CAPÍTULO 4
Puri no había conseguido apartar los ojos de la puerta desde que habían llevado a Xoán al interior del centro de salud.
Uxía permanecía sentada a su lado y apenas hablaban, porque había demasiadas cosas que ninguna de las dos sabía cómo nombrar y, cuanto más tiempo pasaba, más difícil resultaba fingir que todo aquello podía tener una explicación sencilla.
Puri mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo. De vez en cuando se frotaba los dedos como si tuviera frío, pero Uxía sabía que no era eso. Desde que había visto al hombre rescatado del mar, su tía había perdido cualquier certeza sobre el lugar en el que se encontraba.
—Era él —dijo finalmente. Uxía volvió la cabeza hacia ella, pero antes de que pudiera responder, Puri repitió con la misma seguridad: —Era él.
No había exaltación en su voz. Lo dijo con una seguridad tan serena que a Uxía le resultó todavía más difícil discutirlo.
—Han pasado cuarenta años.
—Eso es. Yo he pasado cuarenta años, Uxía.
La frase quedó entre las dos. Puri se tocó el cabello, completamente gris, y después llevó los dedos a la piel de la mejilla.
—Mírame. Tengo otra cara, otro cuerpo, otras manos. Cuando tu padre desapareció, yo era una muchacha. Y él…
No necesitó terminar la frase. El hombre que acababan de sacar del mar podía haber envejecido unos pocos años desde la última vez que Puri lo había visto, pero no cuarenta, y aquello era lo que realmente la había dejado sin voz en el muelle.
No se trataba solo de haber reconocido a Xoán, sino de haberlo reconocido casi igual.
La puerta se abrió y Xoán apareció despacio, todavía pálido y con una manta sobre los hombros. Había recuperado algo de color, aunque sus movimientos seguían siendo inseguros, como si el suelo no terminara de comportarse de la manera que esperaba.
Al principio miró a Uxía sin detenerse en ella. Después vio a Puri y se quedó quieto. Ella tampoco se movió. Ambos se quedaron quietos, intentando reconocer no solo a la persona que tenían delante, sino también a la que conservaban en la memoria.
Xoán fue el primero en dar un paso. Miró a Puri con atención y sus ojos recorrieron un rostro que debía de resultarle conocido y extraño al mismo tiempo.
Se detuvo en la frente, en la forma de la nariz y en la boca; después bajó hasta las manos y regresó al cabello blanco.
La confusión fue creciendo en su expresión hasta convertirse en miedo.
—¿Puri? —preguntó al fin, con una voz baja e insegura.
A ella se le quebró la respiración y no consiguió responder. Xoán avanzó otro paso sin apartar los ojos de su rostro.
—¿Eres tú?
Puri asintió, y aquella confirmación pareció afectarlo más que la duda. Xoán retrocedió ligeramente y volvió a mirarla de arriba abajo, comprobando una vez más que sus ojos no lo engañaban.
—Pero… no puede ser. Estás…
Puri soltó una risa breve que terminó convirtiéndose en llanto. —Vieja.
Xoán negó enseguida con la cabeza. —No quería decir eso.
—Pero es lo que estás viendo.
Él no supo qué responder. Puri se levantó y se acercó despacio, sin dejar de mirarlo. Cuando estuvo a apenas un metro, levantó una mano y se detuvo antes de tocarlo, como si temiera que al hacerlo pudiera desaparecer otra vez.
—Tú no —dijo—. Tú casi no has cambiado.
Xoán frunció el ceño, todavía incapaz de comprender qué significaba aquello. Puri apoyó por fin los dedos en su mejilla y después los llevó hasta la cicatriz de la ceja izquierda. Él no se apartó.
Puri recorrió aquella marca con una delicadeza casi insoportable, comprobando que seguía exactamente donde la recordaba. —Te hiciste esto con doce años. Te caíste junto a una barca y te abriste con un hierro. Tu madre estuvo toda la tarde diciendo que ibas a perder el ojo.
Xoán sostuvo su mirada y completó el recuerdo casi sin pensarlo: —Me dieron cuatro puntos.
Puri cerró los ojos y mantuvo la mano sobre su rostro y Uxía comprendió que su tía estaba tocando a alguien que llevaba cuarenta años creyendo perdido. Cuando volvió a abrirlos, ya no pudo contenerse.
—Meu Deus, Xoán.
Él levantó una mano y cubrió la de Puri contra su mejilla. —No entiendo nada.
—Yo tampoco.
Xoán volvió a mirar el cabello blanco de Puri, sus arrugas y aquellas manos envejecidas que seguían tocándolo. La pregunta apareció en su rostro antes de que consiguiera formularla, pero todavía no se atrevió a terminarla.
Puri retiró la mano y respiró profundamente, intentando recuperar algo de calma. Entonces miró a Uxía, y Xoán siguió aquel movimiento.
