Capítulo 10 - Después de que ella se fuera #3
El objeto cubierto por la tela de lino estaba allí como siempre.
No levanté la tela. Me quedé con la mano en su borde, como hago a veces, sin levantarla.
Es lo más cerca que llego en ocasiones, la mano en el borde de la tela sintiendo la forma de lo que hay debajo sin necesitar confirmación visual, porque la forma está memorizada como se memoriza la forma de una herramienta: no con el ojo sino con la mano.
Las tuyas hacen que las cosas duren. Las suyas hacían que las cosas se alegraran.
Lo dijo con la precisión de quien mira algo desde fuera hacia dentro, la precisión que tiene una boticaria para plantas que no están en su catálogo: olor antes que nombre, tacto antes que identificación, cada sentido confirmando o contradiciendo al anterior.
Puso en quince palabras algo que yo no había podido poner en palabras en tres años de vivir con la ausencia de Einar, con los objetos que dejó, con Signe que tiene sus ojos y a veces su risa.
Aparté la mano de la tela.
Me puse a trabajar.
El martillo se fue volviendo más regular a medida que avanzaba el día, que es lo que siempre pasa: el trabajo regulariza lo irregular, no porque resuelva nada sino porque da espacio a las cosas para que se asienten en el ritmo que necesitan.
Aprendí esto antes de entender que había algo que aprender, lo aprendí en el cuerpo, que es donde se aprende la mayoría de las verdades sobre el trabajo.
A última hora de la tarde el martillo era regular.
Signe, que vigilaba sin vigilar desde el banco junto a la ventana con el libro que hoy era más excusa que lectura, dijo sin levantar la vista:
—El día ha salido bien.
—Así es —asentí.
Asintió con la satisfacción de quien ve confirmada una predicción y volvió a leer de verdad, y Brum cambió de posición sobre el delantal con el movimiento de quien encuentra un ángulo mejor, y la forja tuvo el silencio de final de tarde que es distinto de todos sus otros silencios, con el calor residual del horno y el sol bajo entrando por la abertura sur en un ángulo que hace que el hierro de los estantes brille de un modo que solo existe a esta hora.
A Einar le gustaba ese brillo. Decía que era la razón por la que valía la pena trabajar hasta tarde, el brillo específico del hierro a última hora de la tarde que no existe igual en ningún otro material, el brillo que casi es oro pero no termina de serlo, que tiene algo de estar entre dos estados.
Miré un momento los estantes bañados en ese brillo.
Luego fui a guardar las herramientas para el día siguiente, que es lo que se hace cuando termina un día: prepararse para lo que viene después, porque el trabajo no para, y la fragua seguirá aquí mañana, y hay piezas que hacer y material que elegir e intención que poner en el hierro, que siempre es nueva aunque la técnica sea la misma, porque la intención no es técnica, la intención es lo que tienes ese día concreto y lo que pasa al hierro de ese día concreto.
Es suficiente.
Por hoy, es suficiente.
✿
Por la noche, antes de dormir, me acerqué a la ventana que da al este de la isla.
La luz de la botica estaba encendida. No era tarde, pero estaba encendida, lo que significaba que Alana seguía trabajando con la vela sobre el banco de trabajo, haciendo lo que hace en las noches en que se queda despierta más de lo que el cuerpo necesitaría estrictamente, porque hay trabajo que pide ser hecho o un cuaderno que pide que escriban en él.
Es así. Lo aprendí en las semanas que llevaba aquí, sin que nadie me lo dijera, simplemente por las ventanas iluminadas de la botica a horas que no son las de alguien que ha descansado lo suficiente.
Me quedé mirando la luz un tiempo que no supe medir.
Einar habría dicho algo al respecto. Sobre quedarse junto a las ventanas mirando ventanas iluminadas.
Probablemente con esa sonrisa que tenía, la que le ocupaba toda la cara sin pedir permiso, y con las palabras justas, porque Einar siempre sabía exactamente qué decir en cualquier situación en la que yo habría preferido que nadie dijera nada.
Yo no tengo esas palabras.
Pero la ventana estaba iluminada, y miré un tiempo que no voy a medir, y luego me fui a dormir.
La campana sonó una vez a las diez. Una pausa. Silencio.
Una vez es distinto de dos veces. Aprendí a distinguir la duración del silencio tras cada configuración a lo largo de seis años con esta campana en esta fragua, un conocimiento que nadie me pidió adquirir y que adquirí de todos modos, porque la campana es mía y sus variaciones también son mías, igual que las irregularidades de temperatura del horno son mías porque el horno es mío y aprendes todo lo que es tuyo si le das tiempo suficiente.
Dormí al fin, con Dern en silencio fuera y Signe durmiendo en la habitación de al lado con Brum, y la jornada de trabajo completa a mis espaldas y otra entera por delante.
A Einar le habría gustado ella.
Ese pensamiento estaba ahí cuando me quedé dormido, no como una conclusión que exija actuar, sino como un hecho que ha aprendido a existir en el espacio disponible sin ocupar más de lo que le toca.
Por ahora, es suficiente.