CAPÍTULO 17
Breogán recibió la bolsa sin tocarla.
Uxía había llamado desde la Dolores antes de llegar al puerto y, cuando entraron en el puesto, él ya tenía preparada una mesa despejada, dos pares de guantes y una cámara.
—Déjala ahí.
Uxía apoyó la mochila en el suelo y sacó la bolsa transparente. La pieza parecía todavía más pequeña bajo la luz blanca del despacho.
Bieito se quedó junto a la puerta. Breogán observó primero la bolsa y después a Uxía.
—Cuéntamelo desde el principio.
Ella relató el desembarco, la localización de la grieta, la piedra desplazada por el temporal y el momento en que había visto el borde metálico. Le enseñó las fotografías tomadas antes de mover nada, las imágenes con la cinta métrica y las del hueco una vez retirada la pieza.
Breogán pasó de una a otra lentamente.
—Bien.
—¿Bien qué?
—Bien que no hayas empezado a escarbar.
Bieito resopló.
—Se lo dije.
Uxía lo miró.
—No me dijiste eso.
—Lo pensé.
—Eso no cuenta.
Breogán amplió una de las fotografías.
—¿Estaba completamente debajo de la piedra?
—No. El borde asomaba entre dos guijarros, pero la parte principal quedaba en la zona que parece haber estado cubierta hasta hace poco.
—¿La roca podía haberse movido muchas veces?
Bieito negó.
—No sabría decir cuántas, pero esa cara clara no estaba así la última vez que subí.
—¿Cuándo fue?
—Hace algo más de un año.
Breogán anotó la respuesta. Después abrió la bolsa con guantes y dejó caer la pieza sobre un paño limpio sin intentar retirar la corrosión. Giró la luz de la mesa hasta que aparecieron tres iniciales: R. F. O. Durante unos segundos nadie habló y fue él quien terminó rompiendo el silencio.
—Tres iniciales.
Uxía agradeció que no pronunciara el nombre.
—Sí.
—¿Conocéis a alguien más en Corvoeira con esas iniciales?
—Yo no —respondió Bieito—. Pero eso no significa que no lo hubiera.
Breogán aceptó la precisión y continuó con el registro.
—Exacto.
Fotografió ambas caras y midió la pieza. Tenía algo menos de cuatro centímetros de largo, un borde curvado y dos pequeños orificios parcialmente cegados por la corrosión.
—No parece una moneda —dijo.
—Bieito pensó en una navaja.
—Puede ser una parte de la cacha, un remache, una placa de herramienta o cualquier pieza que llevara fijación. No voy a adivinarlo.
Uxía se acercó.
—¿Puedes saber de cuándo es?
—Yo no.
—¿Y alguien?
—Quizá puedan acotar materiales, fabricación y tipo de objeto, pero no esperes una fecha exacta.
Breogán cogió el teléfono.
—Conozco a una conservadora que trabaja con material metálico histórico. También podemos preguntar en el museo marítimo si reconocen la pieza por la forma.
—¿Sin decirles quién creemos que puede ser R. F. O.?
Él la miró.
—Eso pensaba hacer.
Uxía sonrió ante una respuesta más profesional que complaciente.
—Empiezas a aprender.
—Llevo años evitando que la gente convierta sospechas en hechos. No eres tan original.
Bieito permanecía callado y Breogán lo observó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No parece.
Bieito acercó una silla pero no llegó a sentarse.
—Si esto fuera de Ramón…
Se interrumpió y corrigió la frase.
—Si fuera, seguiríamos sin saber cómo llegó allí.
—Exactamente —dijo Breogán—. Una pieza puede permanecer décadas atrapada entre rocas, moverse con temporales o llegar enganchada en aparejos, en una embarcación o arrastrada desde otro punto.
—Lo sé.
—Te lo digo porque dentro de media hora medio pueblo habrá decidido que hemos encontrado una parte del barco de Ramón.
Bieito levantó la mirada.
—No si no se lo contamos.
Breogán miró a Uxía.
—Por una vez estoy de acuerdo con él.
Ella asintió. No había ninguna razón para convertir un objeto todavía sin identificar en una noticia.
—Quiero enseñárselo a mi padre cuando terminemos aquí, pero antes quiero poder decirle exactamente lo que sabemos.
Breogán giró el metal con unas pinzas.
—Sabemos que una pieza antigua o envejecida por exposición apareció debajo de una roca desplazada recientemente, junto a una grieta en A Illa dos Corvos. Sabemos que lleva grabadas las iniciales R. F. O. y que no sabemos quién las grabó, cuándo ni a quién pertenecía.
—Perfecto.
—Es poco.
—Es bastante si es verdad.
Breogán sonrió y empezó a completar el registro.
* * *
Xoán estaba en el patio de Casa Freire cuando regresaron.
Había desmontado una silla vieja y extendido las piezas sobre una manta, intentando sustituir una traviesa rota.
Carme permanecía sentada junto a la puerta con una taza entre las manos, observándolo trabajar como si aquella escena hubiera ocurrido todos los días durante cuarenta años.
—Te has equivocado —dijo ella cuando Uxía entró.
—¿En qué?
Carme señaló a Xoán.
—Eso lo hacía tu padre.
Uxía siguió la dirección de su dedo y vio que Xoán había levantado la cabeza. Ninguno corrigió a Carme; podía estar hablando de Ramón, de Xoán o de otra escena que existía únicamente para ella en aquel momento.
—Tengo que enseñarte una cosa —dijo Uxía.
Xoán dejó la madera.
—¿De la isla?
—Sí.
Puri apareció detrás de Carme.
—¿Habéis ido?
—Con Bieito.
—Podrías haber avisado.
—Entonces habríais intentado impedirlo entre todos.
—Por algo sería.
