La brétema CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Uxía esperó dos días antes de hablar con Manuel.

No quería hacerlo inmediatamente después de abrir la caja de Xosefa ni llevar consigo las fotografías de Ramón. Si pretendía saber qué conservaba Manuel de la brétema, tenía que evitar que sus preguntas colocaran dentro de aquel recuerdo cosas que él nunca había visto.

Lo encontró en casa de Amparo, en el pequeño cobertizo del patio donde Antón seguía guardando herramientas de cantero.

Manuel tenía un cincel entre las manos y una piedra apoyada sobre un banco. Antón permanecía a su lado, indicándole con paciencia dónde debía golpear.

—No aprietes tanto.

—Si no aprieto, se me mueve.

—Porque la sujetas mal.

—Llevas cuarenta años esperando para decirme eso.

Antón soltó una carcajada.

—Llevo cuarenta años esperando para decirte muchas cosas.

Uxía se quedó junto a la puerta. Manuel la vio y dejó el martillo sobre la mesa.

—¿Vienes a preguntar o a comprobar si todavía conservo todos los dedos?

—Hoy, a preguntar.

—Entonces los dedos pueden esperar.

Antón recogió otra pieza y se dirigió hacia el fondo del cobertizo sin marcharse del todo. Uxía agradeció que no convirtiera la conversación en un momento solemne.

Manuel se sentó sobre un bloque de granito.

—¿Xoán sabe que estás aquí?

—Sí.

—¿Y sabe lo que vas a preguntarme?

—Sabe que quiero hablar contigo por separado.

Manuel entendió enseguida.

—Para que no acabemos recordando lo mismo porque uno se lo ha contado al otro.

—Exactamente.

Él pasó el pulgar por el borde del cincel.

—Tiene sentido.

Uxía no abrió la libreta. Había empezado a descubrir que algunas personas hablaban de otra manera cuando no veían un bolígrafo preparado para convertir cada frase en una declaración.

—Quiero que me cuentes únicamente lo que recuerdas entre la salida del puerto y el momento en que aparecisteis en el agua.

Manuel miró hacia el patio. Amparo estaba tendiendo ropa. Colgaba cada prenda con una lentitud deliberada, aunque de vez en cuando miraba hacia el cobertizo.

—No recuerdo una historia —dijo Manuel—. Ese es el problema.

—No necesito una historia.

—Tengo trozos.

—Entonces dame los trozos.

Él respiró antes de empezar.

—Salimos. Recuerdo el motor y a Xoán diciendo que, si levantaba un poco de viento, estaríamos de vuelta antes de comer. Después recuerdo la isla.

—¿Antes o después de la niebla?

—No lo sé.

—Continúa.

Manuel cerró los ojos.

—Frío. Mucho más frío que antes.

—¿En el aire?

—No sé.

Se frotó los antebrazos.

—Es una sensación de frío pegado al cuerpo. Como llevar ropa mojada aunque no recuerdo haber caído al agua todavía.

Uxía pensó en Xoán describiendo algo parecido, pero no se lo dijo.

—¿Qué más?

—Una red.

La respuesta llegó sin esfuerzo.

—¿Cómo era?

—Mojada. Los nudos eran grandes.

Manuel señaló su muñeca.

—Me rozaba aquí.

Uxía notó cómo se le aceleraba el pulso.

—¿Como una nasa?

—No.

Manuel negó antes de que ella terminara.

—Eso sí lo sé. Trabajaba con ellas todos los días. Aquello era otra cosa, una red más basta o un cabo tejido. No sé cómo explicarlo.

Uxía guardó silencio unos segundos.

—Xoán recuerda algo parecido.

Manuel levantó la cabeza.

—¿Una red?

—Sí.

La expresión de Manuel no fue de alivio.

—Entonces ocurrió.

—O los dos estáis recordando una cosa parecida. De momento no sabemos más.

—Ya.

Volvió a mirar su muñeca.

—Prefiero eso a pensar que me la he inventado.

—¿Recuerdas quién la sujetaba?

—No.

—¿Tú la agarrabas?

Manuel cerró la mano.

—Creo que sí. O quizá me agarré a alguien y la red estaba entre los dos.

Uxía sintió la tentación de preguntar por Ramón. No lo hizo.

—¿Alguien?

—Una manga.

—¿Qué manga?

—No veo a la persona.

Manuel hizo un esfuerzo visible por no llenar el hueco.

—Tela oscura, mojada. La agarré pensando que era Xoán.

—¿Por qué pensabas que era él?

—Porque estábamos juntos cuando empezó todo.

—¿Y después?

—Después no sé si seguíamos juntos.

Esa respuesta le interesó más.

—¿Lo veías?

Manuel tardó unos segundos en responder, buscando una certeza que el recuerdo no terminaba de darle.

—No.

—¿Lo oías?

Él abrió los ojos. Durante unos segundos no contestó.

—Eso es raro.

