La brétema CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Bieito tardó tres días en cambiar de opinión.

Llamó a Uxía poco después de las ocho de la mañana, cuando ella estaba ayudando a Puri a convencer a Carme de que el jersey que buscaba llevaba puesto desde el desayuno.

—Mañana dan buen tiempo.

Uxía sujetó el teléfono entre el hombro y la oreja.

—Buenos días a ti también.

—Viento del norte, flojo. Visibilidad limpia. La marea estará bajando a media mañana.

Uxía salió al pasillo.

—¿Me estás diciendo que vamos a la isla?

—Te estoy diciendo que, si voy a cometer la estupidez de llevarte, prefiero hacerlo un día en que el mar no me dé motivos para arrepentirme antes de salir.

—Eso es un sí bastante largo.

—A las nueve en O Peirao Vello.

Iba a colgar cuando Uxía recordó la promesa.

—¿Has hablado con Sabela?

Hubo un breve silencio.

—Sí.

—¿Y?

—Primero se enfadó porque fui solo en el ochenta y cinco. Después se enfadó porque he tardado cuarenta años en contárselo. Luego me preguntó a qué hora salí, qué marea había, qué viento hacía y cuánto tiempo llevaba en la roca cuando apareció la niebla.

La forma de describir a Sabela hizo sonreír a Uxía.

—Eso suena a ella.

—También quería venir mañana, pero tiene trabajo y no puede.

—Podemos esperar.

—No. Quiero volver una vez contigo antes de que empecemos a llenar la isla de instrumentos.

—Sabela mediría hasta el grosor de las algas.

—Exactamente.

—Eso tampoco sería necesariamente malo.

—Mañana, tú y yo.

Uxía aceptó y, antes de colgar, Bieito añadió:

—Y calzado que se agarre bien.

—Mis botas se agarran perfectamente.

—Tus botas sirven para caminar por ciudad.

—He vivido en más sitios.

—Mañana a las nueve.

La llamada terminó.

* * *

La embarcación de Bieito se llamaba Dolores.

Era pequeña, con la pintura desgastada en varios puntos y el nombre azul casi borrado en la proa. Uxía la había visto decenas de veces desde que regresó a Corvoeira sin saber que todavía pertenecía a él.

—Pensaba que ya no salías.

—No salgo a trabajar, pero una cosa es jubilarse y otra dejar que un barco se pudra porque tú te has hecho viejo.

Bieito comprobó un cabo mientras Uxía subía con una mochila impermeable donde llevaba el teléfono, guantes, una cinta métrica, agua y varias bolsas limpias.

No esperaba encontrar nada, pero después de semanas aprendiendo que cualquier detalle podía adquirir importancia más tarde, prefería pecar de excesiva.

Bieito observó la mochila.

—¿Qué llevas ahí?

—Nada emocionante.

—Conociéndote, no me tranquiliza.

El motor arrancó al segundo intento.

Abandonaron O Peirao Vello bajo un cielo despejado y un viento suficiente para rizar la superficie. Las gaviotas se movían sobre la bocana y, a medida que dejaban atrás las últimas casas, Uxía sintió que aquella normalidad hacía más difícil relacionar el paisaje con todo lo que sabía.

A Illa dos Corvos estaba delante: roca, hierba baja, líquenes y pájaros. Nada en su aspecto explicaba que Amaro hubiera desaparecido en 1901, Ramón en 1947 y Xoán y Manuel en 1985.

—Tu padre y yo pasamos por aquí cientos de veces —dijo Bieito mientras corregía el rumbo—. Durante años era solo una isla.

—¿Y después?

—Después seguía siendo una isla. El problema estaba en mi cabeza.

Uxía lo miró.

—Eso no es exactamente lo que me contaste.

—Una cosa no elimina la otra. Si hubiera dejado de acercarme para siempre después del ochenta y cinco, habría terminado teniendo miedo de medio mar. Volví de día, con buen tiempo, a pescar alrededor y alguna vez subí a la roca.

—¿Al mismo sitio?

—Sí.

—¿Nunca ocurrió nada?

—Nunca.

—¿Ni niebla?

—Niebla normal, alguna vez. De la otra, no.

Uxía sabía que todavía no tenían derecho a llamar «la otra» a un fenómeno definido, pero comprendía perfectamente la diferencia.

—¿Cómo las distingues?

Bieito pensó antes de contestar.

—La niebla normal llega de algún sitio. La ves venir, cambia con el viento, se abre y vuelve a cerrarse. Aquello parecía quedarse donde estaba.

—¿Y el mar?

—Aquella noche del dieciocho se movía cuando llegué. Por eso no quiero que empecéis a pensar que basta con que el agua esté quieta para que ocurra algo. El día once sí estaba demasiado quieta; una semana después, no.

Era exactamente la clase de diferencia que Sabela necesitaba.

