CAPÍTULO 11
Breogán llamó a Uxía a media mañana.
Uxía cerró el portátil y se incorporó antes de responder.
—¿Completo?
Breogán dejó pasar una breve pausa antes de contestar.
—Eso es más difícil de responder. Ven cuando puedas.
Xoán estaba en el patio cuando Uxía salió de la cocina. Había encontrado dos tablas que Puri quería tirar y llevaba un buen rato comprobando si la madera seguía aprovechable.
—Voy al puesto de la Guardia Civil.
Él dejó de examinar uno de los cantos.
—¿Ha pasado algo?
—Han encontrado el expediente de vuestra desaparición.
Xoán miró hacia la casa, donde Carme discutía con Puri porque no encontraba unas gafas que llevaba puestas.
—¿Quieres que vaya?
Uxía estuvo a punto de rechazarlo, pero cambió de idea.
—¿Quieres venir?
Xoán pensó unos segundos antes de decidirse.
—No.
—Entonces voy sola.
—Pero me lo cuentas después.
—Todo lo que pueda contarte.
Xoán asintió y regresó a las tablas.
Aquella pequeña negociación le pareció a Uxía más importante de lo que habría imaginado una semana atrás. Durante cuarenta años otros habían decidido por él porque no estaba. Ahora podía empezar a decidir incluso qué partes de su propia desaparición quería mirar.
El expediente ocupaba menos espacio del que Uxía esperaba.
Después de cuatro décadas de ausencia, había imaginado casi de forma irracional que la documentación habría crecido hasta necesitar un armario entero.
Sin embargo, todo cabía sobre la mesa de Breogán: una carpeta verdosa, varias fundas transparentes y un legajo añadido recientemente con las pruebas relativas a la reaparición.
—El procedimiento se ha reactivado —explicó Breogán—. La identificación de Xoán y Manuel cambia una cosa importante.
—Sabemos que no murieron en el mar aquel día.
—Exacto. Durante décadas esa fue la explicación más probable, aunque nunca pudiera demostrarse porque no había cuerpos. Ahora sabemos que era incorrecta.
—¿Y qué explicación tenéis?
Breogán apoyó la espalda contra la silla.
—Ninguna.
Uxía agradeció que Breogán no intentara llenar aquel vacío con una explicación improvisada.
Le explicó qué documentación podía consultar como hija de Xoán y qué datos de terceras personas debía respetar. Ella apagó el teléfono, lo guardó en el bolso y sacó únicamente la libreta.
La portada decía: DESAPARICIÓN DE DOS PERSONAS. EMBARCACIÓN SANTA BÁRBARA. NOVIEMbrE DE 1985. Debajo figuraba, escrito a mano, el nombre del instructor: sargento Elixio Cortizo.
Uxía levantó la vista hacia Breogán antes de seguir.
—Tu abuelo.
—Sí.
Breogán señaló una fotografía grapada a una de las hojas.
Elixio tendría poco más de treinta años. Aparecía de pie frente al Santa Bárbara después de que recuperaran la embarcación. El parecido con Breogán no estaba tanto en los rasgos como en la manera de apretar los labios cuando pensaba.
Uxía pasó las primeras páginas sin detenerse todavía en los detalles. Había declaraciones, croquis de la ría, una relación de los barcos movilizados durante la búsqueda, avisos enviados a otros puertos, facturas de combustible y fotografías en blanco y negro.
Se detuvo en las del Santa Bárbara.
Una mostraba la cubierta completa. Las nasas seguían a bordo y no había sangre, desperfectos ni señales de pelea.
Otra fotografía mostraba la radio instalada a bordo, todavía en su sitio.
—¿Estaba averiada?
—No encontraron ninguna avería cuando la revisaron.
—Bieito habló de estática.
—Está recogido.
Uxía continuó con las declaraciones. La de Bieito coincidía con lo que ya le había contado: el mar demasiado quieto, la ausencia de viento, la niebla apareciendo primero alrededor de A Illa dos Corvos y extendiéndose después hacia el puerto.
Celso Rey describía también un aire completamente parado y una pérdida repentina de visibilidad.
Otros dos testigos situados cerca de O Peirao Vello coincidían en lo esencial, aunque no en todo.
Uno calculaba que la niebla había durado poco más de dos horas; otro hablaba de casi cuatro.
Bieito recordaba una taza caída en la cubierta del Santa Bárbara antes de zarpar, mientras que Celso no la mencionaba.
Uxía anotó también esas diferencias. Le daban confianza: cuatro testimonios idénticos después de cuarenta años habrían parecido un relato aprendido. Aquellos eran recuerdos humanos, compartían un núcleo y se equivocaban en los bordes.
La declaración de Celso contenía una frase que la obligó a retroceder.
La niebla me recordó a la que vi cuando desapareció Ramón Freire Otero en 1947.
La frase terminaba ahí. No decía que las desapariciones tuvieran la misma causa ni que Ramón hubiese sufrido lo mismo que Xoán y Manuel. Celso había comparado dos nieblas.
Uxía escribió exactamente esa comparación, sin añadir ninguna conclusión propia.
—¿Elixio investigó lo de Ramón a raíz de esta declaración?
—No consta.
—Habían pasado treinta y ocho años.
—Y no sé qué documentos de 1947 seguían existiendo entonces.
Uxía volvió a la carpeta. No quería saltar todavía hacia Ramón.
Llegó al parte meteorológico. Leyó la primera línea y después otra vez.
—Esto no encaja.
