CAPÍTULO 43
Corvoeira
Ramón aprendió a usar el teléfono antes de aprender a confiar en el microondas.
Uxía no supo muy bien por qué una cosa le parecía aceptable y la otra despertaba en él una desconfianza casi personal.
—Te calienta la comida —le explicó.
Ramón observó el aparato.
—Sin fuego.
—Sí.
—Eso es lo que no me gusta.
—Pero llevas cuatro días mandándome mensajes.
—Eso es distinto.
—¿Por qué?
Ramón levantó el teléfono.
—Aquí veo lo que hace.
Uxía miró la pantalla, donde había un mensaje suyo de hacía media hora compuesto únicamente por la palabra «pan».
—Esto que haces tampoco tiene demasiado misterio.
—Te he avisado de que faltaba.
—Podías haber venido a la cocina.
—Estabas arriba.
Uxía sonrió.
Ramón había empezado a moverse por la casa con una naturalidad que todavía sorprendía a todos.
Durante los primeros días preguntaba antes de abrir un armario, dejaba cada vaso exactamente donde lo había encontrado y parecía necesitar permiso para ocupar cualquier habitación.
Después había empezado a olvidarse de preguntar.
Aquella mañana había preparado café antes que nadie. Carme apareció poco después, descalza y con el pelo revuelto.
—Huele fuerte.
Ramón se volvió.
—Puedo hacer otro.
—No. Ese sirve.
Se sentó frente a él. Uxía se quedó en la puerta sin intervenir. Carme observó a Ramón durante unos segundos.
—Tú vives aquí ahora.
No era una pregunta. Ramón apoyó la cafetera.
—De momento.
—Pues no uses mi taza azul.
Ramón miró la taza que tenía delante. Era azul y Uxía se mordió el labio.
—Perdona.
Carme extendió la mano.
—Dámela.
Ramón obedeció. Ella le pasó una blanca.
—Esa puede ser tuya.
Ramón aceptó el intercambio con absoluta seriedad.
—Gracias.
Carme bebió. Un rato después preguntó quién era él. Ramón respondió sin mostrar sorpresa.
—Ramón.
—Ah.
—El de la cuchara —añadió.
Carme sonrió.
—Ese.
Uxía se marchó antes de que la vieran llorar.
* * *
La recuperación de Sabela consistió en descubrir cuánto podía cansarla una vida normal.
El primer día que volvió al bar insistió en quedarse una hora. Duró cuarenta minutos, no porque le doliera nada concreto, sino porque el ruido de los platos, las conversaciones cruzadas y la gente moviéndose alrededor empezaron a resultarle agotadores.
Bieito la encontró apoyada contra la pared del almacén.
—A casa.
—Estoy bien.
—No.
—Solo necesito sentarme.
—Puedes sentarte en casa.
Sabela puso los ojos en blanco.
—Has aprendido a ser insoportable.
—Lo llevaba dentro.
Ella sonrió y Bieito le dio el abrigo.
—Mañana vuelves.
—Una hora.
—Media.
—Cincuenta minutos.
—Cuarenta y cinco.
—Eres ridículo.
—Y tú sigues negociando cuando no tienes fuerzas ni para discutir.
Aquello terminó la conversación. Salieron por la puerta trasera y, cuando el viento de la calle le dio en la cara, Sabela se detuvo; Bieito lo notó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Sabela.
Ella cerró los ojos.
—Solo lo estoy oyendo.
El viento movía una persiana metálica. Un coche pasó al final de la calle y desde el puerto llegó el sonido de una bocina.
—Todavía hago eso —dijo.
—¿El qué?
—Comprobar que todo sigue sonando.
Bieito se metió las manos en los bolsillos.
—Yo también.
Sabela abrió los ojos. No habían hablado de aquello.
—¿Desde que desaparecí?
—Desde 1985.
Ella lo miró. Bieito empezó a andar.
—Vamos.
Sabela lo siguió. Había cosas que su padre llevaba cuarenta años haciendo sin saber que tenían un nombre.
* * *
Manuel dejó de evitar los espejos.
No había decidido hacerlo. Simplemente una mañana entró en el baño, se vio y no necesitó apartar la mirada.
Su cara seguía siendo la de un hombre de poco más de veinticinco años. Su hermana tenía canas. Antón, que ya era mayor que él cuando Manuel desapareció, llevaba días quejándose de una rodilla y Amparo dormía cada vez más.
Nada de aquello iba a corregirse. Manuel empezaba a comprender que tampoco tenía que corregirse él.
Maruxa lo encontró revisando una caja de fotografías.
—¿Otra vez?
—Quiero ordenar algunas.
—Mamá lleva veinte años diciendo eso.
Manuel levantó una foto.
—Esta es de antes.
Maruxa se acercó. Los tres hermanos aparecían delante de una casa. Manuel tendría dieciocho o diecinueve; Maruxa era una adolescente y Antón, varios años mayor que él, ya era un hombre joven.
—Mira qué pelo —dijo Manuel.
Maruxa lo observó.
—Yo miraba otra cosa.
—¿Qué?
—Que entonces eras mayor que yo.
Manuel dejó la fotografía.
