La boticaria de Dern Capítulo 14 - La Reparación Colectiva
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Capítulo 14 - La Reparación Colectiva

El jueves, Petra menciona que el sábado es la Reparación Colectiva.

No de manera formal: lo menciona mientras sirve el té de la mañana, con el mismo tono que usa para decir que el pan de centeno estará listo más tarde porque el horno se puso difícil.

Es información que distribuye sabiendo que llegará adonde tiene que llegar, el principio de comunicación de Dern en general y de Petra en particular.

—¿Qué es la Reparación Colectiva? —pregunto.

—Una vez por temporada —dice—. La isla se reúne para arreglar lo que haga falta.

Un gesto que abarca la ventana y lo de fuera.

—Tejados, caminos, vallas, lo que haya surgido desde la última vez.

—¿Participan todos?

—Los que pueden. Los que no, envían lo que puedan, que a veces es solo presencia, y la presencia cuenta.

—¿Y los que no van?

Me mira con esa mirada.

—Los que no van durante tres temporadas seguidas empiezan a recibir visitas para ver cómo están —dice—. Pero eso no ha pasado en muchos años.

Proceso esto.

—Es obligatorio sin ser obligatorio —digo.

—Es Dern —dice, y es una respuesta completa.

✿

El sábado me despierto con el tipo de mañana de Dern que parece saber que es distinta de las demás: el cielo tiene una luz más clara de lo habitual para la hora, y el aire tiene ese frío seco que anuncia que no habrá lluvia hasta la tarde, algo que he aprendido a leer por el olor antes de mirar al cielo.

Signe aparece a las siete y diez, más temprano de lo habitual, con Brum y la mochila grande en vez de la pequeña, lo que significa que se quedará todo el día.

—¿Vas a ir a la Reparación? —pregunta, con la naturalidad de quien no duda de la respuesta pero la confirma por formalidad.

—Voy —digo.

—Bien —dice—. Te enseñaré lo que hay que hacer.

Que Signe sea mi guía en la Reparación Colectiva es algo que proceso en silencio mientras me pongo la chaqueta de lana de Solveig y recojo las herramientas que puedo llevar: cuchillo de trabajo, guantes, el sombrero de ala ancha que Petra me dio la semana pasada porque en Dern, en un día de trabajo al aire libre, el sol de otoño engaña: parece suave y quema igual.

—¿Qué hago? —pregunto.

—Lo que sabes —dice Signe, con la simplicidad de quien da instrucciones del todo obvias—. Maret siempre cuidaba las plantas de los caminos. Hierbas para la botica, plantas medicinales que crecen en los muros. Quitaba lo que ahogaba y dejaba lo que necesitaba espacio.

Ladea la cabeza.

—Tú sabes hacer eso.

—Sé —confirmo.

—Pues eso es lo que haces en la Reparación.

Brum me mira con esa mirada de tejón marino que he aprendido a interpretar como evaluación y no hostilidad, una lectura que llevó tiempo pero que ya está asentada.

Ladea la cabeza ligeramente, algo que no sé si interpretar como aprobación o simple fisiología, pero que registro como dato positivo en cualquier caso.

✿

La Reparación Colectiva tiene una lógica que se revela sobre la marcha.

No hay organización explícita, ni lista de tareas repartida, ni supervisor designado.

La gente llega a la plaza a las ocho, mira lo que hay que hacer y lo hace.

Décadas de Reparaciones han establecido una memoria colectiva de lo que suele necesitar atención cada temporada, y esa memoria vive en la gente de Dern con la naturalidad del conocimiento que se ha interiorizado y no necesita consultarse.

Odi está en las piedras del camino principal, sustituyendo adoquines que el paso del invierno desplazó.

Tiene esa eficiencia del trabajo manual que trasciende la técnica, la eficiencia de quien lleva décadas haciendo lo mismo y cuyo cuerpo lo ha aprendido del todo.

El herraje de hierro en su cinturón brilla bajo el sol de otoño.

Solveig está en el tejado de la casa de la Sra.

Sigrid con otras dos mujeres cuyos nombres aprendo durante la mañana: Hedda, hija del pescador Hen, que tiene la competencia práctica de su padre para cualquier cosa que requiera mano firme, y Birgit, que es mayor y hace el trabajo de pizarra con la precisión de incontables años de hacer exactamente esto cada vez que pasa el invierno y un tejado muestra las huellas.

La Sra. Sigrid está abajo pasando pizarras con la eficiencia de quien ha organizado esta logística muchas veces.

Liss está por debajo de todo intentando ayudar con los materiales y consiguiendo sobre todo estorbar de una manera tan genuinamente bienintencionada que nadie tiene corazón para decir nada, lo que da lugar a un sistema de maniobras corteses que toda la isla practica en silencio mientras finge que Liss es de ayuda.

Alana va a los caminos.

