La brétema CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Uxía había escrito la pregunta la tarde anterior y, al despertar, seguía sin saber por dónde empezar a responderla: ¿dónde habían estado Xoán y Manuel durante cuarenta años?

La dejó abierta sobre la mesa mientras desayunaba con Puri.

Carme había pasado una mala noche y todavía dormía, y desde el hospital habían llamado temprano para decir que los dos hombres continuaban estables mientras esperaban el resultado de la identificación genética.

Uxía cerró la libreta y la dejó junto a la taza antes de seguir preguntando.

—Ayer dijiste que me contarías lo que sabías.

Puri dejó la taza sobre el plato.

—Y te lo contaré.

—Pero no quiero empezar por historias. Quiero saber qué pasó aquella mañana.

Su tía la observó con atención, como si intentara distinguir qué parte de aquella frase pertenecía a la hija y cuál a la periodista.

—Yo vi a tu padre antes de que saliera. Nada más.

—Eso ya es algo.

Puri recordó haber pasado por el muelle camino de A Lonxa. Xoán estaba preparando el Santa Bárbara y Manuel iba de un lado a otro cargando lo necesario para las nasas. Había otros hombres trabajando y nadie parecía alarmado. Lo único que ella había notado era una calma poco habitual.

—¿Qué significa «calma»?

—Que el mar estaba como un cristal.

—¿Eso era raro?

—A veces hay días sin viento.

—No te he preguntado eso.

Puri sonrió sin humor, como si aquella insistencia le resultara demasiado familiar.

—Ya veo que has vuelto a trabajar.

Uxía no respondió, y su tía miró hacia la ventana antes de continuar.

—Era raro porque Bieito estaba incómodo. Yo lo conocía desde siempre y se le notaba. Les dijo que esperasen.

—¿Por qué?

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Uxía abrió de nuevo la libreta y buscó la página donde había dejado las primeras preguntas.

—¿Y la niebla?

—Yo ya no estaba allí cuando empezó.

Aquella respuesta era la que necesitaba.

Durante años había recibido la historia de la desaparición de su padre como una pieza completa: salió al mar, apareció niebla, encontraron el barco y él no estaba.

Ahora empezaba a descubrir los huecos entre una cosa y otra.

Puri podía contarle el principio; Bieito había visto lo demás.

Encontró a Sabela colocando cajas de bebidas detrás de la barra. El bar todavía no había abierto y olía a café recién hecho y suelo húmedo. Al verla entrar con la libreta debajo del brazo, Sabela levantó una ceja.

—Ya has empezado.

—¿Dónde está tu padre?

Sabela dejó una caja en el suelo.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días. ¿Dónde está tu padre?

—En el puerto. Tiene ochenta años y ya no trabaja, aunque él siga utilizando esa palabra.

Uxía guardó la libreta dentro del bolso.

—Necesito preguntarle por 1985.

La expresión de Sabela perdió parte de la ligereza.

—Ten cuidado con cómo se lo preguntas.

—No quiero saber en qué cree. Solo quiero que me diga qué vio.

Sabela apoyó las manos sobre la barra.

—Para él no hay mucha diferencia.

—Para mí sí.

Aquello pareció convencerla lo suficiente para darle una dirección sin seguir discutiendo.

—Está en O Peirao Vello. Baja casi todas las mañanas. Dice que ayuda, pero básicamente se dedica a explicarles a los demás cómo deberían hacer las cosas.

Uxía llegó al muelle poco después. Bieito estaba sentado sobre una caja de plástico, desenredando un cabo que cualquiera de los hombres que trabajaban alrededor habría resuelto en la mitad de tiempo.

Tenía la cabeza inclinada y las manos deformadas por la edad, pero seguía trabajando con una precisión que hacía difícil imaginarlo lejos de aquel lugar.

La vio acercarse y, sin dejar el cabo, dijo:

—Sabela habla demasiado.

—No me ha contado nada.

—Entonces todavía está a tiempo de aprender.

