CAPÍTULO 8
La confirmación llegó cuatro días después de que les tomaran las muestras, mientras Uxía ayudaba a Carme a ordenar un cajón que su madre ya había vaciado tres veces aquella mañana.
Reconoció el número del hospital y salió al pasillo antes de responder.
La médica no dio rodeos: las muestras coincidían, Xoán Freire Rial era su padre y Manuel Rial Bugallo había sido identificado también mediante la comparación con su hermana Maruxa.
No quedaba una duda razonable sobre quiénes eran.
—¿Y lo de la edad? —preguntó.
La médica respondió con la misma cautela de los días anteriores.
—Seguimos comparando los datos que habéis conseguido. Las radiografías antiguas de tu padre nos han servido para confirmar algunas lesiones previas y tenemos registros dentales de ambos, pero no quiero darte una cifra que parezca más precisa de lo que realmente podemos afirmar.
—¿Han envejecido?
—Sí. Eso es importante: no parecen haber permanecido exactamente iguales.
—¿Cuánto?
—No podemos decirlo todavía. Lo que sí podemos decir es que no presentan los cambios propios de hombres de setenta y nueve y sesenta y dos años, ni aproximadamente.
Aquella respuesta ya la había oído formulada de otras maneras, pero escucharla después de la identificación genética la volvió distinta. Ya no estaban estudiando a dos desconocidos que se parecían a personas desaparecidas cuarenta años atrás, sino a Xoán y Manuel.
—Hay otra cosa —continuó la médica—. Quiero que entendáis que la memoria tampoco encaja con una explicación sencilla.
Ninguno presenta una amnesia general. Recuerdan quiénes son, a sus familias, su vida anterior y los acontecimientos previos a la salida del barco. Lo que falta es la continuidad después.
—Xoán dice que tiene imágenes.
—Sí. Manuel también ha descrito algunas sensaciones aisladas, aunque diferentes. Eso puede deberse a muchas cosas: trauma, hipotermia, estados alterados de conciencia, recuerdos fragmentarios. No podemos atribuirles un origen solo porque no tengamos otra explicación.
Uxía agradeció aquella prudencia. Cuanto más imposible parecía todo, más necesitaba a alguien dispuesto a decir que no sabía.
—¿Pueden volver a casa?
—Sí, con seguimiento y siempre que no estén solos los primeros días. No porque esperemos una urgencia médica, sino porque ambos están afrontando una situación psicológica difícil de medir. Xoán ha preguntado varias veces por Carme.
Uxía miró hacia la habitación de su madre.
—Tiene Alzheimer.
—Estamos al tanto. Su médica ha hablado con nosotros.
—No sé qué va a pasar cuando lo vea.
—Nadie puede saberlo.
Cuando colgó, Puri acababa de entrar con una bolsa de pan y, al ver su cara, dejó de quitarse el abrigo.
—¿Han llamado?
Uxía asintió, aunque la certeza genética seguía resultándole más difícil de asimilar que cualquier sospecha.
—Es él. Y Manuel también es Manuel.
Puri cerró los ojos. No lloró, pero durante unos instantes permaneció quieta con la bolsa entre las manos, mientras algo que llevaba cuarenta años esperando encontraba por fin una forma definitiva.
—¿Cuándo salen?
—Esta tarde.
Desde el piso de arriba llegó la voz de Carme llamando a Puri. Las dos levantaron la cabeza y, pocos segundos después, Carme apareció en la escalera sujetándose a la barandilla.
—¿Ha llamado alguien?
—El hospital —respondió Uxía.
Carme frunció el ceño, desconcertada solo durante el tiempo que tardó en aceptar la respuesta.
—¿Quién está enfermo?
—Nadie, mamá.
Su madre aceptó la respuesta con facilidad y siguió bajando. Uxía sintió que la verdad estaba ya dentro de aquella casa, aunque todavía no encontraran la forma de ponerla delante de Carme.
Pasaron buena parte de la mañana hablando con su médica.
No existía una forma correcta de preparar a una persona con Alzheimer para el regreso de un marido desaparecido cuatro décadas antes.
Podían anticiparle que iba a recibir una visita, evitar saturarla con fechas y permitir que fuera ella quien decidiera desde qué recuerdo encontraba a Xoán.
—No intentéis obligarla a situarlo en 2025 —les explicó la doctora—. Si lo reconoce y lo coloca en otra época, corregirla constantemente puede producir más angustia que beneficio. Lo importante será observar cómo reacciona.
Uxía pensó que aquello resultaba cruelmente apropiado. Xoán tampoco sabía todavía cómo situarse en 2025 y quizá, por una vez, la confusión de Carme pudiera acercarlos en lugar de separarlos.
Prepararon una habitación para él, aunque no la antigua habitación matrimonial.
Puri fue tajante: Carme llevaba demasiados años durmiendo sola allí y cualquier cambio brusco podía alterarla.
Utilizaron un cuarto pequeño del fondo que se había convertido en almacén y sacaron cajas de ropa, una máquina de coser que nadie usaba y dos lámparas rotas que Puri conservaba porque algún día podrían arreglarse.
Detrás de un armario encontraron una raya de lápiz en la pared con una inscripción: «Uxía, 3 años». La marca quedaba a poco más de un metro del suelo y Uxía pasó un dedo sobre las letras.
