CAPÍTULO 14
Cuando Uxía entró en el bar a la mañana siguiente, Sabela llevaba abiertos el portátil, dos cuadernos y una carpeta de hojas impresas sobre la mesa que solía reservar para las cuentas.
—Dime que has dormido.
—He dormido.
—¿Cuánto?
Sabela levantó la taza.
—Lo suficiente para saber que no debo responder.
Uxía dejó el bolso en una silla.
—Te dije que no te quedaras toda la noche con esto.
—Y yo te dije que llevas semanas paseando una libreta dedicada a una niebla.
—Eso no responde a cuánto has dormido.
Sabela sonrió por encima de la taza y volvió a mirar la pantalla.
Sobre una hoja había dibujado una línea horizontal atravesada por varias marcas: 04:30, 05:00 y 05:17.
—¿Qué es eso?
—Lo que sabemos sin interpretar nada.
Sabela giró el papel hacia ella.
—Tu padre y Manuel estaban en el puerto antes de las cuatro y media.
Bieito calcula que salieron antes de las cinco.
A las cinco, Punta do Corvo registra viento de componente este, fuerza tres, visibilidad de cuatro millas y ausencia de niebla en la bocana.
El primer aviso desde Corvoeira se recibe a las cinco y diecisiete.
Uxía acercó una silla.
—Eso ya estaba en el expediente.
—Sí. Lo nuevo es esto.
Sabela abrió otra página, donde había una curva suave que ascendía hasta un punto máximo y después comenzaba a descender.
—Marea.
—¿Has encontrado la de aquel día?
—Una reconstrucción suficientemente buena como para trabajar, no para jurarla ante un tribunal.
Uxía esperó.
—Las tablas históricas permiten calcular la pleamar prevista para la zona —continuó Sabela—.
El problema es que no había un mareógrafo pegado a A Illa dos Corvos, así que tenemos que partir del puerto de referencia y aceptar un margen para Corvoeira.
No voy a darte un minuto exacto porque sería fingir una precisión que no tenemos.
Señaló el punto más alto de la curva.
—Pero la pleamar cae dentro de la misma franja en la que desaparecen.
Uxía miró alternativamente la curva y las horas.
—¿Qué significa?
—Todavía, nada.
—Sabela.
—En serio. Una marea alta no hace desaparecer a nadie, y tampoco provoca que en un sitio haya viento fuerza tres y a poca distancia el aire parezca completamente parado.
Uxía apoyó los antebrazos en la mesa.
—Pero coincide.
—Coincide.
Sabela cogió un bolígrafo.
—Lo interesante no es solo que la marea estuviera alta.
Alrededor de una pleamar llega un momento en que el nivel deja prácticamente de subir antes de empezar a bajar.
Eso no significa que toda el agua del entorno se quede inmóvil de repente, porque las corrientes locales son bastante más complicadas, pero sí existe un cambio de fase.
—Un momento en que el agua deja de subir.
—Durante un intervalo, sí.
Uxía pensó en Carme junto a la ventana y en aquella frase que había repetido sin saber qué significaba para ellas ahora: el mar está demasiado quieto. No la dijo en voz alta.
—¿Bieito podía notar eso sin saber la hora de la pleamar?
—Bieito ha vivido toda su vida mirando este mar. Puede notar cosas que yo necesitaría medir. Eso no convierte todas sus impresiones en datos, pero tampoco significa que sean inútiles.
—Él dijo que aquella mañana el mar estaba mal.
—Dijo que estaba demasiado quieto.
—Sí.
Sabela volvió al ordenador.
—El problema es que estamos mezclando varias cosas. Una es la marea. Otra, el viento. Otra, la niebla. Otra, la ausencia de sonido que acaba de recordar Manuel. Si empezamos suponiendo que todo pertenece al mismo fenómeno, conseguiremos que cualquier dato encaje.
—Entonces hay que separarlo.
—Eso estoy haciendo.
En otra hoja había escrito cuatro columnas: Marea. Viento. Visibilidad. Temperatura. La última estaba prácticamente vacía.
—De temperatura tengo muy poco. Puedo buscar registros de estaciones próximas, pero no van a decirnos necesariamente qué ocurría pegado a la isla. Del agua, peor todavía.
—Bieito dijo que la notó rara.
—Eso no es una medición.
—También te lo dije ayer.
—Me alegra comprobar que escuchas.
Uxía le lanzó una servilleta. Sabela la apartó riéndose y después señaló la columna del viento.
—Esto sigue siendo lo que más me molesta.
—¿La contradicción?
—Sí. Las diferencias locales existen. Una punta expuesta y un puerto protegido pueden comportarse de manera distinta. Una niebla puede ser muy cerrada en un punto y no estar presente en otro. Hasta ahí no hay ningún misterio.
—Pero.
—Pero Bieito, Celso y otros dos testigos hablan de aire prácticamente inmóvil en O Peirao Vello mientras el puesto registra un viento apreciable y buena visibilidad mirando hacia la bocana.
—Elixio revisó el reloj y el anemómetro.
—Lo sé. Me lo enseñaste.
Sabela apoyó la punta del bolígrafo sobre la hora de las cinco.
—Y eso es lo que impide resolverlo diciendo que alguien anotó mal la hora.
Uxía volvió a estudiar la línea temporal.
—¿Puede la marea explicar el silencio del viento?
—No.
—¿La niebla?
—Tampoco así.
—¿Una diferencia de temperatura?
—Puede favorecer que aparezca niebla. Puede crear capas de aire muy distintas a poca altura. Pero no quiero inventarme una explicación porque necesitemos una.
Uxía reconoció en aquella frase una versión científica de las advertencias que ella misma se escribía en la libreta.
—Te pareces un poco a mí.
—Retira eso.