Uxía se detuvo delante de él y fue directamente a lo que había ido a preguntar.

—Quiero saber cómo desapareció mi padre.

Las manos de Bieito dejaron de moverse, aunque tardó en levantar la vista.

—Eso ya lo sabes.

—Sé cómo se ha contado durante cuarenta años.

—Es lo mismo.

—No necesariamente.

Bieito soltó el cabo y la miró por fin.

—¿Has venido como hija o como periodista?

Uxía pensó la respuesta antes de contestar.

—Como las dos cosas.

—Mala mezcla.

—Probablemente.

Aquello produjo algo parecido a una sonrisa que desapareció enseguida mientras Uxía sacaba la libreta sin llegar a abrirla.

—No quiero que me expliques qué crees que ocurrió. Quiero que me enseñes dónde estabas tú, dónde estaba el barco y qué viste.

Bieito miró el muelle. Durante un rato pareció considerar la posibilidad de mandarla a casa; después se levantó con esfuerzo y señaló hacia el extremo exterior.

—Ven.

Caminaron despacio. O Peirao Vello había cambiado desde 1985, aunque menos que otras zonas de Corvoeira. Habían sustituido algunas defensas, colocado una barandilla nueva y reparado parte del pavimento, pero la línea del muelle seguía siendo esencialmente la misma.

Bieito se detuvo cerca de un noray oxidado.

—El Santa Bárbara estaba ahí.

Uxía miró el agua antes de volver a preguntarle por la posición exacta.

—¿Exactamente?

—Unos metros más adelante. Cambiaron los amarres hace años.

Se acercó al borde y señaló hacia la bocana.

—Mi barco estaba detrás. El de Celso, al otro lado.

—¿Celso Rey?

Bieito volvió la cabeza y la observó con una mezcla de sorpresa y cautela.

—¿Te acuerdas de él?

—Del nombre. Murió cuando yo estaba fuera.

—Hace doce años.

Uxía anotó el dato y después levantó la mirada hacia A Illa dos Corvos. Desde allí parecía mucho más cerca que desde Casa Freire, apenas una masa oscura frente a la salida de la ría.

—¿A qué hora llegaron mi padre y Manuel?

—Antes de las cuatro y media. Manuel un poco después.

—¿Y cuándo salieron?

—No serían todavía las cinco.

—Puri dice que les pediste que esperasen.

Bieito frunció el ceño antes de volver la vista hacia el lugar que ocupaban los antiguos amarres.

—Puri estaba demasiado lejos para oír eso.

—Dice que te notó raro.

—Puri siempre ha visto demasiado.

Uxía esperó, y Bieito apoyó una mano en la barandilla antes de continuar.

—Les dije que el mar estaba demasiado quieto.

—¿Por qué era peligroso?

—No dije que lo fuera.

—Pero querías que esperasen.

—Sí.

—Entonces algo te preocupaba.

Bieito tardó en responder, como si quisiera separar lo que había sentido de lo que realmente podía afirmar.

—No sabía qué.

Uxía dejó de escribir y levantó la vista para que la respuesta no quedara escondida detrás de la libreta.

—Eso es importante.

—No, Uxía. Eso es una sensación de un hombre hace cuarenta años.

—Entonces dime la sensación y ya decidiré después qué valor tiene.

Bieito la miró de lado, resignado a que aquella conversación no iba a terminar con una respuesta fácil.

—Eres igual que tu madre cuando te empeñas en algo.

—Me lo han dicho alguna vez.

Se quedaron mirando el agua mientras él buscaba las palabras.

—No había viento. Nada. Ni las drizas contra los mástiles ni las gaviotas planeando. El agua estaba demasiado lisa y había una humedad rara, de esas que se te meten por el cuello aunque no esté lloviendo.

—¿Y la marea?

—Alta. Más de lo que esperaba a esa hora, aunque después de tantos años no te voy a decir cuánto.

Uxía anotó la precisión sin convertirla en una medida.

