La brétema CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—¿Qué tienes? —preguntó.

Él se pasó una mano por la cara antes de encontrar una palabra.

—Trozos.

Breogán apoyó el bolígrafo y dejó de escribir durante un momento.

—Dime uno.

—Agua muy fría. Una cuerda que me raspa los dedos. Manuel diciendo algo que no consigo oír entero.

Xoán esperó unos segundos más antes de añadir algo que parecía incomodarlo.

—Y un hombre.

Uxía sintió que el cuerpo se le tensaba, aunque no sabía por qué.

—¿Qué hombre?

—No lo sé.

Xoán parecía molesto consigo mismo, como si la falta de precisión fuera un fallo suyo.

—No sé si lo vi, si lo soñé o si mi cabeza lo está inventando ahora porque no soporta tener un agujero tan grande.

—Descríbelo sin decidir qué es —dijo Breogán.

Xoán volvió a cerrar los ojos, intentando recuperar una imagen que no terminaba de fijarse.

—No le veo bien la cara. A veces solo una barba oscura. Otras veces una espalda. Y camina raro.

—¿Raro cómo?

—Arrastra una pierna.

La frase no significó nada para Uxía en aquel momento. No conocía ninguna historia que pudiera colocar alrededor de aquel hombre ni tenía motivos para hacerlo. La anotó mentalmente únicamente porque era el primer detalle que Xoán había conseguido sacar de aquel vacío.

—¿Habla contigo? —preguntó Breogán.

—No lo recuerdo.

—¿Sabes dónde estáis?

—No.

—¿Ves la isla?

Xoán negó lentamente, como si ni siquiera estuviera seguro de que aquella ausencia de imagen fuera un recuerdo fiable.

—Ni siquiera sé si estoy despierto cuando lo veo.

Breogán no insistió. Le pidió permiso para terminar la grabación y, antes de apagarla, dejó constancia de que aquellos fragmentos no debían tratarse como una narración confirmada.

Podían ser recuerdos reales, sueños, imágenes producidas durante la hipotermia o asociaciones construidas después del rescate.

Aquella cautela tranquilizó a Uxía más que cualquier explicación, porque alguien estaba aceptando abiertamente no saber.

Al salir al pasillo encontraron a Manuel apoyado junto a una ventana. Una mujer de unos sesenta años estaba frente a él, llorando sin tocarlo. Uxía comprendió que debía de ser una de sus hermanas antes de que nadie se lo dijera.

Manuel la observaba intentando hacer encajar aquel rostro con otro que solo él podía ver.

—Eres tú —dijo al fin, y la mujer se llevó una mano a la boca antes de asentir.

—Sí.

Manuel dejó escapar una risa breve, incrédula, que se quebró antes de llegar a convertirse en alivio.

—La última vez que te vi tenías diecinueve años.

—Y tú veintidós.

La respuesta rompió lo poco que ambos estaban sosteniendo.

Maruxa lo abrazó y Manuel se quedó rígido al recibir el abrazo y luego la rodeó con los brazos.

Uxía apartó la vista, pero no pudo dejar de pensar en que aquella escena volvería a repetirse una y otra vez: cada persona a la que Xoán o Manuel reconocieran les devolvería de golpe una porción distinta de los cuarenta años que ellos no habían vivido de la misma manera.

Cuando Maruxa consiguió separarse, Manuel preguntó por su madre. Ella le dijo que Amparo seguía viva y que aún no le habían contado nada porque querían estar seguros antes de someterla a algo que podía destrozarla o devolverle a su hijo.

Manuel se quedó inmóvil, como si la palabra hubiera abierto otra puerta que todavía no estaba preparado para cruzar.

—¿Viva?

Su hermana asintió mientras volvía a llorar, incapaz de apartar los ojos del rostro joven de Manuel.

—Tiene ochenta y siete años.

Manuel buscó una silla y se sentó sin apartar la mirada de su hermana. Comprendió de golpe que regresar no significaba recuperar la vida que había dejado. Significaba entrar en otra construida durante su ausencia.

Uxía regresó a la habitación de Xoán poco antes del mediodía. Él seguía junto a la ventana y había pedido que dejaran abierta la puerta. Desde allí podía escuchar algunas voces del pasillo y el ruido de un carro metálico pasando cada pocos minutos.

—¿Era familia de Manuel? —preguntó.

—Una hermana.

—¿Su madre vive?

—Sí.

Xoán asintió, pero no pareció capaz de alegrarse del todo. Cualquier buena noticia llevaba ya incorporada una edad, una pérdida o una pregunta que todavía nadie quería formular.

—¿Cuándo sabremos lo del ADN?

—No lo sé. Breogán dice que intentarán agilizarlo.

—Y después, ¿qué?

Uxía se apoyó en el alféizar antes de responder.

—Después tendremos que averiguar qué os pasó.

Xoán la miró directamente, sin la vacilación con la que había respondido a Breogán.

—Eso quiero yo.

—¿Aunque no te guste lo que encontremos?

—Lo que no me gusta es no tener nada.

Uxía reconoció en él algo que conocía demasiado bien. La necesidad de convertir un vacío en preguntas concretas, aunque las respuestas pudieran doler.

—Entonces empezaremos por lo que sabemos —dijo.

—No sabemos casi nada.

—Eso también es un principio.

Xoán volvió la mirada hacia el exterior. La mañana estaba despejada sobre Vilanova y no había niebla en las ventanas ni nada que recordara el lugar donde lo habían encontrado el día anterior.

—Hay otra cosa —dijo.

Uxía esperó sin interrumpirlo, porque ya había aprendido que cualquier prisa podía hacer desaparecer aquellos fragmentos antes de que Xoán consiguiera expresarlos.

—Ese hombre del que te he hablado. El de la pierna.

—¿Qué pasa con él?

—No recuerdo bien la cara y no sé quién es. Ni siquiera sé si llegué a verlo de verdad. Pero cuando vuelven esos trozos, siempre camina igual.

—¿Cómo?

—Arrastra una pierna. Ese detalle no cambia.

Xoán negó despacio, todavía con la mirada fija en algún punto que Uxía no podía ver, y añadió que no tenía ningún recuerdo anterior con el que identificar a aquel hombre. Para él seguía siendo un desconocido dentro de una secuencia que quizá ni siquiera podía ordenar.

Uxía no intentó darle un nombre ni convertir aquella imagen en algo más sólido de lo que era. Tampoco sacó el móvil para anotarla delante de él.

Cuando salió del hospital llevaba en el bolso el justificante de la muestra de ADN, una lista de documentos médicos antiguos que debía buscar y más preguntas de las que tenía al llegar.

Puri le había prometido contarle lo que sabía de 1985, y Bieito seguía siendo el hombre que había visto marcharse el Santa Bárbara aquella mañana.

Había un expediente policial en alguna parte, un barco que apareció vacío y dos hombres que no podían explicar cómo habían llegado hasta 2025.

Antes de buscar una explicación, Uxía debía reconstruir los hechos. Las leyendas de Corvoeira y el significado de aquella niebla podían esperar.

Esa tarde, al volver a Casa Freire, abrió una libreta y escribió una sola pregunta en la primera página:

¿Dónde estuvieron Xoán y Manuel durante cuarenta años?

Debajo dejó el resto de la hoja en blanco, como si todavía no quisiera contaminarla con ninguna respuesta.