La brétema CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Uxía guardó la libreta cuando comprobó que no quedaban más datos verificables en aquella carpeta.

La investigación podía salir ya del círculo de personas que habían vivido aquello.

La pregunta dejaba de ser si alguien creía en la brétema: podía llevar una hora, un viento, una visibilidad y una posición geográfica a alguien que no supiera nada de Corvoeira y preguntarle únicamente si aquello podía ocurrir.

Al regresar encontró a Xoán en el patio. Había desmontado una bisagra y la puerta, que por la mañana abría perfectamente, estaba apoyada contra la pared.

Uxía señaló la puerta apoyada contra la pared antes de dejar el bolso sobre el banco.

—Puri te va a matar.

—La bisagra estaba torcida.

—La puerta funcionaba.

—Funcionaba torcida.

Uxía dejó el bolso sobre el banco.

—He visto el expediente.

Xoán dejó la herramienta sin preguntar todavía qué habían descubierto.

—¿Hay fotos?

—Sí.

La mención de las fotos despertó la atención de Xoán.

—¿Del barco?

—Sí.

Uxía sacó la libreta, pero no la abrió.

—Las nasas estaban a bordo. La radio funcionaba cuando la revisaron. No encontraron sangre ni daños.

Xoán escuchó todo aquello sin interrumpirla ni hacer preguntas.

—También están las declaraciones de Bieito y Celso.

—¿Dicen lo mismo que ahora?

—En lo importante, sí.

Le explicó las diferencias menores entre los testigos y después llegó al parte meteorológico.

Xoán tardó unos momentos en ordenar la contradicción que Uxía acababa de explicarle.

—Entonces allí había viento.

—Eso registró Punta do Corvo.

—Y abajo no.

—Eso dijeron cuatro personas.

—¿Puede pasar?

—No lo sé. Quiero preguntárselo a alguien que sí pueda saberlo.

Xoán volvió la cabeza hacia la ría mientras lo pensaba.

—¿Vieron la isla desde el puesto?

—Según el parte, había cuatro millas de visibilidad.

—Entonces sí.

Uxía no respondió y dejó que Xoán siguiera pensando en voz alta.

—Celso estaba en el puerto.

—Sí.

—Y dijo que no veía nada.

—Sí.

—No entiendo cómo caben las dos cosas.

—Yo tampoco.

Xoán se frotó las manos mientras buscaba una forma de explicarlo.

—Dentro era parecido.

Uxía dejó de respirar durante un instante.

—¿Qué quieres decir?

Xoán cerró los ojos para concentrarse en aquella sensación.

—No lo sé.

Uxía esperó. Xoán no estaba buscando una historia completa, sino una sensación.

—A veces, cuando pienso en la red, tengo la impresión de que veía algo muy cerca y al mismo tiempo no sabía dónde estaba Manuel.

Cuando volvió a abrir los ojos, seguía sin encontrar palabras mejores.

—No puedo explicarlo mejor.

—¿Veías la red?

—Creo que sí.

—¿Y a Manuel?

—No.

—¿Lo oías?

Xoán apretó los labios antes de responder con cautela.

—A veces creo que lo llamaba.

—¿Y contestaba?

—No sé.

La frustración apareció enseguida y Uxía levantó una mano para detenerlo antes de que siguiera forzando el recuerdo.

—No fuerces.

—No estoy forzando.

—Sí.

Xoán se levantó con una brusquedad que delataba su frustración.

—Tú encuentras papeles donde pone que había viento y que no había viento. Yo solo tengo trozos dentro de la cabeza.

—Exacto.

Xoán caminó hasta el extremo del patio.

—Quiero saber qué pasó.

—Yo también.

—No es lo mismo.

Uxía no respondió. Tenía razón. Para ella era su padre desaparecido; para él eran cuarenta años arrancados de su propia vida.

Xoán volvió al banco después de unos segundos, todavía afectado por la discusión.

—Perdona.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

Poco después regresó al banco y volvió a sentarse frente a ella.

—Dime lo que falta.

Uxía le explicó entonces lo que había encontrado sobre el documento catorce.

—Una ampliación de Bieito seis días después de vuestra desaparición.

—¿Y no está?

—No.

—Pregúntaselo.

—Lo haré.

—Hoy.

Uxía sonrió al reconocer la impaciencia de su padre.

