La boticaria de Dern Capítulo 12 - Lavanda de mar #2
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Capítulo 12 - Lavanda de mar #2

—Venía —confirma Signe—. No a menudo. Decía que a este lugar no le gusta que lo visiten con frecuencia.

Entra lentamente, con la reverencia particular de una niña que aprendió que algunos lugares piden un cuidado diferente, no porque alguien lo dijera sino porque el lugar mismo lo comunica de algún modo.

—Solo cosechaba aquí para cosas muy concretas.

—¿Qué cosas?

Signe se detiene en el centro del claro y mira las plantas durante un momento que tiene la cualidad de una decisión sobre cuánto revelar.

—Para el sueño que no llega hagas lo que hagas —dice—. No el sueño difícil, que la lavanda de la ladera trata. El sueño que se ha detenido por completo, que es diferente.

Una pausa.

—Y para personas que habían perdido a alguien y no podían volver a encontrarse a sí mismas.

Maret decía que hay una diferencia entre una persona que ha perdido a alguien y todavía sabe quién es sin esa persona, y una persona que ha perdido a alguien y ya no lo sabe. Para el segundo tipo, esta lavanda.

Me mira con esa mirada directa.

—Maret decía que esta no actúa sobre el cuerpo. Actúa sobre el lugar al que va una persona cuando cierra los ojos.

Me quedo callada con eso durante un tiempo considerable.

El lugar al que va una persona cuando cierra los ojos.

No es una descripción farmacológica. Pero es una descripción de algo real que los boticarios experimentados identifican clínicamente como un componente ansiolítico profundo en ciertas variedades de lavanda con compuestos específicos que, en concentración adecuada, van más allá de la simple sedación.

El mecanismo técnico existe y es documentable.

O es exactamente lo que Maret dijo, sin ningún mecanismo técnico de por medio, solo la observación de lo que sucede.

Posiblemente ambas descripciones sean lo mismo en idiomas diferentes, que es la conclusión a la que Dern me lleva una y otra vez sobre la relación entre lo que se mide y lo que se percibe.

—¿Puedo cosechar? —pregunto.

—Puedes —dice—. Con más cuidado aún. Más que con las otras.

Cosecho tres cabezas florales, el mínimo necesario para las pruebas, con el cuidado que la planta de la grieta de basalto ya me enseñó, amplificado por lo que este claro comunica.

Las raíces son profundas; cuando el tallo se dobla ligeramente al cosechar, siento la resistencia de una planta con un sistema de raíces antiguo, una planta que ha estado en este suelo más tiempo que cualquier persona viva en Dern.

Una planta que estuvo aquí antes que Maret y estará aquí después de mí si se la trata con el respeto que merece una planta antigua en un lugar concreto.

Brum entra al claro después de mí.

Se queda en el borde, no avanza hacia el centro. Mira las plantas con sus pequeños ojos brillantes y esa postura de atención que tiene cuando procesa algo que no encaja del todo en las categorías disponibles. No se acerca a las plantas.

—¿Por qué no se acerca? —pregunto.

Signe observa a Brum durante un momento con esa atención total que reserva para las cosas que importan.

—Creo que sabe que no es para él —dice—. No de la manera en que la lavanda de la ladera sur es para él. Esa es placer, aunque indirecto. Esto es otra cosa.

—¿Los tejones marinos distinguen?

—Brum distingue —dice, con la convicción de quien no está haciendo una afirmación general sobre la especie.

Salimos del claro con cuidado, por la misma entrada, sin pisar las plantas más cercanas. Cuando volvemos al sendero, Brum retoma su rutina habitual de exploración metódica, como si el claro fuera un episodio aparte, terminado, sin necesidad de continuación.

✿

De regreso nos detenemos en la plataforma de piedra que da a la isla, convertida ya en parada obligatoria en cualquier ruta que pase por esta elevación.

Signe se sienta en la piedra plana con Brum en el regazo, que esta vez vino por voluntad propia y no fue colocado allí, y yo me quedo de pie a su lado contemplando Dern allá abajo.

—¿Sabías todo esto sobre la lavanda cuando llegaste aquí? —pregunta Signe.

—No —digo—. Sabía que existía. No sabía que tuviera variedades tan diferentes.

—Maret tardó diez años en entender la lavanda de mar —dice, repitiendo lo que Petra me contó el primer día, pero esta vez con un peso distinto, porque ahora sé lo que significa entender.

—Diez años parece mucho tiempo.

—Petra dice que las cosas que valen la pena llevan el tiempo que necesitan —dice Signe—. Que no se puede apresurar sin perder algo por el camino.

