Capítulo 13 - El té para dormir #2
—¿Bien?
—Muy —dice—. Me desperté una vez en mitad de la noche, pero fue un despertar diferente. No por una pesadilla. Otra cosa.
—¿Diferente cómo?
Signe guarda silencio más tiempo esta vez, mirándose las manos con la atención de quien describe algo para lo que aún no tiene palabras del todo formadas, un ejercicio que he visto hacer a Signe a veces con cosas demasiado nuevas para tener ya un vocabulario.
—Soñé con mi padre —dice al fin, con esa voz ligeramente distinta de su voz habitual cuando habla de Einar, más queda pero no más pequeña, no frágil, solo diferente de su voz para otras cosas—.
Pero distinto de los otros sueños. No lo estaba buscando.
Estaba con él. Estábamos en la forja, lo cual no tiene sentido porque él no trabajaba en la forja del tío Vid, trabajaba en el barco, pero en los sueños los lugares son así a veces, a veces son un lugar y un recuerdo al mismo tiempo.
—Pausa—. Estaba cantando la canción. La que no consigo recordar entera.
En el sueño la recordaba entera. Cada palabra.
—Se detiene—. Cuando me desperté ya no la recordaba.
Pero estaba ahí mientras dormía, completa, y conocía cada palabra mientras estaba ahí.
El silencio que sigue se extiende como algo que necesita espacio antes de cualquier respuesta.
Me quedo con ese silencio. No lo lleno.
—¿Y después? —pregunto al fin, con el cuidado de quien sabe que el después también importa.
—Después estuve despierta un rato —dice—.
No asustada. Solo despierta, con la canción todavía presente pero desvaneciéndose poco a poco.
No de golpe. Gradualmente. —Me mira—. Es diferente de cuando me despierto de las otras pesadillas, que es despertar sobresaltada y lo malo ya se fue pero el sobresalto todavía está en mi cuerpo.
Esta vez el sobresalto no estaba. Solo la canción, desvaneciéndose.
—Eso suena bien —digo, con cuidado, para no proyectar lo que debería sentir sobre lo que sintió.
—Lo es —confirma—. No sabía que iba a sentirse así. —Inclina ligeramente la cabeza—. No fue una pesadilla. Fue diferente. Fue como una visita.
—Una visita —repito.
—De alguien que se fue a otro lugar pero que puede venir a donde estás por un rato —dice, con esa precisión que tiene para las cosas que más le importan—. Sé que es solo un sueño. Pero fue diferente de un simple sueño.
—Puede ser ambas cosas —digo—. Sueño y real al mismo tiempo, de formas diferentes.
Signe me mira un momento.
—¿Crees eso?
Me quedo con la pregunta antes de responder, porque es una pregunta que merece una respuesta honesta y no un consuelo que haga sentir mejor a alguien sin decir la verdad.
—Creo que los sueños procesan cosas reales de maneras no literales pero con efectos reales —digo—.
Y que el recuerdo de una persona amada que aparece en un sueño está hecho de memoria real, de olor real, de voz real y de presencia real que llevas contigo.
—Pausa—. Tu padre estaba en ese sueño porque lo llevas contigo.
Eso es real independientemente de cualquier otra cosa.
Signe sopesa eso un momento, con la seriedad de quien evalúa un argumento.
Luego dice, en voz aún más baja:
—Tarareaba cuando trabajaba. Una canción que no consigo recordar entera. Solo el principio y un trozo del medio.
Se mira las manos.
—La letra es de una isla que ya no existe. Dijo que era de donde venía su familia antes de Dern, antes de que el abuelo llegara aquí.
Pausa.
—Debería haberle pedido que me la enseñara cuando aún podía. Pero a los cinco años no piensas en eso.
—A los cinco años no se piensa en eso —coincido—. Se asume que la persona estará ahí cuando la necesites.
—Exacto —dice, con esa tristeza serena que reserva para las cosas que son como son y que no cambian por mucho que uno sienta distinto.
Un momento de silencio.
