Capítulo 19 - Einar #3
Pero avanzando.
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Lo que pasó esta semana:
La conversación en el código de Dern se ha ido acumulando desde que ella llegó. Pasa al hierro sin que nadie lo pida, que es como funciona el don y cómo actúa sobre lo que está presente, y lo que ha estado presente es más de lo que sabía expresar.
Las piezas para la botica. La ladera sur. El mortero. La pregunta sobre la lavanda del claro. El gancho y el clip y el anillo para el manojo de lavanda.
Y ella responde. Las hierbas en la puerta de la forja. El agradecimiento que abarcó tanto el dato como el motivo. El vine sin una razón concreta que fue honesto de un modo que en Dern se prefiere a la justificación conveniente.
Las palabras son la última parte de la conversación, no la primera.
Llevamos meses conversando.
Más despacio de lo que a Einar le habría gustado.
Pero llegando.
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Fui a la ventana que da al este después de volver a cubrir con la tela.
La botica tenía luz tenue a esa hora, que es la hora en que Alana a veces trabaja hasta tarde, con la vela en la mesa de trabajo y el cuaderno abierto o alguna planta que procesar y que no podía esperar.
A veces la luz está apagada, lo que significa que se fue a dormir a una hora razonable, algo que ocurre más ahora que en los primeros meses, datos que registré sin proponérmelo, porque existen en el campo periférico de atención cuando llevas el tiempo suficiente prestando atención en esa dirección.
Había luz.
No sé cuánto tiempo me quedé en la ventana.
Lo suficiente para verificar que la luz estaba ahí.
Más el tiempo que lleva asimilar lo que significa que la luz estuviera ahí, que es un tiempo distinto al de la verificación.
Más el tiempo que lleva decidir que quedarme más sería algo diferente de lo que estaba haciendo en el rato que ya llevaba ahí.
Dejé la ventana.
Me fui a dormir.
Pero antes de dormir me quedé con el gancho de Einar en el rincón sur y la canción que los labios cantan sin que me dé cuenta y la lavanda del claro que Alana ofreció buscar en los cuadernos sin decir para quién sería y la luz tenue en la ventana de la botica a esa hora de la noche en que Dern está en calma y las cuarenta y tres casas duermen casi todas excepto esta.
Me quedé con todo eso.
Y con Einar, que ya no está aquí pero que está aquí de todos modos, en la risa de Signe que le llena toda la cara, en la canción que los labios cantan sin permiso, en el gancho cubierto que todavía no he podido terminar ni tirar, que es una forma de ser que la mayoría llamaría incapacidad para pasar página y que yo llamo fidelidad a lo que fue real.
Posiblemente sean lo mismo visto desde ángulos distintos.
Estás avanzando, diría Einar. Solo que más despacio de lo que me gustaría. Pero es tu ritmo, y siempre conocí tu ritmo, y aprendí a esperar, que es lo que tú harías por mí también si fuera al revés.
Aprendí a esperar.
Que es lo que tengo.
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Por la mañana Signe bajó a tomar café con Brum a las siete cuarenta y cuatro, que es la hora que varía según cuánto tardó Brum en decidir abandonar su postura de sueño, que es una variable independiente de cualquier otro factor del universo observable.
Tomamos café en el silencio de la mañana que tiene todo el día por delante, que es el silencio que más me gusta porque contiene posibilidad en lugar de solo ausencia.
Signe no mencionó la canción.
Yo no mencioné la canción.
Pero Signe me miró un segundo, a mitad del café, con esa mirada que tiene cuando registra algo que considera relevante y guardará para más adelante.
Son los ojos de Einar: atención directa, sin desviar, con esa cualidad de quien no necesita mucho tiempo para llegar a una conclusión pero tiene paciencia para esperar a que llegue el momento de decirla.
Le devolví la mirada.
Volvió a su café.
El martillo mantuvo su ritmo constante todo el día.
Así es como debe ser cuando hay trabajo que hacer y lo que hay que hacer se está haciendo, y siempre hay trabajo, y siempre es posible hacer lo que hay que hacer, una verdad que aprendí antes de aprender muchas otras cosas y que ha seguido siendo cierta a pesar de todo lo que ha cambiado desde entonces.
Einar habría aprobado un día así.
Con esa sonrisa suya, la que le ocupaba toda la cara sin pedir permiso.
Con la risa que Signe también tiene, que es la parte de él que quedó a la vista.
Y eso basta.
Por ahora, que es lo que hay, basta.
Y la campana sonará esta noche, como suena cada noche, con la forma del canto que lleva dentro desde el principio, con la añoranza que entró en el hierro hace seis años y allí se quedó, con todo lo que entró en el hierro aquella noche, más de lo que podía caber.
Y me despertaré cuando suene.
Y el silencio de después tendrá esa cualidad que tiene a veces últimamente, la cualidad de algo que llega en lugar de algo que permanecía.
Lo cual es nuevo. Y basta por ahora.
Más lento de lo que me gustaría, diría Einar. Pero va llegando, Vid. Siempre llega.
Tenía razón.
Más a menudo de lo que resultaba cómodo.
Y va llegando.
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