Sus ojos se encontraron con los de ella. Esta vez la observó con más atención, pero no hubo reconocimiento, ni siquiera una vacilación que pudiera confundirse con él. La miró como habría mirado a cualquier desconocida que estuviera presenciando una situación demasiado íntima.
Uxía sintió una punzada inesperada, aunque comprendió enseguida que no podía ser de otra manera.
Cuando Xoán desapareció, ella tenía cuatro años.
Habían cambiado su altura, su voz, su cuerpo y prácticamente todos los rasgos de una niña que apenas había empezado a construir una cara adulta.
No había ninguna razón para que aquel hombre pudiera reconocer a la mujer de cuarenta y cuatro años que tenía delante.
Puri volvió a sentarse porque, de pronto, las piernas parecieron dejar de sostenerla. —Xoán… hay alguien a quien tienes que conocer.
Él no apartó los ojos de Uxía. —¿Quién es?
Puri tardó unos segundos en responder, como si comprendiera que no existía una forma suave de entregar cuarenta años de golpe. —Es Uxía. Tu hija.
Xoán no reaccionó al principio. Miró a Puri, volvió a mirar a Uxía y después negó con la cabeza con una rapidez casi instintiva.
—No. Mi Uxía es una niña.
La frase le cerró la garganta a Uxía. Durante toda su vida había pensado muchas veces en qué sentiría ella si volviera a ver a su padre, pero nunca había pensado en lo que significaría para él encontrarse de pronto con una hija cuarenta años mayor.
—Tenía cuatro años —dijo Uxía, esforzándose por mantener la voz firme.
Xoán perdió el color de la cara. Buscó algo detrás de él donde apoyarse y terminó sentándose de golpe en una silla, sin dejar de mirarla.
Se llevó las manos al rostro y permaneció así durante varios segundos, mientras Puri y Uxía guardaban silencio porque cualquier intento de consolarlo habría exigido explicar primero algo que ninguna de las dos entendía.
Cuando volvió a levantar la cabeza tenía los ojos llenos de lágrimas.
Observó a Uxía de nuevo, pero ya no como a una desconocida: ahora buscaba a la niña que había dejado atrás.
Recorrió su cara con una atención desesperada, intentando encontrar algún gesto que hubiera sobrevivido a cuatro décadas de las que él no sabía nada.
—Los ojos —murmuró al fin—. Tienes los mismos ojos.
Aquello rompió la distancia que Uxía había conseguido mantener hasta entonces.
Mientras pudo pensar en un error, una confusión o incluso un engaño, había tenido algo a lo que agarrarse; pero que aquel hombre encontrara de repente una parte de la niña que recordaba hizo que todas las defensas empezaran a ceder.
—Papá.
Xoán cerró los ojos; la palabra lo atravesó. Cuando volvió a abrirlos, estaba llorando abiertamente.
—Uxía…
Pronunció su nombre despacio, probándolo de nuevo.
Ella se acercó despacio sin saber si debía abrazarlo, pero Xoán levantó una mano y Uxía la tomó.
Él sostuvo sus dedos entre los suyos y los observó con una mezcla de ternura y desconcierto, como si aquellas manos adultas fueran otra prueba de algo que su cabeza todavía no podía aceptar.
—¿Cuántos años tienes?
—Cuarenta y cuatro.
Xoán soltó su mano, no por rechazo, sino porque pareció quedarse sin fuerza. Se echó hacia atrás en la silla y miró primero a Puri y después a Uxía: Puri envejecida cuatro décadas y una hija convertida en una mujer que ya era, incluso, mayor de lo que él parecía ser.
—No puede ser —susurró.
Puri se arrodilló frente a él y le cogió las manos. —Xoán, mírame. Él obedeció, aunque seguía temblando, y Puri sostuvo sus ojos antes de decirlo: —Han pasado cuarenta años.
Xoán contuvo la respiración. Uxía vio cómo intentaba comprender la frase, cómo buscaba dentro de sí algún recuerdo capaz de llenar aquel vacío y cómo no encontraba nada que pudiera parecerse a cuatro décadas.
—Eso no puede ser.
—Para nosotros sí —respondió Puri.
El temblor de Xoán aumentó y buscó con la vista una salida de aquella habitación que de pronto se había vuelto demasiado pequeña. Puri no soltó sus manos y Uxía permaneció cerca, sin atreverse a tocarlo otra vez.
Después de un largo silencio, Xoán volvió a mirar a Uxía. Esta vez ya sabía quién era, y saberlo parecía doler todavía más.
—Me he perdido tu vida.
Uxía sintió que las lágrimas le llegaban antes de poder impedirlo. No había una respuesta capaz de suavizar aquella verdad, así que no intentó construirla.
—Sí.
Xoán bajó la cabeza. Puri no se movió y Uxía siguió al otro lado de la cama. Desde el pasillo llegaban voces y pasos, pero ninguno de los tres atendió a lo que ocurría fuera de aquella habitación.