—¿Había niebla?

—Todavía no.

—Entonces salieron con visibilidad.

—Sí.

—¿Los viste llegar hasta la isla?

Bieito apretó la barandilla y mantuvo la mirada fija en la isla.

—Los vi acercarse.

—¿Y después?

—Después empezó.

Uxía esperó, pero él no añadió nada hasta que ella preguntó dónde. Bieito señaló A Illa dos Corvos antes de responder.

—Allí.

—¿La niebla llegó desde mar abierto?

—No.

—¿Desde el interior de la ría?

—Tampoco.

—¿Entonces?

Bieito bajó la mano después de señalar la isla y volvió a mirar el agua.

—Pareció formarse alrededor de la isla.

Uxía escribió exactamente aquellas palabras porque no quería convertir una impresión en una afirmación. Bieito había dicho que pareció formarse, no que hubiera nacido allí ni que se hubiera llevado a nadie.

—¿Cuánto tardó en llegar al muelle?

—Muy poco.

—¿Minutos?

—Puede que uno. Puede que menos. Cuando no ves a dos pasos, el tiempo empieza a medirse mal.

—¿Y duró unas tres horas?

—Más o menos.

Uxía seguía escribiendo cuando una ráfaga le movió el pelo sobre la cara. Bieito levantó la cabeza y señaló hacia la entrada de la ría, donde comenzaba a avanzar una franja de niebla.

Uxía dejó de escribir al ver la franja. No era especialmente densa y, aun así, algo en su cuerpo reaccionó antes que su razón y lo hizo mirar hacia la isla.

—¿Es eso?

Bieito siguió la franja blanca con los ojos sin mostrar preocupación.

—No. Esta viene de fuera.

El viento la empujaba lentamente hacia el interior. Las gaviotas continuaban volando, una bandera golpeaba contra su mástil y el agua se rizaba bajo la brisa.

—La niebla es niebla —dijo Bieito—. Aquí tenemos muchas.

—Entonces ¿qué tenía aquella de diferente?

Bieito tardó en encontrar las palabras con las que describir algo que llevaba décadas intentando ordenar.

—Que no obedecía a nada. Aquella mañana no había viento que la empujara y aun así avanzó. Apareció demasiado deprisa y se quedó donde no tenía sentido que se quedara.

La niebla que tenían delante continuó entrando y, pocos minutos después, empezó a deshacerse sobre las primeras casas.

—Esto es normal —dijo Bieito.

Uxía comprendió entonces algo que hasta aquel momento había pasado por alto.

Durante su infancia había oído hablar de nieblas muchas veces; el problema no era que hubiera niebla en Corvoeira, sino que aquella mañana varios hombres hubieran recordado un fenómeno muy poco habitual justo cuando dos personas desaparecieron.

—¿Habías visto alguna así antes de 1985?

Bieito no respondió de inmediato y siguió mirando hacia la isla.

—Yo no. Pero Celso sí.

Uxía sintió un cambio pequeño, casi físico, en la conversación.

—¿Cuándo?

—En 1947.

Uxía conocía aquel año y no necesitó hacer ninguna cuenta.

—Cuando desapareció mi abuelo.

Bieito asintió sin añadir nada, dejando que fuera Uxía quien hiciera la siguiente pregunta.

Ramón Freire Otero había sido para Uxía una historia familiar breve: pescador, padre de Xoán, desaparecido en el mar cuando su hijo era un bebé.

Nunca había habido cuerpo ni explicación, y hasta aquel momento ella había colocado su ausencia entre las muchas tragedias que el mar había dejado en las familias de Corvoeira.

—¿Celso estaba allí?

—Estaba pescando aquella mañana y fue el último que vio la barca de Ramón.

—¿Y te dijo que había niebla?

—Sí.

—¿Una niebla como la de 1985?

Bieito negó antes de que terminara la pregunta.

—No pongas en mi boca cosas que no he dicho.