—Esto lo escribió papá, ¿verdad?
Puri se acercó hasta la pared y observó la marca de lápiz junto a Uxía.
—Creo que sí.
—No me acuerdo.
—Tenías tres años.
Uxía contempló aquella altura imposible durante unos segundos. Su padre sí podía recordarla así; ella apenas podía recordarlo a él. Movieron el armario sin cubrir la marca.
Por la tarde, Breogán llamó para decir que se encargaría de traer a Xoán y a Manuel desde Vilanova.
Maruxa había pedido algo de tiempo antes de llevar a Manuel ante Amparo, que tenía ochenta y siete años y había enterrado a su hijo en 1985 aunque el ataúd estuviera vacío.
Hasta que supieran cómo darle la noticia, Manuel se quedaría en Casa Freire.
A las siete menos cuarto se oyó un coche detenerse delante. Carme estaba en la sala junto a la ventana y Uxía se quedó inmóvil en mitad del pasillo, aunque llevaba todo el día esperando aquel sonido.
Puri abrió la puerta. Manuel bajó primero con ropa prestada y una bolsa del hospital. Cuatro días habían borrado parte del aspecto de náufrago, pero no la vigilancia con la que miraba cada cosa. Saludó a Puri y entró después de quedarse unos segundos observando una fachada que seguía reconociendo.
Xoán permaneció junto al coche. Uxía lo observó desde la puerta: había salido de aquella casa con treinta y nueve años y regresaba cuando debería tener casi ochenta, pero el hombre que miraba la fachada parecía solo unos años mayor que el de las fotografías de 1985.
Dio dos pasos y se detuvo frente al primer peldaño, atravesado por una grieta.
—Sigue roto.
—Sí.
—Siempre decía que iba a arreglarlo.
No añadió cuándo lo había dicho por última vez; la fecha habría convertido la frase en otra medida de la ausencia.
Subió y se quedó quieto bajo el marco de la puerta.
La escalera, el perchero y la pequeña hornacina de la pared seguían en el mismo lugar, pero los colores habían cambiado, algunos muebles habían desaparecido y otros ocupaban sitios que no correspondían a su recuerdo.
Xoán tocó la madera de la entrada.
—Habéis cambiado la puerta.
—Hace años.
Él asintió y miró hacia la cocina.
—Era azul.
Uxía tardó un instante en comprender que hablaba de las paredes.
—La reformaron.
Xoán no preguntó cuándo, y ella agradeció no tener que convertir otra década en una respuesta.
Empezaba a comprender que preguntar cuándo había cambiado cada cosa podía convertir la casa entera en una cronología de su ausencia. A veces prefería quedarse con el dato simple —la puerta era otra, las paredes ya no eran azules— antes que escuchar cuántos años habían pasado entre una cosa y otra.
Manuel se quedó en la cocina con Puri y Breogán mientras Uxía acompañaba a Xoán por el pasillo.
Él caminaba lentamente, deteniéndose ante objetos que para ella apenas significaban nada: un interruptor nuevo, una grieta reparada junto a la escalera y una fotografía reciente de Carme sentada en el patio, con un jersey azul y el pelo completamente blanco.
Xoán se quedó ante la fotografía y tardó unos segundos en hablar.
—Es ella.
—Sí.
Xoán se acercó un poco más a la fotografía, como si la distancia pudiera devolverle algún rasgo perdido.
—No la habría reconocido.
Uxía sintió un dolor extraño al escucharlo porque cuatro días antes su padre tampoco la había reconocido a ella.
—Ella quizá sí te reconozca.
—¿Quizá?
—No sé cómo estará hoy.
Xoán continuó mirando la fotografía mientras intentaba encajar aquella imagen con la mujer que conservaba en la memoria.
—¿Y si me tiene miedo?
—Entonces salimos.
—¿Y si no sabe quién soy?
Uxía respiró antes de responder, sabiendo que no podía prometerle ningún tipo de reconocimiento.
—Entonces no la obligamos a saberlo.
Desde la sala llegó el sonido de una taza apoyándose sobre la mesa y Puri apareció detrás de ellos.
—Está tranquila.
Xoán tragó saliva antes de admitir lo que llevaba conteniendo desde el hospital.
—No sé cómo hacer esto.
Puri le tocó el brazo con suavidad, sin intentar empujarlo hacia la sala.
—Entra.
Carme estaba sentada junto a la ventana mirando hacia la ría. Uxía se acercó primero y le dijo que había venido alguien a verla. Xoán permaneció en el marco de la puerta mientras Carme recorría su figura despacio, desde los zapatos hasta el rostro, y se detenía en la cicatriz de la ceja izquierda.
La expresión de Carme cambió, pero no apareció miedo ni sorpresa. Sonrió.
—Has llegado pronto. Pensé que ibas a estar pescando hasta la noche.
Xoán se agarró al marco de la puerta.
Uxía comprendió antes que nadie lo que estaba ocurriendo. Para su madre no era 2025 en aquel momento: no estaba viendo regresar a un marido desaparecido hacía cuarenta años, sino entrar al hombre que había salido a trabajar.
—Carme —dijo Xoán, y la voz se le quebró en el nombre.
Ella señaló el asiento vacío a su lado.
—Ven.