CAPÍTULO 12
Xoán fue quien buscó la escalera. Uxía había supuesto que subirían juntos al desván después del desayuno, pero lo encontró ya en el pasillo, comprobando el cierre de la escalera plegable y mirando hacia arriba.
—Podías haberme esperado.
—Te estoy esperando.
—Con medio cuerpo ya dentro.
Xoán bajó un peldaño para dejarle sitio antes de responder.
—No he tocado nada.
—No he dicho que no pudieras.
Desde que había vuelto, aquella conversación se repetía con formas distintas.
Uxía intentaba proteger una memoria que podía contaminarse; Xoán intentaba recuperar una vida de la que todo el mundo parecía conocer más cosas que él.
Ambos tenían razones y ninguno acababa de saber dónde terminaba el cuidado y empezaba la intromisión.
—Subimos juntos —dijo Uxía.
—Eso dijimos.
El desván era bajo y estaba peor iluminado de lo que ella recordaba.
Entraba luz por una ventana pequeña junto al tejado, suficiente para mostrar el polvo suspendido sobre cajas, muebles cubiertos con sábanas y maletas que probablemente nadie había abierto desde antes de que Uxía se marchara de Corvoeira.
Xoán se quedó quieto al llegar arriba. No parecía buscar todavía la caja; miraba el espacio intentando superponerlo al que recordaba.
—Aquí estaba un baúl de mi madre.
Uxía miró hacia el rincón que señalaba.
—¿Dónde?
—Ahí.
Señaló una pared donde ahora había dos sillas apiladas y una cómoda sin cajones.
—Guardaba mantas. Y una maleta negra que nunca usaba.
—¿La recuerdas?
—Eso sí.
Xoán se acercó al lugar, apartó con cuidado una bolsa de ropa y añadió que Carme debía de haber reorganizado el desván muchas veces después. Uxía no preguntó cuándo ni quién había movido cada cosa. Había demasiados años fuera de la memoria de Xoán para reconstruirlos a partir de un mueble.
Encontraron tres cajas antes de dar con la que buscaban. La primera contenía manteles y servilletas; la segunda, fotografías de Uxía durante la infancia y varios cuadernos escolares. La tercera era de madera oscura, con la tapa combada por la humedad y una cinta descolorida atada alrededor.
Xoán la reconoció en cuanto vio la tapa y la cinta descolorida.
—Esta era de mi madre.
—¿Sabes qué guardaba?
—Papeles. Fotografías. Cosas de Ramón.
La respuesta hizo que Uxía lo mirara.
—Entonces sabías que existía.
—Claro.
—Ayer parecía que no.
—Ayer me preguntaste si recordaba dónde estaba. No si sabía que mi madre guardaba cosas de mi padre.
Uxía aceptó la corrección. Era fácil confundir lo que Xoán no recordaba con lo que nunca había sabido.
Bajaron la caja a la cocina. Puri quiso quedarse, pero terminó marchándose al mercado después de que Xoán le prometiera que no tirarían nada. Carme estaba en la sala, entretenida en ordenar varias revistas antiguas por un criterio que solo ella entendía.
Padre e hija se sentaron frente a frente y Xoán abrió la tapa.
No apareció ninguna carta capaz de explicar una desaparición ni una fotografía que resolviera cuarenta años de preguntas; había estampas religiosas, recibos, una cartilla de racionamiento, sobres vacíos, recordatorios de difuntos y varias fotografías envueltas en un pañuelo.
Uxía agradeció aquella normalidad. La vida rara vez conservaba sus respuestas en el objeto adecuado.
Xoán cogió una estampa de la Virgen y, al darle la vuelta, sonrió al encontrar una lista de compras escrita con letra diminuta.
—Esto sí es de mi madre.
—¿Escribía la compra detrás de las estampas?
—Escribía en cualquier sitio.
—Eso también parece hereditario.
Uxía señaló su libreta y Xoán dejó la estampa entre los papeles.
Encontraron un certificado antiguo, dos cartas enviadas por familiares desde Vigo y una pequeña fotografía de Xosefa sosteniendo a un bebé.
