CAPÍTULO 18
La llamada del hospital llegó casi tres semanas después del regreso de Xoán y Manuel.
Hasta entonces habían recibido resultados parciales, citas nuevas y explicaciones que terminaban casi siempre de la misma manera: no había nada que justificara lo ocurrido.
Aquella vez les pidieron que acudieran los dos. Uxía acompañó a Xoán y Maruxa fue con Manuel.
Durante el trayecto, Xoán apenas habló. Había aprendido a utilizar el teléfono lo suficiente para responder mensajes, consultar la hora y enfadarse cuando una pantalla cambiaba sin que él entendiera por qué.
Llevaba el aparato entre las manos, apagado, dándole vueltas como si fuera una pieza que todavía no hubiera decidido si servía para algo.
—¿Estás nervioso? —preguntó Uxía.
—No sé qué prefiero que me digan.
—¿Qué opciones tienes?
Xoán miró por la ventanilla.
—Que encuentran algo que explique por qué estoy así o que sigan diciéndome que estoy sano.
—Estar sano no parece una mala opción.
—No cuando tu cuerpo debería tener casi ochenta años. Si encuentran una enfermedad, al menos sabremos qué nombre ponerle. Si no encuentran nada, seguimos teniendo una cosa que pasó y ninguna manera de meterla en el mundo.
La frase resumía buena parte de las últimas semanas.
En el hospital los hicieron esperar juntos. Manuel llegó con Maruxa poco después y ocupó la silla frente a Xoán.
—¿A ti también te han dicho que no comas antes?
—Sí.
—Pues como esto tarde mucho, voy a empezar a envejecer de verdad.
Xoán soltó una risa.
—Te vendrá bien.
—Habla por ti.
La broma alivió algo en la sala.
Cuando los llamaron, entraron los cuatro. La médica que había atendido a Xoán y Manuel durante los primeros días tenía delante una carpeta más gruesa que en las visitas anteriores.
—Quiero explicar primero qué podemos saber y qué no.
Xoán se acomodó.
—Eso siempre significa que viene algo complicado.
—En este caso significa que no existe una prueba que nos diga «usted tiene biológicamente cuarenta y tres años» de la misma manera que podemos medir una glucosa o una temperatura.
La edad biológica es una estimación construida a partir de muchos indicadores, y distintos tejidos envejecen a ritmos diferentes.
Manuel miró a Uxía.
—Te lo dije.
—Todavía no ha terminado.
La médica pasó una página.
—Hemos revisado densidad ósea, estado cardiovascular, función renal y hepática, dentición, composición corporal, articulaciones, capacidad respiratoria, algunos marcadores metabólicos y las pruebas de imagen que podían compararse con documentación previa.
También tenemos informes antiguos que las familias han conseguido localizar.
—¿Y? —preguntó Xoán.
—Ninguna de esas líneas encaja con las edades cronológicas que deberíais tener.
Manuel dejó de sonreír.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sí, pero ahora podemos decir algo más. En Xoán encontramos cambios compatibles con el paso de algunos años desde los últimos registros médicos disponibles antes de 1985, pero no con cuatro décadas. En Manuel ocurre algo parecido.
—¿Cuántos años? —preguntó Uxía.
—No puedo dar una cifra exacta.
—Un rango.
La médica asintió.
—Si forzamos una estimación conjunta, hablaríamos de pocos años. Aproximadamente entre tres y cinco en ambos casos, con bastante margen según el marcador que miremos.
Nadie respondió inmediatamente. Uxía había sabido desde el primer día que Xoán no parecía un hombre de casi ochenta años, pero escuchar aquella aproximación transformaba la impresión en algo más difícil de ignorar.
Xoán fue el primero en hablar.
—Cuatro años.
—He dicho entre tres y cinco.
—Ya.
—No quiero que salga de aquí la frase «hemos demostrado que envejecieron cuatro años», porque no sería verdad.
—Pero tampoco cuarenta.
—Eso sí podemos decirlo con mucha más seguridad.
Manuel apoyó los codos sobre las rodillas.
—Entonces mi cuerpo estuvo en alguna parte cuatro años.
La médica negó con suavidad.
—Tampoco podemos afirmar eso.
—Si envejeció…
—Podemos afirmar que los cambios que observamos son mucho más compatibles con unos pocos años de envejecimiento que con cuarenta. No sabemos qué ocurrió entre 1985 y vuestro regreso ni si ese proceso fue continuo.
Uxía pensó en los recuerdos de Manuel: frío, una red, silencio y después agua.
—Ellos no recuerdan esos años —dijo.
—Lo sé, y esa es otra parte del problema. Neurológicamente no encontramos una lesión que explique una amnesia de décadas. Vuestra memoria autobiográfica anterior a la desaparición está razonablemente conservada; lo que falta es la continuidad después.