—Te estás divirtiendo.
Sabela dejó el bolígrafo.
—Sí —admitió sin intentar negarlo—. En mi trabajo analizo datos todos los días, pero hacía mucho que una pregunta no me tocaba tan de cerca.
—Eso puede hacerte menos objetiva.
—Por eso tengo que ser más estricta, no menos.
Uxía conocía la profesión de Sabela, pero hasta la noche anterior nunca había visto cómo aplicaba esa forma de pensar a una historia que pertenecía también a su propia familia.
—No quiero que esto se convierta en algo que tengas que resolver —dijo.
Sabela volvió a mirarla.
—Ahora mismo no estoy resolviendo nada. Estoy intentando saber qué pregunta podemos hacer sin engañarnos.
Señaló la curva de la marea.
—En 1985 tenemos una coincidencia temporal que merece atención: la desaparición ocurre cerca de la pleamar y posiblemente alrededor del cambio de marea. Eso es todo lo que puedo defender.
—¿Y 1947?
—No puedo hacer nada con «1947».
—Tengo el recorte.
—El recorte tiene año, pero no la fecha completa.
—Se podrá buscar.
—Exacto. Necesito el día y, si podemos conseguirla, una hora aproximada de salida o desaparición.
—Celso murió hace años.
—Entonces habrá que buscar otras fuentes.
Uxía se quedó observándola.
—Eso ha sonado preocupantemente parecido a algo que diría yo.
—Lo siento mucho.
Sabela recogió una de las hojas y escribió arriba: 1947 — fecha exacta pendiente. Debajo añadió: No comparar hasta disponer de datos suficientes.
Uxía sonrió.
—Eso sí me gusta.
—No he terminado.
—Claro que no.
—También quiero saber si la marea de 1985 era excepcional.
—¿Lo era?
—No especialmente.
Uxía frunció el ceño.
—¿Eso es malo?
—Es bueno.
—Explícate.
—Si necesitáramos una de las mayores mareas del siglo para que todo encajara, resultaría muy tentador construir una historia alrededor. Pero no fue así. Era una pleamar alta, no una monstruosidad. Eso significa que, si la marea participa en lo que ocurrió, no puede ser la única condición.
Uxía sintió que aquella frase cambiaba algo.
—Tendrían que coincidir varias.
—Si es que existe algo que deba coincidir —corrigió Sabela inmediatamente—. No saltes todavía.
—Has sido tú quien lo ha dicho.
—He dicho que una variable no basta para explicar lo que vemos.
—Eso también me sirve.
Sabela cerró una de las pestañas del ordenador.
—Pues no debería.
La puerta del bar se abrió antes de que Uxía pudiera responder. Bieito entró con el periódico doblado bajo el brazo y se detuvo al ver la mesa cubierta de hojas.
—¿Qué hacéis?
Sabela no escondió nada.
—Mirando las mareas del once de noviembre del ochenta y cinco.
Bieito no avanzó. Durante un momento Uxía temió que se enfadara. En cambio, dejó el periódico sobre la barra y miró la curva desde donde estaba.
—¿Para qué?
—Porque aquella mañana coincidió con pleamar.
—Había muchas pleamares.
—Dos cada día, aproximadamente. Lo sé, papá.
Bieito la miró.
—Entonces ya sabes que eso no explica nada.
—También lo sé.
El tono de Sabela seguía siendo tranquilo, y Bieito se acercó por fin.
—¿Qué has encontrado?
Ella giró la hoja para que pudiera verla.
—Nada que explique lo que pasó. Solo que salieron muy cerca del momento en que la marea estaba cambiando.
Bieito negó.
—Yo no salí.
Sabela se quedó inmóvil.
—Ya sé que tú no saliste.
—Ellos sí.
La corrección no tenía que ver con la ciencia. Uxía vio cómo Sabela entendía lo que había tocado sin querer.
—Papá…
Bieito apoyó ambas manos en el respaldo de una silla.
—He pasado cuarenta años repasando aquella mañana. Si vais a buscar cosas, buscadlas. Pero no conviertas una tabla de mareas en otra manera de preguntarme por qué no los detuve.
—No estoy haciendo eso.
—Todavía no.
La misma palabra que Sabela había utilizado antes con Uxía regresó con un significado completamente distinto.
Sabela cerró el portátil.
—No fue culpa tuya.
Bieito miró hacia la ventana.
—Eso ya me lo habéis dicho todos.
—Pues tendrás que escucharlo más veces.
Él no respondió. Después de unos segundos recogió el periódico y se dirigió hacia la barra.
—Ponme un café.
Sabela se levantó.
—Como todos los días.
La conversación terminó allí, pero no desapareció.
Uxía guardó sus propias notas mientras Sabela preparaba el café de su padre y Bieito fingía leer los titulares.
Aquello le recordó que no estaban estudiando únicamente un fenómeno ocurrido hacía cuarenta años.
Cada dato que recuperaban pertenecía también a alguien que había tenido que vivir con él.
Antes de marcharse, Uxía recogió la hoja donde Sabela había escrito 1947.
—Me la llevo.
—Es una fecha incompleta.
—Exacto.
—Busca el día exacto.
—Lo intentaré.
Sabela volvió a abrir el portátil cuando Uxía ya estaba junto a la puerta.
—¿Qué haces?
—Guardar esto.
—Pensaba que habíamos terminado.
—Solo voy a guardar los datos.
Uxía asintió. Ordenar lo que sabían, separar lo medido de lo recordado y conservar las preguntas abiertas formaba parte del trabajo de ambas, aunque llegaran a él desde lugares distintos.
Cuando salió a la calle, en la mesa quedó la curva de la marea del once de noviembre de 1985, con una marca trazada junto a las cinco de la mañana, justo donde el agua dejaba de subir.