Miro Dern. La campana en la plaza, silenciosa a esta hora de la tarde. El humo de la forja en la ladera noreste, que desde aquí arriba parece más tenue que desde abajo, más delicado.

—¿Crees que Maret sigue aquí de alguna forma? —pregunto, no como cuestión metafísica sino como pregunta genuina sobre la presencia.

Signe lo considera con seriedad.

—En las plantas —dice al fin—. Las plantas que plantó siguen aquí. El tomillo de la ladera que sabía usar sigue creciendo. La lavanda del claro crece en el mismo lugar donde creció durante más tiempo del que ella estuvo viva.

Mira hacia el jardín allá abajo, invisible desde aquí pero presente en la memoria.

—Y en las cosas que enseñó a la gente. Que ahora están en mí.

Pausa.

—Y estarán en ti, si te quedas el tiempo suficiente.

Si te quedas el tiempo suficiente.

No lo corrijo a cuando como habría hecho en los primeros días. Dejo que el si exista sin necesidad de convertirlo, porque si y cuando se van pareciendo cada vez más en mi percepción del futuro en Dern, información que archivo sin examinar por ahora.

—¿Qué más te enseñó Maret? —pregunto.

Y Signe me cuenta.

✿

Habla durante media hora, con esa cualidad propia de la memoria infantil que almacena las cosas de forma distinta a los adultos: en destellos de detalle sensorial, en frases que permanecieron exactas incluso cuando el contexto circundante se volvió borroso, en gestos que demuestra con las manos para completar lo que las palabras no alcanzan del todo.

Aprendo que Maret hacía un jarabe de invierno que nadie en la isla ha podido replicar y que Signe conoce los ingredientes pero no las proporciones, que es la parte más difícil, porque ahí es donde el don actúa de forma invisible, más allá de lo que puede documentarse.

Aprendo que Maret tenía un método específico de cosecha que tenía en cuenta la fase de la luna, que Signe describe sin saber si es ciencia o tradición pero que Maret practicaba con suficiente constancia como para que Signe piense que probablemente importa, lo cual anoto sin sacar conclusiones sobre su validez, porque algunas cosas solo pueden verificarse con el tiempo suficiente.

Aprendo que Maret a veces hablaba con las plantas, no como ritual sino como hábito de trabajo de alguien que trabaja sola, y que Signe lo intentó una vez y no obtuvo respuesta perceptible pero admite que quizás no estaba escuchando como debía.

Aprendo que Maret tenía opiniones sobre cada planta del jardín de la botica y que algunas eran poco convencionales, como la de que la bardana obstinada que sigue volviendo al bancal equivocado estaba allí por una razón que aún no se había descubierto, y por lo tanto no debía eliminarse sino observarse, que es una conclusión diferente de eliminar: la eliminación cierra la pregunta y observar la mantiene abierta.

Aprendo que Maret a veces lloraba mientras preparaba ciertos remedios, no de tristeza sino de otra manera, y que cuando Signe preguntó, ella dijo que era el don actuando sobre lo necesario y que a veces lo necesario pasaba a través de ella antes de llegar a quien lo recibiría.

Esta última información permanece en mí de forma distinta a las otras, porque es una descripción de un don que reconozco: el don de Maret y mi don son primos cercanos, posiblemente lo mismo con expresiones diferentes según el oficio y la persona.

—Entonces me equivoqué al eliminarla —digo.

—No —dice Signe con franqueza—. Maret también la eliminaba. Pero seguía observando dónde volvía a aparecer para ver si surgía un patrón.

Inclina la cabeza.

—¿Surgió un patrón?

Pienso en los tres meses de jardín que llevo hasta ahora.

—La bardana vuelve después de lluvias fuertes —digo—. Y siempre por el mismo lado, el lado donde el suelo se encharca más.

Signe guarda silencio un momento.

—Maret no sabía eso —dice.

—¿No sabía qué?

—Que era el lado encharcado. Solo sabía que volvía.

Me mira con esa mirada que recalcula.

—Encontraste algo nuevo.

Me quedo con eso.

Algo nuevo sobre el jardín de una boticaria muerta, descubierto por alguien que llegó hace tres meses.

Dern como un lugar donde el conocimiento se acumula en vez de empezar de cero cada generación, donde Maret enseñó a Signe, que enseñará a quien venga después, y donde yo llego con ojos de Caldavar que a veces ven cosas que los ojos de Dern no ven porque están demasiado acostumbrados al jardín.

—Lo anotaré —digo.

—Maret anotaba cosas —confirma Signe—. Sus cuadernos están en algún lugar. Petra sabe dónde.

Pausa.

—Deberías preguntar.

Anoto eso también.

✿

En el camino de regreso Brum hace su segunda concesión.