Capítulo 13 - El té para dormir
Signe pide el té un martes por la mañana, de pasada, como quien menciona cualquier cosa sobre el tiempo que hace.
Está sentada en el taburete alto con Brum y el libro de siempre, y yo estoy de espaldas a ella preparando la última cosecha de tomillo de la ladera, y dice, sin levantar la vista:
—¿Tienes algo para ayudar a alguien a dormir mejor?
Me detengo con el tomillo en las manos.
No es la respuesta inmediata de boticaria que cataloga síntomas y formula soluciones, me detengo porque la pregunta de Signe tiene una cualidad específica que he aprendido a reconocer: la cualidad de una pregunta que se formó mucho antes del momento en que se hizo, que esperó el momento adecuado para salir.
No preguntó hoy porque hubiera dormido mal.
Preguntó hoy porque decidió que hoy era el momento.
Me vuelvo hacia ella con el cuidado que he aprendido para las preguntas de Dern.
—¿Qué está pasando con tu sueño? —pregunto.
Signe no levanta la vista del libro de inmediato. Se queda un momento con los ojos en el texto sin leer, la postura que reconozco como la de quien decide cuánto contar.
—Pesadillas —dice al fin—. A veces. No todas las noches. Pero cuando vienen, me despierto a media noche y no puedo volver a dormir.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre —dice—. Pero empeoraron en invierno. —Una pausa—. El tío Vid lo sabe. Está despierto cuando me despierto. Pero no sé cómo lo sabe porque me quedo callada.
Está despierto cuando ella se despierta.
Vidar, que duerme mal desde que existe la campana, que se despierta cuando la campana suena, y que aparentemente se despierta cuando Signe se despierta también.
O que no duerme lo bastante profundo como para que la diferencia entre ella dormida y despierta se perciba en la calidad del silencio.
—¿Cuáles son las pesadillas? —pregunto, con el cuidado de una pregunta que quizá no tenga respuesta.
Signe cierra el libro. Mira a Brum en su regazo un momento.
—Mi padre —dice, simplemente—. A veces está ahí y luego no está. A veces lo estoy buscando en lugares donde no está. —Me mira con esa mirada directa—. Sé que es un sueño. Pero cuando me despierto, tardo un poco en saberlo del todo.
Me quedo callada con eso.
Ocho años y pesadillas sobre un padre muerto hace tres, a quien recuerda en destellos de olor a abrigo y una canción incompleta. La mente de una niña que procesa el duelo de formas que a veces duermen durante meses y afloran de noche sin aviso.
—Te prepararé algo —digo.
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El problema es que no preparo tés para dormir a la ligera.
No porque sean técnicamente difíciles, la formulación básica es conocida y los ingredientes están disponibles en el jardín y en las últimas semanas de cosecha.
El problema es que un té para dormir actúa sobre el sueño, y el sueño es donde la mente procesa lo que no procesó durante el día.
Y cuando lo que no se procesó durante el día es el duelo de una niña de ocho años que perdió a su padre a los cinco y que vive con un tío que también está de duelo y que no tiene palabras para enseñarle cómo se hace eso, entonces cualquier cosa que actúe sobre el sueño puede actuar sobre el duelo también, de formas que no están en el protocolo técnico pero que el don de Alana, que actúa sobre lo necesario y no sobre lo solicitado, encontrará de todos modos.
Eso fue lo que pasó con Runa.
Pidió sueño. El remedio dio sueño. Y junto con el sueño, espacio para que dos años de duelo comenzaran a moverse, lo cual fue lo adecuado para Runa, que es una adulta con recursos para recibir lo que el sueño abrió.
Signe tiene ocho años. Tiene recursos también, es Signe, que es fuerte y atenta y tiene a Vidar y a Petra y a Brum y ahora me tiene a mí, pero son recursos de ocho años, que son reales y válidos y diferentes de los de un adulto.
Y el duelo de Signe por su padre tiene capas que aún no sabe del todo que tiene, porque a los ocho años no se tienen todas las herramientas para saber qué hay ahí.
Me quedo ante la mesa de trabajo mirando los ingredientes durante más tiempo del que la preparación técnica requiere.
La pregunta no es si hacerlo. Lo haré, que Signe duerma mal y pida ayuda es una situación que requiere respuesta, y respuesta es lo que tengo para dar.
La pregunta es cómo calibrar para que lo que el don añada más allá de lo pedido sea del tipo que Signe pueda recibir sin verse abrumada, una distinción clínica que Caldavar nunca me enseñó pero que aprendí en la práctica y que en el caso de Signe necesita cuidado especial.
Así que pienso.
La lavanda de la ladera sur queda descartada de inmediato: es la lavanda para el agotamiento vital, para alguien que se ha quedado completamente sin reservas, y Signe no está ahí.
Tiene pesadillas, que es diferente de no tener recursos en absoluto.
La lavanda del claro, que Maret guardaba para quienes habían perdido el camino de vuelta a sí mismos, también queda descartada, porque Signe tiene el camino, solo tiene un obstáculo en el camino, que es diferente.
