Capítulo 13 - El té para dormir #3
No exactamente la misma formulación, ajusto ligeramente la proporción de lavanda del norte después de pensar en lo que ocurrió en el sueño de Signe, que fue más de lo que esperaba pero de la clase correcta: la que abre en lugar de abrumar.
La calibración fue adecuada. Lo que hago ahora es ligeramente diferente, aún más suave, porque el primer trabajo ya lo hizo el primer té y lo que sigue necesita menos.
Signe observa mientras preparo, con Brum en el regazo y esa atención que tiene para el trabajo de boticaria, no atención pasiva, la atención de quien aprende sin llamar aprendizaje a lo que hace.
—¿Por qué lo cambiaste? —pregunta, después de un rato.
—¿La formulación? —digo.
—La cantidad de lavanda del norte.
Lavanda del norte, el nombre que Signe usa para la lavanda rastrera de la costa norte. Por supuesto que tiene un nombre. Todo en Dern tiene nombres que los catálogos de Caldavar no tienen.
—El primer té abrió algo —digo, con la precisión que Signe merece—. Lo que sigue no necesita abrir de nuevo, solo mantenerlo abierto. Menos fuerza, más constancia.
Se queda pensando en eso un momento.
—Es como cuando el tío Vid trabaja piezas que ya tienen la forma —dice—. El acabado es diferente de la forja. Se lo dijiste una vez, lo recuerdo.
Me detengo con la cuchara en el té.
El don actúa sobre el carácter, no sobre la forma. El martillo distribuye. El acabado define.
Esa conversación fue en la fragua, después de ir a agradecerle el mortero. Signe no estaba allí. ¿O sí?
—¿Estabas en la fragua esa mañana? —pregunto.
—Estaba fuera —dice, con la naturalidad de quien no cree que esto requiera explicación—. La puerta estaba abierta. Escuché.
La miro.
—Escuchas muchas cosas a través de puertas abiertas —digo.
—La fragua tiene buena acústica —dice, con esa inocencia calibrada que es el modo de Signe de no negar sin confirmar—. No es culpa mía que ocurran conversaciones interesantes mientras la puerta está abierta.
Brum emite un sonido que esta vez es claramente de aprobación, con ese matiz específico que he aprendido a distinguir de todos sus demás sonidos: más grave y continuo, como un motor que ha alcanzado la temperatura óptima de funcionamiento.
Los miro a los dos un momento.
—Bueno, pues —digo, sin añadir nada más, porque cualquier añadido sería redundante.
Signe sonríe con todo el cuerpo.
—¿Puedo tomar más té esta noche? —pregunta, con la naturalidad de quien ya ha decidido pero comprueba por formalidad.
—Puedes —digo—. Todo el tiempo que quieras.
—Gracias —dice.
No es el gracias del protocolo social, el gracias de Dern, calculado y exacto, el que se considera adecuado a lo recibido.
Que es mucho.
Que es una visita-sueño y una canción que estaba completa y una mañana con Brum caminando suelto a su lado.
Que es el don haciendo lo que debe hacer.
Que es suficiente.
✿
Por la noche, antes de dormir, me siento en la silla junto a la mesa de trabajo con el cuaderno.
Escribo la entrada de Signe con el cuidado que merece:
Signe, 8 años. Pesadillas recurrentes sobre su padre, Einar, fallecido hace 3 años.
Nota: boticaria observando a hija de artesano con don de herrero, posible sensibilidad elevada a procesos oníricos.
Formulación: lavanda de jardín + lavanda de la costa norte, miel local.
Proporción baja. Resultado: sueño profundo, pesadilla transformada en visita-sueño.
Despertó una vez a media noche, no por susto.
La canción que el padre solía cantar, presente en el sueño.
Emocionalmente apropiado a lo necesario, no abrumador.
Me detengo. Releo.
Añado, en letra más pequeña, como siempre hago con las observaciones al margen:
El don calibró bien. La lavanda de la costa norte fue la elección correcta. Maret sabía lo que sabía.
Y debajo, en letra más pequeña aún, porque es más observación personal que clínica:
Vidar se detuvo junto a la ventana cuando vio a Signe animada describiendo el sueño. Sus manos se detuvieron un momento antes de retomar el trabajo. No me miró.
Cierro el cuaderno.
La campana suena una vez a las diez, ese intervalo, el silencio después.
Me quedo escuchando la campana un momento antes de apagar la vela, sin analizar, solo presente con el sonido, que es lo que Dern sigue enseñando: a veces basta con estar con el sonido, sin necesitar nada más de él.
El sonido está ahí. Yo estoy aquí. Vidar está despierto ahí arriba, probablemente, porque la campana suena y él despierta, la mecánica establecida de seis años.
Y Signe duerme en la habitación junto a la fragua con el té de lavanda de la costa norte en el cuerpo y, si el té hizo lo que debía, con el sueño que acoge en lugar de perseguir.
Eso es suficiente.
Mañana Signe aparecerá con Brum a las siete cuarenta y me contará cómo fue el sueño con la misma honestidad con la que cuenta todo, y ajustaré la formulación según lo que me diga, y Brum irá al rincón cálido del pequeño horno, y el trabajo continuará.
Dern no se detiene.
La botica no se detiene.
La campana no se detiene.
Y yo tampoco me detengo, que es, descubro, la forma más sencilla de decir que me quedé.