Capítulo 10 - Después de que ella se fuera #2
Una pausa.
—Él también era herrero —dije, porque ya se estaba contando y podía contarse del todo o no contarse en absoluto—. Un don diferente al mío. Donde yo forjo intención, él forjaba alegría.
Me detuve. No era una palabra que usara normalmente para describir el don de Einar, pero era la palabra correcta, y las palabras correctas tienen esa cualidad de las cosas que encajan antes de que compruebes si encajan.
—Sus objetos eran ligeros. No de peso. De espíritu.
Cogías una de las piezas de Einar y te quedabas de mejor humor por una razón que no podías nombrar.
Era un don que nunca entendí del todo mientras él estaba aquí.
Parecía menos serio que el mío. Después entendí que era más difícil, porque la alegría no se forja por decisión, aparece o no aparece, y Einar no sabía cómo lo hacía, solo que cuando estaba bien el trabajo le salía así.
Alana me miraba con esa atención que se demora en las cosas.
—Los tuyos —dijo, lentamente— hacen que las cosas duren. Los suyos las hacían alegres.
Sí. Eso era exactamente. Y nunca lo había formulado así, los dos dones uno al lado del otro con sus funciones complementarias que también eran las funciones de hermanos: lo duradero y lo alegre, lo que sostiene y lo que ilumina, cosas que se necesitan mutuamente de maneras que solo se vuelven claras cuando falta una.
El tipo de observación que Einar habría hecho de inmediato y que a mí me llevó tres años formular cuando alguien dijo las palabras correctas en el orden correcto.
—Sí —dije.
Ella no añadió nada. No preguntó cómo murió, no preguntó cuándo, no lo convirtió en una conversación sobre el duelo que requiere las respuestas específicas que yo había aprendido a dar en Dern, porque Dern había sido amable pero insistente con las condolencias en los primeros meses.
Se quedó en silencio con la información como si supiera que era suficiente por ahora y que más sería demasiado.
Eso también es un don, pensé. El don de saber cuándo parar. De no exigir que la conversación vaya más allá de donde llegó naturalmente, de no tratar el silencio como un problema que resolver.
—A Signe le caes bien —dije al fin, que era otra verdad que podía decirse.
—Ella a mí también —dijo Alana.
—Lo sé.
—Es extraordinaria.
—Lo es —coincidí, que es un acuerdo que no necesita elaboración porque es simplemente un hecho objetivo sobre Signe.
Alana se fue después de eso, con el té terminado y la noche ya asentada en Dern, y fui a la ventana de la forja a ver cómo se encendía la luz de la botica abajo, que es algo que hago a veces sin haber decidido que fuera un hábito hasta que se convirtió en uno.
✿
Después de que se fue, me quedé en la forja.
Sin trabajar, sentado en la silla de espera, que existe para los clientes que vienen a recoger piezas y que rara vez uso para sentarme, con el horno ya cubierto y la temperatura de la forja bajando al frescor nocturno, que es más fresco que el del día pero aún más cálido que el exterior porque la piedra retiene el calor durante horas después de que el fuego se apaga, igual que el hierro conserva la temperatura mucho después de salir del horno.
Me senté allí a repasarlo todo.
Eso no es lo mío. Einar repasaba las cosas, podía hablar durante horas sobre lo que había dicho mal en una conversación o lo que podría haber dicho mejor o lo que la otra persona quiso decir con lo que dijo.
Yo prefería cerrar las conversaciones cuando terminaban y no volver a ellas.
Más eficiente. Menos propenso a atribuir significado a cosas que quizá no lo tengan.
Esta noche no pude cerrarlo.
La risa que se le escapó antes del filtro.
Sus manos alrededor de la taza de té que preparó ella misma sin pedir permiso, con esa cualidad de algo hecho con atención pero sin esfuerzo demostrativo, la cualidad de alguien que hace las cosas bien y no necesita que nadie lo sepa.
La observación sobre los dos dones, el mío y el de Einar, que puso en quince palabras lo que yo había pasado tres años sin poder formular.
El silencio después del nombre de Einar que no exigió más de lo que yo tenía para dar.
Y cómo se sentó a mi lado de la mesa.
Eso también se quedó conmigo. No debería haberse quedado tanto, porque es un detalle pequeño que puede tener una explicación completamente neutral: el asiento estaba libre, la disposición de la mesa lo puso ahí, Signe eligió dónde sentarse y los demás siguieron. Explicaciones válidas. Funcionan.
Se quedó de todos modos.
A Einar le habría gustado ella, esa conclusión llegó con la certeza de algo que llevaba tiempo esperando aparecer.
