La brétema CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Manuel pasó dos noches en Casa Freire después de salir del hospital. Volver a su propia casa exigía una preparación que nadie sabía cómo hacer.

Amparo Bugallo Reboiro tenía ochenta y siete años y llevaba casi setenta viviendo en la misma construcción de piedra al final de la Rúa do Cristal.

Había entrado allí siendo poco más que una muchacha, cuando se casó con Xesús y todavía compartían el piso superior con los padres de él.

En aquella casa había criado a seis hijos, despedido a su marido y aprendido durante cuatro décadas a convivir con la ausencia de Manuel.

Una de sus hijas había sido tajante con Breogán antes incluso de que llegara la confirmación genética: su madre ya había enterrado a Manuel una vez y no iban a decirle que había vuelto hasta estar seguros de que era él.

Ahora el ADN había confirmado la identidad y la familia había necesitado dos días más, no por incredulidad, sino por miedo a entregar una noticia capaz de abrir de nuevo todo lo que Amparo había aprendido a soportar.

Manuel apenas habló durante ese tiempo. Dormía en el sofá de Casa Freire y se levantaba antes que todos, como si el cuerpo siguiera obedeciendo a la hora de salida de los barcos.

Algunas mañanas Uxía lo encontraba sentado a oscuras en la cocina, observando la luz digital del horno o la pantalla de un teléfono que todavía no sabía manejar bien.

Xoán también se levantaba temprano, pero ninguno buscaba deliberadamente al otro; compartían algo demasiado grande para convertirlo todavía en conversación.

La tercera mañana, Maruxa llegó poco después de las nueve. Manuel ya sabía que aquella mujer cercana a los sesenta años era su hermana, aunque cada vez que la miraba parecía hacer un esfuerzo consciente para unirla con la joven que conservaba en la memoria.

Maruxa no se quitó el abrigo antes de dar la noticia.

—Mamá está preparada.

Manuel dejó la taza sobre la mesa.

—¿Le habéis dicho quién va?

—Le hemos dicho que viene alguien a verla.

—Eso no es estar preparada.

Maruxa apretó los labios antes de responder, consciente de que cualquier preparación iba a ser insuficiente.

—No existe estar preparada para esto.

Manuel no discutió. Se levantó, pero se quedó junto a la silla sin coger la chaqueta.

Uxía lo observó desde la puerta y esperó a que terminara de decidirse.

—Puedo acompañarte.

—No hace falta.

La respuesta salió demasiado deprisa, y Uxía asintió.

—Ya lo sé.

Manuel la miró de frente, dejando por fin de refugiarse en la taza.

—Entonces ¿por qué lo propones?

—Porque necesitar ayuda y poder hacer algo solo no son cosas incompatibles.

Permaneció unos segundos en silencio antes de coger la chaqueta.

—Vienes hasta la puerta.

—Hasta donde tú quieras.

Fueron andando. La distancia entre Casa Freire y la Rúa do Cristal podía recorrerse en diez minutos, pero Manuel tardó casi media hora porque se detenía ante edificios que reconocía a medias, buscaba talleres donde ahora había persianas cerradas y trataba de encontrar nombres antiguos detrás de negocios nuevos.

Algunos vecinos lo saludaban; otros se limitaban a observarlo como si su regreso pudiera volver contagiosa la ausencia.

Frente a un local con el escaparate cubierto de papel, se detuvo.

—Aquí estaba Moncho.

—¿Quién?

—El zapatero.

Uxía intentó recordar el negocio y el nombre sin encontrar ninguna imagen precisa.

—Cerró hace muchos años.

Manuel siguió mirando el escaparate, como si esperara que la fachada pudiera devolverle algo más que un nombre.

—Tenía un hijo que quería irse a Vigo.

—No sé qué fue de él.

—Yo tampoco.

Reanudaron el paso. Cada conversación parecía abrir una puerta de 1985 para mostrarle al otro lado décadas que nadie podía resumirle.

