La boticaria de Dern Capítulo 18 - La música de Einar
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Capítulo 18 - La música de Einar

Comienza como comienza todo lo que cambia algo: sin aviso, en medio de algo completamente distinto.

Signe está en el taburete alto con el libro y Brum en el regazo, una tarde de martes con luz otoñal entrando por la ventana sur en el ángulo que cubre la superficie de trabajo de oro oblicuo, y yo proceso raíz de bardana para una tintura, trabajo que ocupa las manos lo suficiente para que la mente divague, lo que lo hace buen trabajo para cuando hay algo que la mente prefiere no examinar directamente pero que sigue presente de todas formas.

La botica tiene ese silencio de trabajo paralelo que he aprendido a reconocer como el silencio más completo que existe: dos personas cada una en lo suyo, presentes en el mismo espacio sin necesidad de comentar la presencia, sin que el silencio necesite llenarse porque ya lo llena el trabajo de cada una.

Signe lleva así media hora, pasando las páginas del libro con la regularidad de la lectura absorta, Brum recolocándose en su regazo cada veinte minutos con la eficiencia de quien optimiza la comodidad dentro de las coordenadas disponibles.

Entonces Signe empieza a tararear.

No noto de inmediato que es ella, el sonido llega antes que la conciencia de que hay un sonido, como las cosas que entran por la periferia antes de alcanzar el centro de la atención.

Es una melodía, eso registro. Qué melodía, no la identifico enseguida.

Sigo trabajando con la bardana, que no espera a que identifique melodías.

Pero la melodía continúa, y algo empieza a ocurrir con ella dentro de mí, esa sensación específica de estar cerca de algo que debería reconocer pero que aún no he identificado del todo, como cuando el olor de una planta llega antes que su nombre y se queda en ese estado de reconocimiento inminente que es a la vez satisfactorio y frustrante porque está casi ahí pero todavía no ha llegado.

Me detengo con la bardana en la mano.

Miro a Signe.

Está sentada con los ojos entornados, el libro apartado, en ese estado específico de alguien que está en un lugar diferente de donde está su cuerpo: rostro ligeramente distinto del habitual, más suave, menos presente en el sentido de atenta a lo que la rodea, más presente en el sentido de conectada con lo que lleva dentro.

El estado que Einar tenía, dijo ella, cuando tarareaba la canción que llevaba en lo profundo.

La melodía tiene cuatro compases que se repiten con una variación en el tercero, simple de un modo que parece antiguo, con esa cualidad de la música que existió antes de ser compuesta, que lleva existiendo más tiempo del que nadie puede rastrear.

Me quedo de pie con la bardana en la mano.

Conozco esta melodía.

No sé de dónde. No sé cuándo. Pero la conozco, con esa certeza de reconocimiento que precede a la identificación, la certeza que viene del cuerpo antes que de la mente, y que es más fiable que la certeza que la mente produce sola, porque el cuerpo recuerda cosas que la mente archivó demasiado hondo para recuperarlas fácilmente.

✿

Signe abre los ojos al dejar de tararear y me encuentra mirándola con la bardana suspendida en la mano.

—Perdón —dice, con la sorpresa genuina de alguien que no sabía que estaba emitiendo un sonido audible—. ¿Estaba tarareando en voz alta?

—Sí —digo.

—A veces me pasa —dice, con esa honestidad directa que tiene para sus propios hábitos—. Cuando estoy leyendo y la melodía está ahí al mismo tiempo, a veces las dos cosas ocurren a la vez sin que me dé cuenta de que están ocurriendo las dos. —Me mira con esa mirada evaluadora—. ¿Te molestó?

—No —digo—. Lo contrario.

Ella espera.

—¿Qué melodía es? —pregunto, con el cuidado de quien sabe que la pregunta puede tener peso antes de saber qué peso específico tiene.

Signe me mira un momento con esa mirada evaluadora que reserva para las cosas que importan antes de responder.

—La canción de mi padre —dice, simplemente. Con esa voz ligeramente distinta que tiene cuando habla de Einar, más queda pero no más débil, no frágil, solo diferente de su voz para otras cosas.

Me quedo quieta.

—Recordaste la canción entera —digo.

—La mayor parte —corrige, con la precisión que tiene para las afirmaciones sobre sí misma—.

No toda. Pero más que antes del té. —Mira a Brum como si verificara algo con él antes de continuar, el gesto que tiene cuando procesa algo que quiere formular bien antes de decirlo—.

Después del sueño, esa primera visita-sueño, desperté con ella más presente de lo que estaba antes.

Aún no completa, pero más. Y siguió volviendo en las semanas siguientes.

Como cuando recuerdas dónde pusiste algo que estabas buscando: no todo de golpe, sino en fragmentos que fueron uniéndose hasta formar el todo.

Me quedo con esa descripción un momento. Es exacta.

—¿Puedes tararearla otra vez? —pregunto.

