La brétema CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Durante los días siguientes, Casa Freire empezó a construir una rutina que no se parecía a ninguna de las anteriores.

Carme seguía tomando las pastillas a las nueve y protestaba cada vez que Puri se las dejaba junto al desayuno, convencida de que acababa de tomarlas; Puri abría las ventanas por la mañana aunque hiciera frío y volvía a cerrarlas una hora después, mientras Uxía intentaba reservar algunas horas para contestar correos y llamadas que llevaba días ignorando.

Xoán, por su parte, encontraba ocupaciones. Apretó el tornillo de una silla, reparó el cierre de una caja y desmontó un grifo que no goteaba lo suficiente para justificar el trabajo. Cuando Uxía le preguntó por qué arreglaba cosas que todavía funcionaban, él tardó unos segundos en contestar.

—Porque estas se dejan arreglar.

Uxía entendió sin necesidad de preguntarle cuáles no se dejaban.

También empezó a familiarizarse con un teléfono móvil.

Sabela había encontrado uno antiguo que todavía funcionaba y le había colocado una tarjeta nueva.

Durante la primera tarde Xoán aprendió a contestar llamadas, abrir la cámara y enviar un mensaje con la concentración con que antes habría desmontado un motor.

—No entiendo por qué tiene que desaparecer todo cuando tocas donde no es.

—Porque no desaparece.

—Desaparece de la pantalla.

—Pero sigue estando.

Xoán la miró con una expresión que hizo que Uxía entendiera demasiado tarde la metáfora involuntaria.

—No me parece un buen momento para explicarme así las cosas.

Uxía soltó una carcajada antes de poder evitarlo y él también sonrió. Durante unos segundos fueron solamente un hombre peleándose con un teléfono y una hija intentando enseñarle a utilizarlo.

Después Xoán abrió accidentalmente la galería.

La primera imagen que apareció era una fotografía de Carme tomada varios meses atrás; la segunda mostraba a Uxía y Sabela en el bar, y la tercera era una fotografía antigua que Uxía había guardado en el teléfono hacía años: ella con cuatro años, un impermeable rojo y el pelo recogido con una horquilla del mismo color.

Xoán dejó de tocar la pantalla en cuanto apareció la tercera imagen.

—Esa.

Uxía miró la fotografía antes de responder.

—Soy yo.

—Ya lo sé.

Amplió la imagen con dos dedos, un gesto que acababa de aprender.

—Perdiste esa horquilla una semana después.

Uxía volvió la cara hacia él, sorprendida por la precisión del recuerdo.

—¿Te acuerdas?

—Claro. Te gustaban porque decías que hacían juego con el impermeable. Una se cayó cerca del puerto y quisiste volver a buscarla cuando ya estaba oscuro.

Uxía observó a aquella niña sin recordar la horquilla ni haberla perdido.

—¿La encontramos?

—No. Te dije que seguramente se la había llevado una gaviota.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Tenías cuatro años.

—¿Y me lo creí?

—Hasta que quisiste saber para qué necesitaba una gaviota una horquilla.

Uxía sonrió, pero Xoán siguió mirando la fotografía mientras la suya se borraba poco a poco.

—Yo tengo recuerdos tuyos que tú no tienes.

—Es normal. Era muy pequeña.

—Ya. Y tú tienes cuarenta años de recuerdos en los que yo no estoy.

Ninguno intentó corregir aquella desigualdad, porque no había una forma sencilla de hacerlo sin convertir la conversación en otra cuenta de lo perdido.

A media mañana Manuel llamó desde casa de Amparo. Esta vez utilizó su propio teléfono y tardó tanto en encontrar la manera de terminar la llamada que Xoán acabó riéndose de él.

—Te he oído —protestó Manuel antes de conseguir colgar.

—No has colgado todavía.

—Ya lo sé.

Cuando la comunicación terminó por fin, Xoán dejó el aparato sobre la mesa.

—Parece estar mejor.

—Está en su casa —dijo Uxía.

—Yo también.

La respuesta fue inmediata, aunque Xoán miró alrededor como si todavía estuviera comprobando que podía decirlo.

Carme apareció en la puerta de la cocina con un jersey en las manos.

—¿Esto es tuyo?

Se lo preguntó a Xoán, que reconoció la prenda enseguida.

—Era mío.

Carme negó con la cabeza, como si el tiempo no pudiera cambiar la propiedad de una prenda.

—Entonces sigue siendo tuyo.

Lo dejó sobre el respaldo de una silla y se volvió hacia el pasillo, satisfecha con aquel razonamiento.

Desde que Bieito le había hablado de Celso y de la desaparición de Ramón, Uxía llevaba conteniendo una pregunta.

No quería hacerla delante de Xoán porque sabía demasiado bien cómo podía modificarse un recuerdo cuando alguien proporcionaba primero la respuesta, así que esperó hasta después de comer, cuando él salió al patio y Puri subió a cambiar las sábanas.

Carme permaneció en la cocina, limpiando judías verdes con una lentitud que convertía cada vaina en una tarea independiente. Uxía se sentó frente a ella y dejó el teléfono lejos de la mesa; tampoco abrió la libreta.

—Mamá, ¿te acuerdas de Xosefa?

Carme levantó la cabeza con un gesto de impaciencia que a Uxía le recordó a la mujer de antes.

—Claro que me acuerdo.

Uxía no supo si aquel «claro» pertenecía al presente o a una época mucho más antigua.

—La madre de papá.

—Ya sé quién era Xosefa.

—Quería preguntarte por ella.

—Pregúntame.

—¿Hablaba alguna vez de Ramón?