—¿Qué?

—No recuerdo sonido.

Uxía no se movió.

—Explícamelo.

—No sé hacerlo.

Manuel miró hacia el exterior, donde Antón acababa de dejar caer una herramienta sobre una mesa metálica. El golpe resonó por el cobertizo.

—En el barco siempre hay ruido. El motor, el agua, las cosas golpeando, las gaviotas. Incluso cuando estás parado hay algo. Pero esos recuerdos…

Manuel dejó la frase en el aire antes de continuar.

—No tienen nada alrededor.

—¿Silencio?

—Creo que sí.

—¿Podía ser porque no recuerdas el resto?

—Claro.

Uxía agradeció que fuera él quien planteara la objeción.

—¿Recuerdas el motor?

—Antes sí. Dentro de esos trozos, no.

—¿Agua?

Manuel frunció el ceño.

—Al final.

—¿Cuándo aparecisteis?

—Sí. O, al menos, ahí tengo otro fragmento. Agua, tos… y creo que Xoán gritando mi nombre. No sé qué viene antes ni si ocurre todo a la vez.

Uxía abrió por fin la libreta.

—Quiero apuntar exactamente eso.

Manuel observó la primera línea que escribió.

—No pongas «dentro».

Ella levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos dónde estaba.

Uxía tuvo que admitir que tenía razón.

Uxía tachó la palabra y escribió: Fragmentos entre la desaparición y el regreso: ausencia recordada de sonidos habituales del barco. En otro fragmento ligado al regreso aparecen agua, tos y la voz de Xoán, sin un orden fiable.

—Mejor.

Manuel continuó pensando.

—Hay una respiración.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Cerca?

—Mucho.

Se tocó el oído.

—A veces creo que era la mía porque no escuchaba nada más. Otras, que había alguien pegado a mí.

Uxía no anotó todavía.

—¿Podía ser Xoán?

—Podía.

—¿Otra persona?

—También.

—¿Recuerdas una cara?

—No.

Manuel cerró los ojos otra vez.

—Una mano, quizá.

—¿Cómo era?

La pregunta lo hizo abrirlos inmediatamente.

—No. Eso no.

—¿No la recuerdas?

—No sé si la recuerdo o si la estoy construyendo ahora porque me estás preguntando.

Uxía bajó el bolígrafo.

—Entonces no la apuntamos.

Manuel sonrió con cansancio.

—Eres la primera periodista que conozco que se niega a escribir algo interesante.

—Es mi padre.

—Y yo estaba allí.

—Eso mismo.

Desde el fondo del cobertizo, Antón levantó la voz.

—Y si termináis de interrogaros, alguien tendrá que acabar esta piedra.

Manuel respondió sin girarse.

—Estoy ocupado recordando cuarenta años que no recuerdo.

—Pues cuando termines me avisas.

Aquella normalidad alivió algo en la conversación y Manuel recuperó el martillo.

—Antón dice que aprieto demasiado.

—Ya lo he oído.

—Dice que la piedra no se obliga. Hay que buscar por dónde quiere abrirse.

—¿Y funciona?

—Cuando le hago caso.

Golpeó una vez y la piedra emitió un sonido limpio.

—Me gusta esto.

Uxía recordó el martillo de Xesús sobre la mesa de Amparo.

—Pensé que no querías ser cantero.

—A los veintidós años no quería ser nada que mi padre hubiera elegido antes que yo.

Volvió a colocar el cincel.

—Ahora mi padre lleva dieciséis años muerto y yo sigo teniendo veintiséis. Algunas discusiones pierden importancia cuando les das cuarenta años.

—Biológicamente no tienes veintiséis con exactitud.

—Gracias por estropearme la frase.

Uxía sonrió y Manuel la imitó, aunque después su expresión volvió a cambiar.

—Hay otra cosa.

Uxía dejó que hablara.

—Cuando recuerdo la red, no creo que estuviera intentando soltarme.

—¿Qué crees que hacías?

—Lo contrario.

Manuel cerró la mano alrededor del mango del martillo.

—Creo que intentaba no perderla.

Uxía sintió algo incómodo en el estómago.

—¿Por miedo a caer?

—No sé.

—¿A perder a Xoán?

—Puede ser.

Manuel miró su propia mano cerrada.

—Solo sé que agarrarme era importante.

Uxía escribió esa frase sin interpretarla. No habló de Ramón, ni de las fotografías, ni de la bota izquierda.

Cuando se marchó, llevaba dos coincidencias y una diferencia.

Xoán y Manuel recordaban frío y una red de nudos gruesos, siempre en fragmentos sin continuidad.

Manuel añadía algo que Xoán todavía no había formulado: en algunos de aquellos trozos no encontraba ninguno de los sonidos habituales del barco y, en otro recuerdo asociado al regreso, reaparecían ruido, agua y una voz sin que pudiera ordenar qué había ocurrido primero.