La lavanda del jardín, la variedad doméstica, más suave, que creció en este suelo con el recuerdo de Maret usándola para cosas cotidianas y no para emergencias. Y la lavanda rastrera de la costa norte, que aprendió a doblarse sin romperse, que Maret usaba para quienes necesitan suavidad.
Para niños.
Esa combinación. Con miel de la colmena de Dern, no la miel de Mira Dun que uso para compuestos medicinales, sino la miel que las abejas de Signe hacen con las flores específicas de esta isla. Miel que lleva Dern dentro, que es la forma más directa de poner un lugar en un remedio.
Preparo el té con intención declarada: sueño que acoge en lugar de ahuyentar, pesadillas que se transforman en lugar de repetirse.
Lo que el don añada es decisión del don, y no controlo eso antes de hacerlo, pero puedo calibrar el material para que lo que el don encuentre disponible sea apropiado para lo que Signe necesita ahora, que no es lo mismo que lo que Runa necesitaba.
Cada persona es su propia formulación.
Lo hago con el cuidado que la formulación merece: cada ingrediente en la proporción calculada para el peso y la edad aproximados de una niña de ocho años, temperatura de infusión que preserva las propiedades más delicadas de la lavanda de la costa norte, las que harán lo que debe hacerse, tiempo de infusión que no es el tiempo de receta estándar sino el tiempo que el olor pide, que es una forma de saber que aprendí de Maret a través de Signe sin saber que lo estaba aprendiendo.
El té sale con ese color específico de formulación cuidadosa: no el ámbar intenso de extracto concentrado, más suave que eso, como un té de tarde de domingo, con la lavanda de la costa norte aportando esa nota que baja con el olor, la nota que hace que la respiración se vuelva más lenta antes de que entiendas por qué.
Lo sirvo en una taza pequeña con miel local, la miel de las abejas de Signe que tiene el sabor de las flores específicas de Dern que ninguna miel de otra isla reproduce.
—Antes de acostarte —digo—. No demasiado caliente, lo bastante tibio para que el cuerpo lo reconozca como un momento de transición hacia el descanso.
Signe toma la taza con ambas manos, como ha hecho siempre, como si necesitara sentir el calor en toda la palma antes de beber.
—¿Servirá de algo con las pesadillas? —pregunta.
—No lo sé —digo, porque la honestidad es lo que Signe merece y lo que Signe puede recibir sin necesidad de atenuarla—.
Podría ayudar a que el sueño sea más profundo, lo que a veces hace que las pesadillas pierdan fuerza.
Y tiene propiedades que a veces ayudan a la mente a procesar lo que lleva guardado de formas más suaves.
—Pausa—. Pero no sé qué pasará exactamente.
Mi don a veces hace más de lo que indica la receta.
Signe me mira con esa mirada.
—Maret dijo que su don era así —dice.
Me detengo.
—¿Maret habló de mi don?
—Habló de un don así —corrige Signe—. No de ti específicamente, porque aún no estabas aquí.
Pero dijo que cuando un boticario tiene un don que responde a lo necesario en lugar de a lo solicitado, a veces lo necesario es más de lo que la persona está preparada para recibir, y que un boticario con ese don tiene que aprender a calibrar. —Inclina la cabeza—. ¿Has aprendido?
—Estoy aprendiendo —digo.
—Está bien —dice, con la calma de quien constata un progreso adecuado y no necesita más que eso—. Avísame si crees que calibraste mal.
—¿Cómo sabrás si calibré mal?
—Te lo diré por la mañana —dice—. Yo digo las cosas. —Pausa—. Todas. Especialmente las que importan.
Eso es tanto advertencia como declaración de intención. Lo registro como tal.
Eso también es verdad objetiva y absoluta sobre Signe, verificable por cualquiera que haya pasado más de diez minutos con ella y haya prestado suficiente atención.
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Por la mañana Signe aparece a las siete y cuarenta, la hora habitual, con Brum suelto a su lado en lugar de bajo el brazo, lo cual es un indicador de su estado de ánimo que he aprendido a leer: Brum suelto significa una mañana relativamente buena.
Brum en su regazo significa mañana neutral.
Brum firmemente bajo el brazo con expresión de prisionero digno significa que algo pasó antes de llegar que ninguno de los dos mencionará.
Esta es una mañana de Brum-suelto.
Entra en la tienda sin llamar, el protocolo establecido, y va directamente al taburete alto con Brum siguiéndola con ese sonido de patas palmeadas sobre el suelo de madera.
Sube con el movimiento habitual. Brum va al rincón cálido del pequeño horno que encendí temprano esta mañana porque la temperatura estaba bajando y el rincón cálido es su territorio.
Espero.
Signe guarda silencio un momento después de sentarse, ese tipo de silencio que en ella indica que está organizando cómo describir algo que importa, no vacilación sino preparación.
—Dormí —dice al fin. No como una simple afirmación, sino como la respuesta a una pregunta que no necesité hacer porque ella sabía cuál era.