—No tengo cuatro años borrados —dijo Xoán—. Tengo trozos.
—Exactamente.
—Entonces ¿cómo puede mi cuerpo tenerlos?
La médica tardó en responder.
—No lo sé.
Xoán aceptó la frase mejor que cualquier explicación improvisada.
—¿Hay alguna posibilidad de que nuestros cuerpos hayan estado… no sé… dormidos? —preguntó Manuel.
—Un estado de suspensión de décadas habría dejado problemas graves que no vemos. Masa muscular, hueso, piel, órganos, sistema cardiovascular… no encaja con una inmovilización prolongada.
—Entonces vivimos esos años.
—Vuestros cuerpos cambiaron —insistió la médica—. Eso es lo que podemos sostener.
Uxía vio cómo Manuel bajaba la mirada hacia sus manos.
—No recuerdo haber tenido hambre, ni dormir, ni despertarme, ni un invierno.
—La ausencia de recuerdo no demuestra ausencia de experiencia, pero tampoco permite inventarla.
Aquella frase hizo que Uxía pensara en su propia manera de investigar: lo que no podían saber tenía que conservar su lugar.
Maruxa, que había permanecido callada, preguntó si aquello podía seguir pasando ahora.
—¿Seguir envejeciendo diferente? —aclaró la médica—. Desde que regresaron, no vemos nada anómalo en ese sentido. Los controles realizados durante estas semanas muestran cambios normales para el tiempo transcurrido.
Maruxa respiró mejor.
—O sea, ahora están aquí.
La médica sonrió apenas.
—Desde el punto de vista de lo que podemos medir, sí.
Manuel giró hacia ella.
—Eso es lo más tranquilizador que me han dicho desde que volví.
* * *
Al salir del hospital, se sentaron en una cafetería cercana. Manuel pidió dos tostadas y se comió la primera antes de que llegaran los cafés.
—Esto demuestra que estoy perfectamente.
Maruxa lo miró.
—Esto demuestra que no has desayunado.
—También.
Xoán removía el café sin beberlo y Uxía sabía que estaba haciendo cuentas.
—No lo hagas.
Él levantó la vista.
—¿Qué?
—Buscar una edad exacta.
—No estaba haciendo eso.
—Papá.
Xoán dejó la cucharilla.
—Treinta y nueve cuando salí. Entre tres y cinco años.
—Es una estimación. Podrías tener marcadores de treinta y ocho y otros de cuarenta y cinco.
—Lo sé. Pero entiendo por qué cuando me miro no veo al hombre que debería ser. Durante estos días una parte de mí seguía pensando que quizá había algo engañoso en el aspecto, que por dentro estaría viejo de otra manera.
—Y no parece ser así.
—No.
Xoán miró sus manos.
—Me faltan cuarenta años hasta en los huesos.
Uxía sintió el golpe de la frase y no intentó corregirla. Al otro lado de la mesa, Manuel había dejado de comer.
—A mí me pasa al revés. Todo el mundo sigue diciéndome que parezco de veintiséis, pero yo no sé dónde poner esos cuatro años que supuestamente tengo de más.
—No son cuatro exactos —recordó Maruxa.
—Ya lo sé. Lo que quiero decir es que no los siento míos.
Xoán lo miró.
—Yo tampoco.
Durante un momento los dos parecieron reconocerse de una manera distinta a la que habían podido hacerlo desde el regreso. No eran únicamente dos hombres que habían desaparecido juntos; sus cuerpos compartían una historia que ninguno sabía contar.
* * *
Sabela llegó a Casa Freire aquella tarde después de terminar su jornada de trabajo, con la mochila al hombro y el cabello recogido de cualquier manera. Había pasado buena parte de la semana fuera de Corvoeira y Uxía apenas la había visto desde que empezaron a revisar las mareas de 1985.
—¿Qué han dicho?
Uxía le contó la consulta en la cocina mientras Xoán estaba con Carme en el patio.
Sabela no sacó ninguna conclusión inmediata.
—¿Tres a cinco años en los dos?
—Como rango aproximado.
—¿Con los mismos marcadores?
—No exactamente todos, pero dicen que la convergencia general es parecida.
—¿Y tienen documentación antigua suficiente para comparar?
—Algo. Más de Xoán que de Manuel.
Sabela revisó mentalmente el dato antes de responder.
—Entonces es mejor de lo que pensaba, pero sigue siendo una aproximación.
—Eso nos lo han repetido unas veinte veces.
—Bien.
Uxía sirvió dos cafés.
—No pareces sorprendida.
—Estoy sorprendida desde que aparecieron. Lo que intento es no convertir cada cosa rara en una teoría.