Carme dejó la judía dentro del cuenco y durante unos segundos pareció buscar el nombre.

—Ramón.

—Su marido.

—Sí. Poco.

—¿Por qué?

Carme se encogió de hombros y dio una respuesta cuya claridad no dejó dudas.

—Le dolía.

Uxía sabía a qué se refería y esperó un poco antes de continuar.

—¿Te contó alguna vez cómo era?

—Era su marido.

—Me refiero físicamente.

Carme frunció el ceño, desconfiada de una curiosidad que no entendía.

—¿Para qué quieres saber eso?

—Porque estoy intentando ordenar algunas cosas de la familia.

No era mentira, aunque tampoco era toda la verdad. Carme volvió a las judías.

—Tenía barba.

Uxía sintió una primera alarma interior, pero no dejó que apareciera en su voz.

—¿Algo más?

—Era alto.

—¿Lo viste en fotografías?

—Alguna habría.

Carme rompió una punta y la dejó aparte.

—Xosefa decía que caminaba mal.

Uxía permaneció inmóvil unos segundos antes de preguntar.

—¿Mal cómo?

—Pues mal.

—¿Cojeaba?

Su madre levantó los ojos y respondió sin vacilar.

—Sí.

La palabra llegó sin vacilación y Uxía sintió un golpe seco dentro del pecho. Xoán había descrito al hombre antes de que nadie hablara delante de él de Ramón, de fotografías ni de una cojera: un hombre que arrastraba una pierna.

Se obligó a continuar con la misma voz.

—¿Sabes por qué?

Carme tardó más en recuperar el origen de aquella cojera.

—Una caída.

—¿De dónde?

—No sé. Xosefa decía que de joven se había hecho daño y una pierna le había quedado peor que la otra.

—¿Más corta?

Carme se quedó pensando, pero el recuerdo no parecía lo bastante firme para convertirlo en certeza.

—Puede ser.

Uxía decidió no convertir aquella duda en una certeza.

—¿Usaba bastón?

—A veces.

—¿Y calzado especial?

Carme volvió a mirarla y esta vez la respuesta llegó con más seguridad.

—Un zapato llevaba más suela.

—¿Te acuerdas de eso porque lo viste en una foto?

—No.

Carme negó y sonrió vagamente, como si el detalle doméstico hubiera sobrevivido mejor que otros recuerdos más importantes.

—Porque Xosefa decía que costaba una fortuna arreglarle los zapatos.

Aquella frase tenía una textura diferente. No parecía una respuesta construida para satisfacerla, sino uno de esos detalles domésticos que sobrevivían cuando las fechas y los nombres empezaban a deshacerse.

—¿Sabes si quedan fotografías suyas?

Carme suspiró antes de responder, todavía ocupada en ordenar las judías.

—En esta casa hay fotografías de todo el mundo menos de quien buscas cuando lo buscas.

Uxía sonrió, porque aquella descripción de la casa seguía siendo cierta.

—Eso sí me lo creo.

—Había una caja de Xosefa.

—¿Dónde?

Carme señaló vagamente hacia arriba, en dirección al desván.

—Por ahí.

El gesto indicaba el desván, pero Uxía no se levantó todavía.

—Mamá, una cosa más.

Carme dejó caer las manos sobre el mantel.

—Siempre dices una cosa más y luego son cinco.

—Esta sí es la última.

—Eso también lo dices siempre.

Uxía respiró antes de formular una pregunta que podía arrastrar a su madre hacia un recuerdo doloroso.

—Cuando Ramón desapareció, ¿Xosefa creía que había muerto?

La expresión de Carme cambió sin brusquedad, como si la pregunta hubiera desplazado algo dentro de ella.

—No había cuerpo.

—Ya.

—Por eso no decía muerto.

Uxía pensó en Amparo, en el ataúd vacío y en Carme negándose a asistir al funeral de Manuel.

—¿Papá sabía todo eso?

Carme la miró, buscando confirmar de quién hablaban.

—¿Xoán?

—Sí.

—Era su padre.

—Pero tenía un año cuando desapareció.

—Después se lo contamos.

Aquella respuesta era importante. Xoán no conservaba recuerdos de Ramón, pero había crecido con una historia familiar sobre él; cualquier detalle que hubiese oído de adulto debía separarse con cuidado de lo que afirmaba haber visto en los fragmentos posteriores a 1985.

—¿Le contasteis que cojeaba?

Carme frunció el ceño y Uxía comprendió inmediatamente que aquella pregunta había sido demasiado directa.

—No sé. Todo el mundo lo sabía.

La respuesta reducía el valor de la pista y, al mismo tiempo, la hacía más interesante: si Xoán había sabido alguna vez que su padre cojeaba, podía haber olvidado conscientemente ese dato y reconstruido después una imagen con él.

El recuerdo del hombre no era todavía una prueba de nada, y Uxía agradeció mentalmente aquella complicación; las coincidencias demasiado perfectas eran peligrosas.

Puri bajó unos minutos después y encontró a Uxía todavía sentada frente a Carme.

—¿Qué hacéis?

—Hablamos de Xosefa.

Puri dejó las sábanas dobladas sobre una silla.

—Eso puede durar días.

Carme protestó desde la mesa sin dejar de ocuparse de las judías.

—No hablaba tanto.

—Xosefa no. Tú.

Carme hizo un gesto despectivo y continuó con las judías. Uxía esperó hasta que su madre salió de la cocina para guardar el cuenco en la nevera.

—¿Tú sabías que Ramón cojeaba? —preguntó entonces a Puri.

—Sí.

—¿Lo viste en alguna foto?