Uxía cerró la libreta un instante antes de insistir.

—Entonces dime exactamente qué dijo.

Bieito observó el extremo del muelle como si todavía pudiera encontrar allí a Celso.

—Cuando empezó a bajar la niebla en el ochenta y cinco se quedó blanco, y no era por el frío.

Me preguntó si Xoán había llegado ya a la isla.

Yo le dije que el Santa Bárbara estaba cerca de las rocas cuando dejamos de verlo.

Durante la búsqueda me contó que, cuando desapareció Ramón, también había visto cerrarse una niebla por la zona de la isla.

Uxía notó que su cabeza empezaba a unir las piezas y se obligó a separarlas.

—Eso no significa que a mi abuelo le ocurriera lo mismo.

—No. No sabemos qué le ocurrió a ninguno de ellos.

La rapidez de la respuesta hizo que Uxía le prestara más atención.

—Ni siquiera ahora —añadió Bieito—. Tu padre ha vuelto y Manuel ha vuelto. Eso es lo único nuevo. Todo lo demás sigue siendo una suma de preguntas.

Uxía abrió otra vez la libreta y anotó los dos hechos por separado: en 1985, Xoán y Manuel habían sido vistos por última vez cerca de A Illa dos Corvos antes de una niebla anómala según Bieito; en 1947, Celso Rey había sido el último testigo de la embarcación de Ramón y, según contó años después, también recordó niebla en la zona.

Debajo escribió una tercera frase: no asumir que ambos casos están relacionados; buscar otra fuente sobre 1947.

Bieito leyó por encima de su hombro.

—Eso está mejor.

—¿Qué pasó con el Santa Bárbara cuando levantó la niebla?

—Lo encontraron vacío.

—Eso lo sé. Quiero saber cómo estaba.

Bieito volvió a mirar el agua mientras reconstruía el estado de la embarcación.

—Entero. El motor estaba parado, las nasas seguían sin echar y no había sangre, golpes ni nada roto que explicara que dos hombres hubieran desaparecido. La radio funcionaba mal durante la niebla; había mucha estática.

Uxía iba a continuar cuando él levantó una mano.

—Por hoy basta. Llevas una hora intentando meter cuarenta años en una libreta y no van a caber esta mañana.

Uxía guardó el bolígrafo, consciente de que insistir en aquel momento solo endurecería la conversación.

—Volveré.

—Eso ya lo había supuesto.

Emprendieron el camino de regreso hacia el comienzo del muelle. La niebla normal había terminado de deshacerse y A Illa dos Corvos volvía a verse con claridad.

Antes de separarse, Bieito la llamó para dejar una última cautela.

—Tu abuelo desapareció en el mar. Eso es lo que sabemos. Que Celso viera niebla no cambia ese hecho, y tu padre tampoco sabe dónde ha estado.

—Lo sé.

—Procura seguir sabiéndolo cuando empieces a encontrar cosas que encajen demasiado bien.

Uxía entendió la advertencia. Una investigación podía deformarse con tanta facilidad como un recuerdo si quien la hacía empezaba a enamorarse de una explicación.

—Por eso las estoy escribiendo separadas.

Bieito miró la libreta bajo su brazo.

—Entonces quizá sí hayas aprendido algo lejos de Corvoeira.

Uxía regresó caminando a Casa Freire. Puri estaba ayudando a Carme a vestirse cuando llegó y, desde el piso de arriba, oyó a su madre protestar porque no encontraba una falda que llevaba años sin existir.

La normalidad de aquella discusión hizo que todo lo escuchado en el muelle pareciera todavía más extraño.

No había descubierto qué les había ocurrido a Xoán y Manuel, y mucho menos qué había sucedido con Ramón.

Lo único que tenía eran dos mañanas separadas por treinta y ocho años, dos embarcaciones próximas a la misma isla y el recuerdo transmitido por un hombre que había estado presente en ambas historias.

Al fin había una coincidencia concreta que merecía ser comprobada.