Signe me mira un momento con la seriedad de quien evalúa una pregunta antes de dignarse a responderla.

—¿Por qué quieres oírla?

—Porque la reconozco —digo—. Todavía no sé de dónde. Pero la reconozco.

Signe guarda silencio ante eso durante un tiempo que es procesamiento auténtico, no vacilación social.

—¿Reconoces la canción de mi padre? —dice, con el tono de quien verifica que ha entendido bien.

—Reconozco la melodía —digo—. No sé de dónde. Pero me resulta familiar de un modo que todavía no he identificado del todo. Quiero oírla otra vez para completar la identificación.

Guarda silencio otro momento.

Entonces tararea.

✿

Escucho con esa atención de boticaria que he aprendido a aplicar a todo lo que requiere identificación: cada sentido alerta, sin forzar la conclusión antes de que el proceso se complete, dejando que lo que llega lo haga a su propio ritmo.

La melodía tiene cuatro compases base, con esa variación en el tercero que la hace asimétrica, abierta, no la melodía que va de A a B de un modo que se resuelve del todo al alcanzar B.

Es una melodía que no cierra, que deja algo suspendido al final, el tipo de melodía que se queda en la cabeza no porque sea pegadiza en el sentido irritante de la repetición, sino porque no cerró del todo y la mente sigue esperando la resolución que no llega.

Reconozco la estructura antes de reconocer la melodía en sí.

Y entonces reconozco la melodía.

No como un recuerdo claro con ubicación temporal, sino como reconocimiento de territorio, que es distinto.

Como cuando entras en un lugar que visitaste una vez hace muchos años y sientes el lugar antes de recordar la visita específica, el cuerpo que reconoce antes de que la mente tenga acceso al archivo.

La campana.

La melodía de Signe tiene la misma estructura que la campana de Dern.

No el mismo sonido: una es voz humana, la otra es hierro vibrante.

Pero la misma arquitectura: cuatro tiempos con la variación en el tercero, sin resolución completa, algo que queda suspendido después de terminar.

La campana suena y hay un intervalo después que no es simplemente silencio, es el espacio donde la resolución debería haber llegado y no llegó.

La melodía de Signe termina y está ese mismo espacio.

Hierro forjado con intención que no cabía completamente dentro. Una melodía que no se cierra del todo.

La misma forma.

Me quedo con eso mientras Signe termina de tararear y el silencio de la tienda vuelve a lo que era antes, solo que no es el mismo silencio, porque lo que escuché cambió lo que el silencio contiene.

—Signe —digo, con sumo cuidado, el cuidado de quien se acerca a algo que puede ser demasiado grande para tratarlo sin cautela—. Cuando tu padre tarareaba esta canción mientras trabajaba, ¿qué expresión tenía?

Me mira con esa expresión que evalúa la pregunta antes de responder.

—Una expresión lejana —dice al fin—. No distante en el sentido de ausente.

Lejana en el sentido de estar en un lugar que solo existía dentro de él cuando cantaba.

—Pausa—. Como cuando el tío Vid está metido en una pieza que va bien: su cara se va a otro sitio, pero sus manos están completamente ahí.

—Y tu tío —digo, todavía con el mismo cuidado—. Cuando describiste cómo mueve los labios tarareando sin darse cuenta mientras trabaja, ¿cómo sabes que es la misma canción?

Signe se detiene.

Me mira.

—No lo sabía hasta ahora —dice, lentamente—. Pero la forma... —Se queda callada un momento—. Es la misma forma, ¿verdad?

—Lo es —digo.

—El tío Vid tararea la canción de mi padre mientras trabaja —dice, con esa voz ligeramente distinta que tiene cuando procesa algo que reorganiza lo establecido—.

Y la canción de mi padre es de la familia.

Es más antigua que los dos. —Una pausa—.

Así que el tío Vid creció con esa canción tanto como mi padre.

—Sí —digo.

—Y tú crees que la canción está en la campana —dice. No es una pregunta, es la conclusión llegando.

—Creo que sí —digo.

Nos quedamos en silencio un buen rato.

La campana cuadrada, forjada hace seis años, la semana en que alguien se marchó.

La campana que suena con la forma de cuatro tiempos con la variación en el tercero, sin resolución completa.

La campana que tiene la misma arquitectura que la canción que Einar tarareaba mientras trabajaba y que Vidar tararea sin darse cuenta.

—Tu tío forjó la campana —digo, lentamente, construyendo en voz alta porque a veces construir en voz alta ayuda a verificar si lo que uno construye es correcto—. Con la música de Einar dentro. Con su forma.

—Mi padre murió hace tres años —dice Signe, lentamente, siguiendo el mismo camino—. Pero la campana se forjó hace seis años. Antes de que mi padre muriera.

—Lo sé —digo.

—Entonces la campana no es por la muerte de mi padre —dice.