CAPÍTULO 5
La ambulancia tardó todavía unos veinte minutos en llegar desde Vilanova y, durante ese tiempo, Xoán permaneció sentado entre Puri y Uxía intentando comprender una realidad que ninguna de las dos sabía explicarle.
Había dejado de llorar, aunque seguía mirando a Uxía de vez en cuando con una mezcla de incredulidad y atención, comprobando que continuaba allí y buscando en su rostro algún resto de la niña que recordaba.
Uxía tampoco sabía cómo mirarlo. Hasta aquella tarde, su padre había sido una ausencia: una fotografía, un nombre en varios documentos y unos recuerdos tan antiguos que algunos podían pertenecer más a lo que le habían contado que a lo que realmente había vivido.
Tenerlo sentado a pocos metros, casi con la misma edad que ella, convertía aquellos cuarenta años en algo mucho más difícil de aceptar.
—¿Y Carme? —preguntó Xoán al fin.
Puri recibió la pregunta en silencio. Uxía había sabido que llegaría, pero escuchar el nombre de su madre en la voz de Xoán volvió a darle la medida exacta de lo que estaba ocurriendo.
—Está viva —respondió Puri, y el alivio apareció de inmediato en el rostro de Xoán.
—¿Está en casa?
—Sí.
Al oír la respuesta, Xoán hizo ademán de levantarse. —Quiero verla.
La médica, que revisaba unos papeles al otro lado de la sala, se acercó antes de que pudiera ponerse completamente en pie y le explicó que primero debían trasladarlo al hospital de Vilanova. Tanto él como Manuel habían pasado demasiado tiempo en el agua y necesitaban una exploración más completa.
—Estoy bien —protestó Xoán, aunque su voz ya no tenía la firmeza de quien realmente lo cree. Después miró a Puri y a Uxía antes de añadir—: Decidle que estoy aquí.
Ninguna respondió enseguida, y el alivio fue desapareciendo poco a poco de su expresión. Cuando preguntó qué ocurría, Uxía decidió contestar antes de que Puri tuviera que hacerlo.
—Mamá está enferma.
Xoán volvió a sentarse y preguntó qué tenía. Explicar la enfermedad de Carme en aquel momento habría significado entregarle otra parte de los cuarenta años cuando apenas podía sostener las anteriores, de modo que Uxía se acercó un poco más y eligió las palabras con cuidado.
—Te lo voy a contar, pero no ahora. Primero tienes que ir al hospital y nosotros tenemos que pensar cómo decírselo a ella.
Xoán bajó la mirada y tardó varios segundos en formular la pregunta siguiente. —¿Me reconocerá?
Puri se llevó una mano a la boca porque aquella posibilidad parecía dolerle de una manera distinta a todo lo anterior. —Hay días en que recuerda perfectamente quién eres y otros en los que confunde los años. No sabemos cómo va a reaccionar cuando te vea.
Xoán asintió muy despacio. Corvoeira estaba a su alrededor, la casa de su familia seguía a pocos minutos y Carme continuaba viva, pero cada respuesta demostraba que la vida a la que quería regresar ya no existía de la misma manera.
Manuel salió de la otra consulta acompañado por un enfermero.
Llevaba ropa prestada y parecía incluso más joven de lo que Uxía había pensado al verlo en el muelle.
Tendría unos veintiséis años, quizá alguno más, aunque Manuel Rial Bugallo había desaparecido con veintidós.
También él había envejecido mucho menos de lo que exigían cuarenta años, y Uxía se sorprendió calculando edades casi sin querer, como si la periodista que llevaba dentro empezara a despertar justo cuando menos deseaba verla.
Los sanitarios acomodaron primero a Manuel y después a Xoán en la ambulancia. Antes de subir, Xoán se volvió hacia Uxía y, ahora que ya sabía quién era, la miró de una manera completamente distinta.
—¿Vas a venir?
La pregunta la sorprendió y estuvo a punto de decir que sí, pero pensó en Carme durmiendo en Casa Freire sin saber que el hombre al que había esperado durante cuatro décadas acababa de regresar, y en Puri, que aquella tarde había envejecido un poco más ante sus ojos.
—No puedo ir ahora. Mamá está en casa.
Xoán asintió con una tristeza silenciosa, como si incluso aquella explicación tuviera sentido aunque no pudiera aceptarla del todo. —Claro.
Uxía esperó un segundo antes de añadir: —Pero voy a ir.
Él sostuvo su mirada y aquella promesa pareció bastarle.
Poco después, las puertas de la ambulancia se cerraron y el vehículo comenzó a subir por la carretera de Vilanova sin encender la sirena.
Puri regresó a Casa Freire mientras Uxía le dijo que necesitaba caminar un poco antes de volver, y su tía no intentó convencerla de lo contrario.