La casa de los Rial Bugallo conservaba las contraventanas azules y el muro bajo de granito que Xesús había levantado cuando nacieron los primeros hijos. En el pequeño huerto crecían coles, acelgas y un limonero vencido hacia la tapia.

Manuel se acercó al muro y pasó una mano sobre las piedras hasta encontrar seis líneas verticales grabadas cerca de una esquina. Eran desiguales y estaban torcidas; la última era más corta.

—Las hicimos nosotros.

Maruxa dejó escapar una sonrisa breve, la primera señal de alivio de aquella mañana.

—Papá se enfadó muchísimo.

—Dijo que el muro no era una libreta.

—Y al día siguiente marcó él mismo la tuya mejor porque habías hecho una chapuza.

Manuel tocó la última línea. La piedra había envejecido, pero la marca seguía allí.

—Esa es la mía.

—Sí.

Uxía se quedó unos pasos atrás. Manuel estaba tocando algo que podía reconocer por sí mismo sin que nadie tuviera que explicárselo, y aquel gesto tenía una seguridad que Uxía no le había visto desde su regreso.

En la puerta, Maruxa apoyó una mano en el picaporte.

—Mamá está en la cocina.

Manuel tragó saliva y mantuvo la mano apoyada en la piedra del muro.

—¿Cómo está?

—Tiene ochenta y siete años, le duelen las rodillas, ve peor de lo que admite y sigue enfadándose si intentamos hacerle algo que cree que puede hacer sola.

—No preguntaba eso.

Maruxa bajó la voz porque, a pocos metros, su madre esperaba sin saber todavía quién estaba al otro lado de la puerta.

—No lo sé.

Manuel se tomó un momento antes de formular el miedo que llevaba desde que salieron de Casa Freire.

—¿Y si le hago daño?

—Se lo vas a hacer. También puede ser lo mejor que le haya pasado desde que desapareciste.

La palabra quedó entre los dos con un significado preciso: no decía que hubiera muerto ni que se hubiera marchado voluntariamente, solo que un día dejó de estar y nadie supo por qué.

Maruxa abrió la puerta despacio y dejó que Manuel entrara delante de ella.

Amparo esperaba sentada junto a la ventana de la cocina con un rosario entre las manos, aunque no rezaba. Sobre el respaldo de otra silla había una chaqueta de hombre cuidadosamente doblada, la misma que no había conseguido meter en el ataúd vacío de su hijo.

Manuel se detuvo nada más entrar. La cocina había cambiado menos que Casa Freire: los muebles eran nuevos y había electrodomésticos que en 1985 no existían, pero la distribución seguía siendo casi la misma, con la mesa junto a la pared y el fregadero debajo de la ventana.

Amparo levantó la cabeza. Sus ojos pasaron primero por Maruxa, después por Uxía y finalmente se detuvieron en Manuel.

Nadie habló mientras la anciana miraba el rostro demasiado joven, los hombros, las manos y la pequeña cicatriz bajo la barbilla; después se fijó en la oreja izquierda, cuya parte superior se doblaba ligeramente hacia fuera.

El rosario dejó de moverse entre los dedos de Amparo mientras seguía estudiando cada rasgo.

—No puede ser.

Manuel dio un paso hacia ella, aunque no se atrevió todavía a acercarse del todo.

—Nai.

Amparo se quedó sin aire y él volvió a acercarse.

—Soy yo.

El rosario cayó al suelo. Maruxa hizo ademán de avanzar, pero su madre levantó una mano y la detuvo. Se incorporó sola; las rodillas tardaron en responder y durante un instante pareció que volvería a sentarse, aunque terminó de levantarse y caminó hacia Manuel.

Él no se movió. Amparo se detuvo frente a aquel hombre que parecía lo bastante joven para ser uno de sus nietos y le tocó primero la mejilla, después la oreja y, por último, deslizó un dedo bajo la barbilla hasta encontrar la cicatriz.

—Te hiciste esto con siete años. Te caíste contra el banco de la cocina y te pusiste a gritar porque pensabas que el médico iba a coserte la boca.

Una risa pequeña salió de Manuel y se convirtió en llanto antes de terminar.

