CAPÍTULO 15
El teléfono sonó a media mañana, cuando Uxía acababa de sentarse con una taza en la cocina. Breogán fue directamente al motivo de la llamada.
—Ha aparecido el documento catorce.
Uxía tardó un instante en comprender de qué hablaba.
—¿El de Bieito?
—Una copia.
Dejó la taza sobre la mesa.
—¿Dónde estaba?
—En casa de mi madre. Entre las cosas de mi abuelo.
Aquello encajaba con lo que Breogán había mencionado días atrás: después de jubilarse, Elixio Cortizo había conservado cajas con cuadernos, copias de declaraciones y papeles relacionados con casos que nunca había conseguido dejar del todo en el puesto.
—¿Puedo verlo?
—Estoy en Vilanova hasta las dos.
Uxía miró hacia la ventana. Xoán había acompañado a Puri a recoger unas recetas y Carme seguía durmiendo después de una noche inquieta.
—Voy.
El documento resultó menos espectacular de lo que su ausencia había permitido imaginar.
Era una copia al carbón de dos hojas mecanografiadas, con varias correcciones manuscritas y la firma de Bieito al final.
En la esquina superior figuraba la fecha que Uxía ya conocía: 17 de noviembre de 1985, seis días después de la desaparición.
Breogán dejó que leyera sin interrumpirla.
La ampliación no contenía ninguna confesión.
Bieito precisaba desde qué punto del muelle había visto por última vez el Santa Bárbara, cuánto calculaba que había tardado la niebla en llegar desde la zona de A Illa dos Corvos hasta O Peirao Vello y qué posición ocupaba la embarcación cuando volvió a aparecer vacía.
También aclaraba lo ocurrido con una de las tazas encontradas sobre cubierta.
En su primera declaración había dicho que recordaba haber visto caer algo antes de que Xoán y Manuel zarparan; seis días después rectificaba que no podía asegurar si había sido aquella taza o una caja pequeña que Manuel estaba moviendo en ese momento.
Uxía volvió a leer esa corrección.
—Esto me gusta.
Breogán levantó una ceja.
—Es una taza.
—Es alguien admitiendo que no recuerda bien una taza.
—Sigo sin entender qué tiene de emocionante.
—Que no intenta hacer más perfecto el recuerdo con el paso de los días.
Breogán entrelazó las manos.
—Mi abuelo debía de pensar algo parecido. Le hizo firmar la rectificación en vez de sustituir la primera declaración.
Uxía continuó. Casi al final aparecía Celso.
Bieito había explicado que, durante la búsqueda, Celso Rey mencionó que la niebla de aquella mañana le recordaba a otra que había visto cuando desapareció Ramón Freire Otero en 1947.
Elixio había añadido una nota manuscrita al margen: «Comprobar antecedentes caso Freire.
No constan datos meteorológicos conservados».
No había ninguna teoría ni afirmación de que Ramón, Xoán y Manuel hubieran sufrido lo mismo.
Uxía dejó las hojas sobre la mesa.
—Entonces desapareció del expediente oficial por error.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—No puedo demostrar cómo acabó una copia en casa de mi abuelo mientras faltaba el original del expediente.
Puede haberse traspapelado durante un traslado, quedarse unido a otra carpeta o salir del puesto con papeles personales cuando se jubiló.
No voy a inventarme una conspiración porque sea más entretenida.
La respuesta consiguió que Uxía sonriera después de toda la tensión acumulada desde que había abierto el documento.
—Empiezas a caerme bien.
—Llevo semanas haciendo méritos.
Volvió a mirar la fecha.
—Quiero hablar con Bieito.
—¿Por qué? Aquí está lo que declaró.
—Eso.
Breogán entendió antes de que ella tuviera que explicárselo.
—Quieres saber si recuerda por qué Elixio volvió a llamarlo seis días después.
—Y si esto era realmente todo.
—No conviertas el hueco del expediente en una prueba de que ocultaba algo.
—No lo haré.
Breogán señaló el documento.
—Llévate una copia. Esta se queda conmigo.
* * *
Bieito recibió a Uxía aquella tarde sin sorpresa. Miró el sobre transparente que llevaba en la mano y abrió la puerta sin preguntarle qué quería.
—Lo habéis encontrado.
—Una copia.
—Elixio guardaba copias de todo.
—De casi todo, por lo que parece.
Bieito la condujo hasta la cocina y Uxía dejó el documento sobre la mesa.
—¿Recuerdas esta declaración?
Él se puso las gafas antes de acercarla hacia sí. No necesitó leer más que las primeras líneas.
—Sí.
—¿Por qué volviste a declarar?
—Porque Elixio quería precisar varias cosas. Desde dónde vi el barco, cuánto tardó la niebla, lo de la taza.
Uxía esperó antes de preguntarle si había algo más.
—No.
—¿Y lo de Celso?
—También.
—¿Se lo habías contado antes?
—Creo que lo mencioné, pero aquella vez quiso dejarlo por escrito. Celso ya le había hablado directamente y Elixio estaba intentando averiguar si quedaba algo del expediente de Ramón.
Bieito siguió leyendo hasta llegar a su firma.
—Fue aquella tarde.
Uxía percibió algo en la forma de decirlo.
—¿Qué quieres decir?
Él levantó los ojos.
—Que esto fue antes.
Uxía permaneció callada hasta que Bieito pareció escuchar sus propias palabras.
—¿Antes de qué? —preguntó finalmente.
Durante unos segundos él permaneció completamente inmóvil. Después se quitó las gafas y las dejó encima del documento.
—No tiene que ver con esa declaración.
—No he dicho que lo tenga.