—Ese eres tú —dijo Uxía.
Xoán cogió la imagen. El bebé tendría pocos meses. Xosefa aparecía muy joven, con el cabello recogido y un vestido oscuro. No sonreía a la cámara, pero mantenía una mano abierta sobre el pecho del niño.
—Sí.
—¿Sabes si Ramón ya había desaparecido?
Xoán dio la vuelta a la foto. No había fecha.
—No.
Uxía tampoco intentó calcularla a partir de la edad del bebé. Podía ser anterior o posterior a la desaparición por pocos meses, y aquel margen importaba demasiado para inventarlo. La dejó aparte para intentar fecharla más adelante.
Debajo apareció un sobre sin cerrar que contenía cinco fotografías. Xoán reconoció a Ramón en la primera antes de que Uxía preguntara.
—Ese es él.
Ella lo miró a él, no a la fotografía.
—¿Lo sabes porque habías visto esta foto?
—Sí. Esta estaba en casa cuando yo era pequeño.
Ramón aparecía de pie junto a Xosefa delante de Casa Freire. Era joven, llevaba chaqueta oscura y una barba espesa que le cubría buena parte de la mandíbula.
—Entonces conocías su cara.
—En fotografías.
Xoán levantó la imagen entre los dos antes de explicarse.
—No recuerdo verlo vivo, ni oír su voz, ni que me tocara. No recuerdo a mi padre. Pero sabía qué cara tenía.
Era una diferencia fundamental. Uxía abrió la libreta.
—Eso cambia cómo tenemos que tratar al hombre que recuerdas.
—¿Por qué?
—Porque si se parece a Ramón, tu cabeza ya tenía una imagen con la que construirlo.
Xoán volvió a mirar la fotografía.
—Podría haber soñado con él.
—Sí.
—O haberlo visto allí.
—También.
Carme apareció en la puerta mientras hablaban y reconoció la fotografía desde donde estaba.
—Esa la tenía Xosefa junto a san Antonio.
—¿Esta? —preguntó Uxía.
Carme se acercó y señaló el rostro de Ramón.
—Siempre. Le decía a Xoán que ese era su padre.
No había nada extraño en aquello. Un niño cuyo padre había desaparecido antes de que pudiera conservar un recuerdo propio había crecido sabiendo cómo era gracias a las fotografías y a lo que su madre le contaba.
Uxía anotó: Xoán conocía el rostro de Ramón por fotografías desde la infancia. Cualquier parecido facial entre el hombre recordado y Ramón puede proceder de memoria previa.
Carme regresó a la sala sin mostrar interés por el resto de la caja.
La segunda fotografía mostraba a varios hombres delante de una embarcación. Xoán los recorrió uno a uno antes de señalar a dos.
—Ese es Celso. Y ese, Ramón.
—¿Seguro?
—De Celso sí. De Ramón también.
Esta vez Ramón aparecía de cuerpo entero. No miraba directamente a la cámara y apoyaba la mayor parte del peso sobre la pierna derecha; la izquierda quedaba adelantada unos centímetros. Uxía sintió la tentación de interpretar la postura y se obligó a detenerse.
—Puede estar simplemente colocado así.
—Sí.
La siguiente imagen pertenecía a alguna celebración delante de una casa que Uxía no reconoció. Varias mujeres estaban sentadas y los hombres posaban detrás. Ramón aparecía en un extremo, otra vez cargando el peso hacia la derecha, y sostenía un bastón en la mano.
—Aquí sí lleva bastón —dijo Uxía.
—Eso no demuestra por qué.
—No.
Xoán cogió la cuarta fotografía. Era más pequeña y estaba peor conservada. Ramón aparecía de perfil, apoyado contra un muro mientras hablaba con otro hombre. Uxía se fijó primero en el bastón y después en los zapatos.
—Espera.
Colocó la fotografía sobre la mesa y se inclinó hacia ella.
—¿Qué ves?