—Nai.

Amparo le sujetó la cara con ambas manos.

—Te enterré hace cuarenta años, hijo mío, con un ataúd vacío.

Miró hacia la silla y cogió la chaqueta.

—Quise meter esto dentro. Era la buena, la que te ponías los domingos, pero cuando llegó el momento no pude soltarla.

Manuel tomó la prenda con una cautela absurda, como si temiera dañarla después de cuarenta años.

—Maruxa me dijo que hubo un funeral.

—Tu padre necesitaba una tumba.

Manuel levantó la cabeza y Uxía vio aparecer la pregunta antes de que él la pronunciara.

—¿Dónde está papá?

Maruxa cerró los ojos y Amparo volvió a sentarse. Manuel entendió la respuesta antes de que ninguna de las dos dijera nada.

—¿Cuándo? —preguntó Manuel.

—Hace dieciséis años —respondió Maruxa—. El corazón. Fue rápido.

La mano que sostenía la chaqueta empezó a temblarle.

—¿Pensaba que yo estaba muerto?

Amparo bajó la cabeza y Manuel apoyó una mano sobre la mesa.

—Murió pensando que había enterrado a su hijo.

—Manuel…

—En el hospital no me lo dijisteis.

—No sabíamos cuánto podías soportar de golpe.

Él soltó una respiración que se parecía demasiado a una risa.

—Nadie sabe eso.

Amparo volvió a levantarse y se acercó otra vez a su hijo antes de continuar hablando.

—Tu padre no dejó que nadie tirara tus cosas.

—¿Qué cosas?

—Tus herramientas, las pocas que tenías, y el martillo pequeño de cuando ibas con tus hermanos a la cantera aunque después dijeras que aquello no era para ti.

Manuel apretó la chaqueta contra el pecho.

—Yo quería pescar.

—Ya lo sé. Tu padre decía que se te pasaría y que terminarías volviendo a la piedra cuando el mar te cansara.

En el rostro de Amparo apareció algo parecido a una sonrisa.

—Se murió sin conseguir darte la razón.

Manuel lloró entonces por un padre que había seguido envejeciendo mientras él permanecía fuera de cualquier calendario que pudiera recordar.

Amparo lo abrazó y él tardó unos segundos en rodearla con los brazos, midiendo una fuerza que antes nunca había tenido que medir.

A ojos de cualquiera que no conociera la historia podían parecer una abuela y su nieto, aunque Amparo había tenido veinticinco años cuando nació Manuel.

Uxía bajó la mirada y se acercó a la puerta porque no quería convertir aquella escena en material. Manuel extendió una mano por detrás de su madre y, sin decir nada, hizo un gesto para que se quedara. Uxía volvió a apoyarse contra la pared.

Unos minutos después apareció Antón, otro de los hermanos. Manuel tardó en reconocerlo incluso después de que pronunciaran su nombre: Antón había tenido veintiocho años cuando él desapareció y ahora tenía sesenta y ocho y el cabello completamente blanco.

Los dos hombres se miraron durante unos segundos, buscando en el otro una versión mucho más joven.

—Eras más alto —dijo Manuel.

Antón soltó una carcajada que terminó con los ojos llenos de lágrimas.

—Y tú eras más pesado.

Se abrazaron, y Manuel apoyó la frente sobre el hombro de su hermano durante demasiado tiempo. Cuando se separaron, Antón le dio un golpe leve en el brazo.

—Sigues sin tener cuerpo de cantero.

—Cuarenta años y todavía con eso.

—Algunas cosas no cambian.

La broma abrió un espacio pequeño dentro de la habitación.

Amparo preparó café y nadie consiguió impedírselo. Puso cuatro tazas sobre la mesa, olvidó la de Maruxa y tuvo que volver al armario. Cuando derramó parte del líquido, Manuel se levantó por reflejo, abrió un cajón y sacó un paño. Todos miraron su mano dentro del mueble.

—Seguía ahí —dijo Manuel.

Maruxa sonrió al ver que aquel gesto cotidiano había sobrevivido a todos los cambios de la casa.