Uxía apoyó la taza frente a ella.
—Hay algo que sé que estás pensando.
—No sabes lo que estoy pensando.
—Cuarenta fuera.
Sabela no respondió.
—Entre tres y cinco para ellos.
Sabela levantó los ojos.
—No lo hagas.
La advertencia hizo sonreír a Uxía, demasiado acostumbrada ya a utilizarla ella misma.
—Esa suele ser mi frase.
—Porque ahora mismo solo tenemos dos personas y un rango enorme.
—Pero lo has calculado.
Sabela soltó aire, resignada a reconocer que ya había hecho la cuenta.
—Claro que lo he calculado.
Cogió una servilleta y un bolígrafo del bolso. Escribió 40 / 4 = 10, lo tachó y añadió debajo 40 / 3 ≈ 13 y 40 / 5 = 8.
—Si utilizas cuatro porque queda bonito, sale uno a diez. Si utilizas los extremos del rango, puede estar entre ocho y trece años fuera por cada año de cambio corporal. Y ni siquiera sabemos si la relación es lineal.
—Pero existe una diferencia enorme.
—Eso sí. Fuera transcurrieron cuarenta años; en sus cuerpos parece haber transcurrido una fracción de ese tiempo. No sabemos más.
Sabela dejó el bolígrafo.
—¿Y si lo que pasó alrededor de la isla afectó también al tiempo? —preguntó Uxía.
Sabela dejó pasar unos segundos antes de contestar.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si acabara de decir una barbaridad.
—Has dicho una barbaridad.
—Mi padre desapareció en 1985 y volvió en 2025 prácticamente con la misma edad. No estamos exactamente dentro de una semana normal.
Sabela sonrió a pesar suyo.
—Eso te lo concedo.
Volvió a mirar los números.
—El problema es que no sabemos dónde estuvieron, si estuvieron juntos todo el tiempo, si ese envejecimiento ocurrió de forma constante ni si lo que les pasó tiene algo que ver con Ramón.
—Exacto.
Sabela dio la vuelta a la servilleta y escribió una sola palabra: TIEMPO. Después la rodeó con un círculo.
—Añadimos una variable.
Uxía miró la palabra. Hasta entonces habían hablado de marea, viento, visibilidad, niebla y temperatura. Todo pertenecía al mar y a la atmósfera; aquello era diferente.
—¿Cómo se mide una variable así en 1947?
—No se mide.
—Entonces no sirve.
—Sirve para formular preguntas. Con Ramón no podemos comparar el efecto porque no tenemos ningún dato posterior a su desaparición.
—Entonces ahí tenemos un límite.
—Sí. Y conviene dejarlo donde está en lugar de rellenarlo con una suposición.
Uxía pensó en las fotografías de Ramón, en la bota izquierda, en las iniciales encontradas bajo una roca y en el hombre cojo de los recuerdos de Xoán.
—Tenemos dos casos vivos —dijo Sabela—. Xoán y Manuel. Con ellos sí podemos observar algo.
—¿Qué?
—Si después del regreso envejecen normalmente.
—Los médicos dicen que sí, de momento.
—Entonces habrá que conservar esos datos.
Uxía la miró.
—¿Vas a convertir a mi padre en una serie temporal?
—Tu padre ya es muchas cosas. Una serie temporal sería de las menos ofensivas.
Uxía soltó una carcajada y Sabela también. La tensión desapareció durante unos segundos antes de que Sabela volviera a mirar hacia el patio.
Xoán estaba ayudando a Carme a ponerse una chaqueta. Ella protestaba porque aseguraba que no hacía frío; él esperaba pacientemente con la prenda abierta hasta que terminó aceptándola.
—Es raro verlos —dijo Sabela.
—Para ella a veces no es raro.
—Quizá tenga suerte en eso.
—Algunos días.
Sabela permaneció un rato en silencio y, cuando volvió a hablar, los cálculos habían quedado atrás.
—¿Cómo está él?
—Depende del momento.
—No me refiero a los resultados.
Uxía comprendió.
—Intentando averiguar qué vida puede tener ahora.
Sabela dejó de mirar los números y volvió la atención hacia el patio.
—Eso tampoco cabe en una tabla.
—Menos mal.
* * *
Aquella noche, Uxía encontró la servilleta sobre la mesa de la cocina. Sabela la había olvidado. Por una cara estaban las divisiones; por la otra, una palabra rodeada con un círculo: TIEMPO.
Uxía estuvo a punto de tirarla, pero terminó guardándola dentro de la libreta. No habían descubierto ninguna proporción —ni siquiera sabían si existía—; lo que había surgido era una pregunta que las mareas, el viento y la niebla no podían responder por sí solos.