CAPÍTULO 6
Uxía apenas había dormido cuando sonó el teléfono poco después de las ocho.
Bajó a la cocina todavía con la ropa del día anterior y encontró a Puri preparando el desayuno en silencio, pendiente de cualquier ruido que llegara desde el piso de arriba.
Carme seguía dormida y, durante unos minutos, la casa conservó una normalidad tan frágil que ninguna de las dos se atrevió a nombrar lo ocurrido la tarde anterior.
La llamada era del hospital de Vilanova.
Una médica le explicó que Xoán y Manuel habían pasado la noche estables, que la hipotermia y la deshidratación no parecían graves y que querían completar las pruebas antes de decidir cuándo podían marcharse.
También necesitaban una muestra de Uxía para comparar el ADN de Xoán y localizar a un familiar directo de Manuel que aceptara hacer lo mismo.
Cuando colgó, Puri dejó una taza delante de ella y se sentó al otro lado de la mesa.
—Te dije que hoy te lo contaría todo.
Uxía miró hacia la escalera, consciente de que Carme podía despertarse en cualquier momento.
—Puede esperar unas horas.
—Llevas cuarenta años esperando.
—Y él también, aunque no lo sepa.
Puri entendió enseguida a quién se refería. Se sentó frente a ella y las dos permanecieron con las manos alrededor de las tazas sin beber.
—Ve a verlo —dijo al fin—. Yo me quedo con Carme.
Uxía asintió. La conversación sobre la desaparición, la isla y aquella niebla tendría que esperar. De pronto le parecía absurdo intentar reconstruir 1985 antes de saber qué podían contar los dos hombres que acababan de regresar después de cuarenta años de ausencia.
Breogán la esperaba en la entrada del hospital. Había dormido tan poco como ella y llevaba una carpeta fina debajo del brazo, aunque no la abrió mientras caminaban por el pasillo.
—He hablado con los médicos —le explicó—. De momento no hay nada que justifique el estado en el que han aparecido ni la diferencia de edad. Tampoco significa que no vaya a aparecer algo en las pruebas. Solo que, hasta ahora, todo lo que debería estar mal está sorprendentemente bien.
—¿Qué quiere decir «bien»?
—Que no tienen lesiones recientes importantes, no hay signos de una intoxicación evidente y las analíticas iniciales no muestran nada que explique cuarenta años de ausencia. La médica te lo explicará mejor.
Uxía estuvo a punto de preguntarle qué edad creían que tenían realmente, pero se contuvo.
Mirarlos y calcular no era lo mismo que saberlo.
Xoán aparentaba poco más de cuarenta y Manuel apenas unos años más de los veintidós con los que había desaparecido, pero de momento aquello era una impresión, no un dato.
Los habían instalado en habitaciones contiguas.
Xoán estaba sentado junto a la ventana cuando Uxía entró.
Llevaba una camiseta del hospital y un pantalón de chándal que alguien había conseguido durante la noche.
Sin la ropa empapada y las mantas del día anterior, resultaba todavía más difícil aceptar que aquel hombre fuera su padre.
Él levantó la cabeza y esta vez la reconoció inmediatamente.
—Uxía.
La manera de pronunciar su nombre la detuvo un instante. Ya no había desconcierto, aunque seguía existiendo algo cauteloso en su forma de mirarla, como si supiera quién era y todavía no supiera qué lugar debía ocupar ante ella.
—Hola.
Xoán observó la puerta detrás de ella, como si todavía esperara que alguien más entrase.
—¿Puri no ha venido?
—Se ha quedado con mamá.
La expresión de Xoán cambió en cuanto comprendió que Carme se había quedado en casa.
—¿Cómo está?
—Durmiendo cuando salí.
No le dijo que Carme había preguntado por él algunas mañanas como si pudiera entrar por la puerta en cualquier momento.
Tampoco le habló todavía de las veces en que no reconocía el año o confundía a Uxía adulta con versiones mucho más jóvenes de sí misma.
Ya le habían entregado demasiado el día anterior.
—Quiero verla —dijo Xoán.
—Lo sé.
—No quiero que me la ocultéis.
La frase no sonó acusatoria, pero Uxía reconoció en ella el mismo miedo que había sentido toda su vida cuando los adultos decidían qué verdad podía soportar.
—No lo vamos a hacer. Solo queremos saber primero que estás bien y pensar cómo hacerlo sin asustarla.
Xoán miró sus propias manos antes de volver a hablar.
—Ayer me dijiste que tiene setenta y cinco años.
—Sí.
—Yo la recuerdo con treinta y cinco.
Uxía no encontró una respuesta que mejorara aquella cuenta y permaneció en silencio hasta que la médica entró unos minutos después acompañada por una enfermera.
Explicó que las primeras pruebas eran tranquilizadoras: ambos habían llegado con frío, agotamiento y signos moderados de deshidratación, pero la recuperación estaba siendo rápida.
Las exploraciones neurológicas básicas no mostraban déficits evidentes y las analíticas no ofrecían, por el momento, una explicación para nada de lo ocurrido.
—Eso no significa que hayamos terminado —aclaró—.
Vamos a ampliar el estudio y necesitaríamos cualquier información médica antigua que podáis conseguir: radiografías, informes, operaciones, lesiones, dentista, lo que exista.