—Y ahora no.
—Ahora tengo la edad que debería tener tu madre.
—No exageres.
—Déjame dramatizar un poco.
Manuel sonrió. Maruxa cogió otra fotografía.
—¿Sabes qué es lo raro?
—Hay bastantes opciones.
—Que ya no me importa tanto.
—¿Qué cosa?
—Que parezcas más joven.
Maruxa se encogió de hombros.
—Al principio solo veía eso. Entrabas en una habitación y lo primero que pensaba era que seguías teniendo la misma cara mientras yo había vivido cuarenta años. Ahora entras y pienso que eres tú.
Manuel bajó la vista hacia la caja.
—Eso está bien.
—Sí.
—A mí también empieza a pasarme.
Maruxa le dio un golpe suave en el hombro.
—No te acostumbres. Sigues siendo raro.
—Eso ya venía de antes.
—También.
Continuaron ordenando fotografías. No consiguieron terminar la caja y tampoco tenían prisa.
* * *
Ramón pidió trabajar.
La propuesta apareció durante una comida y Xoán estuvo a punto de atragantarse.
—¿Trabajar de qué?
—De algo.
—Acabas de salir de un hospital.
—Hace semanas.
—Has pasado setenta y nueve años desaparecido.
—Eso no es una profesión.
Uxía dejó el tenedor.
—Tiene un punto.
Xoán la señaló.
—No ayudes.
Ramón sonrió.
—No quiero quedarme sentado esperando que alguien me explique otro aparato.
—Puedes aprender cosas.
—Eso digo.
—Aprender no es trabajar.
—Depende.
Xoán lo observó. Ramón ya había recuperado fuerza y dormía de una manera mucho más cercana a la normal, aunque seguía teniendo noches en las que se despertaba sobresaltado y comprobaba la fecha.
—¿Qué quieres hacer?
Ramón se encogió de hombros.
—No sé todavía.
—Entonces espera a saberlo.
—Puedo ayudar.
Uxía intervino.
—Bieito necesita manos en el bar.
Xoán la miró como si acabara de traicionarlo.
—¿Qué?
—No digo que lo contrate mañana. Digo que puede empezar ayudando con cosas.
Ramón parecía interesado.
—¿En el bar?
—No sé si sabes llevar bandejas.
—He llevado redes mojadas.
—No es lo mismo.
—Pesaban más.
Uxía empezó a reír y Xoán acabó haciéndolo también.
—Vais a acabar los dos conmigo.
—Eso suena bastante familiar.
Xoán dejó de reírse un instante y después asintió.
—Sí.
Lo era.
* * *
El primer día que Ramón fue al bar de Bieito no atendió ninguna mesa. Bieito lo llevó al almacén.
—Aquí puedes ordenar lo que quieras.
Ramón inspeccionó cajas de bebidas, sacos y estanterías.
—Está todo mal colocado.
—Acabas de entrar.
—Por eso se ve mejor.
Sabela empezó a reír desde la puerta.
—Ahora ya sabéis por qué os habéis caído bien.
Bieito la ignoró.
—Haz lo que quieras, pero si no encuentro algo, lo deshaces.
—De acuerdo.
Dos horas después, Bieito entró y encontró cada caja agrupada, etiquetada y colocada por tamaño.
—No me gusta.
—¿Por qué?
—Porque ahora no puedo decir que estaba mejor antes.
Ramón sonrió.
A media mañana apareció un cliente que lo reconoció. No pidió una fotografía; se limitó a levantar la mano.
—Buenos días, Ramón.
Él respondió.
—Buenos días.
El hombre continuó hacia la barra y Ramón se quedó quieto. Bieito lo vio.
—¿Qué?
—Nada.
—Algo.
Ramón miró hacia el cliente.
—Me ha saludado.
—Suele pasar en un bar.
—Sin preguntarme nada.
Bieito entendió.
—Ya se cansarán.
—¿De qué?
—De que seas noticia.
Ramón apoyó una caja en la estantería.
—Me gustaría.
Bieito cogió otra.
—Entonces tendrás que hacer cosas aburridas.
—Se me dan bien.
Trabajaron juntos.
* * *
Uxía seguía escribiendo.
Había dejado de esconder el documento cuando alguien entraba. Ya no fingía que eran notas.
Una tarde, Xoán apareció detrás de ella.
—¿Cuánto llevas?
Uxía cerró parcialmente la pantalla.
—No mires.
—Entonces es un libro.
—No he dicho eso.
—Has cerrado el ordenador como haces cuando escribes algo que no quieres que lea.
Uxía giró la silla.
—No estoy segura de querer publicarlo.
—Eso es distinto de no estar escribiéndolo.
Ella suspiró.
—Estoy intentando ordenar todo.
—¿Para ti?
—También.
Xoán se sentó.
—¿Qué necesitas?
Uxía no respondió inmediatamente.
—Hablar contigo.
—Ya hablamos.
—De cosas concretas.
—Pregúntame.
Uxía negó.
—No hoy.
—¿Por qué?
—Porque si voy a hacerlo quiero que sepamos qué es mío para contar y qué no.
Xoán la observó. Aquello parecía sorprenderlo.
