CAPÍTULO 3
Llevaba cuatro días en el pueblo cuando Uxía comprendió que cuidar a alguien no consistía únicamente en hacer cosas por esa persona, sino en aprender a vivir dentro de un horario que nunca terminaba de repetirse de la misma manera.
A las nueve estaban las pastillas y media hora después el desayuno, aunque Carme llevara desde las ocho asegurando que nadie le daba de comer.
Los lunes, miércoles y viernes tocaba ducha, siempre después de calentar bien el baño porque el frío la ponía nerviosa.
Por las mañanas Puri abría la ventana para que entrara el aire de la ría y a las cinco de la tarde la cerraba sin excepción, convencida de que la humedad se le metía a su hermana en los huesos y luego no la dejaba dormir.
Había otros horarios que no figuraban en ninguna hoja pegada a la nevera.
A veces Carme preguntaba por una hermana que llevaba veinte años muerta.
Después de comer podía aparecer un rato de lucidez en el que parecía recordar perfectamente dónde estaba y qué día era; al caer la tarde, en cambio, se inquietaba y recorría el pasillo buscando una habitación que seguía en el mismo sitio, aunque ella estuviera convencida de que antes se encontraba en otra parte de la casa.
Uxía aprendía sobre la marcha. Había dejado de corregir cada fecha equivocada y también de preguntarle si recordaba algo, porque empezaba a entender que la memoria de su madre no era una puerta que pudiera abrirse simplemente porque alguien llamara desde el otro lado.
Una conversación podía repetirse cuatro veces en una mañana y Carme viviría cada una de ellas como si fuera la primera.
La niebla de la noche de su llegada había desaparecido antes del amanecer.
Puri la había descrito como una bruma de invierno sin importancia, una de tantas, y Uxía no le contó que había pasado buena parte de aquella noche despierta, escuchando el silencio de la ría hasta que las primeras gaviotas comenzaron a gritar sobre los tejados.
Tampoco volvió a decir en voz alta que el mar le había parecido demasiado quieto.
Prefirió concentrarse en lo que podía resolver: las comidas, las citas del centro de salud, los pañales que Puri guardaba en el armario del baño para evitar que Carme los encontrara y se enfadara, y la carpeta azul donde su tía acumulaba informes y recetas escritos y ordenados con una minuciosidad que contrastaba con el temblor cada vez más visible de su letra.
El cuarto día, después de comer, Carme se quedó dormida en el sillón con una manta sobre las rodillas.
Puri encendió la radio en la cocina y comenzó a repasar unas judías que ya estaban limpias, cortando las puntas con tanta atención que resultaba evidente que necesitaba mantener las manos ocupadas.
—Sal un poco —dijo sin levantar la vista—. Llevas toda la mañana dando vueltas por la casa como una mosca encerrada.
—Estoy bien.
Puri miró entonces la mano de Uxía, que descansaba sobre el tirador del cajón de los cubiertos. —Llevas diez minutos abriendo y cerrando el mismo cajón.
Uxía bajó la vista y comprobó que tenía razón. —Solo daré una vuelta.
—Eso te estoy diciendo. No te he mandado a Portugal.
La respuesta consiguió hacerla sonreír. Cogió el abrigo antes de encontrar otra excusa para quedarse y salió a la calle.
El aire frío le despejó la cabeza casi de inmediato.
Empezó a caminar sin decidir adónde iba, aunque sus pies terminaron eligiendo por ella el camino que descendía hacia A Lonxa, el mismo que había recorrido cientos de veces de niña.
Pasó junto a la fuente, bajó las escaleras estrechas entre dos casas y llegó a la Rúa do Cristal, donde seguía mezclándose el olor del café con el del pescado frito.
La calle mantenía la forma que recordaba, pero había perdido buena parte de la vida que la llenaba entonces.
Dos locales estaban cerrados donde antes habían funcionado una mercería y una tienda de ultramarinos, y en una de las ventanas se acumulaban varios carteles de «Se vende».
El bar de los Barreiro, en cambio, seguía abierto.
Las sillas metálicas estaban recogidas bajo el toldo y una pizarra anunciaba caldo y empanada del día.