La isla fue creciendo delante de ellos. Vista de cerca, parecía incluso más pequeña de lo que Uxía había imaginado. La cara norte era irregular y oscura, cortada por hendiduras donde el agua entraba y salía. Un grupo de cormoranes levantó el vuelo cuando la Dolores redujo la velocidad.

Bieito señaló una plataforma natural apenas un metro por encima del agua.

—Ahí.

—¿Desembarcaste en ese punto en el ochenta y cinco?

—Más o menos. Con esta marea queda mejor.

Se aproximó despacio, atento a la corriente, y amarró a una argolla vieja fijada en la roca. Bajó primero y tendió la mano.

—Dame la mochila.

—Puedo llevarla.

—No he dicho que no puedas. He dicho que me la des mientras saltas.

Uxía obedeció.

La piedra estaba húmeda y resbaladiza incluso donde las olas no alcanzaban directamente.

Cuando apoyó ambos pies, levantó la vista hacia la roca y no sintió frío, presión ni ese cambio difícil de definir que había imaginado tantas veces desde que Bieito le contó su visita.

Había viento, olor a sal y el motor de la Dolores todavía vibrando detrás de ellos.

—Es decepcionante —dijo.

—Mejor.

Avanzaron por una zona estrecha donde la roca obligaba a caminar de lado. A la derecha, el mar golpeaba con suficiente fuerza para llenar de espuma las grietas bajas.

—Aquí no subas si está mojado —advirtió Bieito—. Rodeamos.

Uxía lo siguió sin discutir. Había algo extraño en caminar por un lugar que llevaba semanas convirtiendo en el centro de todas sus preguntas y descubrir que el cuerpo no reconocía ninguna amenaza.

Bieito se detuvo junto a una formación más alta que las demás.

—Aquí.

Uxía miró alrededor.

—¿Dónde estabas tú?

Él señaló una repisa unos metros más abajo.

—La barca estaba allí. Yo subí por ese lado porque quería mirar dentro.

La grieta descendía casi vertical hasta el agua. No tenía más de medio metro en la parte superior y se ensanchaba ligeramente abajo, donde el oleaje entraba y salía produciendo un sonido hueco.

Uxía se acercó.

—¿Esta es la que viste?

—Sí.

—¿Y la forma?

Bieito levantó la mano y marcó un punto junto a la roca.

—Por ahí.

—¿Tan cerca? ¿Cinco metros? ¿Diez?

—No voy a darte un número, Uxía. Con la niebla podía estar cerca o parecerlo.

Ella entendió y dejó de insistir. Sacó el teléfono y fotografió la grieta desde varios puntos; después registró la hora y tomó una imagen más amplia donde pudiera reconocerse la posición respecto a la plataforma de desembarco.

Bieito observó lo que hacía.

—Sabela te está contagiando.

—Esto lo hacía antes de volver a Corvoeira.

—Entonces ya venías enferma.

Uxía sonrió y se agachó cerca de la entrada de la grieta sin acercarse demasiado al borde. El agua subía por la cavidad, golpeaba contra el fondo y regresaba dejando algas pegadas a la roca.

—¿Entra agua siempre?

—Con marea alta, mucho más.

—¿Puede cubrir la repisa?

—Parte.

—¿Y cuando la marea está cambiando?

Bieito la miró de reojo.

—Ya hablas como mi hija.

—Solo pregunto.

—Con pleamar, el agua llega bastante más arriba. Después empieza a retirarse poco a poco.

Uxía observó la marca oscura que señalaba hasta dónde podía alcanzar. Aquella mañana la marea descendía y la grieta respiraba con normalidad, acompañada por el ruido del mar, el viento y los pájaros.

—La noche que viniste —dijo—, cuando el sonido cambió, ¿seguías viendo entrar el agua?

Bieito tardó unos segundos.

—Sí.

—Pero apenas la oías.

—Eso recuerdo.

Uxía se quedó contemplando la cavidad. Un lugar podía seguir estando delante y dejar de sonar como debía. Manuel había descrito algo parecido sin conocer la historia de Bieito, aunque dos recuerdos no convertían aquella grieta en una puerta.

Se levantó.

—Quiero mirar alrededor.

—Mirar.

—Solo mirar.

Bieito señaló el suelo.

—Y no metas la mano en ningún agujero. Hay erizos, cortes y cosas que muerden.

—Gracias, papá.

—Tu padre habría dicho lo mismo.

La respuesta hizo que ambos callaran durante unos segundos.

Uxía se alejó hacia una repisa protegida del oleaje. El último temporal había dejado señales claras: algas secas muy por encima de la línea habitual, pequeños fragmentos de madera entre dos rocas y zonas donde la vegetación había sido arrancada.

En una cavidad poco profunda, una piedra grande parecía haberse desplazado. Debajo conservaba una franja más clara, sin líquenes, que no coincidía con el resto de la superficie.

—Bieito.

Él se acercó.