Bieito miró hacia la ventana.
—Elixio no lo supo.
La conversación acababa de cambiar de dirección y Uxía dejó el bolso cerrado, sin sacar la libreta.
—¿Qué no supo?
Bieito tardó tanto en responder que ella llegó a pensar que le pediría que se marchara.
—Que volví a la isla.
—¿Cuándo?
—Esa noche. Cuando salí ya había pasado la medianoche, así que era el dieciocho.
Uxía hizo la cuenta antes de responder.
—Una semana después de que desaparecieran.
—Casi.
—¿Fuiste solo?
Bieito confirmó con un movimiento de cabeza.
Uxía recordó la discusión del bar, la manera en que había reaccionado al ver las mareas desplegadas sobre la mesa y los cuarenta años de culpa acumulados detrás de cualquier pregunta relacionada con aquella mañana.
—¿Por qué?
Bieito apartó el documento.
—Porque no dormía. Cada vez que cerraba los ojos veía el barco alejándose. Luego veía a Carme, a Amparo, a los padres de Manuel. Todo el mundo esperaba que alguien encontrara algo y yo seguía pensando que había visto aparecer aquella niebla antes que nadie y no había conseguido detenerlos.
—No podías saber lo que iba a ocurrir.
—Eso lo sé ahora. Entonces también me lo decía y no servía de mucho.
Apoyó las manos sobre la mesa.
—Pensé que si volvía a la isla podía encontrar una prenda, un cabo, cualquier cosa que las búsquedas no hubieran visto. Algo normal. Algo que nos permitiera decir que habían caído al agua y dejar de hablar de lo que nadie entendía.
—¿Por qué de noche?
—Porque de día alguien habría querido venir conmigo.
—O impedírtelo.
—También.
Bieito se levantó y llenó un vaso de agua sin beberlo.
—Salí poco después de las dos y media. Había una brisa del norte, el agua se movía y las luces del pueblo temblaban sobre la superficie. Nada se parecía al día once.
Uxía recordó las hojas de Sabela.
—¿La marea?
—Bajando. Eso sí lo recuerdo. Para subir a la cara norte necesitaba que dejara libre una parte de la roca.
No coincidía con la pleamar de la desaparición y Uxía registró mentalmente el dato antes de seguir escuchando.
—¿Dónde desembarcaste?
—Hay una repisa en el lado norte. Encima está la roca más alta y, debajo, una grieta que llega hasta el agua. Pensé que la corriente podía haber metido algo allí.
—¿Encontraste algo?
—Algas. Una botella rota. Dos trozos de cabo que no eran del Santa Bárbara. Nada más.
Bieito regresó a la mesa.
—Llevaría allí diez o quince minutos cuando apareció.
—¿La niebla?
—Primero pensé que era espuma entrando por la grieta. La brisa seguía soplando y me movía la chaqueta. Después vi una franja blanca pegada a la roca y, cuando volví a mirar hacia la barca, casi no podía distinguirla.
—¿Se extendió por toda la isla?
—No.
—¿Hacia el pueblo?
—Tampoco.
—¿Dónde estaba?
Bieito señaló con las manos un espacio reducido, como si pudiera colocarlo encima de la mesa.
—Alrededor de aquella cara de la roca, de la grieta. No sabría decirte cuánto ocupaba.
—¿Seguía soplando viento?
—Al principio sí.
—¿Y después?
Él frunció el ceño.
—No recuerdo cuándo dejó de notarse.
Uxía evitó completar la respuesta por él.
—¿Qué recuerdas?
Bieito tardó antes de decir que recordaba el frío. Manuel y Xoán habían utilizado la misma palabra.
—¿Frío de noviembre?
—No. Era distinto. No sé si había bajado realmente la temperatura o si era yo. Solo recuerdo pensar que tenía las manos demasiado frías de repente.
Uxía permaneció en silencio.
—Y el sonido cambió.
Esta vez tuvo que contener el impulso de inclinarse hacia delante.
—¿Cómo?
—Había un motor lejos. No lo veía, pero llevaba un rato oyéndolo. Dejó de oírse.
—¿Se apagó?
—No lo sé. Desapareció. No fue como cuando un barco se aleja; un momento estaba y al siguiente parecía haber algo entre el sonido y yo.
Uxía pensó en Manuel y en aquellos recuerdos que, según él, no tenían nada alrededor.
—¿Oías el mar?
Bieito miró la mesa.
—Muy poco.
—¿Las olas contra la grieta?
—Eso es lo raro. El agua estaba allí y la veía entrar, pero no recuerdo oírla como debería.
El miedo apareció entonces en su rostro sin necesidad de nombrarlo.
—Quise volver a la barca.
—¿Y?
Bieito abrió la mano derecha sobre la mesa. Una cicatriz pálida atravesaba la base del pulgar.
—No llegué enseguida.
—¿Qué pasó?
—Vi algo.
—¿Dónde?
—Junto a la roca alta. Cerca de donde la grieta toca el agua.
—Descríbelo.
Bieito cerró la mano otra vez.
—Una forma oscura.
—¿De qué tamaño?
—Como una persona.
—¿Hombre o mujer?
—No podía saberlo.
—¿Estaba quieta?
—Al principio.
—¿Y después?
—Se movió.
Uxía dejó pasar unos segundos.
—¿Hacia ti?
—Eso llevo cuarenta años preguntándome. No podía verle las piernas ni la cara. Puede que se acercara o puede que la niebla cambiara y durante un instante dejara ver otra parte de la roca. Creí que levantaba un brazo, pero tampoco juraría eso.
—¿Oíste algo? ¿Una voz?
—Nada.