El pueblo estaba empezando a oscurecer, pero la noticia se movía por sus calles mucho más deprisa que la noche.
Había pequeños grupos delante de las casas y gente que hablaba por teléfono junto a las ventanas.
Cuando Uxía pasó frente al bar de Sabela oyó varias versiones de lo ocurrido sin necesidad siquiera de entrar.
Alguien aseguraba que los hombres habían aparecido abrazados a una boya; otro decía que la ropa que llevaban pertenecía sin ninguna duda a los años ochenta, y una mujer juraba haber escuchado a Xoán preguntar por personas que llevaban décadas muertas.
Uxía continuó andando porque ninguna de aquellas personas había estado dentro de la sala cuando Puri le había dicho a Xoán que habían pasado cuarenta años.
Llegó a O Peirao Vello y se sentó en el murete de piedra.
En las losas todavía se distinguían las zonas húmedas donde habían tendido a los dos hombres después de sacarlos del agua y, cerca de una argolla, había quedado enganchado un pequeño trozo de manta térmica que se movía con el aire y reflejaba la luz de la farola.
Miró hacia A Illa dos Corvos y comprobó que, desde allí, todo parecía normal.
Aquello era quizá lo más difícil de soportar.
El mar no conservaba ninguna señal de lo ocurrido: no había una grieta sobre el agua, una corriente diferente ni nada que pudiera justificar que dos hombres desaparecidos en 1985 hubieran aparecido cuarenta años después a pocos metros de la misma isla.
Durante buena parte de su vida había necesitado una explicación sencilla.
Su padre había salido a faenar, había sufrido algún accidente y no había regresado.
Nunca apareció el cuerpo, pero el mar estaba lleno de historias semejantes, y aquella explicación le había permitido crecer sin convertir la desaparición en una espera interminable.
Ahora tenía que sustituirla por algo que no entendía, porque Xoán estaba vivo, tenía la cicatriz que Puri recordaba, conocía detalles de una infancia compartida con ella y había reaccionado ante Uxía con el desconcierto de un padre que esperaba encontrar a una niña de cuatro años.
Había algo todavía más difícil de ignorar: cuarenta años habían pasado para Corvoeira y no habían pasado de la misma forma por los cuerpos de Xoán y Manuel.
Uxía sacó el móvil y abrió una nota nueva.
Se quedó mirando la pantalla en blanco porque aquel gesto se parecía demasiado al comienzo de una investigación y ella no había regresado a Corvoeira buscando una historia, sino para cuidar de su madre.
Aun así, empezar a ordenar los hechos era la única forma que conocía de no sentirse arrastrada por ellos.
Escribió que Xoán Freire Rial había desaparecido en 1985 con treinta y nueve años y había regresado en 2025 aparentando poco más de cuarenta.
Debajo anotó que Manuel Rial Bugallo había desaparecido con veintidós y ahora parecía rondar los veintiséis.
No sabía todavía qué significaba aquello y se obligó a añadir una precisión: eran edades aparentes, pendientes de cualquier valoración médica que pudiera hacerse después.
Añadió que Puri había reconocido a Xoán por sus rasgos y por la cicatriz de la ceja, mientras que él había tardado en reconocerla porque ella sí había envejecido cuarenta años.
Después escribió que Xoán no había reconocido a Uxía hasta que Puri le había dicho quién era, porque para él su hija seguía siendo una niña de cuatro años.
Leyó esa última idea varias veces y pensó que las palabras para él eran demasiado pequeñas para todo lo que implicaban.
—Sabía que ibas a acabar haciendo eso.
Uxía levantó la cabeza y vio a Sabela detrás de ella con dos vasos de cartón. Su amiga se sentó en el murete y le ofreció uno.
—No me estabas espiando, ¿verdad?
—Estaba intentando traerte caldo sin tirármelo encima.
Uxía aceptó el vaso, que olía a pescado, patata y laurel. —No estoy preparando un reportaje.
—No he dicho que lo estés.
—Pero lo has pensado.
Sabela sonrió y le recordó que, cuando eran pequeñas y ocurría algo que no entendían, los demás se quedaban mirando mientras Uxía empezaba a hacer preguntas.
—Es la única manera que conozco de ordenar las cosas —admitió Uxía.
—Entonces ordénalas.
—Es mi familia.
—Por eso tendrás que entender qué ha pasado.
Uxía bebió un poco de caldo y dejó que el calor le bajara por la garganta. Durante unos minutos ninguna habló. Desde el bar llegaban voces cada vez que alguien abría la puerta, pero en el muelle el ruido se apagaba enseguida bajo el sonido del agua.
—¿Qué sabes de Manuel? —preguntó Uxía.