—No.

Xoán frunció el ceño, poco satisfecho con aquella respuesta.

—¿Por qué?

—Porque si voy ahora y le digo que falta una declaración de seis días después y que sospecho que fue a la isla, le estoy construyendo la respuesta antes de que me la dé.

—Entonces ¿cuándo?

—Cuando tenga algo más.

—Eres desesperante.

—Soy periodista.

—Eso empieza a parecer una enfermedad.

La tensión se rompió y Xoán volvió a la bisagra.

—Hay algo que no te he contado.

La sonrisa de Uxía desapareció al notar el cambio en su voz.

—¿Qué?

—Lo del hombre. Cuando arrastra la pierna… a veces no está caminando.

—¿Qué está haciendo?

Xoán apretó los dedos sobre la herramienta.

—Está quieto.

—¿Y cómo sabes entonces que cojea?

Xoán tardó en responder porque intentaba fijar la imagen.

—Porque una pierna no apoya igual.

—¿Cuál?

—La izquierda.

Era el mismo lado que había mencionado antes.

—¿Ves sus pies?

—No completos.

Xoán negó despacio mientras seguía buscando el fragmento.

—Veo una bota más alta que la otra.

Uxía no dijo nada. En su libreta, escrita el día anterior, estaba la frase de Carme: un zapato llevaba más suela. Xoán no había estado presente en aquella conversación y Uxía tampoco se lo había contado.

Antes de poder preguntarle nada más, se abrió la puerta de la cocina. Carme salió al patio con un abrigo marrón doblado sobre los brazos.

—Xoán.

Xoán se volvió hacia ella en cuanto oyó su nombre.

—¿Qué pasa?

Carme avanzó hasta el banco y dejó la prenda entre los dos.

—Esto era de tu padre.

Ninguno se movió. Uxía miró el abrigo, antiguo y demasiado grande para Xoán, con el borde inferior gastado de manera desigual.

—¿De Ramón? —preguntó.

Carme la miró con la impaciencia de quien considera evidente la respuesta.

—Claro.

—¿Dónde estaba?

—En el armario del pasillo, detrás de las mantas. Xosefa guardaba más cosas suyas en una caja arriba.

Xoán no tocó el abrigo mientras Carme acariciaba una de las mangas.

—Tu madre guardaba todo.

Uxía observó el borde desgastado. Una esquina estaba más rozada que la otra. Aquello podía deberse a docenas de cosas y no demostraría nunca por sí solo que Ramón cojeaba, pero Xoán acababa de decir algo que Uxía no le había contado: una bota más alta que la otra.

Carme dejó el abrigo sobre el banco y regresó a la cocina sin esperar ninguna reacción.

Padre e hija permanecieron un momento mirando la prenda.

—¿Qué pasa? —preguntó Xoán.

Uxía tuvo que elegir entre proteger el recuerdo y decirle la verdad. Eligió lo segundo.

—Ayer pregunté a mamá por Ramón.

Xoán levantó la cabeza para mirarla de frente.

—¿Y?

—Xosefa le había contado que cojeaba.

Xoán no reaccionó de inmediato ante la primera información.

—Eso ya lo sabíamos.

—También dijo que llevaba una suela más gruesa en uno de los zapatos.

Xoán miró el abrigo y después a Uxía.

—Tú no me lo dijiste.

—No.

—¿Puri?

—Tampoco.

El patio quedó en silencio entre los dos.

—Entonces ¿de dónde he sacado la bota?

Uxía no respondió enseguida porque no quería convertir una posibilidad en certeza.

—No lo sabemos. Podías haber oído hablar del calzado de tu padre antes de 1985 y no recordarlo conscientemente ahora.

—O podía haberlo visto.

—También.

La posibilidad quedó entre ambos. Al fin, el fragmento de Xoán contenía un detalle que Uxía podía intentar contrastar sin haberlo puesto antes en su cabeza.

Miró hacia la planta superior. La caja de Xosefa seguía allí y ya no tenía sentido aplazarla.

—Mañana subimos —dijo.

Xoán tardó un instante en aceptar lo que aquella decisión implicaba.

—Los dos.

—Los dos.

Aquella vez no era Uxía quien iba a investigar el pasado de su padre. Era Xoán quien había decidido acompañarla.