La imagen era demasiado pequeña para distinguir detalles finos, pero la diferencia entre las suelas resultaba visible. El zapato izquierdo tenía una base más gruesa que el derecho.
Xoán permaneció callado mientras examinaba la diferencia entre ambas suelas.
—¿Habías visto esta fotografía? —preguntó Uxía.
Él la observó durante varios segundos.
—No lo sé.
—No intentes completar el recuerdo.
—No lo estoy haciendo. La primera sí la recuerdo. Esta no me suena, pero eso no significa que nunca la haya visto.
Uxía escribió: Fotografía sin fecha. Ramón de perfil. Suela izquierda visiblemente más gruesa. Xoán no recuerda haber visto esta imagen, pero no puede descartarse exposición previa.
—La izquierda —dijo Xoán.
Uxía levantó la mirada. El hombre de sus fragmentos arrastraba la pierna izquierda y la bota que había descrito el día anterior también era la de ese lado. Ahora una fotografía mostraba una suela más gruesa en el pie izquierdo.
Las coincidencias empezaban a formar una figura demasiado atractiva y Uxía se obligó a recordar todo lo que aún podía explicarla sin recurrir a la brétema.
—Podías saberlo.
—Ya.
—Carme dijo que todo el mundo conocía la cojera. Xosefa pudo contártelo o enseñarte esta misma foto cuando eras niño aunque ahora no la recuerdes.
Xoán mantuvo los ojos en la fotografía.
—No necesito que me protejas de eso.
—No te protejo.
—Entonces deja de repetírmelo cada treinta segundos.
Uxía cerró la boca. Xoán dejó escapar el aire y, antes de que pudiera disculparse, ella negó con la cabeza.
—Tienes razón. Estoy intentando que una posibilidad no se convierta en certeza y me estoy pasando al otro lado.
Xoán tocó el borde de la fotografía.
—Solo quiero poder pensar una cosa sin que tengamos que decidir inmediatamente si es verdad.
—De acuerdo.
—Puedo pensar que quizá lo vi.
—Sí.
—Y tú puedes escribir que quizá no.
—También.
Xoán sonrió apenas, agradeciendo que por fin pudieran dejar una posibilidad abierta.
—Así podemos seguir siendo familia.
La última fotografía era un retrato de Ramón solo. Estaba sentado, con la barba más corta, y no aportaba nada nuevo sobre la pierna. En el reverso alguien había escrito únicamente: Ramón. 1946.
—¿Reconoces la letra?
—No.
Uxía guardó la fotografía junto a las demás. En el fondo del sobre apareció un recorte de periódico doblado varias veces. El papel se abrió con dificultad y la fecha permitía situarlo en 1947.
El titular hablaba de la desaparición de un pescador de Corvoeira.
No había nada sobre brétemas, leyendas ni tiempos alterados. Había un hombre que había salido a faenar y no había regresado.
Uxía leyó despacio. Ramón Freire Otero había desaparecido en el mar y varias embarcaciones habían participado en la búsqueda. La noticia mencionaba restos menores de aparejo encontrados durante los rastreos, aunque no habían podido relacionarse con certeza con su embarcación.
Un nombre aparecía casi al final: Celso Rey.
Según la noticia, había sido una de las últimas personas en ver la barca de Ramón alejándose en dirección a la bocana.
Uxía volvió a leer la frase.
—Esto sí es diferente.
Xoán acercó la silla para leer el recorte junto a ella.
—¿Qué?
—Bieito me contó que Celso había visto a Ramón aquella mañana. Aquí tenemos algo escrito en 1947 que lo sitúa entre los últimos testigos.
—¿Habla de la niebla?
Uxía recorrió el recorte otra vez.
—No.
Aquella ausencia le interesó tanto como habría hecho la palabra misma.
—¿Por qué no?
—Puede que Celso no se lo contara al periodista, puede que la noticia lo omitiera o puede que Bieito recuerde mal lo que Celso le dijo décadas después.
—O puede que no hubiera niebla.
Uxía levantó los ojos del papel antes de concederle también aquella posibilidad.
—También.