Sujetar aquella red o cuerda seguía pareciendo importante.

Aún no permitía reconstruir una escena, pero sí formular nuevas preguntas.

* * *

Sabela estaba cerrando el bar de la familia cuando Uxía entró. Aquella noche había ido a echar una mano y se había quedado hasta el final.

—Llegas tarde.

—Eso me dicen últimamente.

—La cocina está cerrada.

—No vengo a comer.

Sabela levantó una ceja.

—Eso sí es raro.

Uxía se sentó en una de las mesas mientras Sabela terminaba de colocar las sillas. Esperó hasta que echó el pestillo de la puerta.

—Necesito preguntarte una cosa.

—Llevas semanas haciendo eso.

—Esta es diferente.

Sabela dejó el paño sobre la barra.

—Dispara.

Uxía sacó la libreta.

—Tú estudiaste Ciencias del Mar.

Sabela la miró con desconcierto.

—Y trabajo en eso, sí.

—Mareas, corrientes, temperatura del agua…

—Entre otras cosas.

Uxía conocía de sobra su profesión, aunque hasta entonces no había pensado en utilizarla para mirar lo ocurrido en 1985. Aquella noche Sabela estaba ayudando en el bar de su familia y, en cuanto Uxía le planteó el problema, su atención cambió por completo.

—Quiero enseñarte algo.

Abrió la libreta por las notas del expediente de 1985. No le enseñó los datos familiares de Ramón ni los recuerdos más íntimos de Xoán, solo las condiciones.

—A las cinco, Punta do Corvo registra viento del este, fuerza tres y cuatro millas de visibilidad. En el puerto, cuatro testigos dicen que no había viento y que la niebla les impedía ver a pocos metros.

Sabela dejó de apoyarse.

—¿La misma hora?

—El reloj del puesto fue revisado.

—¿El anemómetro?

—También.

Sabela cogió la libreta.

—¿Dónde estaba cada observador?

Uxía le mostró el croquis que había dibujado y Sabela tardó más de un minuto en hablar.

—Puede haber diferencias brutales a poca distancia en costa.

—Eso me dijo Breogán.

—Pero esto…

Señaló los dos puntos.

—No me gusta.

—¿Por qué?

—Porque un viento de fuerza tres no desaparece simplemente aquí abajo como si hubiera una pared.

—¿Una inversión térmica?

—Puede afectar a la niebla. No te elimina así el viento.

Uxía observó cómo cambiaba su expresión. Ya no estaba escuchando una historia familiar, sino resolviendo un problema.

—Bieito recuerda además que la marea estaba más alta de lo que esperaba.

—¿Tenemos alguna temperatura del agua?

—No.

—Entonces esa casilla se queda vacía.

—¿Hora exacta de la pleamar?

—Todavía no.

—Eso sí podemos saberlo.

—De 1985.

—Claro.

Sabela ya había cogido su teléfono.

—Y también podemos reconstruir la luna, coeficientes de marea y probablemente presión atmosférica. Las estaciones disponibles entonces serán otra historia, pero algo habrá.

La precisión hizo sonreír a Uxía antes de que Sabela volviera a mirar la pantalla.

—Acabo de perderte.

—No.

Sabela seguía mirando la pantalla.

—Solo me has dado una pregunta que sé cómo empezar a mirar.

Uxía le quitó el teléfono con suavidad.

—No quiero demostrar que pasó nada.

—Yo tampoco.

—Quiero saber si esas condiciones pueden coexistir de forma normal.

—Eso es una pregunta mejor.

Se sentó frente a ella.

—Dame las fechas.

Uxía le proporcionó la fecha de 1985 y dudó antes de continuar.

—Y tengo otra.

—¿Cuál?

—1947.

Sabela levantó la mirada.

—Ramón.

—Sí.

—¿Tienes datos?

—Casi ninguno.

—Entonces no tienes otra fecha. Tienes otro caso.

La precisión hizo sonreír a Uxía.

—Bien. Tengo otro caso.

—Y si queremos compararlos necesitamos exactamente lo mismo para los dos: hora aproximada, marea, viento, presión, temperatura, visibilidad y posición.

—Puede que sea imposible.

—Puede.

Sabela devolvió la libreta.

—Pero saber qué no podemos saber también sirve.

Uxía se levantó.

—No te quedes toda la noche con esto.

La frase salió en broma y Sabela se rió.

—Tú llevas una libreta dedicada a una niebla y me dices eso a mí.

—La mía es profesional.

—Claro.

—Buenas noches, científica.

—Buenas noches, periodista.

Uxía salió y Sabela cerró la puerta detrás de ella. Permaneció unos segundos en la oscuridad del bar con el teléfono en la mano. Después volvió a encender las luces, abrió el portátil que guardaba debajo del mostrador y escribió en el buscador la fecha de noviembre de 1985.

No buscó información sobre la brétema; empezó por la hora de la pleamar.