.
Entraron de nuevo en el cobertizo y Antón le puso a Xoán un martillo en la mano.
—Ya que has venido a criticar, demuestra lo que sabes hacer.
—Yo soy pescador.
—Eras pescador.
La corrección salió sin intención de herir, pero los tres la oyeron. Xoán miró el martillo antes de devolvérselo.
—Entonces tendré que averiguar qué soy ahora.
Manuel recogió el cincel.
—Cuando lo sepas, me avisas.
Xoán se quedó un rato más. Al marcharse no llevaba una explicación nueva sobre la brétema, pero sí algo que podía entregar a Uxía sin fingir una certeza mayor de la que tenían: Manuel había escrito que intentaba no perder la red; él, antes de leerlo, había escrito que debía seguir sujetando aquello que tenía entre las manos.
No sabían qué sujetaban, a quién estaba unido ni por qué importaba.
Pero ya podían formular una pregunta distinta sobre aquel fragmento: quizá el problema no hubiera sido quedar atrapados en una red, sino perderla.