Sabela apoyó el vaso sobre sus rodillas y explicó que los Rial Bugallo vivían al final de la Rúa do Cristal, que eran canteros y que Manuel, uno de los más jóvenes de la familia, llevaba poco tiempo trabajando con Xoán cuando desaparecieron porque estaba aprendiendo a pescar con él.
Uxía recordó al hombre del muelle, tan joven al lado de Xoán. —Tu padre estaba allí cuando salieron.
Sabela tardó un poco en responder antes de admitir que sí.
—¿Bieito intentó detenerlos? —preguntó Uxía.
Sabela la miró con sorpresa. —¿Quién te lo ha dicho?
—Todavía nadie, pero en el muelle, cuando aparecieron, tú miraste a Puri y luego empezaste a buscar a tu padre. Y ahora, cada vez que lo nombro, parece que eliges las palabras.
Sabela suspiró antes de reconocer que Bieito llevaba cuarenta años convencido de que podría haber hecho algo más.
—¿Qué ocurrió exactamente?
—Eso tendrás que preguntárselo a él.
—Te lo estoy preguntando a ti.
—Y yo no estaba allí.
La respuesta no fue brusca, pero sí definitiva, y Uxía comprendió que insistir no iba a darle nada útil. Preguntó entonces si Bieito hablaría con ella, pero Sabela no pudo asegurárselo y le recordó que acababa de ver regresar a dos hombres a los que llevaba media vida creyendo muertos.
—Dale un poco de tiempo.
Uxía miró hacia la isla. —No sé si tenemos tiempo.
—Han pasado cuarenta años. Una noche más no va a cambiar lo que ocurrió.
La frase tenía sentido y, sin embargo, Uxía ya empezaba a sentir que cada hora podía esconder algo que todavía no conocía.
Sabela terminó el caldo y, antes de levantarse, le dijo que Puri ya había regresado a casa y que la vecina se había quedado con Carme hasta que volvió. El nombre de su madre devolvió a Uxía al problema que había intentado aplazar durante la última hora.
—No sé cómo vamos a contárselo.
Sabela la observó antes de responder. —No se lo contéis esta noche.
—Ha esperado cuarenta años.
—Eso.
Uxía bajó la mirada porque Sabela tenía razón.
Carme llevaba años moviéndose entre épocas distintas y podía despertar una mañana convencida de que Xoán aún vivía y, una hora después, no recordar siquiera la conversación anterior.
Decirle que había regresado exigía algo más que abrir la puerta y soltar una verdad imposible.
Caminaron juntas hasta la Rúa do Cristal y se separaron frente al bar. Cuando Uxía llegó a Casa Freire encontró a Puri en la cocina, sentada frente a una taza de tila que se había quedado fría.
—¿Mamá?
—Dormida.
Uxía dejó el abrigo sobre una silla y le contó que Xoán había preguntado por Carme. Puri cerró los ojos y dijo que ya imaginaba que lo haría.
—Quiere verla.
—Y Carme lleva cuarenta años queriendo verlo a él.
Ninguna habló de inmediato. La injusticia de la situación era demasiado evidente: Xoán había regresado, pero el tiempo que apenas había pasado por él sí había pasado por su mujer.
Carme había envejecido, había esperado y había enfermado mientras él permanecía en algún lugar que todavía no podían explicar.
—¿Qué hacemos? —preguntó Uxía.
Puri miró hacia el techo, en dirección al dormitorio de su hermana. —Esta noche, dejarla dormir.
No sonaba a cobardía, sino a cuidado. Uxía se sentó frente a ella y apoyó las manos sobre la mesa antes de pedirle que, al día siguiente, se lo contara todo.
—¿Todo qué?
—Lo que recordáis de aquella mañana: la salida, la isla, la niebla y todo lo que ocurrió después.
La expresión de Puri cambió apenas un poco y Uxía entendió que aquella conversación no iba a ser sencilla.
—Ya no quiero una versión para protegerme —continuó—. Tengo cuarenta y cuatro años y mi padre acaba de regresar con menos edad de la que tengo yo. Creo que ya hemos pasado el momento de evitarme las cosas difíciles.
Puri sostuvo su mirada durante varios segundos y finalmente asintió. —Mañana.
Uxía subió a su habitación poco después, aunque sabía que no iba a dormir. Antes de apagar el teléfono volvió a abrir la nota y añadió dos asuntos pendientes: preguntar a Bieito qué había visto realmente en 1985 y encontrar la manera de decirle a Carme que Xoán había vuelto.
Se quedó mirando aquella última idea hasta que la pantalla empezó a oscurecerse. La encendió de nuevo, leyó una vez más «decirle a Carme que Xoán había vuelto» y no escribió nada más.