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Las plantas de los caminos de Dern tienen ese aire de vegetación que ha crecido sin podar el tiempo suficiente para tener opiniones propias: algunas secciones son demasiado expansivas, con raíces que ya levantan las piedras del pavimento; otras están escuálidas por la competencia con plantas vecinas más agresivas; y hay al menos tres puntos donde algo que no debería estar ahí llegó por su cuenta y se ha establecido con la confianza de un ocupante permanente al que nunca se ha cuestionado.

Trabajo en ese estado que produce el trabajo de jardín cuando va bien: la mente vaciada hasta lo esencial, que son suelo, raíz, posición, luz.

Lo que necesita espacio para crecer bien.

Lo que está en el lugar equivocado. Lo que está en el lugar correcto pero crece en la dirección equivocada.

Lo que está exactamente donde debería y solo necesita un poco menos de vecino para expandirse sin competencia.

Signe va delante y señala, yo voy detrás y decido y actúo, una división del trabajo que establecimos sin declararla, que funciona porque Signe conoce estas plantas desde que aprendió a caminar por estos senderos y yo sé qué hacer con ellas una vez que las conozco.

—Esta —dice, y señala un grupo que ha crecido hacia el medio del camino con la confianza de una planta a la que nunca han contestado. Es compacta, con esas hojas gris plateado que reconozco antes de que Signe la nombre.

—Sé lo que es —digo—. Artemisia. Se puede trasplantar al jardín.

—Maret tenía artemisia en el jardín del este —confirma Signe.

—Yo todavía no tengo.

—Pues llévatela.

Así avanza la mañana: Signe como índice de conocimiento local, yo como biblioteca de uso, y el camino entre nosotras como el lugar donde el saber de Maret y el saber de Caldavar se encuentran para producir decisiones de jardinería que ninguno de los dos produciría en solitario con el mismo resultado.

Hay una especie que no reconozco en la segunda sección del camino norte, hojas de borde serrado, tallo rojizo en la base, que Signe llama hierba de viento pero que no corresponde a ninguna entrada del catálogo mental que tengo.

Recojo una muestra para identificarla después.

Signe dice que Maret usaba las raíces para algo pero no recuerda qué, el tipo de laguna que los cuadernos de Maret probablemente llenan, y que me devuelve al plan de recoger los cuadernos de casa de Petra, que todavía no he llevado a cabo.

Esta semana. Definitivamente esta semana.

La Sra. Hild pasa con materiales para un tejado y se detiene un momento al ver el trabajo.

—Maret hacía exactamente eso —dice, con ese tono de Dern que reconoce la continuidad sin dramatizarla—. En el mismo tramo del camino. Siempre empezaba por la artemisia porque decía que la que había invadido el camino estaba pidiendo atención.

—¿La artemisia está pidiendo atención? —repito.

—Eso decía Maret —confirma la Sra. Hild, encogiéndose de hombros como quien no sabe si es verdad pero tampoco lo descartaría, porque quien lo dijo sabía de lo que hablaba.

—Estoy prestando atención —digo.

La Sra. Hild me mira un momento con esa serenidad evaluadora.

—Lo sé —dice, y se marcha con sus materiales.

Signe me mira cuando la Sra. Hild se ha marchado.

—Eso ha sido aprobación —dice, por si no lo he interpretado bien.

—Lo sé —digo.

—La Sra. Hild no da su aprobación fácilmente —añade, por si me faltaba el dato.

—Eso también lo sé.

Signe asiente con la satisfacción de quien ha obtenido doble confirmación y vuelve a inspeccionar el camino.

El trabajo continúa hasta casi el mediodía, cuando la mañana adquiere esa cualidad de finales de otoño que es casi invierno pero no del todo: aire que se ha vuelto frío pero que aún conserva sol suficiente para calentarte si te colocas en el ángulo adecuado.

Tengo las manos cubiertas de tierra oscura hasta los nudillos y el olor de la artemisia recién cortada que permanecerá en los guantes durante días.

Es buen trabajo. Del tipo que deja el cuerpo satisfecho de un modo que el trabajo de banco no consigue, porque el banco usa las manos y el jardín usa todo el cuerpo: el peso de una rodilla sobre la tierra, el ángulo de un hombro cuando una raíz resiste más de lo esperado.

Maret hacía esto cada temporada.

Yo también lo haré.

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Al mediodía Petra anuncia el almuerzo.

No literalmente; Petra no anuncia: aparece en la puerta de la posada con un paño al hombro, y eso basta como anuncio en Dern, donde las señales no necesitan subtítulos para quien sabe leerlas.

La gente de la Reparación empieza a converger hacia la posada con la naturalidad de una corriente que sabe adónde va sin necesitar instrucciones.

La mesa está ampliada con los tablones sobre caballetes, la misma configuración que en la Primera Lluvia pero con luz distinta: un día de otoño con el sol bajo entrando por la ventana oeste crea sombras largas que cruzan la mesa en ángulos que no existen a otras horas.

La mesa es la misma. La luz es diferente.

El resultado es un lugar distinto al de otros días.