CAPÍTULO 15 #2
Uxía evitó pronunciar ningún nombre y fue Bieito quien lo hizo por ella.
—Durante años pensé que podía haber sido Xoán. O Manuel.
—Ahora has pensado en Ramón.
Él la miró.
—Ahora sé cosas que entonces no sabía.
—Eso puede cambiar un recuerdo.
—Exactamente. No quiero que escribas que vi a ninguno de ellos. Vi una forma y eso es lo único que puedo defender.
Uxía asintió.
—Eso es lo que escribiré.
Bieito observó el bolso cerrado junto a su silla.
—Ni siquiera lo estás apuntando.
—Después.
Él aceptó aquello sin comentar nada.
—¿Qué hiciste cuando viste la forma?
—Me fui. Retrocedí, resbalé y me abrí la mano. Cuando llegué a la barca no conseguía deshacer el nudo y acabé cortando el cabo.
—¿La niebla continuaba?
—Hasta que me alejé unos metros.
—¿Se levantó?
—No. Salí de ella.
Uxía sintió un escalofrío que no tenía que ver con la temperatura de la cocina.
—¿Y detrás?
—La isla seguía ahí. Había viento. Se veía el pueblo como antes.
Uxía pensó en la distinción que Sabela había empezado a establecer.
Una niebla podía ser localizada; un fenómeno podía afectar a un punto y no a otro.
Aquella noche, sin embargo, la marea estaba bajando, el mar no había estado quieto al llegar y la brisa había soplado al menos durante parte de la experiencia.
No eran las mismas condiciones del día once.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí?
—No lo sé.
—¿Miraste la hora al volver?
—El reloj de casa marcaba algo más de las cuatro.
—Habías salido después de las dos y media.
—Sí.
—Entonces no podemos saber si la parte de la niebla duró cinco minutos o mucho más.
—No. A mí me parecieron minutos, nada más.
—¿Notaste después algo físico? Hambre, sed, agotamiento, una herida que no encajara con el tiempo que creías haber pasado allí…
—No. Estaba asustado y tenía la mano abierta. Al día siguiente me dolía todo de haber ido tenso en la barca, pero nada extraordinario.
Eso también era información.
Uxía dejó que el silencio se alargara antes de formular la pregunta que importaba más que las demás.
—¿Por qué no lo contaste?
Bieito miró hacia la ventana.
—Porque había regresado y Xoán y Manuel no. Yo me acerqué a la misma isla, vi algo que podía no haber sido nada y salí corriendo. ¿Qué iba a contarle a Carme? ¿Que quizá había estado a veinte metros de su marido y tuve miedo?
Uxía esperó antes de responder.
—No sabías que era Xoán. Ni siquiera sabes que hubiera alguien, y estabas solo, sin visibilidad y delante de algo que ya había hecho desaparecer a dos personas.
Bieito apretó la mandíbula.
—Eso no impide que me pregunte qué habría pasado si hubiese dado diez pasos más.
—Tampoco puedes saberlo.
—Ese es el problema.
Uxía comprendió que cualquier argumento destinado a absolverlo chocaría contra cuarenta años dedicados a ensayar posibilidades.
—¿Elixio llegó a sospecharlo?
—No.
—¿La declaración del día diecisiete fue antes de que fueras?
—Sí. Por la tarde. Yo salí aquella madrugada.
Uxía volvió a mirar el documento. El misterio de la hoja ausente acababa de perder buena parte de su misterio. No había ocultado la visita de Bieito; la coincidencia de las fechas había parecido importante porque no conocían el orden de los hechos.
—Entonces esto no tiene nada que ver con aquella noche.
—Nada.
—¿Sabes por qué el original no estaba en la carpeta?
—No. Lo firmé y se lo di a Elixio. Nunca volví a verlo.
Uxía asintió y miró de nuevo la cicatriz de su mano.
—¿Has regresado a la isla desde entonces?
—Muchas veces.
Aquello no era lo que esperaba.
—¿De noche?
—No.
—¿A ese punto?
—De día, sí. Con buen tiempo.
—¿Y volvió a ocurrir algo?
—Nunca. Durante años me obligué a acercarme. Si convertía la isla entera en un lugar al que no podía volver, habría acabado teniendo miedo de salir del puerto.
Uxía pensó que aquella decisión explicaba mejor a Bieito que muchas de las cosas que le había oído decir.
—Pero de noche no volviste.
—No.
—¿Con niebla?
—Ni loco.
Apareció una sombra de humor, demasiado pequeña para aliviar la conversación pero suficiente para devolverlos durante un momento al presente.
Uxía recogió la copia del documento.
—Quiero ir.
Bieito la miró inmediatamente.
—No.
—Con buen tiempo y de día.
—He dicho que no.
—Y yo no te estoy pidiendo permiso.
Él apartó la silla hacia atrás.
—Entonces ¿para qué me lo dices?
—Porque tú sabes cuál es la grieta.
Bieito permaneció mirándola.
—No voy a llevarte.
—No hoy.
—Ni mañana.
—Eso ya lo veremos.
Él negó con la cabeza.
—Eres igual que tu padre.
—Eso me lo estáis diciendo demasiado últimamente.
—No es un cumplido.
—Tampoco lo he tomado como tal.
Bieito estuvo a punto de sonreír, pero no llegó a hacerlo. Uxía se levantó y, antes de marcharse, le habló de Sabela.
—Está trabajando conmigo en los datos de 1985. Es científica y, si seguimos encontrando cosas relacionadas con condiciones del mar, va a entrar cada vez más en esto.
El nombre de su hija cambió la expresión de Bieito.
—No quiero que le cuentes lo de esta noche sin hablar antes conmigo.
—¿Vas a contárselo tú?
Bieito tardó en responder.
—Sí.
—Entonces no se lo diré yo.
La decisión pareció pesarle más que la confesión anterior.
—He pasado demasiados años creyendo que ocultar algo era lo mismo que proteger a alguien.
—A veces lo es.
—Y otras no.
—También.
Bieito la acompañó hasta la puerta y señaló el sobre antes de abrirla.
—Cuando lo escribas, no pongas que entré en nada.
—No sabemos si existe algo en lo que se pueda entrar. Pondré que apareció una niebla localizada, que cambió el sonido, que viste una forma y que saliste por tus propios medios.
Bieito aceptó la formulación con un gesto lento.
—Eso ocurrió. Nada más que pueda asegurar.
Uxía llegó hasta el coche antes de abrir la libreta.
Escribió durante varios minutos, separando primero el documento recuperado de la visita nocturna porque ya sabía que no pertenecían al mismo episodio.
Después anotó las condiciones que Bieito podía recordar: marea bajando, brisa del norte al llegar, mar normal, niebla localizada junto a la grieta, descenso percibido de temperatura y amortiguación del sonido.
Al final subrayó dos observaciones: Bieito no había quedado atrapado y las condiciones no eran las mismas que el 11 de noviembre.
Sabela tendría algo nuevo que comparar, pero Uxía decidió cumplir su promesa y esperar a que Bieito hablara primero con ella.
Encendió el coche. Al fondo de la calle, entre dos tejados, podía verse una parte de A Illa dos Corvos.
Ya no le interesaba únicamente saber qué había ocurrido cerca de aquella isla: necesitaba ver el punto exacto donde Bieito había estado y comprobar qué había allí cuando no ocurría absolutamente nada.