—El tío Vid sabe la canción —dice, después—. Pero cuando le pregunté se quedó callado mucho rato y luego dijo que no la recordaba bien.
Me mira.
—La recuerda. Sé que la recuerda porque a veces mueve los labios cuando trabaja y cree que no lo miro, y es igual que como mi padre movía los suyos cuando tarareaba.
Me quedo completamente quieta.
Vidar que no recuerda bien la canción del hermano muerto. Vidar que mueve los labios mientras trabaja exactamente como los movía su hermano. Vidar que forjó la campana hace seis años y no pone nada en la ventana en la Primera Lluvia.
No digo nada. No me corresponde decirlo.
—Un día la recordará —digo al fin, que es lo más honesto que puedo decir y que no es una promesa, es una posibilidad.
Signe lo considera.
—Quizás —dice—. Cuando esté listo.
✿
Vidar pasa junto a la ventana a media mañana.
No es raro, el camino entre la fragua y la plaza pasa cerca de la ventana sur de la botica, y lo veo pasar a veces cuando estoy en la mesa de trabajo, y probablemente él sabe que a veces estoy en la mesa de trabajo cuando pasa, porque en Dern estas cosas se aprenden por el ritmo del lugar sin que nadie tenga que declararlas.
Pero esta vez se detiene.
No por mucho, un segundo, quizás dos, con esa clase de pausa que ocurre cuando algo en el campo visual retiene la atención antes de que el cuerpo decida seguir andando.
Lo que retuvo la atención fue Signe, sentada en el taburete alto con Brum en el regazo, describiendo algo con esa animación particular que tiene cuando relata un sueño, las manos moviéndose con más libertad de lo habitual, los ojos con esa luz de quien revive algo que fue bueno.
Vidar mira a Signe durante ese segundo o dos.
No me mira a mí.
Sigue andando.
Pero sus manos, que capto por el rabillo del ojo antes de que salga del ángulo de la ventana, hacen ese movimiento que ahora reconozco como el equivalente en Vidar de detener el martillo: se detienen un instante antes de reanudar el paso, como cuando el trabajo de fragua encuentra resistencia inesperada y el cuerpo absorbe antes de continuar.
Me quedo con eso.
Me quedo con la imagen de Vidar deteniéndose dos segundos para ver a Signe animada mientras describe el sueño del padre que cantó la canción completa.
Vidar que sabe la canción y dijo que no la recordaba bien.
Vidar que mueve los labios mientras trabaja igual que Einar movía los suyos.
Vidar que no tiene palabras pero tiene ojos y que pasó junto a la ventana y se detuvo dos segundos y lo que vio fue a Signe con esa luz de mañana de una noche que fue buena.
El don actúa sobre lo que es necesario.
Lo que era necesario para Signe era el sueño-visita. Y uno de los efectos del sueño-visita fue, entre otras cosas, dos segundos de pausa involuntaria de un hombre que no tiene palabras para preguntar qué tal la noche pero que tiene ojos de sobra para ver que fue buena.
Y me quedo con Signe, que no vio a Vidar detenerse porque estaba de espaldas a la ventana, y sigue describiendo el sueño con toda la precisión de que dispone.
—Y la canción estaba ahí —está diciendo—. Y cuando desperté se iba pero despacio, no de golpe. Como cuando enciendes una vela y la luz llena la habitación antes de que veas la llama.
La miro.
Como cuando enciendes una vela y la luz llena la habitación antes de que veas la llama.
Ocho años.
—Signe —digo.
—Hmm.
—Tienes el don de decir cosas exactas.
Lo considera con seriedad.
—El tío Vid dice que solo digo lo que veo —dice—. Que no es un don.
Pausa.
—Pero creo que ver con claridad también es un don, aunque sea diferente de forjar o del trabajo de boticaria.
—Lo es —coincido—. Es un don que no todos tienen.
Asiente con la satisfacción de una conclusión confirmada.
—¿Puedo tomar más té esta noche? —pregunta.
—Puedes —digo—. Todo el tiempo que quieras.
✿
Por la tarde hago más té para la semana.