Uxía no discutió y entró con Xoán en la cocina. Carme se quedó fuera con Puri y Bieito, que aceptó un café sin protestar. Uxía dejó sobre la mesa una copia de las fotografías; la pieza original permanecía en el puesto.
—Antes de mirarlo quiero que sepas lo que no sabemos. Puede ser de cualquier persona, haber llegado a la isla mucho después de 1947 y no sabemos qué objeto era ni cuánto tiempo llevaba allí.
—Vale.
Uxía deslizó la fotografía.
Xoán vio las letras y no reaccionó inmediatamente. Leyó una vez y después otra.
—Ramón Freire Otero.
Pronunció el nombre con una calma que no coincidía con la forma en que sujetaba el papel.
—Son las mismas iniciales.
—Sí.
—¿Dónde apareció?
Uxía le mostró la imagen del lugar.
—En la cara norte, muy cerca de la grieta de la que habló Bieito. Un temporal desplazó una roca y dejó parte de la pieza al descubierto.
Xoán amplió la fotografía en el teléfono.
—¿Bieito la había visto antes?
—No.
—¿Tú crees que era de mi padre?
Uxía eligió las palabras.
—Creo que es posible.
—Eso no es lo mismo.
—No.
Xoán apoyó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué pensaste cuando viste las letras?
—En Ramón, y después en todas las razones por las que podían no tener nada que ver con él.
Xoán soltó una pequeña risa.
—Eres agotadora.
—Gracias.
Volvió a coger la fotografía.
—Mi madre marcaba algunas cosas.
Uxía levantó la mirada.
—¿Con iniciales?
—A veces. Herramientas, ropa del colegio, cajas; cosas que podían mezclarse con las de otras familias.
—¿Recuerdas si había objetos de Ramón con sus iniciales?
Xoán negó.
—No.
—No intentes recordarlo.
—No lo estoy intentando.
Uxía reconoció la mentira amable pero no la señaló. Xoán siguió observando la forma ovalada.
—Parece parte de una navaja.
—Bieito dijo lo mismo, pero Breogán no quiere adivinar qué era hasta que la vea alguien que pueda identificarla.
Xoán dejó la fotografía.
—¿Fuiste hasta la grieta?
—Sí.
—¿Sentiste algo?
—Nada. Viento, frío normal, mar y pájaros. Era una isla.
La respuesta pareció sorprenderlo.
—Me alegro.
Uxía esperaba otra reacción.
—¿Por qué?
—Porque una parte de mí quería que fueras y comprobaras que había algo raro, como si eso pudiera demostrarme que no estoy inventando lo que recuerdo. Otra tenía miedo de que te pasara algo.
—Eso sí es bastante de padre.
—Tengo cuarenta años de retraso. Déjame practicar.
Aquella frase consiguió que ambos se relajaran antes de que Xoán volviera a mirar la pieza.
—Si fuera suya, entonces estuvo allí.
Uxía negó suavemente.
—No necesariamente. El objeto estuvo allí; eso no demuestra que Ramón lo llevara hasta ese punto. Podría haber llegado después, con una red o una corriente.
Xoán soltó aire.
—Lo haces difícil.
—La realidad suele colaborar poco.
Puri entró en la cocina.
—Carme pregunta por ti.
Xoán se levantó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
—Nada. Quiere que le arregles una ventana que no está rota.
Él miró a Uxía.
—Eso sí sé arreglarlo.
Salió con Puri.
Uxía recogió las fotografías y guardó la copia del registro del hallazgo. Desde la cocina oyó a Carme explicarle a Xoán que la ventana llevaba semanas cerrando mal. Él no discutió: abrió, cerró, comprobó el pestillo y movió una bisagra que no necesitaba ningún ajuste.
—Ahora sí —dijo.
Carme sonrió.
—Siempre se te han dado bien estas cosas.
Uxía no supo a quién creía estar hablando su madre y decidió que quizá tampoco importaba.
* * *
La primera valoración de la conservadora llegó dos días después. Breogán llamó a Uxía para que fuera al puesto y, antes de mostrarle el correo, advirtió que no tenían una fecha.
—Ya sabía que ibas a decir eso.
—Entonces voy mejorando.
La especialista había estudiado las fotografías de detalle y solicitado examinar la pieza directamente antes de emitir una valoración definitiva.
Aun así, podía adelantar algunas cosas: la forma era compatible con una placa o remate fijado a un objeto de uso cotidiano y el tipo de fabricación podía encajar en la primera mitad del siglo XX, aunque aquel margen abarcaba demasiadas décadas como para relacionarlo con una fecha concreta.
Uxía leyó dos veces la misma línea.
—Compatible.
—La palabra favorita de los que no quieren acabar declarando en un juzgado —dijo Breogán.
—También es mi palabra favorita últimamente.
—La cronología es compatible, pero la pieza no identifica a su dueño ni nos dice cuánto tiempo lleva en la isla.
Uxía dejó el papel.
—Entonces escribe exactamente eso. Y que apareció cerca de la grieta con las iniciales R. F. O.
Breogán incorporó la formulación sin añadir nada más.
—Eso sí puedo incorporarlo al expediente.
—Hazlo.
Mientras él actualizaba la incidencia, Uxía miró las fotografías una vez más.
Había pasado semanas persiguiendo testimonios que dependían de la memoria de personas envejecidas, documentos incompletos y recuerdos de dos hombres incapaces de ordenar lo que les había ocurrido.
La pieza de metal tampoco daba una respuesta, pero tenía una diferencia: no recordaba, no interpretaba y no podía haber escuchado durante cuarenta años las historias del pueblo hasta empezar a parecerse a ellas.
Ramón podía haber estado en A Illa dos Corvos. Seguía sin ser una conclusión, pero la posibilidad ya no dependía únicamente de la memoria.