Junto a la lonja había una mujer de aproximadamente su edad apoyada contra el muro con un vaso de café entre las manos. La observó con una expresión extraña, a medio camino entre la sorpresa y el reconocimiento.
—¿Uxía?
Ella se detuvo. Necesitó unos instantes para encontrar a la adolescente que recordaba dentro de aquella mujer de pelo corto y rostro más afilado, pero la manera de inclinar ligeramente la cabeza antes de sonreír seguía siendo exactamente la misma.
—¿Sabela?
Sabela Barreiro era la hija de Bieito, el pescador que tantos años había compartido puerto con Xoán. Ella y Uxía habían pasado juntas buena parte de la infancia, cuando un verano parecía durar lo suficiente para que no hiciera falta pensar en lo que vendría después.
Se abrazaron con la torpeza inevitable de quienes se habían conocido siendo otras personas.
—Cuánto tiempo —dijo Sabela.
—Diecisiete años, por lo visto.
—Aquí llevamos la cuenta de todo. Ya sabes cómo funciona este pueblo.
Uxía sonrió. En la expresión de Sabela encontró algo de su padre, no tanto en los rasgos como en aquella costumbre de observar antes de decidir cuánto estaba dispuesta a decir.
—Me enteré de que habías vuelto. ¿Cómo está Carme?
—Tiene días.
Sabela asintió sin pedir más explicaciones. En Corvoeira, aquella frase parecía suficiente para describir cualquier enfermedad larga.
—¿Y tú cómo estás?
Uxía pensó durante un momento que podría darle exactamente la misma respuesta. —Todavía no lo sé.
Sabela le ofreció el café, pero Uxía negó con la cabeza y las dos se quedaron junto al muro de la lonja, donde llegaba el viento limpio de la ría.
Durante un rato hablaron de cosas pequeñas.
Sabela le contó que seguía trabajando como científica y que, cuando podía, echaba una mano en el bar de su familia; comentó que cada año salían menos barcos y se quejó de una reforma del embarcadero que llevaba tres años a medio terminar.
También mencionó algunos nombres que Uxía reconoció enseguida y otros que se le habían borrado por completo.
—Te fuiste y dejaste de mirar atrás —dijo Sabela, sin reproche en la voz.
—Esa era la idea.
—¿Y funcionó?
Uxía dirigió la mirada hacia la ría. A Illa dos Corvos apenas era una forma oscura bajo el cielo gris. —Hasta hace cuatro días.
Sabela sonrió, pero no volvió a preguntar. Aquella facilidad para respetar un silencio hizo que Uxía sintiera, desde que había regresado, que podía estar con alguien sin tener que explicar por qué se había marchado ni por qué había tardado tanto en volver.
Fue Sabela quien se dio cuenta de que algo había cambiado en el ruido de la lonja.
No hubo un grito que llamara la atención de todo el mundo de inmediato: primero cayó una caja, después una conversación se interrumpió a mitad de frase y, casi al mismo tiempo, tres hombres salieron deprisa hacia el muelle.
Las primeras voces comenzaron a extenderse antes de que nadie supiera exactamente qué había ocurrido.
Sabela dejó de apoyarse en el muro. —¿Qué pasa?
—No lo sé.
Un marinero pasó junto a ellas casi corriendo. —¡Que llamen al centro de salud! ¡Y que avisen al jefe!
Sabela dejó el vaso de café en el muro. —Vamos.
Bajaron hacia O Peirao Vello detrás de un grupo de personas que fue aumentando a medida que atravesaban las calles.
Cuando llegaron al puerto, ya se había formado un corro junto al borde del muelle y la gente se apretaba alrededor de algo sin terminar de acercarse, como si todos respetaran una línea invisible.
Lo primero que vio Uxía fueron las mantas.
Dos hombres yacían sobre las losas, completamente empapados, mientras varias personas los cubrían con chaquetas y todo lo que habían encontrado a mano.
Ambos estaban vivos. Uno tosía con fuerza y el otro temblaba de tal manera que las mantas parecían sacudirse solas sobre su cuerpo.