Comparar el antes y el ahora puede darnos más información que una analítica aislada.
Uxía señaló a Xoán, todavía intentando convertir en una pregunta concreta lo que tenía delante.
—¿Se puede saber qué edad biológica tiene?
La médica negó con prudencia antes de responder.
—No existe una prueba que nos permita decir que una persona adulta tiene exactamente cuarenta y tres años y no cuarenta y seis.
Podemos estudiar determinados marcadores, huesos, dentición, estado cardiovascular y otros cambios asociados a la edad, pero hablaremos de aproximaciones.
Lo que sí resulta evidente es que su aspecto y su estado físico no corresponden a los setenta y nueve años que tendría por fecha de nacimiento.
Xoán se volvió hacia Uxía con una expresión vacía.
—Setenta y nueve.
Hasta ese momento no había hecho aquella suma. Uxía asintió despacio.
—Cumplirías ochenta el año que viene.
Él soltó aire muy despacio y volvió la cara hacia la ventana. En el cristal se reflejaba un hombre al que cualquiera habría situado cerca de la edad de su hija.
La enfermera tomó muestras de sangre y después les entregó los hisopos para la identificación genética.
Uxía había cubierto procedimientos parecidos muchas veces como periodista, pero nunca había pensado en lo extraño que podía resultar introducir un bastoncillo en la boca para demostrar que el hombre sentado a medio metro era su padre.
Xoán la observó mientras cerraban las muestras en bolsas separadas y las identificaban con sus nombres.
—¿Hace falta esto después de lo de ayer?
—Para nosotros quizá no —respondió Uxía—. Para todo lo demás, sí.
—¿Todo lo demás qué es?
Ella pensó en registros civiles, documentación caducada, cuentas, una desaparición que llevaba cuarenta años archivada y una vida legal que había continuado sin él.
—No lo sé todavía.
Xoán sonrió entonces de una manera casi reconocible.
—Al menos en eso estamos igual.
Breogán esperó a que terminara la médica antes de pedirles permiso para hablar por separado con los dos hombres.
No quería una declaración formal todavía; pretendía registrar lo que cada uno recordaba antes de que pasaran demasiado tiempo reconstruyendo juntos una historia que podía terminar mezclando recuerdos.
Uxía agradeció aquella precaución. Era exactamente lo que habría hecho ella.
Entró primero en la habitación de Manuel mientras Xoán permanecía con la enfermera.
Uxía no estuvo presente, pero Breogán le explicó después que había empezado por preguntas sencillas: nombre completo, fecha de nacimiento, dirección, último día que recordaba y quién estaba con él.
Manuel respondió sin dudar hasta llegar a la mañana de la desaparición.
Recordaba el puerto, a Bieito, el Santa Bárbara y la salida hacia la isla.
A partir de ahí, las respuestas se volvían mucho menos seguras.
Con Xoán ocurrió algo parecido cuando Breogán regresó a su habitación. El sargento colocó una grabadora sobre la mesa después de pedirle permiso, aunque dejó claro que podía detenerla en cualquier momento. Uxía se quedó junto a la pared porque Xoán había pedido que no se marchara.
—No voy a preguntarte todavía qué crees que ocurrió —dijo el sargento—. Solo qué recuerdas.
Xoán asintió sin apartar la vista de la grabadora.
—Salimos antes de amanecer.
—¿Quiénes?
—Manuel y yo.
—¿En qué barco?
—En el Santa Bárbara.
—¿Hacia dónde?
—Las nasas estaban cerca de la isla.
No necesitó especificar cuál, porque todos en aquella habitación sabían de qué isla hablaba.
—¿Qué recuerdas después?
Xoán tardó mucho más en contestar, como si la siguiente palabra no estuviera unida a las anteriores.
—Niebla.
Uxía levantó la vista sin poder evitar intervenir.
—¿La viste entrar?
Breogán no la corrigió por haber intervenido y dejó que Xoán respondiera.
—No sé si entrar es la palabra —respondió Xoán—. Estaba delante y, de pronto, estaba alrededor.
—¿Seguías en el barco?
—Creo que sí.
—¿Qué significa «creo»?
Xoán dejó pasar un silencio antes de responder.
—Que recuerdo la borda bajo la mano. Después recuerdo frío. Pero no sé si una cosa viene justo después de la otra.
Breogán tomó una nota sin comentar la respuesta.
—¿Recuerdas caer al agua?
—No.
—¿Recuerdas abandonar el barco?
—No.
—¿Recuerdas a Manuel contigo?
—A ratos.
—¿Durante cuánto tiempo?
Xoán abrió los ojos y miró primero a Breogán y después a Uxía.
—Eso es lo que no sé explicarte. No tengo cuarenta años dentro de la cabeza. Tampoco tengo cuatro. No tengo días.
La habitación quedó en silencio y Uxía pensó en la manera en que había intentado medirlo desde el primer momento.
Cuarenta años fuera y un cuerpo que no reflejaba esas cuatro décadas.
Era inevitable intentar buscar una equivalencia, pero Xoán acababa de describir algo distinto: no un tiempo más lento que pudiera contarse, sino una memoria sin continuidad.