INTERLUDIO — 1947
INTERLUDIO
Celso reconoció a Ramón antes de verle la cara.
Lo oyó bajar por la calle que desembocaba en O Peirao Vello, todavía a oscuras, porque la suela izquierda rozaba ligeramente la piedra cada dos pasos.
No era un sonido fuerte; quien no lo conociera habría pensado que arrastraba una bota demasiado grande o que llevaba algo enganchado en el tacón, pero Celso llevaba suficientes años cruzándose con él para distinguir aquella forma irregular de caminar.
Ramón apareció unos segundos después, con una cesta en una mano y la gorra hundida hasta las orejas.
—Hoy llegas tú antes.
—Hoy llegas tú tarde.
—Son las cuatro y media.
—Por eso.
Ramón dejó la cesta junto a su embarcación y se inclinó para soltar un cabo. Al hacerlo descargó el peso sobre la pierna derecha; la izquierda quedó ligeramente adelantada y la suela, más gruesa que la de la otra bota, se apoyó de lado sobre la piedra húmeda.
Celso señaló el pie.
—¿Otra vez?
—La humedad.
—La humedad no puede encogerte una pierna.
—No, pero consigue que me acuerde de que una es más corta.
Ramón se incorporó con una mueca. La lesión era antigua y Celso ya no recordaba si había sido una caída desde una tapia o un accidente trabajando; en Corvoeira circulaban varias versiones y Ramón se cansaba demasiado pronto de corregirlas.
Durante algunas temporadas utilizaba bastón, sobre todo cuando el frío le endurecía la cadera, y el zapatero tenía que rehacer de vez en cuando la elevación de la bota izquierda. Aquella mañana no llevaba bastón.
—Xosefa dice que tendría que quedarme en casa cuando me duele —comentó Ramón.
—Xosefa suele tener razón.
—Eso no se lo digas.
—Ya lo sabe.
Ramón sonrió y empezó a preparar los aparejos mientras tarareaba una canción que Celso no reconoció. Cantaba a menudo cuando estaba de buen humor y, desde que había nacido el niño, lo hacía todavía más. Xoán apenas tenía un año y ya se había convertido en tema de conversación inevitable.
—¿Os ha dejado dormir?
Ramón bufó.
—A mí sí. A su madre, no tanto.
—Eso es porque tú puedes dormir aunque se hunda la casa.
—Para algo tenía que servir estar casado.
Celso se rió mientras comprobaba un cabo.
La conversación terminó sin nada que la distinguiera de tantas otras mañanas y, durante años, regresaría mentalmente a esas frases buscando una advertencia, una despedida o algún detalle que pudiera haber entendido de otra manera.
Nunca encontraría ninguno. Ramón estaba tranquilo, no habló de malos presentimientos ni miró hacia la isla más veces de lo habitual; estaba cansado, le dolía la pierna y quería salir a pescar.
Celso fue quien reparó en el mar. Se acercó al borde del muelle y permaneció unos segundos observándolo.
—Está raro.
Ramón siguió ordenando los aparejos.
—¿Qué?
—El agua.
No había oleaje suficiente para mover las embarcaciones contra los amarres. Los cabos apenas tensaban y las pequeñas ondulaciones que normalmente rompían los reflejos de las luces habían desaparecido. Tampoco soplaba viento.
Ramón levantó la cabeza.
—Está calma.
—Demasiado.
—Ahora también hablas como mi madre.
—Tu madre tendría más sentido común que nosotros dos juntos.
Ramón miró hacia la bocana y dijo que dentro de una hora cambiaría.
Celso no tenía ninguna razón concreta para discutirlo: habían salido con mar más extraño, con lluvia, con frío y con viento suficiente para obligarlos a trabajar encorvados, y una mañana tranquila no era motivo para quedarse en tierra.
Aun así, mientras soltaba su propio cabo, volvió a mirar el agua porque aquella inmovilidad no acababa de gustarle.
Las dos embarcaciones abandonaron O Peirao Vello con pocos minutos de diferencia.
Durante el primer tramo navegaron relativamente cerca y Celso podía distinguir la figura de Ramón inclinándose para comprobar los aparejos.
Cuando se incorporaba, incluso desde aquella distancia se apreciaba la pequeña compensación de su cuerpo hacia la derecha.
Antes de separarse, Ramón levantó una mano y Celso respondió del mismo modo.
Después modificaron el rumbo y durante varios minutos dejó de prestarle atención, ocupado con un cabo que se resistía y con una caja que había quedado mal sujeta.
Cuando volvió a levantar la cabeza, buscó por costumbre la otra embarcación.
La encontró cerca de A Illa dos Corvos, o creyó encontrarla.
Una franja blanquecina había aparecido alrededor del islote y Celso frunció el ceño.
No era extraño encontrar niebla en la ría, especialmente en determinadas épocas del año, pero aquella no avanzaba desde ningún sitio visible.
Unos minutos antes podía ver el perfil entero de la isla y ahora una parte de la roca se había borrado detrás de una blancura baja y compacta.
Buscó viento y no lo encontró. La niebla, sin embargo, cambiaba de forma. Dejó el cabo y pronunció el nombre de Ramón sin gritar, aun sabiendo que el hombre no podía escucharlo a aquella distancia.
La embarcación seguía visible solo por momentos. Una parte aparecía entre la niebla y volvía a desaparecer. Celso creyó distinguir a Ramón en la popa, aunque después nunca pudo asegurar si realmente lo había visto o si su cabeza había colocado allí una silueta porque sabía que tenía que estar.
Cambió ligeramente el rumbo y se acercó lo suficiente para comprobar que la niebla estaba concentrada alrededor de A Illa dos Corvos.
A ambos lados de aquella zona, la ría seguía visible.