A pesar de que nadie dudaba ya de que respiraban, alguien seguía reclamando una ambulancia con la insistencia de quien necesita hacer algo para no quedarse contemplando lo incomprensible.
—Los encontró una embarcación cerca de la isla —comentó una mujer a espaldas de Uxía.
—¿Estaban en el agua?
—Flotando los dos.
Otra persona preguntó quiénes eran y la respuesta llegó desde algún lugar del grupo. —No lo sabemos. Aquí no falta nadie.
Aquella frase cambió la naturaleza de lo que estaban viendo.
Hasta ese momento podía tratarse de un rescate, pero a partir de entonces apareció otra pregunta mucho más difícil de encajar.
Si aquellos hombres habían sido encontrados en el mar, cerca de A Illa dos Corvos, pero nadie había salido a buscarlos porque nadie faltaba en Corvoeira, tenían que haber llegado desde algún otro lugar.
Uxía avanzó algunos pasos, movida por el impulso de acercarse a aquello que no entendía. Sabela la siguió sin detenerla.
El más joven de los dos hombres tendría poco más de veinticinco años.
Era delgado, llevaba el cabello oscuro pegado a la frente y mantenía las manos cerradas contra el pecho, como si todavía estuviera sujetando algo.
Miraba a su alrededor con los ojos demasiado abiertos, aunque no parecía fijarse realmente en ninguno de los rostros.
El segundo aparentaba unos cuarenta años.
Tenía algunas canas en las sienes, el rostro pálido por el frío y una cicatriz estrecha que le cruzaba la ceja izquierda.
A diferencia del muchacho, observaba con atención las casas, los postes de luz y la fachada de la lonja.
No parecía mirar un lugar desconocido, sino uno que conocía y que, por algún motivo, ya no coincidía con lo que recordaba.
Sus ojos se encontraron con los de Uxía. Él no pareció reconocerla, aunque tardó un instante más de lo necesario en apartar la mirada. Uxía atribuyó aquella breve vacilación al frío y al desconcierto.
A su alrededor comenzaron a acumularse las preguntas. Alguien aseguró que no había ninguna embarcación cerca cuando los encontraron; otro quiso saber de dónde podían haber caído y una mujer se fijó en la ropa de ambos, extraña para los barcos que faenaban entonces en la zona.
Uxía sintió de pronto que estaba observando el sufrimiento de dos desconocidos como quien contempla una noticia y decidió apartarse. Retrocedió un paso y chocó con alguien que acababa de llegar.
Era Puri. Había salido de casa sin ponerse siquiera el abrigo y llevaba el pelo recogido de cualquier manera.
Más tarde explicaría que la vecina de enfrente se había quedado con Carme en cuanto alguien llamó para contarle que habían sacado a dos hombres del agua.
En aquel momento, sin embargo, Uxía solo vio el cambio que se produjo en la cara de su tía al mirar al hombre de la cicatriz.
Puri se quedó completamente inmóvil. No observó primero al joven ni preguntó qué había ocurrido. Toda su atención quedó atrapada en aquel hombre, como si las demás personas hubieran desaparecido del muelle.
—Non pode ser… —susurró, llevándose una mano a la boca.
Uxía volvió a mirar al hombre tendido sobre las losas y después a su tía. —¿Quién?
Puri no respondió. En sus ojos había miedo e incredulidad, pero también algo que Uxía tardó unos segundos en identificar porque llevaba demasiado tiempo contenido para parecerse ya a la esperanza.
Sabela se había quedado inmóvil al otro lado. Tampoco miraba a los dos rescatados, sino a Puri.
—¿Quién es ese hombre? —insistió Uxía.
Su tía abrió la boca, aunque no consiguió pronunciar nada. Entonces uno de los pescadores mayores que se encontraba junto al borde del grupo se quitó lentamente la gorra. Uxía no lo conocía, pero la expresión de aquel hombre era la misma que había vaciado de palabras a Puri.
Miró al desconocido de la cicatriz durante varios segundos antes de hablar. —Es Freire.
A su alrededor nadie se rió ni respondió que aquello era imposible. El pescador se santiguó mientras continuaba mirando al hombre que acababan de sacar del mar y añadió, casi en un susurro: —Es el pescador.