CAPÍTULO 8 #2
Xoán avanzó y se sentó. Carme tomó su mano con una naturalidad que hizo más visible todo lo que el tiempo había cambiado.
Él la observó intentando encontrar dentro de aquella mujer a la que había dejado atrás: los ojos permanecían, igual que una pequeña forma de apretar los labios cuando esperaba una respuesta, pero el resto había sido atravesado por cuatro décadas que él no podía recordar.
—Estás… —empezó.
Carme esperó, pero Xoán no terminó la frase.
Carme sonrió de nuevo, ajena a la dificultad que Xoán tenía para terminar la frase.
—Tú sigues igual.
Xoán bajó la cabeza mientras Carme le acariciaba los nudillos con el pulgar, un gesto probablemente antiguo porque él cerró los ojos en cuanto lo sintió. Puri se cubrió la boca con una mano y Uxía permaneció junto a la puerta contemplando a sus padres juntos por primera vez en su vida adulta.
De niña había imaginado muchas veces que su padre regresaba.
En algunas fantasías entraba por aquella misma puerta con regalos; en otras aparecía en el colegio y todos la miraban porque el hombre perdido en el mar había vuelto.
Más tarde había dejado de imaginarlo porque crecer había consistido, en parte, en aprender que los desaparecidos no regresaban.
Ahora sus padres estaban sentados juntos, pero la escena no cerraba la herida que había imaginado: Carme tenía setenta y cinco años, Xoán parecía poco mayor que su propia hija y cada uno se encontraba en un tiempo distinto.
—¿Dónde está la niña? —preguntó Carme.
Xoán abrió los ojos y Uxía sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué niña? —preguntó Puri con suavidad.
Carme la miró como si la pregunta fuera absurda.
—Uxía.
Xoán volvió la cabeza hacia su hija. Carme siguió la dirección de su mirada y vio a la mujer de cuarenta y cuatro años junto a la puerta. Durante un instante pareció desconcertada.
—¿Quién es?
Nadie respondió enseguida. Uxía se acercó antes de que aquel silencio pudiera hacer más daño.
—Soy yo, mamá.
Carme la observó durante unos segundos y su expresión terminó por relajarse.
—Claro.
No estaba claro qué había entendido. Xoán sostuvo todavía la mano de Carme y dijo que era Uxía; ella sonrió y aseguró que ya lo sabía, y quizá durante aquel segundo realmente lo supiera.
La cena fue extraña y, al mismo tiempo, sorprendentemente corriente.
Puri preparó sopa porque nadie tenía hambre suficiente para otra cosa.
Manuel apenas habló, Carme preguntó dos veces quién era y aceptó las respuestas sin mostrar interés especial, mientras Xoán observaba la cocina, los electrodomésticos y a las personas sentadas alrededor como si temiera que todo pudiera cambiar otra vez si dejaba de mirar.
Después de cenar, Carme anunció que estaba cansada y Puri la acompañó hasta la habitación. Xoán permaneció sentado.
—No sabe qué edad tienes —dijo.
Uxía miró hacia el pasillo, donde todavía se oían los movimientos de Puri acompañando a Carme.
—A veces sí. Hay días en que sabe que soy adulta y otros en que cree que acabo de volver de la universidad. La enfermedad no sigue un orden.
Xoán apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Me ha esperado cuarenta años y ahora que he vuelto puede no saber que han pasado.
Uxía no encontró una manera de suavizarlo.
—Sí.
Manuel, que estaba junto a la ventana, habló sin darse la vuelta.
—Mi madre tiene ochenta y siete.
Puri regresó justo a tiempo para escucharlo.
—Se lo dirán.
—Me enterró. Maruxa me ha contado que hicieron un funeral.
Puri se sentó frente a él para responderle sin prisas.
—Necesitaban despedirse.
Manuel miró sus manos antes de explicar lo que su familia había hecho durante su ausencia.
—Yo ni siquiera recuerdo haberme ido.
La frase dejó la cocina en silencio. Xoán levantó la mirada y Uxía vio entonces algo compartido entre ambos que no dependía solo de haber salido juntos a pescar.
Ninguno podía reclamar aquellos cuarenta años como experiencia propia y, sin embargo, cada persona que encontraban llevaba sus consecuencias escritas en el cuerpo.
Puri preparó el sofá para Manuel y Uxía acompañó a Xoán hasta el cuarto que habían despejado. Él dejó la bolsa del hospital sobre la cama y enseguida vio la raya de lápiz junto al armario.
—Esto lo hice yo.
—Puri creía que sí.
—Fue tu cumpleaños. Te enfadaste porque querías ser más alta que Sabela y te pusiste de puntillas cuando te medí.
Uxía sonrió antes de poder evitarlo y reconoció en la anécdota algo de sí misma.
—Eso sí suena a mí.
La sonrisa se apagó poco a poco mientras Xoán seguía contemplando las letras.
—Yo apenas te recuerdo —dijo ella.
Xoán volvió la cabeza hacia ella y esperó sin intentar completar lo que Uxía todavía no sabía decir.
—Tenías cuatro años.
—Ya lo sé. Pero tú recuerdas cosas de mí que yo no recuerdo haber vivido contigo.
Xoán dejó la mano sobre la pared.
—Entonces tendremos que empezar desde aquí.
No señaló la marca, sino que hizo un gesto pequeño entre los dos. Uxía asintió y le deseó buenas noches.
Cuando estaba a mitad del pasillo oyó a Carme pronunciar el nombre de Xoán desde su habitación. Él abrió la puerta inmediatamente y Puri salió también.
Carme estaba sentada en la cama cuando Xoán apareció en el umbral.
—¿Qué pasa?
Ella lo miró durante unos segundos, desde un año que ninguno de los demás podía identificar.
—El mar está demasiado quieto.
Xoán se quedó inmóvil y Puri miró hacia Uxía. Desde la ventana del pasillo podía verse una franja de la ría: había viento, las luces de las embarcaciones temblaban sobre el agua y el mar no estaba quieto.
Carme volvió a acostarse como si no hubiera dicho nada importante. Xoán permaneció frente a la puerta unos segundos más antes de regresar a su habitación.
Uxía no abrió la libreta aquella noche. Había pasado los últimos días intentando reconstruir lo ocurrido en 1985, pero acababa de comprender que algunas preguntas no estaban únicamente en los expedientes ni en los recuerdos de Bieito; también seguían viviendo dentro de aquella casa, mezcladas con una memoria que ya no respetaba el orden del tiempo.