Si hubiese sido un banco corriente, habría esperado verlo avanzar o dispersarse con alguna dirección reconocible; allí no ocurría ninguna de las dos cosas y la blancura ocupaba un lugar concreto.
Celso dejó de oír la otra embarcación antes de dejar de verla, y aquel detalle permanecería en su memoria durante treinta y ocho años.
No recordaría con precisión cuánto tiempo había transcurrido ni a qué distancia exacta estaba de Ramón, tampoco podría jurar qué parte de la isla continuaba visible, pero sí recordaría el silencio.
Su propia embarcación seguía produciendo los sonidos habituales: el agua golpeaba el casco, una pieza metálica vibraba cerca de sus pies y su respiración le llegaba demasiado fuerte.
Lo que había desaparecido era el sonido de Ramón.
—¡Ramón!
No hubo respuesta. Celso se acercó un poco más y notó un descenso de temperatura, no brutal, pero sí suficiente para sentirlo en las manos y en la cara.
Miró alrededor intentando descubrir si la niebla empezaba a alcanzarlo; seguía a cierta distancia, aunque resultaba difícil calcularla porque la isla había perdido sus límites.
Volvió a llamar y, durante un instante, creyó escuchar algo que podía ser una voz, agua entrando en una grieta o una gaviota demasiado lejos.
Años después se negaría siempre a decir que Ramón le había contestado.
No estaba seguro, y la única honestidad que pudo conservar durante el resto de su vida consistió en no transformar aquella duda en un recuerdo.
Redujo la marcha. Delante de él había una zona de agua que conocía desde niño y, sin embargo, algo en la forma en que la niebla ocupaba aquel espacio le impedía acercarse.
Podía haber seguido hasta la última posición en la que había visto a Ramón, y esa certeza sería el origen de una culpa que no desaparecería nunca, pero aquella mañana se quedó esperando durante un tiempo que después no supo calcular.
La niebla empezó a perder densidad de la misma manera extraña en que había aparecido. No se desplazó hacia tierra ni hacia mar abierto: el borde se volvió menos definido, después translúcido, y la roca reapareció poco a poco. Celso buscó inmediatamente la embarcación de Ramón y no la encontró.
Aumentó la marcha y se aproximó por fin, rodeando parte del islote sin acercarse demasiado a las rocas.
Llamó a Ramón hasta quedarse afónico y buscó una proa, un remo, un cabo o cualquier objeto que indicara una colisión.
No encontró nada, y solo entonces advirtió que el mar había vuelto a moverse y una brisa ligera rizaba la superficie.
Miró hacia la bocana y después hacia Corvoeira. El mundo había recuperado su comportamiento habitual; Ramón no.
Regresó al puerto a una velocidad que después no recordaría. Dos hombres estaban descargando cajas cuando llegó y uno le preguntó si había ocurrido algo antes incluso de que amarrara.
—Ramón no está.
—¿Cómo que no está?
—No lo encuentro.
—¿Se ha vuelto?
—No. Estaba junto a la isla y después no estaba.
Las preguntas empezaron enseguida: si había visto una ola, si el barco había golpeado las rocas, si Ramón había caído al agua o si había oído un grito. Celso contestó todo lo que pudo y habló también de la niebla.
—Había un banco alrededor de la isla.
Uno de los hombres miró hacia la bocana, que desde el puerto se veía perfectamente.
—Ahora no hay niebla.
—Ahora no.
—¿Era cerrada?
Celso intentó encontrar una explicación que no exagerara lo que había visto.
—Allí sí.
Durante las horas siguientes salieron varias embarcaciones.
Buscaron alrededor de A Illa dos Corvos, siguieron corrientes, revisaron pequeñas ensenadas y avisaron a otros puertos.
Encontraron algunos restos menores de aparejo, pero nadie pudo relacionarlos con certeza con la embarcación de Ramón.
El día estaba suficientemente claro para que cualquiera que hubiera llegado más tarde pudiera pensar que Celso había confundido una nube baja con otra cosa.
Cuando le pidieron que repitiera dónde había visto por última vez a Ramón, señaló hacia la bocana.
Aquello era cierto. Cuando le preguntaron si estaba seguro de que había habido niebla, volvió a decir que sí.
También era cierto. Lo que no supo explicar fue por qué la había visto únicamente allí, por qué había desaparecido sin desplazarse ni por qué durante unos minutos había dejado de oír una embarcación que todavía creía tener delante.
La noticia publicada después resumió aquello que podía entenderse sin explicaciones: Ramón Freire Otero había salido a pescar, Celso Rey había sido uno de los últimos en ver su embarcación encaminándose hacia la bocana y Ramón no había regresado.
La niebla no apareció en el artículo y Celso no protestó.
Durante aquellos primeros días le resultaba un detalle secundario frente a un hombre desaparecido y una familia esperando.
Xosefa tenía un hijo de apenas un año. Celso no iba a presentarse ante ella para hablarle de una blancura alrededor de una isla cuando no podía decirle dónde estaba su marido.
Con el tiempo dejó de contar incluso aquella parte.
No la había olvidado; cada vez resultaba más difícil explicarla sin que sonara diferente de lo que había ocurrido.
Años después, cuando alguien mencionaba la desaparición de Ramón, Celso decía lo mismo que decía todo Corvoeira: que había salido al mar y no había vuelto.
Era verdad, aunque guardaba para sí otra verdad más pequeña y mucho más incómoda: la última vez que vio la embarcación de Ramón, A Illa dos Corvos estaba desapareciendo dentro de una niebla que no venía de ninguna parte.
Treinta y ocho años después, una madrugada de noviembre de 1985, Celso volvería a ver la isla borrarse de una forma demasiado parecida y tendría miedo antes que los demás.