—Esto se ha movido.

Se agachó sin tocarla.

—Seguramente con el temporal de la semana pasada.

—¿Estaba así cuando venías antes?

—No me fijé.

Uxía enfocó con el teléfono. Entre la base de la piedra y un pequeño manojo de raíces había algo oscuro. Al principio pensó que era un trozo de concha, pero al cambiar de ángulo apareció un borde regular entre los guijarros.

—Hay metal.

Bieito se inclinó.

—Podría ser cualquier cosa.

—Por eso no lo vamos a tocar todavía.

Le hizo una fotografía desde donde estaba y después otra más amplia que incluyera la roca y la grieta. Sacó la cinta métrica y la colocó al lado sin mover el objeto.

—Definitivamente estás enferma —murmuró Bieito.

—Luego te alegrarás.

Se puso los guantes, retiró primero dos piedras pequeñas que estaban sueltas y dejó al descubierto una parte mayor de la pieza. Era ovalada, de pocos centímetros, oscura por la corrosión y con zonas verdosas.

—¿Una moneda? —preguntó Bieito.

—No creo.

Uxía fotografió de nuevo y después la levantó con cuidado. No estaba unida a madera, tela ni ningún otro material; pesaba poco y uno de los bordes tenía una forma ligeramente biselada.

—Puede ser parte de una herramienta —dijo Bieito—. O de una navaja.

—¿Por la forma?

—Por imaginar.

—Entonces no me sirve.

—Ya sabía yo que venir contigo iba a quitarme toda la diversión.

Uxía giró la pieza para ver la otra cara. Había marcas que al principio parecían arañazos producidos por la corrosión, pero cuando inclinó el metal hacia la luz se distinguieron tres trazos separados.

Acercó el teléfono y amplió la imagen. La primera letra era clara; la segunda también. La tercera necesitó cambiar el ángulo.

Bieito dejó de bromear.

—¿Qué pone?

Uxía amplió un poco más hasta que las tres letras quedaron claras: R. F. O.

Bieito leyó por encima de su hombro y permaneció callado.

El nombre de Ramón Freire Otero llegó a la cabeza de Uxía acompañado inmediatamente por todas las razones por las que no debía convertir aquellas letras en una identificación.

La pieza podía haber pertenecido a otro hombre, proceder de otra época o haber llegado hasta allí enganchada en una red, arrastrada por una corriente o perdida por cualquiera que hubiera subido a la isla durante décadas.

—Podría ser Ramón —dijo finalmente.

—Sí.

—También podría no serlo.

—También.

Uxía se alegró de que Bieito añadiera la segunda posibilidad sin que tuviera que hacerlo ella.

—¿La habías visto alguna vez? ¿Sabes qué es?

—No a las dos cosas.

Bieito señaló la piedra desplazada.

—Si estaba debajo, el temporal pudo dejarla al descubierto ahora.

Uxía fotografió la franja clara de la roca y el hueco exacto del que había retirado el metal.

—No deberíamos limpiarla.

—No pensaba hacerlo.

—Quiero que Breogán la vea tal cual.

Bieito observó el objeto un instante más.

—¿Crees que servirá para algo?

Uxía buscó una bolsa limpia en la mochila y guardó la pieza sin tocarla de nuevo.

—Todavía no sé ni qué hemos encontrado.

—Tiene las iniciales de tu abuelo.

—Tiene tres letras.

Bieito aceptó la corrección y dejó de mirar las iniciales como si ya fueran un nombre.

—Bien.

—¿Qué?

—Hace unas semanas habrías dicho el nombre primero.

Uxía tuvo que admitir que quizá tenía razón.

No continuaron buscando. Aquello también fue decisión de Uxía: habían ido a localizar el punto de la visita de Bieito y habían encontrado algo inesperado; seguir removiendo piedras después de aquel hallazgo habría convertido una observación documentada en una búsqueda sin control.

Regresaron hacia la Dolores. Antes de bajar, Uxía volvió la vista una vez más hacia la grieta, que con sol, viento y el sonido continuo del agua seguía pareciendo únicamente una fractura en la roca.

Bieito se colocó junto a ella.

—¿Te ha servido venir?

—Sí.

—¿Para qué?

Uxía pensó antes de responder.

—Para ver que aquí no pasa nada la mayor parte del tiempo.

—Eso ya podía habértelo dicho yo.

—Me lo dijiste. Necesitaba verlo.

Embarcaron. Cuando la Dolores se alejó, el viento siguió levantando pequeñas crestas sobre el agua y los cormoranes regresaron a la parte alta de la roca.

Uxía mantuvo la mochila entre los pies durante todo el trayecto. Dentro llevaba una pieza de metal que podía no tener ninguna relación con Ramón, pero una de las preguntas que llevaban semanas siguiendo ya no estaba únicamente en un testimonio, una fotografía o un recuerdo: ahora tenía peso.