La posibilidad incomodaba porque abría una grieta en la coincidencia que empezaban a construir, pero era la clase de grieta que necesitaban conservar.
—Celso sí dijo en 1985 que aquella niebla le recordaba a 1947 —añadió Xoán.
—Eso figura en el expediente. En algún momento relacionó las dos mañanas. Lo que todavía no sabemos es cuándo empezó a hacerlo ni exactamente qué había visto en 1947.
Uxía dejó el recorte junto a las fotografías. La ausencia de la niebla en la noticia obligaba a investigar mejor.
Debajo de los papeles había un pequeño estuche de cuero que Xoán reconoció como un neceser de afeitar. Dentro quedaban una navaja cerrada, un peine pequeño y un trozo de tela amarillenta.
—¿Era de Ramón? —preguntó Uxía.
—Creo que sí. Mi madre guardaba sus cosas.
Xoán abrió la navaja con cuidado. No había iniciales ni ninguna marca que pudiera relacionarla con la isla.
Uxía notó cierta decepción y se avergonzó de sentirla.
Habían empezado a esperar que cada objeto antiguo entregara una clave, cuando la mayoría solo iba a demostrar que Ramón había tenido una vida corriente antes de desaparecer.
Encontraron después una libreta con cuentas domésticas, recibos de carbón, dos estampas más y otros papeles sin relación aparente con Ramón. No había una explicación de la cojera, una carta escrita antes de salir al mar ni un mapa de la isla.
Cuando terminaron, la mesa estaba cubierta por la vida fragmentaria de una familia.
Xoán sostuvo la primera fotografía, la que recordaba de su infancia.
—He pensado muchas veces que no tenía padre.
Uxía no lo interrumpió; aquello ya no pertenecía únicamente a la investigación.
—No porque no supiera quién era. Sabía su nombre, sabía qué cara tenía y sabía que había desaparecido. Pero era una historia que me habían contado. Nunca tuve una voz suya dentro de la cabeza.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
—Y ahora tengo la posibilidad de haber estado delante de él sin reconocerlo.
La frase pesó más que cualquiera de los objetos que habían encontrado.
—Sí —dijo Uxía.
—Eso es lo que me duele.
No que Ramón pudiera haber estado allí, sino que, de haber estado, ninguno de los dos habría sabido quién era el otro.
Ramón había dejado a un bebé; Xoán habría aparecido ante él convertido en un hombre adulto.
Uxía comprendió entonces que incluso la hipótesis que más esperanza podía ofrecerles contenía una crueldad propia.
—Quiero hacer una cosa antes de sacar ninguna conclusión —dijo.
—¿Cuál?
—Buscar más fotografías. Una postura puede ser casual y dos también. Quiero saber si Ramón aparece habitualmente descargando el peso sobre el mismo lado y si el calzado adaptado se ve en otras imágenes.
—¿Y después?
Uxía miró el recorte de periódico.
—Quiero reconstruir su última mañana con todo lo que exista fuera de esta casa.
—Bieito solo sabe lo que Celso le contó y Celso murió.
—Si este recorte existe, puede haber más. Hemeroteca, registros de búsqueda, archivos municipales, quizá algún parte antiguo. Y quiero saber si en 1947 alguien dejó escrito algo sobre la niebla antes de que lo ocurrido en 1985 pudiera modificar la forma de recordarlo.
Xoán entendió enseguida qué clase de distancia intentaba preservar Uxía.
—Una fuente anterior.
—Exactamente.
Recogieron la caja despacio. Uxía separó las fotografías de Ramón y el recorte, pero no los sacó de Casa Freire; los guardó en una carpeta limpia y anotó dónde había aparecido cada cosa.
Antes de cerrar la tapa, Xoán volvió a mirar el retrato de 1946. No intentaba recordar una voz que nunca había tenido ni un gesto que pudiera haber inventado a partir de historias. Miraba simplemente a su padre.
Uxía comprendió que aquella investigación podía llegar a explicar algo de la brétema y, al mismo tiempo, abrir pérdidas que Xoán nunca había sabido que todavía podían doler.