—¿Me vas a pedir permiso?
—Para contar tu vida, sí.
—Parte de tu vida también es la mía.
—Exacto. Por eso es difícil.
Xoán se quedó pensando.
—Hay cosas que no quiero leer en un periódico.
—Yo tampoco.
—Pero este libro no sería un periódico.
—No.
—Entonces cuando estés preparada hablamos.
Ella asintió.
—Y si hay algo que no quieres que cuente, no lo cuento.
Xoán sonrió.
—Eso no suena mucho a periodista.
—Soy una periodista estupenda.
—Eso lo dices tú.
—Y varias nóminas.
Xoán se levantó y, antes de salir, se detuvo.
—Uxía.
—¿Qué?
—Lo de dentro sí quiero que lo cuentes.
Ella entendió.
—¿Por qué?
Xoán tardó.
—Porque durante cuarenta años nadie pudo explicar qué nos había pasado. Si ahora podemos dejar algo que evite que otra familia tenga que inventarse una respuesta, merece la pena.
Uxía lo miró hasta que salió. Después abrió el documento, pero no escribió; solo dejó la pantalla encendida.
* * *
Ramón y Xoán empezaron a caminar juntos por las mañanas. No todos los días ni demasiado lejos. El recorrido cambiaba según el tiempo y según lo que Ramón quisiera ver.
Una mañana fueron hasta una calle en la que había vivido alguien que él recordaba. La casa ya no existía. Otro día buscaron el lugar donde había trabajado y encontraron otro edificio.
Ramón no pareció decepcionado.
—Pensé que me dolería más.
—¿No?
—No es que hayan borrado mi vida.
—¿Entonces?
Ramón señaló la calle.
—La continuaron sin mí.
Siguieron andando.
—¿Te molesta?
—A veces.
—A mí también.
Ramón sonrió.
—Eso lo compartimos.
Caminaron unos metros.
—¿Qué recuerdas de mí antes de desaparecer? —preguntó Ramón.
Xoán soltó aire.
—Nada.
Ramón aceptó la respuesta.
—¿Nunca?
—Tengo recuerdos de cosas que me contaron. Durante años pensé que algunos podían ser míos, pero no sé distinguirlos.
—Entonces no intentes.
—¿No te duele?
—Claro.
—No lo parece.
Ramón se detuvo.
—Xoán, he pasado demasiado tiempo despertando sin saber qué recordaba de verdad. Si tú no me recuerdas, no inventes un padre para que yo me sienta mejor.
La frase lo dejó callado. Ramón volvió a andar.
—Podemos conocernos ahora.
Xoán tardó unos segundos en seguirlo.
—Eso mismo me dijo Uxía.
—Entonces la chica es lista.
—No le digas eso.
—¿Por qué?
—Porque ya lo sabe.
Ramón soltó una carcajada y Xoán también.
Siguieron caminando. No intentaron recuperar una infancia: hablaron del pan, de la lluvia, de que Ramón todavía no entendía por qué alguien necesitaba veinte tipos distintos de café y de que Xoán tampoco.
* * *
Aquella tarde, Uxía encontró a ambos sentados en la cocina. Ramón tenía el teléfono en una mano y Xoán señalaba algo en la pantalla.
—¿Qué hacéis?
—Tu padre me está enseñando a mandar una fotografía.
—¿Mi padre?
Ramón levantó la cabeza.
—El mío.
Uxía empezó a reír.
—Esto va a ser cada vez peor.
Xoán terminó de enseñar el proceso. Ramón tocó la pantalla y el teléfono de Uxía vibró.
Miró el mensaje. Era una fotografía desenfocada de Xoán desde demasiado cerca. Debajo aparecía: «Tu padre».
Uxía levantó los ojos.
—Perfecto.
Ramón parecía satisfecho.
—Ya sé.
—No. La foto es horrible.
—Se ve.
—Se ve una nariz.
Xoán cogió el teléfono.
—Déjame.
Ramón se lo quitó.
—Puedo hacerlo.
Volvió a intentarlo. La siguiente fotografía incluía a los dos, mal encuadrados y riéndose porque ninguno conseguía encontrar dónde mirar.
Uxía guardó el teléfono.
—Esa sí.
Ramón miró la imagen.
—¿Por qué?
Uxía la amplió.
—Porque dentro de diez años nadie va a recordar qué estabais intentando hacer. Solo que estabais aquí.
Xoán se quedó mirando la fotografía. Ramón también.
La frase había salido sin intención. Uxía lo comprendió después.
Durante meses habían hablado de fotografías antiguas como pruebas de personas que faltaban, de caras que había que estudiar para reconstruir una historia y de imágenes que permitían reconocer a alguien que había desaparecido antes de que pudieran recordarlo.
Aquella era distinta. No demostraba nada, no documentaba una desaparición ni servía para identificar a nadie. Era simplemente una mala fotografía de dos hombres aprendiendo a usar un teléfono en una cocina.
Uxía decidió conservarla por eso: después de tanto tiempo intentando recuperar lo que no habían podido vivir, empezaban a tener recuerdos nacidos ahora, sin huecos que rellenar.