CAPÍTULO 10 #2
—Puede que sí, pero lo sé sobre todo por Xosefa. Hablaba de la pierna mala cuando cambiaba el tiempo. Decía que sabía que iba a llover antes que el cura porque a Ramón le dolía la cadera.
—¿Sabes qué le había ocurrido?
—Una caída de joven, creo. No sé si se rompió algo y soldó mal o si una pierna quedó algo más corta. Hace setenta años nadie explicaba esas cosas como ahora.
—¿Llevaba un zapato diferente?
—Eso sí lo recuerdo haber oído. Uno con más suela.
Uxía asintió. Eran dos testimonios, pero procedían de una misma fuente original, Xosefa, de modo que no debía contarlos como confirmaciones independientes.
—¿Por qué preguntas?
Uxía miró hacia el patio, donde Xoán estaba de espaldas a la ventana intentando ajustar una bisagra.
—Porque en el hospital describió a un hombre que arrastraba una pierna.
Puri se quedó quieta y Uxía levantó una mano antes de que pudiera hablar.
—No significa que fuera Ramón. Papá pudo haber oído cientos de veces que su padre cojeaba. Aunque ahora diga que no lo recuerda, ese dato puede seguir en algún sitio. Y Carme acaba de decirme que todo el mundo lo sabía.
Puri miró hacia Xoán, todavía de espaldas a la ventana.
—Entonces ¿qué vas a hacer?
—Buscar algo que no dependa de la memoria de nadie.
—¿Las fotografías?
—Las fotografías.
Puri señaló el techo, hacia el desván.
—La caja de Xosefa sigue arriba si nadie la ha tirado.
Uxía estuvo a punto de levantarse, pero se detuvo.
—No hoy.
—¿Por qué?
—Porque si encuentro una fotografía ahora y se la enseño a papá, puedo contaminar lo poco que recuerda. Primero quiero dejar por escrito exactamente lo que dijo antes de saber nada más.
Sacó la libreta y escribió dos apartados.
En el primero dejó constancia de lo que Xoán había descrito antes de recibir información sobre Ramón: un hombre de barba oscura que arrastraba una pierna, sin identificarlo.
En el segundo anotó la memoria familiar transmitida por Xosefa: una lesión antigua, posible diferencia entre ambas piernas, bastón ocasional y una suela más gruesa, todo pendiente de confirmación documental o fotográfica.
Debajo añadió una advertencia para sí misma: Xoán pudo conocer esos datos por tradición familiar; la coincidencia no debía tratarse como prueba.
Puri leyó por encima de su hombro.
—Pones muchas cosas para decir que no sabes nada.
—Es la única forma de no acabar creyendo lo que quiero creer.
Por la tarde Xoán pidió bajar al puerto. No había ido desde su regreso y Uxía estuvo a punto de proponer dejarlo para otro día, pero reconoció en sí misma el mismo impulso que tanto le había irritado cuando otros decidían qué podía soportar ella.
—Voy contigo.
—No te he pedido que vengas.
—Ya.
Xoán la miró con una mezcla de resignación y humor.
—Esa respuesta la usas mucho.
—Funciona.
Fueron andando hasta O Peirao Vello. Dos hombres descargaban cajas junto a A Lonxa y una embarcación pequeña entraba en la ría dejando una estela que hacía oscilar los cabos contra el muelle.
Xoán disminuyó el paso mientras buscaba una superposición exacta entre dos lugares que compartían el mismo nombre.
—Eso no estaba.
Señaló una pequeña construcción junto al puerto.
—Lo hicieron después.
—¿Y aquello?
—También.
Cuando llegó al lugar aproximado donde había estado amarrado el Santa Bárbara la mañana de 1985, se detuvo. No había ninguna placa ni señal que distinguiera aquel punto de los demás.
Xoán miró hacia A Illa dos Corvos. El cielo estaba limpio, había viento, las gaviotas se perseguían sobre el agua y el mar golpeaba contra la piedra con la regularidad suficiente para que nada pareciera extraordinario. Bieito no estaba allí y Uxía agradeció que aquel momento perteneciera a Xoán.
Un pescador joven desenredaba una red a pocos metros. Al sacudirla, parte del aparejo cayó sobre el suelo mojado con un golpe blando. Xoán se volvió y su expresión cambió.
—¿Qué pasa?
Él no contestó enseguida. Se acercó un poco más. La red era moderna, de fibra fina, pero en uno de los extremos llevaba un cabo más grueso para reforzarla. Xoán observó los nudos.
—No era así.
Uxía entendió enseguida que no hablaba de aquella red.
—¿La que recuerdas?
Xoán asintió sin apartar los ojos del aparejo.
—Los nudos eran más grandes y estaba empapada.
—¿La estabas sujetando?
—No lo sé.
Xoán cerró la mano como si pudiera recuperar con los dedos la sensación.
—A veces creo que sí. Otras solo recuerdo que me rozaba.
Uxía no preguntó por el hombre porque no quería colocarlo dentro de aquella imagen. El pescador levantó la red y se alejó mientras Xoán continuaba mirando el suelo húmedo donde había estado.
—Lo peor es que empiezo a querer recordar.
—Eso no parece lo peor.
—Sí lo es, porque cuanto más quiero, menos sé qué viene de allí y qué viene de todo lo que me estáis contando aquí.
Uxía pensó en la página que acababa de escribir.
—Entonces tendremos que tener cuidado los dos.
—¿Con qué?
—Con no ayudarte demasiado.
Xoán soltó una risa breve, más cansada que divertida.
—Nunca pensé que acabaría agradeciéndote que no me ayudaras.
Se sentaron en el extremo del muelle y durante un rato dejaron pasar las embarcaciones sin hablar. Xoán observaba los barcos entrar y salir, mientras Uxía miraba de vez en cuando hacia la isla sin encontrar nada distinto en ella.
Cuando regresaron a Casa Freire empezaba a caer la tarde. Carme estaba en la puerta sin abrigo y Puri permanecía a su lado intentando convencerla de que entrara.
—¿Qué pasa? —preguntó Uxía.
Carme miró directamente a Xoán y habló con la naturalidad de quien llevaba un rato esperándolo.
—Llegas tarde.
Xoán se detuvo a pocos pasos de ella.
—Solo hemos bajado al puerto.
—La niña tiene que cenar.
Carme señaló vagamente hacia Uxía, pero su mirada no terminó de fijarse en la mujer adulta que tenía delante. Xoán comprendió antes de preguntar que su esposa había vuelto a colocar a su hija en algún punto de la infancia.
Puri le ofreció el brazo con suavidad.
—Está aquí, Carme. Vamos dentro, que hace frío.
Carme aceptó sin discutir y entró con ella. Xoán permaneció unos segundos junto a Uxía, todavía mirando la puerta.
—Para ella sigo llegando tarde de algún sitio —dijo.
—A veces.
Uxía no intentó explicar más. La enfermedad de Carme no podía convertirse en otra fuente de pruebas cada vez que mezclaba una fecha con otra.
Aquella noche Uxía añadió una última línea a la libreta: Ramón cojeaba; Xoán pudo saberlo antes de 1985; necesitaban una fuente que no recordara por ellos.
Después cerró el cuaderno. Desde que Bieito había mencionado 1947, la caja de Xosefa esperaba en el piso de arriba con un peso distinto. Uxía decidió no abrirla hasta sentirse preparada para distinguir lo que encontrara de lo que deseaba encontrar.