—Mamá nunca ha cambiado los paños de sitio.

—Porque ese es su sitio —protestó Amparo.

Manuel se quedó mirando el cajón abierto. Quizá aquello fuera lo más parecido a regresar que había sentido desde que apareció en el agua. La casa entera podía seguir siendo extraña; aquel gesto antiguo había funcionado sin que nadie se lo enseñara.

Se sentaron y Amparo continuó mirándolo cada pocos minutos, comprobando que seguía allí.

—Carme siempre dijo que estabais vivos.

Manuel acarició con los dedos el borde de la taza.

—¿Y tú?

La pregunta no llevaba acusación. Amparo tardó en responder.

—Yo no pude. Al principio esperé; cada vez que se oía un motor miraba hacia la puerta y, si llegaba un barco tarde, bajaba al puerto. Después tuve que dejar de hacerlo porque tenía otros cinco hijos y a tu padre. No podía pasarme la vida esperando a uno y abandonar a los demás.

—Entonces hiciste lo que pudiste.

Amparo lo miró con una dureza que no era enfado, sino la necesidad de dejar aquella culpa fuera del reencuentro.

—No necesito que me perdones. Tú no hiciste nada contra mí y no elegiste desaparecer. Yo necesité pensar que habías muerto porque fue la única manera que encontré de levantarme cada mañana sin esperar oír tus pasos.

La certeza de aquellas palabras desarmó algo en Manuel. Amparo extendió una mano sobre la mesa y él puso la suya encima.

—Carme no quiso enterrar a Xoán —continuó ella—. Yo pensaba que se estaba haciendo daño. Durante años creí que no podía aceptar lo que había pasado, y ahora resulta que Xoán está sentado en su cocina.

No había triunfo ni vergüenza en su voz, solo cansancio.

—Eso no convierte sus cuarenta años en mejores que los míos.

Uxía pensó en Carme mirando a Xoán desde 1985 y en Amparo mirando a Manuel desde 2025. Una había esperado y la otra había enterrado; ninguna había recibido lo que necesitaba.

Manuel volvió a mirar la chaqueta y, después de un silencio, dijo:

—Quiero ver la tumba.

Amparo apretó los dedos alrededor de los suyos.

—Otro día.

—Tiene mi nombre y yo estoy aquí.

—Por eso puede esperar hasta mañana.

Manuel aceptó a regañadientes. Empezaba a comprender que regresar también consistía en aprender qué cosas no podían hacerse todas el mismo día.

Antón se levantó y lo llevó hasta un armario del pasillo. En la parte inferior había una caja de madera oscura que colocó sobre una mesa. Dentro guardaban herramientas viejas, algunas cubiertas por una película de óxido: un martillo pequeño, dos cinceles, una escuadra y un puntero.

Manuel cogió el martillo y lo pesó en la mano.

—Este era de papá. No me dejaba usarlo.

—Porque golpeabas como un animal.

Manuel sonrió al reconocer una frase que también pertenecía intacta a la vida anterior.

—Eso decía.

—Lo siguió diciendo muchos años.

La sonrisa desapareció, aunque esta vez Manuel no apartó el objeto.

—¿Puedo quedármelo?

Antón lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Papá lo guardó para ti.

Manuel sostuvo el martillo durante unos segundos. No podía recuperar a Xesús ni los años que faltaban, pero podía sostener algo que su padre había tocado y conservado mientras esperaba, de la forma que fuera, que aquellas manos regresaran.

Cuando Uxía se marchó, Manuel no fue con ella.

Lo vio desde la puerta sentado junto a Amparo, con la chaqueta buena doblada sobre las rodillas y el martillo de Xesús encima de la mesa.

Había regresado a una casa llena de muertos, ancianos y personas que llevaban sus mismos apellidos sin conservar ya las caras que él recordaba, pero también había encontrado pequeños lugares donde su vida seguía encajando.

Uxía cerró la puerta sin pedirle que volviera: desde el hospital, Manuel no había elegido todavía dónde quedarse. Aquella vez sí.