Breogán se inclinó sobre la mesa para mirar la misma línea.
—Mi abuelo escribió lo mismo.
El documento procedía del puesto de señales de Punta do Corvo. A las cinco de la mañana, dentro de la franja horaria en la que el Santa Bárbara se aproximaba a la isla, el observador había registrado:
Viento de componente este. Fuerza 3. Visibilidad cuatro millas. Sin niebla en la bocana.
Uxía regresó a las declaraciones. Bieito decía que no se movían las drizas, Celso hablaba de aire parado y los otros dos testigos aseguraban que desde el muelle dejaron de distinguir puntos situados a pocos metros.
—No puede ser exactamente la misma situación.
—No.
—Punta do Corvo está más alto.
—Sí.
—Podría haber una capa baja de niebla.
—Podría.
—O una zona muy localizada.
—También.
Uxía dejó el expediente sobre las rodillas.
—Me lo estás poniendo difícil.
—Mi trabajo consiste bastante en eso.
Señaló el margen inferior. Elixio había escrito:
No coincide con lo observado desde O Peirao Vello. Comprobar hora y aparato.
Debajo aparecían tres anotaciones posteriores: reloj revisado, correcto; anemómetro revisado, correcto; el observador mantenía su declaración.
Uxía apoyó el bolígrafo sobre la mesa.
—El viento es lo que más me molesta.
—A mí también.
—Fuerza tres no es una diferencia de percepción.
—No.
—¿Puede haber viento en Punta do Corvo y calma absoluta abajo?
—Puede haber condiciones locales diferentes. Lo que no sé es si explican esta combinación exacta.
—Necesitaríamos un meteorólogo.
—Sí.
Uxía lo anotó. Aquello le gustaba más que cualquier historia heredada: podía planteárselo a una persona que supiera de meteorología sin contarle primero lo que ella esperaba encontrar.
—¿Quién era el observador?
—Freixas. Cabo responsable del puesto. Murió hace años.
—¿Elixio habló con él?
—Dos veces.
—¿Mantuvo la versión?
—Sí.
—¿Pudo equivocarse con la hora?
Breogán señaló la anotación sobre el reloj.
—Podía equivocarse una persona. El problema es que mi abuelo comprobó esa posibilidad y no encontró nada.
Uxía anotó el nombre de Freixas y no añadió ninguna interpretación.
Hasta aquel momento, la brétema había existido principalmente en recuerdos, historias familiares y en lo que Xoán no conseguía reconstruir.
Ahora tenía delante una contradicción escrita en 1985.
Seguía sin ser una explicación, pero era algo que no dependía de que nadie recordara bien cuarenta años después.
Al pasar la página encontró el índice del expediente, que contenía diecinueve documentos numerados, aunque la carpeta solo conservaba dieciocho.
Uxía volvió al principio y contó otra vez.
—Falta uno.
Breogán abrió una funda transparente vacía que conservaba una pequeña etiqueta con el número 14. Uxía buscó en el índice la entrada correspondiente al documento que faltaba.
Ampliación de declaración de Bieito Barreiro Souto. 17 de noviembre de 1985.
Uxía levantó la cabeza hacia Breogán al comprobar la fecha.
—Seis días después de la desaparición.
—Sí.
—¿Dónde está?
—No lo sabemos.
—¿Se perdió?
—No puedo afirmarlo.
Breogán acercó la funda vacía para que pudiera verla mejor.
—El expediente cambió varias veces de archivo. Puede haberse separado al hacer una copia, haberse guardado en otra carpeta o extraviado durante un traslado. No hay constancia de que nadie lo retirara deliberadamente.
Uxía pensó inmediatamente en la advertencia de Bieito: no vayas sola a la isla. No dijo nada.
—¿Por qué amplió la declaración?
—El índice no lo especifica.
—¿Lo llamó Elixio?
—Tampoco consta.
—¿Tú le has preguntado?
—No todavía.
Uxía anotó en la libreta: «Documento 14 ausente. Ampliación de Bieito Barreiro Souto. 17-11-1985. Contenido desconocido». Debajo añadió una advertencia para sí misma: «No relacionarlo con su secreto sin confirmación».
Breogán alcanzó a leer la última línea desde el otro lado de la mesa.
—Bien.
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto cara de profesor.
—Has escrito justo lo que iba a decirte.
Uxía cerró la libreta durante un momento y lo miró.
—Sabela cree que su padre guarda algo desde 1985.
—Eso no convierte este documento en ese algo.
—Lo sé.
—Mi madre conserva cajas de mi abuelo. Cuadernos, notas de trabajo y papeles que mi abuela no quiso tirar.
Uxía volvió a abrir la libreta y buscó una página limpia.
—¿Puede haber una copia?
—Puede. También puede no haber nada.
—¿Vas a mirar?
—Sí.
—¿Puedo ayudarte?
Breogán negó despacio, sin apartar la mirada de la carpeta.
—Primero tengo que separar lo personal de lo que pertenecía a una investigación.
Uxía aceptó. No todo tenía que llegar a sus manos en cuanto sabía que existía.
Uxía regresó al parte meteorológico antes de guardar la documentación.
—Hay otra cosa que quiero hacer.
—¿Cuál?
—Buscar los registros de mareas y la fase lunar de aquella mañana. Bieito recuerda que la marea estaba más alta de lo que esperaba.
—Eso sí podemos comprobarlo.
—Y consultar a alguien que entienda de niebla costera.
Breogán asintió y dejó que aquella línea de trabajo quedara anotada.
—Eso también.