Y después, llegando a la par pero más despacio, como una conclusión que necesita más tiempo para formarse: el hecho de que pensar esto, que a Einar le habría gustado ella, produce en mí algo que todavía no tenía nombre pero que tiene esa cualidad de las cosas que importan antes de que entiendas por qué importan.
A Einar le habría gustado enormemente. Se habría quedado aún más tarde, habría hecho los chistes que yo no sé hacer, habría preguntado todo lo que no pregunté sobre Caldavar, sobre el don, sobre lo que ella dejó atrás y lo que está construyendo aquí.
Habría salido de la forja sabiendo su nombre completo y el nombre de su madre y el nombre de la boticaria que la formó, y probablemente la historia de cómo descubrió por primera vez que el don hacía más de lo que se le pedía, y cómo se sintió la primera vez que ocurrió, y si tuvo miedo.
Hice la cena y llevé más pan a la mesa.
Eso es lo que tengo.
Me levanté de la silla. Fui a comprobar si Signe estaba dormida, y lo estaba, con Brum acurrucado a su lado con esa entrega al sueño que tienen los tejones marinos, cuyo único equivalente existe en los gatos de otras islas.
Brum durmiendo junto a Signe es una constante de Dern que me trae algo que no sé nombrar pero que reconozco como algo bueno.
Fui a apagar la última vela de la forja.
Me fui a la cama.
La campana sonó a las diez.
Dos campanadas, con ese espacio entre ellas más lento que el de dos tañidos rápidos, más deliberado, como si cada campanada necesitara su propio espacio antes de que la siguiente fuera posible.
La oí desde el dormitorio con el automatismo de quien ha vivido seis años junto a algo que sonaba cada noche y ha aprendido a escucharlo sin despertar del todo, sin que el cuerpo necesite hacer más que registrarlo.
Dos campanadas.
Me quedé despierto más tiempo del que la campana justificaba.
Ya sin repasar la cena, simplemente despierto con esa vigilia que no tiene objeto específico, la que la mente produce cuando hay algo demasiado presente para soltarlo del todo pero que aún no tiene nombre suficiente para pensarlo directamente.
Einar llamaba a esto incubación. Decía que algunas conclusiones necesitan oscuridad para terminar de formarse, como el pan que necesita tiempo después del amasado.
Piensas demasiado adrede, solía decir. Intentas forzar las cosas a estar listas antes de que lo estén. Algunas cosas necesitan la noche.
Lo dejé estar.
Oí la campana una vez más a las once, una sola campanada que no esperaba, y luego el profundo silencio nocturno de Dern que se asienta cuando toda la isla ha decidido dormir.
Signe dormida en la habitación de al lado, cosa que puedo saber por su respiración cuando el silencio es lo bastante hondo.
Brum moviéndose una vez con ese sonido específico de tejón marino acomodándose.
El leve viento nocturno que hace que la madera de la forja hable en el lenguaje que tiene.
Después: silencio.
Dormí.
Por la mañana el trabajo estaba esperando como siempre, que es lo reconfortante del trabajo: no se va a ningún sitio cuando no le prestas atención, sigue donde estaba, con la misma presencia de siempre, la presencia de algo que tiene su lugar en el mundo y lo sabe.
Fui a encender el horno.
Signe bajó a las siete y cuarenta con Brum y la expresión de alguien que tiene una pregunta formada y está decidiendo si vale la pena hacerla ahora o mejor dejarla para después, cuando la respuesta tenga más probabilidades de llegar. La miré. Ella me miró.
—¿Estuvo bien la cena? —dijo al fin, con esa despreocupación calculada que ya le reconozco.
—Lo estuvo —dije.
Asintió con la satisfacción de una conclusión confirmada.
Hice el café.
A Einar le habría gustado ella, repetí para mis adentros mientras el café terminaba de hacerse, no como un pensamiento que necesitara resolución sino como un hecho que estaba aprendiendo a existir sin exigirme que hiciera nada con él.
A Einar le habría gustado ella.
Con eso basta por ahora.
✿
La jornada de trabajo fue irregular.
No las piezas, las piezas salieron bien, con la precisión que el trabajo requiere y que la mano conoce sin importar lo que haya en la mente.
Pero el martillo tuvo ese ritmo específico que Signe escucha sin escuchar, arranques y paradas, arranques y paradas, no por decisión sino por distracción, que es lo que pasa cuando hay algo demasiado presente para dejar que la mente se entregue del todo al hierro.
Fui a la esquina sur antes de empezar.